Narrativas de género, y de paso

sábado, 11 de diciembre de 2010

Inefable Marte

El aire se quebró; precipitadas partículas girando frenéticas. De la paradoja sideral, ese espacio anacrónico, apareció un hombre. Así debe haber sido, pensó Vic.
O bien era el Adán de Marte, sin su otra mitad, o el marciano residual, el último de una especie diezmada por alguna peste cósmica o una raza invasora. Sino qué otra explicación racional existía.
Por supuesto que en ambos casos poco importaba el aspecto humano de Vic, pues según su paradigma nadie había probado aún que el homo sapiens no fuese originario de Marte. Tal vez él era en carne y hueso la irrefutable evidencia y por eso lo mantenían en cautiverio. Algo muy nefasto debía haber hecho para ser deportado a ese escondrijo del cosmos; y se entristeció aún más yaciendo boca arriba.
Al rato, primero difuso y luego en foco, visualizó el conocido techo. Había dormido, sí, dormí, y a esa altura cualquier acción por nimia que fuese era sometida al más exhaustivo análisis. Nuevamente aparecieron las certezas. Sabía, de la misma forma que aún balbuceaba su nombre, que estaba en Marte. Además si el paisaje que advertía desde el único ventanal del corredor no era la típica postal marciana, entonces todo el imaginario sobre el planeta rojo había sido una falaz puesta en escena. Una y mil veces había repasado lo que sus incrédulos ojos miraban.
Frente a Vic el mítico valle, la meca de las rocas. En varias sobresalían peñascos de apariencia animal. La silueta del sapo en un elevado montículo era idéntica a la de sus sueños. Otra constante eran las hendiduras que cuarteaban el suelo como riachos. Eso y unos solemnes cráteres lo seguían amedrentando como la primera vez que los había visto hacía ya...
¡Mierda! si pudiese despejar la ecuación temporal. Infructuosamente había buscado el sol para acotar unidades reconocibles. Mas la ausencia del mismo, al menos desde su localización, había truncado su idea de días similares a los terráqueos.
De hecho subsistía una demencial y perpetua diurnidad y a no ser que los momentos nocturnos, nunca vistos, coincidieran con los lapsos en que dormitaba, no tenía palabras más que suponer que las noches marcianas eran parte del día, pura luz, sin luna a quien aullarle. La liviandad con que barajaba apócrifas teorías lo espeluznaba más a él que a nadie, siempre y cuando nadie existiese además de él.
Luego despertó habiendo olvidado cuándo se había entregado al sueño. Hasta una fracción antes andaba reseñando la topografía exterior y ahora contemplaba extrañado su prisión, que Vic describió así.
Un pasillo. A veces parece cónico, otras un dodecaedro. El lugar es naranja, todo es naranja, menos ellos. Ocho portales, ocho hoyos negros, soy su preso. No acusan contornos reconocibles. He llegado a pensar que tienen la capacidad de trasladarse. Acechan.
Visto un uniforme de una sola pieza, manga larga y sin cierre. No descubrí micrófonos cosidos u otros trasmisores. El traje es indestructible, procuré rasgarlo sin éxito en un brote psicótico. No se distinguen costuras o identificación que devele su origen. Dentro de él estoy desnudo.
Vic soñó una serie de imágenes inconexas. Cuando recobró la conciencia se indagó si efectivamente había vivido todo lo transcurrido en la ensoñación o acaso era él un mero receptáculo de memorias implantadas.
En el sueño vio el universo y le pareció pequeño, la voz de mamá y las nanas del viejo, los cuentos de la infancia escritos en cursiva, sus cartas, la bicicleta roja y el perro, vampiros, hundirse en la arena, la escuela, el colchón roto de saltar, paños en la frente, los reyes, un gato ahogado, la letra de coros juveniles, besos en un árbol, fotos familiares, el diente que Carolina se rompió por su culpa, la sangre de ella, mujeres y algunas desconocidas, dos policías muertos o dormitando, la parte animal, una cadena perpetua, su estertor, un vientre por dentro, el nombre de su hija, Dios tuteándolo, el mar, Natalia, cielo abierto, tuvo alas, expuso frente a un auditorio, guardó lágrimas, los pies helados en la cama, fue mosca, apretó botones, recitó su escrito, enterraron a alguien parecido a él, nació con el cosmos, vacuidad, él siendo cohete, la Tierra, su primera palabra, la evocación del amor y el poniente en Marte.
Despertó con la singular impresión de haber comido. Cuando eso ocurría Vic desvariaba que de algún sitio del claustro emergía una sonda que se acoplaba a su traje e irrigaba potajes con vitaminas y narcóticos. Es más juraba que así era ya que se sentía aguijoneado. Y ninguna gracia le causaba la mención de un conducto dentro de su organismo.
Los ocho portales le hicieron una reverencia y ensayaron un saludo. Vic no pudo precisar si dijeron el inesperado “hola” o lo hicieron telepáticamente.
Sopesó las opciones. Podía cruzarlos, transmigrarse hasta el mismísimo confín, o…Los agujeros lo succionaron de una vez.
Se traspuso a una camilla donde un mortecino haz lo exponía más que su desnudez, lo inyectaron y oyó sobre una travesía, luego las células se disgregaron y desapareció. También fue luz y sonido, descubrió la curvatura universal, supo de omnisciencia y halló su memoria.
En otro momento estuvo en Marte, vio su noche y hasta dicen que murió.

* * *
Los colonizadores que viajaron años luz para fundar el primer asentamiento en suelo rojo, comentaron sobre Vic.
En una excursión de reconocimiento vimos el perfil de una criatura que brincaba entre los riscos y aullaba en dialecto. Más tarde leímos en un comunicado de la central que recibiríamos literatura sobre él, poesía mayormente, aunque nunca llegó; comentaban los Harrison, un matrimonio de excéntricos agricultores que se suicidaron al no hallar tierra fértil en el astro rubí.
Durante las siguientes generaciones se gestó la leyenda, las ficciones sobre Vic. Las de intriga tecnológica se referían al ilustre preso condenado a muerte y convertido en experimento; los alcances de la tele transportación a partir de la división celular.
La que prefiere este narrador habla sobre el original poblador marciano, ermitaño de las estepas; el mismo que un día despertó siendo Marte.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La habitación triangular

Así la nombré cuando entré a ella. Mi novia la usaba de baulera, la cama de una plaza, una máquina de ejercicio, dos muebles tapados, la bici roja y algunas cajas marrones. Le dije que desperdiciaba el ambiente, sino sabía qué hacer con los trastos podía donarlos, o al ropavejero, que nos despertaba con su vozarrón todos los domingos.
Yo quería un salón de juegos, mini pool, metegol, flippers y la tele, en cambio primó el buen juicio de mi compañera, optamos por el cuarto de huéspedes, que a futuro sería el aposento del primogénito.
La verdad es que nos queríamos, la mayor parte del tiempo al menos, y cuando la rutina minaba la tolerancia, teníamos la frialdad para irnos solos por un rato, yo rumbeaba al río o investigaba librerías, mi novia a lo de una amiga, la flia, o perdida en bares, costumbre que le inculqué.
Cuando creí que sería feliz, aparecieron, de una noche a la otra, pasé de no verme en otra cama que la nuestra, a vagar insomne debido a sus ronquidos.
Pensarán que pequé de fanático, no, hice todo a mi alcance para remediarlo, desde tapones en las orejas hasta cintas nasales; pasando por médicos, homeópatas, terapias alternas y la enciclopedia de remedios caseros. Paliativos, sólo eso, porque a la vez siguiente, volvía la serenata ruidosa.
Me daba tristeza verla afligida, se culpaba de mi insomnio, y era cierto, pero no se lo marcaba, reverdecía el amor, hasta que nos acostábamos, y de nuevo la cantinela.
Una de esas vigilias me mudé a la habitación triangular. La cama tendida, ningún huésped la había desflorado, me eché boca arriba, absorto en el cielo raso, no tanto, porque si aguzaba el oído me llegaban sus ronquidos.
Veía nuestra mano en la decoración. La mía en el vestido de las paredes, tres láminas, dos impresionistas, un aguafuerte de Quinquela y una foto que tomé de viaje. La suya en el espejo tríptico de los 70, la cama de una plaza que había dormido su abuela hasta morirse, la mesa de luz algo alta, un ropero para reciclar, el sillón petit con funda verde, y lo peor, cortinas rosa viejo sobre el detalle más inquietante de la habitación triangular, su ventana, ubicada en el vértice piramidal y forma de V invertida. Quiso que colocásemos persiana, me opuse, dejémosla como está, ordené sin éxito, porque acabamos con ese desabrido color obstruyendo la visual.
Desde la primera vez que entré me pareció fabulosa, según ella nada tenía de excepción, los abuelos andaban flacos de guita y para ahorrarse unos ladrillos y cemento, decidieron que el último ambiente adosado a la casa tuviese tres muros. Adiós a la magia, adiós a la cuarta pared que presionando un botón secreto aparecería para deslumbrarme, adiós al portal de tiempo y espacio, adiós a las historias que habían transcurrido ahí, porque encima de enterarme que fue obra de la escasez de recursos, nunca había sido habitada, un tiradero; hasta ahora.
Soñé, con el día que hice el mejor gol de mi vida, hacía ya veintiún años, sueño de héroes, ideal para la estima. Pero mejor que trasladar a imagen la memoria fue descubrir que podía hacerlo a voluntad. Sugestión, retrucarán los profanos. Incomprobable, dirán los apegados al método científico. Lo cierto es que cada vez que pernoctaba ahí conjuraba el ensueño que me antojase. Si tenía ganas de un thriller y era noche de Discovery, idea de ella, sabía que en el cine de las sábanas blancas vería una conmigo haciendo de policía ebrio pero suspicaz que dilucidaba el misterio y se quedaba con la chica en apuros. Si el sexo no había sido providencial, lo remediaba con el protagónico en una orgía. Si la venía de terror maquinaba la secuencia cazador de vampiros, o zombies, y así otros ejemplos que omito. La única atadura a las proyecciones dormido era la habitación, sólo en su perímetro era capaz de tamaño salto fantástico. La teoría menos descabellada tenía que ver con una zona inédita de mi cerebro activándose en contacto con el ambiente triangular, pero por qué no sucedía cuando la compartía con mi novia, sí, la convencí de que durmiéramos en ella, bajo promesa de que sanaría nuestras noches, falso, roncó más y no soñé.
Le renovamos el crédito a nuestro cuarto, nuestro lecho, testigo de hazañas, o sólo escaramuzas, el que se amoldaba a nuestras curvas y huecos.
Anduvo un tiempo, dormí sin apremios, incluso con ronquidos leves, pero no hubo secuencias oníricas, y eso que las busqué en cada rincón de mi psiquis. Sin duda faltaba el catalizador, la llave y el cerrojo, iluminación, un mantra sólo para mí. Y así fue, a costa de mentiras, le prometí que dejaría de dormir en ella, aunque mi bienamada roncase. Me mudé a las tardes, las siestas, mientras mi novia trabajaba, y creía que yo también. Para ese entonces comencé a incluirla en los sueños, comedias románticas en su mayoría, lo cual era sanador, le insuflaba esencia a mi querer, pero también en películas de espanto, sólo para salvarla justo a tiempo.
Al poco descubrió el engaño, regresó temprano de la oficina, porque andaba indispuesta, y me encontró sesteando como un querubín. Gritó, me zarandeó, la puteé, me puteó y así hasta que amenazó con derruirla.
Pasó un año de aquello, le pagué un dineral por la propiedad del triangulo, el resto quedó a su nombre. En las tertulias la oigo referirse a mí como el idiota de la habitación, luego me acuesto y sueño que la mato.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El Inventor

Era el dios más huraño; un arcaísmo, sentenciaban otros dioses. Mas sólo él conjuraba el inmemorial arte de la creación.
Tal vez por eso, o por la repugnancia que le causaban las divinidades y sus depravaciones, se había refugiado en el taller.
Cavilaba, pensaba un cuerpo celeste, un planeta de seis lados, no, esférico, con hielos en el confín, y agua, mayoría de ella. Para el continente había soñado tierra, verdor, cumbres plateadas e ígneo corazón palpitante. Luego pinceló los abismos de tinte infausto, el firmamento, varias novas fulgurantes y habiendo invocado a la aurora y apresado al poniente, descansó.
Un impaciente golpeteo en la puerta lo despabiló. Eran las providencias que, habiendo espiado su arte, lo exhortaban a que develara el secreto.
¿Pretenden que sea maestro de ustedes? ¡Degenerados! ¿Para diseminar vuestra semilla de perdición? Y dicho esto cayó preso de una emboscada.
A él lo desgraciaron en truculentos festines. A su inagotable creación, dicha de génesis planetaria, la desterraron al vórtice de un ciclón galáctico para que fuese nómada del universo; errante suelo de parias y descastados.
Pero creyeron mal, Dios había engendrado su especie. Dos seres que caminaban la faz por vez primera.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Alegorías

Jalaría las distancias,
haría que la faz girase a mi pulso
y encapsularía el tiempo inasible,
si no fuese este mortal que encarno.
Y me descarno,
hago trizas de mí.
Para que esta sombra
ya no me siga.
Tal vez su destino depare espectros,
ánimas que penan; errabundas.
Pero quizás, se prenda de tu estela.

* * *

Presto a partir
en agónico desenlace,
aguardo el latido sentencioso.
Con una querencia particular
ya que en el recodo,
extraviado de indiscretos,
vi a mi escrito de amor.
Y dije;
¡arráncame de aquí,
mi tarea concluyó!

sábado, 16 de octubre de 2010

El Perverso

Eran tiempos convulsos; o quizás no tanto. El trabajo no me aniquilaba, tenía pelo, y la renta de mis dominios era una baratija para la inflación que asediaba. Y aunque desapruebo alardear, andaba diestro en la escritura.
El interrogante, el quid de la cuestión era si la administración pública me entregaría a tiempo el pasaporte para surcar el atlántico y anclar por vez primera en suelo de Europa, tierra de España, Madrid, para visitar a mi hermana. Pero no sólo la burocracia estatal obraba en esta desventura, también había desidia y era toda mía, porque no había iniciado los trámites con antelación, por cualquier imprevisto, y surgió. Era requisito para el bendito pasaporte una copia de la partida de nacimiento, el testimonial papel sobre el que un empleado del Registro de las Personas había procurado en tinta la fecha de mi primer llanto al sentir este mundo nuevo, 19 de Junio de 1974.
Dicha papeleta, según mi madre, anidaba entre mis cachivaches desde que me había mudado. No recordás que te la di en un sobre junto con la libreta de vacunación, aleccionó a mi memoria, que a pesar del indicio jamás recordó el paradero del esquivo documento. Una ayuda, no podía exceder los sesenta y tantos metros cuadrados que perimetraban mi vivienda de dos ambientes.
Lamento aguar tamaña intriga pero sí, la partida finalmente emergió de su escondite a tiempo para iniciar el trámite. Me otorgaron el flamante pasaporte justo antes del viaje.
Hasta aquí la versión oficial. Ahora lo que no dije.
Había puesto el bulín patas para arriba y aún nada; cuando en un respiro, porque andaba exhausto, recordé, tuve la dichosa fracción de lucidez para evocar la nana con que la abuela me arrullaba. Ella decía que era una melodía aborigen y a mí me daba lo mismo, porque en aquellos días nada era más apacible que su canto para rendirme al sueño. Y si bien nunca supe la letra y apenas tarareaba un fragmento, cuando lo hice, cuando entoné mi antigua canción de cuna vi el tramado sensible, no el cosmos, una costura en la dimensión significante, el envés de las cosas…después aparecieron ellos, en su piel y en los huesos.
Eran cuatro, a dos les oí los pasos viniendo del lavadero, charlaban los descarados, el tercero brotó de un cuaderno y el último y más remolón hizo su acto desde un mosaico. ¿Qué carajo son ustedes? los increpé disimulando el viso de terror en mi voz. Porque peor que la materialización de esos seres imposibles fue descubrir que adoptaban formas antojadizas, mutaban, eran de otra materia, y no pude seguir teorizando de la embolia que casi me da al verlos corriendo por la sala, desordenando todo, jugando a la mancha como niños.
Cuando se les cantó acabar conversamos. Primero dijeron ser apariciones, espectros, al rato les pareció cómico reinventarse como duendes de jardín, y como mi incredulidad no claudicaba arremetieron con el concepto de elfos domésticos. ¡Me toman por idiota! les espeté sulfurado, pero sin el menor eco pues andaban jugando a las escondidas por entre el desorden de mi guarida. Todos menos el remolón, de él obtuve cierta información juiciosa. La melodía, mi nana, era un sortilegio de protección que a su vez los invocaba. Pero no recuerdo haberlos visto cuando niño. Éramos tus desagradables ositos de juguete, y pensar que hubieses podido transmigrarnos en cualquier forma de sólo desearlo, que falto de imaginación, me recriminó. O acaso olvidaste a Brian, Adán, Gary y yo, Eliot.
Por un momento me engañó, pero casi. Jamás los hubiese bautizado con esos alias de gringos, refuté. Ah cierto, sonó sobrador, para vos éramos Naricita, Bombón, Manchitas y, hubo un silencio homicida, ¡yo era Gordito! Y eso que la abuela te suplicó que me llamaras Dormilón, pero no, tuviste que salirte con la tuya y todo por un mísero exceso de peso.
Pasado un rato, el que tomó a Brian, Adán y Gary aplacar a Eliot, disuadirlo de la paliza que juraba me propinaría, y un rato más porque era mejor deliberar con la tripa llena, y un adicional pues los cuatro tuvieron que visitar el retrete. Después de todo ese tiradero de tiempo ocurrió el concilio, sentados a la mesa, con las sobras de la merienda.
¿Qué pretenden? los interrogué sin más. No es tanto lo que pretendemos sino lo que vos podés obtener de nos, enfatizó Adán y debo dar que me intrigó su comentario, pero no tanto como verlos convertirse en cuatro reflejos de mí, cuatro exactitudes de este mortal que encarno, tan parecidos, tan idénticos que me desmayé.
Vuelto en mí me horripilé aún más, habían cambiado de nuevo. Seguía siendo yo el objeto a copiar pero no igual a mi versión del presente, sino al que fui, al que no recuerdo haber sido y al que seré.
Adán era mi horrendo calco a los doce, todavía adiposo porque no había pegado el estirón y la frente cruzada de acné. Gary, desde los brazos de Eliot, emulábame al año de vida y si me reconocí fue por los ojos rasgados. El bebé, Gary, se orinó sobre Eliot que, transformado en el eremita que seré pasado los ochenta, lo dejó caer. Brian, a carcajada limpia, era mi espejo pero cincuentón, calvo, barrigón y algo ajado de cara; con él negocié mi ruta a Europa. ¿Buscabas esto? declaró abanicándose distraído con un papel que reconocí al segundo. Estaba en el cajón de las revistas pornográficas, develó la localización sólo para incomodarme. ¡La partida de nacimiento! grité exultante
Finalmente y tal como adelanté al inicio presenté la documentación a tiempo y tuve el ansiado pasaporte con lo justo para migrar. Y viajé, sí, estuve en Europa pero sin disfrute. Tal vez porque me pasé todas las puñeteras vacaciones martirizándome por haber pactado con los engendros. En gratitud por la papeleta debía permitirles habitar conmigo por siempre, así de lapidario. Acepté, a sabiendas que cometía el más funesto de los yerros.
Pasados esos quince días europeos volví, abatido, imaginando el voraz incendio que de seguro habíase llevado la vida de mi hogar. Era eso o un derrumbe. De cualquier manera sería un linyera, otro sin techo comiendo de la basura, un desgraciado por haber creído en los demonios. Terrores infundados, manifestaciones de una mente insana. Porque la verdad fue como dar con la veta del oro sin perseguirla, fue descubrir que el firmamento sí esconde al paraíso, fue abrir la puerta y toparme con cuatro Evas de las que no habitan este orbe, cuatro nereidas, cuatro vampiresas que expresaban lo mucho que me habían extrañado frotándose sugerentes, igual que en mi literatura condicionada. Después de eso fueron cuatro contra uno, y después una tribu de cinco.
Las amo; y para nada me perturba saber que son Naricita, Bombón, Manchitas y Gordito, los muñecos de mi infancia.

sábado, 9 de octubre de 2010

La suerte de un cualquiera

Fue un cruce furtivo
de esos que urdía mi deidad,
y el poniente colapsaba
según plan conjetural.
En ese paraíso vedado,
para un mortal de mi casta,
se encontraron los rastros.
¡Oh ninfa de los bosques!
que gentil encuentro permites,
no ahogues mi sueño carnal,
o descubras el yerro de mi dios.
Por una mísera parte del tiempo
alude a mí como Adonis,
o tu sátiro si prefieres.
Mas prisa Venus de la siesta,
que en sublime instante
cuando la noche crepita,
y aleluya entonemos
por las secreciones juntas,
huiré como un rastrero a contarle a mis amigos.

lunes, 4 de octubre de 2010

Flatliner, el final

Se agrandó la familia, o más bien la morgue. Empezó con uno, ahora debía deshacerse de dos cuerpos. El que iba en el asiento del acompañante, ataviado con gorra, gafas oscuras, bufanda y descalzo, el mismo que no pudieron arrojar al río. Y uno recién adquirido en la butaca trasera, en vida había sido policía, ahora vestía de civil, porque el uniforme lo engalanaba él. Te sienta bien, de hecho tenés cara de yuta, bromeó el locutor dentro de su cabeza que no dejaba palabra por decir, sí, como una conciencia pero siniestra.
Próxima estación cementerio de Chacarita, anunció al inerte auditorio. Esquivó avenida Cabildo yendo por Moldes, en Lacroze a la derecha, y por esa hasta que se topó con la necrópolis. ¿Qué esperás para llamar al Cotorra? No quiero que me vea de poli. La voz carcajeó exageradamente, al fin, seguía siendo el mundo del hampa, y nadie quería un rati cerca. Si se pasa de vivo decile que tenés al dueño del uniforme desnucado en el auto.
El Cotorra los mandó a esperar junto a una entrada lateral de autos. Tardó algo menos de diez minutos en mostrar su pérfida efigie, suficiente para sopesar las opciones. Podía negarse, alegar demasiado riesgo, que eran dos, y los tiempos habían cambiado. En ese caso no tendría opción más que invocar el favor que le debía.
¡Por acá! gritó el Cotorra desde la penumbra, y levantó la barrera. Parece que estamos de suerte. Callate, mufa.
El apodo no provenía de su parecido con el ave, o porque hablaba tupido, sino por su aversión a ellas, sus chillidos, tanto que las asesinaba a gomerazos, y nunca imaginó que el alias se le incrustaría como las almas de las plumíferas.
¿Y ésos? Pensó que se burlaría del disfraz, pero no, conocía el orden de lo prioritario. Necesito cremarlos, sin preámbulo, sin hola siquiera. El Cotorra se desorbitó, interpuso su centena de kilos frente al auto y golpeó el capot con las manos. ¡´tas loco, ya no es como antes! Inhaló, exhaló, ¡tengo un pendejo que me vigila toda la noche!
El ahora empleado del cementerio había malvivido como asesino a sueldo antes de caer en desgracia con el jefe por unos golpes que marró, tuvo que desterrarse, cambiar la cara y aceptar un empleo menor en capital. Con los años cobró su venganza, juntó unos sicarios fieles y acometieron contra el capo de la mafia correntina. Los hijos del muerto juraron vendetta y de nuevo regresó a los Aires, a un puesto que aunque renegara, le cuadraba perfecto, sepulturero.
Decile que te cargás al pendejo. Callate, ¿y si lo mandás a otro lado mientras hacemos lo nuestro?
Si no fuesen hampones de códigos hubiesen derramado sangre antes del inicio, pero el Cotorra sabía que un favor adeudado debía pagarse cuando llegaba el momento. Ok, yo habilito el crematorio pero el pendejo es tuyo. Ergo, debía improvisar algo para quitárselo de encima.
Estudió el horizonte de lo posible, matarlo con una de sus clásicas torsiones de cuello, dejarlo inconsciente pero vivo, sobornarlo, meterle droga en el café, o podía montar una farsa, la más antinómica de las mascaradas, él en la piel del poli.
¿Qué le vas a decir? interrogó la voz. Voy a intuir como hasta ahora. No seas orate, matalo.
El nombre del pendejo era Germán, hacía cuatro meses que trabajaba con el Cotorra, hasta donde sabía era recto, nadie encendía el horno sin que lo supiera, se ocupaba de anotar los ataúdes, las firmas del registro, los horarios de ingreso y salida, y el correveidile de las autoridades. Si es como dice no tenés chances, ni siendo Laurence Olivier.
Tenía que idear una vuelta que lo desmadrase de la rutina. ¡¿Germán?! lo asustó ni bien irrumpió en la guardia del crematorio. Cabo Ramírez, se identificó. ¿Qué quiere? Haciendo la ronda perimetral encontré un hombre que dice ser su padre. ¿Qué pasó?
El que pega primero pega dos veces, lo encorajó la voz.
Está descansando en la casilla, le dieron una buena zurra, se fue del personaje. Voy a llamar al celular, anunció el pendejo que ya empezaba a crisparlo. Lo robaron. ¡¿Por qué no lo dijo antes, idiota?! Y salió disparado de ahí.
Un escalofrío de orgullo le corrió el espinazo, pero no era tiempo de vanagloriarse, siguió a Germán por las inhóspitas calles de la Chacarita, flanqueados por galerías de nichos, descampados con cruces, y las bóvedas, casas para muertos.
El Cotorra cumplió su parte, apretujó los cuerpos en dos cajones que se incinerarían a primera hora. El de las gafas, bufanda y demás, compartía hospedaje en el féretro de una anciana, el ex uniformado aguardaba junto a un hombre fallecido en un accidente. Para que nadie desconfiara del peso él mismo supervisaría el proceso hasta las cenizas.
Cuarenta minutos después se reunieron en la entrada principal. Preguntó cómo estaban, apelmazados, contestó el sepulturero. Quedó en llamarlo a la mañana para asegurarse.
¿Y el pendejo? Le di café con narcótico, duerme en la casilla. Cagalo a trompadas de mí parte, sonrió el Cotorra. Hice algo mejor, ya te vas a enterar; y le tendió la mano.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Flatliner II

Manejó por calles desapercibidas de la capital. Él, el occiso a la derecha, bien ajustado el cinturón, y la puñetera voz en su cabeza.
El plan era simple, arrojarlo al río sin más, con la gorra, las gafas oscuras, la bufanda y descalzo. Siempre y cuando no hubiese percances, con el auto, la ley u otro imprevisto. Nunca me dejó a pié y no va a empezar ahora, le contestó al relator. No confíes en un pedazo de metal, cómo estamos de nafta. Bien, podés callarte, me distraés. Dios no quiera que te distraigas y atropellemos a alguien, ironizó.
Desoyó ese remate, lo desvelaba menos la voz que el inerte pasajero. Por fortuna aún no apestaba, y en eso mucho influía el vino que le había rociado para simular borrachera. Y si lo maquillamos para darle rubor. Una idea magnífica, pero… ¿vos tenés cosméticos?
Odiaba darle la razón, qué imbécil, cómo no había reparado en eso antes de boquear. No pensaba claro, se sentía embotado, tenía hambre.
A pesar de la férrea oposición de su peor mitad, se detuvo en el autoMac de avenida del Libertador. Para colmo tenía tres coches delante. Espero que te indigestes, lo azuzó. Y siguió, comprale una hamburguesa a él.
La detención tomó escasos minutos, la parva de reproches duró más. No lo habían programado con antelación, era un riesgo innecesario, y no podía ser que cada dos horas tuviera que alimentarse como un bebé. La respuesta fue ¡morite! mientras mordía unas papas y subía el volumen de la radio al tope.
Hasta ahora ningún contratiempo pero faltaba lo esencial, enfilar por avenida Costanera, evadir, en caso que hubiese, los controles de tránsito, estacionar, arrastrarlo hasta el borde sin gestar sospechas, y adiós, que el río lave mis culpas, recitó.
Oteó dos uniformados a media cuadra, pero de la mano de enfrente y muy ensimismados en la charla. Siguió impertérrito, se cruzaron con el camión de residuos, una ambulancia pero ningún agente más. Demasiado fácil, va a pasar algo malo, sentenció. Más te vale que no pase nada, pájaro de mal agüero.
No fue algo malo, sino malo a sus fines. A pesar de que era noche de semana el paseo de la rivera estaba en auge. Mucha gente, empujada por la temperatura primaveral, había salido a caminar un rato, mirar el río, besarse, unos chori en los carritos y a lo suyo.
Te doctoraste de idiota. No recuerdo que te hayas opuesto. Yo quería el que terminó siendo plan b, veo que habrá que ponerlo en marcha, a menos que quieras lanzarlo delante de los enamorados.
Puso primera, finalmente ejecutarían plan b, mucho más intrincado que la idea del río. Pero no había opción, y menos con una mercadería expirada. ¡Rajemos de acá, hay muchos ojos! Te oí la primera vez. Dejá de dominguear y meté pata. No quiero avivar g…Los paró un policía.
Hasta que llegó al auto tuvieron unas fracciones para idear algo. O como dijo la voz, es hora de revertirlo a nuestro favor. Además, cuántas veces te paró uno solo, es una señal. ¡Hacelo!
Lo hizo con clase. Bajó la ventanilla, y cuando lo tuvo a tiro, ejecutó una exacta torsión, tan veloz que no supo qué lo mató. En cámara lenta se lo hubiese visto arrancándole el cuello de su sitio. Aséptico.
Abrió la puerta de atrás y lo empujó. Salieron carpiendo.
¿Estás pensando lo mismo que yo? y no es sobre comida. Creo que sí. Entonces ponete la pilcha del poli.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El hombre Menguante (o crazy feet)

El primer indicio fue la vez que dejó el hígado para pagar los zapatos de cuero marrón y hebilla; medio punto menos. Enseguida notó que los calzados que caminaba a diario le sentaban holgados, tal vez fuesen las medias. Medio punto menos, se dijo una mañana mientras lazaba los cordones de su par favorito. Es invierno, razonó, las manos se contraen, los pies también.
Una tarde, después de hacerlo con su novia, yendo desnudo al baño…Tenés patas chicas, cuánto calzás. Hizo de cuenta que no la oyó, estaba irritado, había notado lo que hasta ahora era privativo suyo, cierta rareza en el comportamiento de sus pies. ¿Qué decías? Qu…no le dio tiempo a repetir la infamia de antes, la sodomizó.
Pasaron dos semanas, justo al mes del primer indicio, advirtió espeluznado que el encogimiento era notorio, unos…, siempre había sido pésimo para la métrica, pero seguro eran unos centímetros de contorno. Buscó apaciguarse, tenía que existir alguna lógica, pero la única que vino a la memoria fue una ficción de sus años pavos, sobre un hombre que debido a una lluvia ácida o radioactiva menguaba hasta convertirse en una partícula. Buenísima literatura, lástima que no aplicaba, el del libro decrecía proporcionalmente, él, sólo los pies, al personaje lo rociaba un líquido, nada fuera de lo ordinario le había acontecido que explicase tamaña abominación.
Decidió llevar un registro. Medición1, 22 centímetros del talón hasta el pulgar, sospecho que debía rondar los 25, número de calzado 39. Nota mental, usar calcetines gruesos o algodón en la puntera.
Indagó los anales de la medicina, quizás padecía de un raro síndrome, leyó todo lo referido a enfermedades de los huesos, y lo que aprendió fue que las afecciones óseas iban a contramano de la suya, eran degeneraciones inflamativas, pero nones sobre decrecimiento de pies.
Pensó sincerarse con su novia, algo de consuelo en estas horas bajas. Pero luego se la figuró tallándole la cabeza para que fuese al médico, el sarcasmo, sus enojos femeniles, y al final el único perjudicado era él, se odió por decir eso. Faltaba a la verdad, ella iba a mostrarse receptiva, haría lo que pidiese, hasta quehaceres de maestranza, pero también era ortodoxa, jugadora by the book, una demoledora de paciencia si se lo proponía, además no pensaba discurrir lo que le quedase hasta la postración haciendo filas en hospitales para entrevistarse con dudosas eminencias.
Había otra razón que guardaba para sí, temía que lo considerasen material de laboratorio, sometido a los más vejatorios exámenes en pos de la medicina. Y así hasta morir, a causa del mal o los galenos.
Medición 4, 19 centímetros del talón al pulgar, se achicaron los dedos, ya me entra el 36 de mujer. Nota mental, el algodón se pega a las medias.
Le contó a su novia que tenía los pies enfermos y podía ser contagioso. ¿Qué clase de enfermedad? Así comienza el interrogatorio, pensó, con algo de fortuna podré meter bocado en algunos minutos. Entonces hizo algo que la enmudeció; se descalzó.
Zanjado el shock inicial, y la máscara de horror al ver sus pequeños extremos, fue bastante ligero. No insistió con ir a especialistas ni a gurúes de la fe, tampoco lo indagó sobre qué iba a hacer, simplemente cocinó milanesas con arroz y vieron tele.
Dejó el trabajo luego de la medición 7, no quería exponerse a cuestionarios, cotilleo ni chistes, y menos a la conmiseración que sentirían por él, además tenía ahorros sustanciales para capear la tempestad.
Medición 10, 16 centímetros de largo, pie de niño, los dedos se encojen más rápido que el resto, comenzaron los asuntos de equilibrio, debo adelgazar.
Aparecí yo. Me contrató para hacerle de mucamo. No ahondaré en el derrotero que me llevó hasta él, sí en su grado de trastorno. Rehuía salir a la calle, había desconectado el teléfono, no se rozaba con gente, desalineado, gritón, y al poco de mi llegada se distanció de su novia. No me participó de las razones, pero sé que la echó.
Se movía empuñando dos bastones, nada notorio comparado a las bolsas negras atadas a los tobillos, y rellenas de estopa o trapo, así amortiguaba las puntadas. Lo demás, rutinario, visitaba el almacén, cocinaba, la limpieza, y el resto vagueaba, mientras el otro elegía encerrarse en el cuarto. Salvo las ocasiones que me pedía acercase una silla y oyera su historia. Así hasta el anteúltimo día, no salió de la cama, rechazó la comida que le arrimé. Tomó sus analgésicos, bromeó que lo mataría el dolor antes que el mal, no entendí la humorada, me ordenó que limpiara los excrementos de la chata, y podía irme temprano.
La vez siguiente me echó a mí también, pagó lo que debía, agradeció lo buen oyente que fui, y me dio un cuaderno. Tenía dibujos, anotaciones en los márgenes, acertijos, algunas confesiones vergonzosas, anagramas, inventos descartados, cuentos, y ejes cartesianos. Apuré las páginas hasta la última.
Medición 19, ya no mido el avance, antes de la rodilla nos batiremos a muerte.
Extraño los dedos, el pié, la extraño.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Aqua

Existen inicios atrapantes, también existen otros. Este es mi pobre comienzo. Era una noche lluviosa. O más bien un diluvio, el ocaso final. Pero que padeciera de terror al acabose no me exoneraba de las obligaciones.
Debía escribir mi columna de opinión para ese infame diario que me publicaba, sí, luego de censurarme los mejores párrafos alegando siempre que, o eran macabros o muy satíricos o políticamente incorrectos o denigrantes de las minorías u otros argumentos menos inspirados.
La familia dormía, yo frente a la computadora, la página en blanco y el cursor latiendo, la estufa en los pies, y la tempestad acechando desde el ventanal. Una cenicienta nube sobresalió de las restantes, con forma de martillo y yunque. De ahí vino el rayo.
Me transpuse a la computadora. Mis células se disgregaron, fui electricidad y viajé a velocidades inusitadas. La travesía dimensional no fue dolorosa, salvo la parte de la disolución celular hasta la invisibilidad atómica, hasta que me hice partículas ionizadas; el resto, indoloro.
Y llegué. Y quise juntar las partes para recobrar mi unicidad pero no había partes que juntar. Había una esencia colectiva, un ser unificador por detrás de los organismos, por detrás de sus voluntades. Y no estuvo mal sentir ese amparo, esa pertenencia, máxime siendo un forastero.
Enseguida me encontraron trabajo en la operatoria de funciones vitales. Era rutinario y un tanto alienante pero lo afronté optimista. Debía sistematizar el ingreso de unos y ceros en bloques binarios.
Al no sé cuánto de esta llegada, harto de la parodia optimista y abúlico de contar números, pedí hablar con mi jefe. ¿Por qué pasó? ¿Por qué pasó qué? ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Qué pasó? Nada, olvídelo. Esa escueta incoordinación me valió una entrevista con los superiores. Allí se me reveló que la computadora fue sólo el portal, el marco por el que me introduje al flujo digital, a esta red sideral.
¿Internet? pregunté. Los superiores, por más que suene imposible en el inframundo de los bytes, actuaron una mueca. Que nos creas capaces de muecas es un reflejo, residuo de tu anterior existencia, sentenciaron hieráticos. Internet es una aplicación, nada más. Aquí hablamos de una existencia que nos es propia, de materia, de espacio incontable.
¿Por qué? lancé sin más.
No hemos sido fructíferos en desentrañar la anomalía.

Sin eso es impensable revertirla.
¿Fue la estufa? capaz estaba en corto. ¿Investigaron? ¿Qué investigaron? ¿Ustedes engendraron la nube? En fin, dije algunas necedades más.
Regresé a mi puesto de trabajo, a los paquetes numéricos, al automatismo.
Eso sí todo muy espiritual, con un dios energético cohesionando nuestras prácticas, rigiendo esta vida de servilismo informático, y nosotros, sus vasallos, un mero etcétera, harto agradecidos por un descanso para recarga.
En este tiempo aprendí a bloquear mi pensamiento del ojo colectivo, recobré parte de mis sentidos, el olfato fue inútil, programé un parásito que se me enquistó, lo maté, incité un alzamiento que sólo yo integré, formulé teoremas, develé las identidades de x e y, y hasta soñé con agua.
Pero ni su sabrosa evocación se compara con el descubrimiento de mis crónicas, mi archivo, lo que fue de mí y los míos.
Morí la noche de la tempestad. Luego de los trámites me entregaron a mi mujer. Ella, con buen tino, se despidió del que fui en una ceremonia íntima. A los días retornó con nuestro hijo a sus pagos. Quería criarlo lejos de la ciudad.
Ahora sé de mi razón, desde una pantalla o un enchufe.
Volver.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Trance

No me siento bien. Temo estar incubando alguna clase de virus estacional, tal vez sea un alimento que le pareció indigesto a mi estómago.
Asoma el martilleo de una migraña. Acaso si voy al baño pueda excretar, pues juraría que esta dolencia, aciago padecer, es de carácter digestivo.
El dibujo de la tabla se estampa entre las nalgas pero nada, ni con arcadas. Me veo compelido a descartar cuestiones gástricas. Repto hasta la silla del comedor. Inhalo, exhalo, me facilito unas bocanadas limpias, y no desesperar en vano.
Tengo fiebre; seguro que rebaso los treinta y nueve. Me atacan escalofríos y flojedad en los huesos. Urgido abro el botiquín, escarbo entre la farmacología en busca del ocioso termómetro. También giro la canilla de agua fría y obstruyo el desagote de la bañera. Verifico el tiempo; en tres minutos podré espeluznarme con el indicador de mercurio trepando hasta los cuarenta, la bañadera estará a punto para sumergirme.
El falaz termómetro no mide incremento para suponer delirios. En vez, fresco y lozano como lechuga. Treinta y cinco, no puede ser, tal vez esté roto.
Cavilo sobre el piso de cerámica de la cocina, espero no pescarme una neumonía pues sería fatal. Enfoco las hornallas.
Si pretendo telefonear a emergencias médicas debo exhibir síntomas además de este soliloquio sin asidero científico ni empírica evidencia. Quisiera conversar con alguien sobre este quebranto.
Abro el gas, arrimo el fósforo a la hornalla, fuego azul. Ahora acerco el termómetro…Cientos de minúsculos cristales estallan a velocidad feroz. En efecto, tanto andaba el maldito que en el fervor de las llamas encontró su ebullición. Los fragmentos se apuñalan a mi cara.
Lloro frente al espejo. En los pómulos conviven vidrios a profundidad subcutánea. Tengo la frente cruzada por canales y desde el labio hasta el mentón corretean vestigios de mercurio, o será que pierdo graduación tonal y veo gris.
Me desinfecto, extirpo las esquirlas, mas alguna, tan ínfima como letal, se escurrirá hasta la corriente sanguínea y de ahí al corazón ¿Cuánto tardará mi organismo en reconocer al invasor y matarme de un síncope?
De la manera y con los medios que poseo suturo las heridas; cuando se agote el hilo dental me pegaré gasas y papel higiénico.
En quince finalizo el procedimiento quirúrgico. Estoy exhausto. Haberme cosido la cara sin anestésico fue lo más sufrido que me tocó desde que un anzuelo me rasgó el muslo. Rezo porque los antisépticos surtan su remedio. Debería echarme un rato.
Planeo en paralelo al edificio, no, caída libre. Los pisos bajan frenéticos 9, 8, 7. Voy directo al gris. Las ráfagas me arrancan el pijama, estallan mis órbitas oculares. Tengo tiempo para última expresión de deseo. ¡Infarto! Arrebátame presuroso.
Estoy erguido, sudoroso, con migraña, ardor, hinchado, y esta vez; verdaderamente febril. Corro, el espejo devuelve lo imposible. De lo que debieran ser lastimaduras en proceso de curación; estallan géiser de pus y gusanos ámbar. Grito, los rastreros pretenden llegar a la cavernosidad de mis orejas para desovar. Pego un alarido, otras larvas enfilan hacia la nariz. Deambulo horripilado, me choco con la lámpara y las sillas, arranco las criaturas, su inmundicia, las extermino a pisotones, en la desesperación también desgarro mi piel. Disco emergencias; llama. Siento un hormigueo; una voraz brigada de orugas se desliza hasta el auricular, y no miento si juro que también salen del teléfono, me buscan los orificios, supuran de todos lados.
Espero que la vecindad descubra el deceso antes que la pestilencia me delate.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Flatliner

No era experto en medicina forense, pero sin duda eso era “rigor mortis”. Calculó cuánto le quedaba hasta que se ablandara y oliese. A ojo de buen cubero unas ocho, quizás diez horas si los fluidos eran generosos. Tiempo de sobra para asearse, comer, trazar el plan y ejecutarlo.
Primero cargátelo y después descansás, habló el relator que anidaba en él.
Ya está, lo envuelvo, lo arrastro al auto, baúl, y salgo carpiendo.
Veo que ya te figuraste todo, incluso detalles como lo jodido que va a ser trasladarlo así de tieso, podés ser tan bruto, lo increpó la voz.
Odiaba ser denigrado, tanto que lo hubiera matado sin pestañear, pero para eso debía quitarse la vida.
Tenía razón, demasiado rígido para moverlo. Y en caso que pudiera, debía prever que nadie lo viese arrastrando el bulto por la escalera.
Podés trozarlo, lástima que no tenés herramientas ni heladera industrial, y eso que omití el enchastre. ¡No me dejás pensar! Te estaba ayudando, ingrato, después no vengas con el burro cansado.
Al fin solo, ahora podía lucubrar en paz, pero estaba muy nervioso; se pajeó.
Hizo una lista mental, arrojarlo por el balcón simulando un suicidio no resistiría el mínimo análisis, fingir un robo tampoco. Emparedarlo como Poe, menos. Dejarlo ahí y esfumarse lo condenaría a vivir fugitivo. Contratar un “cleaner” hubiese venido providencial, pero no conocía el teléfono de ninguno. Conservarlo en una solución de agua y formol podía cuadrar, pero ocuparía la bañadera y seguiría acarreando el dilema. Necesitaba una salida creativa, algo novedoso que le permitiera irse impune, algo que despertase bajas sospechas en caso que lo pescaran haciendo la maniobra. Se devanó los sesos, maldijo su suerte, caminó en círculos, se hizo un sándwich, lo devoró en el sillón y dormitó.
¡Despertá microbio! lo azuzó la voz, no es tiempo de sestear. Babeó, tartamudeó y apenas pudo articular… ¡te dije cien veces que no me despertaras así! ¿Así cómo? ¡A los insultos! Mientras la dama antigua dormía como un querubín, se me ocurrió una estratagema, traducido, una idea salvadora.
Discutieron largo rato sobre la originalidad del ardid, uno enfatizaba que era una burda copia, el otro que era un homenaje. Hasta que se aburrieron del antagonismo y pusieron manos a la obra.
Lo adornaron con tres accesorios, gorra, gafas oscuras y bufanda. ¿Y los zapatos? Se los sacó porque le dolían los juanetes, contestó irritado. Luego rociaron con vino, aguardaron que se disipara el vaho etílico y la relajación muscular. ¿Alguna duda? Lo de los zapatos no me resulta creíble. Nada es creíble, por eso tiene que funcionar.
De todos los percances que previeron ninguno ocurrió. La escalera estaba desierta, el hall también, y la cuadra y media hasta el auto no los cruzó con nadie.
Quería guardarlo en el baúl, la voz se opuso. Finalmente lo sentaron en el lugar del acompañante. Mientras calentaba el motor ajustó el cinturón del pasajero, no quería que una frenada lo estampase al parabrisas.
Perdernos en la noche, recitó, y puso primera.
Sabés que no es literal ¿no?
Morite.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Banal II (ya estoy operadita)

Una amiga que se va a operar las lolas me mostró los foros de los que participaba referidos al tema. Chats de contención, le dije. Vos y tu manía de encasillar todo, retrucó, y tenía razón. Si te muestro, ¿prometés no hacer comentarios? Sabés que no puedo.
Pensé que serían diálogos femeniles, consultoría, relatos y demás. Sí, adiviné, pero lo que no preví fue la parva de fotos que subían del antes y después del injerto. No sólo eso, los epígrafes, como si hicieran falta, eran expeditivos y brutales. Las opiniones de otras foristas, igual de procaces. Salvo algunas que preguntaban cuestiones médicas, postoperatorio, ¿por delante o detrás del músculo?, qué onda los drenajes, cuánto tardan en bajar, y así hasta aburrir.
¿Cómo controlan que no se metan pervertidos? interrogué suspicaz. Te piden que mandes fotos tuyas, y si querés ver un álbum tenés que pedírselo a la usuaria, contestó seca. Además, a qué hombre se le va a ocurrir…hubo una pausa, cruzamos miradas cómplices, y reímos.
Apartado especial, “ya estoy operadita”, la más bizarra. No recuerdo su nombre o nick, sí el título del álbum, y peor aún, jamás podré quitarme esos jpg que se enraizaron en algún recodo de la memoria. La primera tanda pictográfica era del antes. Dos pasas de uva, pero ese no era el problema, vamos, es parte del oficio materno. Tampoco puse en tela de juicio que estuviese estriada en la panza, ídem razones antedichas. Lo que me deformó la lógica fue que posara como si fuese el calendario Pirelli. Y cuando podía le metía unas contorsiones porno. Recuerdo que busqué el calificativo exacto y sólo vino uno de mi niñez, horripilante. Hasta mi amiga me dio la razón.
La segunda, tercera y cuarta serie eran del mes posterior. La muy descarada fotografió todo. La minuciosa evolución de hematomas y derrames, lo doloroso de los drenajes, la altura de las lolas, la problemática del pezón, y en cuanto a su veta artística, recuerdo que incorporó unas polaroids en la cocina recostada sobre el calefón.
Cito uno de sus gratos epígrafes, hoy tardé porque tenía gente en casa, ya se fueron, je, je. Y a continuación 8 pics tirada panza arriba en la cama para mostrar la no caída de sus lolas hacia los costados. Pregunté al aire, ¿espera quedarse sola para sacarse fotos en bolas?
Las últimas eran del presente. Opiné que con prótesis o sin ellas era ordinaria. Mi amiga, que éramos injustos, habíamos perdido objetividad, medíamos los resultados de la estética desde el todo y no desde lo estrictamente mamario. Es imposible escindirse del conjunto my dear, de hecho es el corpus quien resignifica los implantes, y cierto o no me quedé en rictus actoral.
Creo que fue la conciencia de género porque enseguida argumentó que todo el freakeo de las mujeres por las estéticas, se debía en parte a la presión de los hombr…aaaah, ¡siempre lo mismo!, no la dejé terminar. ¡Dije, en parte! gritó, el resto es culpa nuestra.
Casi canto victoria. Si los hombres pudiesen agrandarse el pene estarían como idiotas sacándole fotos, ¡qué digo!, lo mínimo que harían sería filmarse. ¿O me vas a decir que no?
Me calcé la piel del Adonis contemporáneo, superficial, individualista, tardío, ególatra y materialista. No. Ustedes jamás comprenderán el lazo umbilical entre el jefe y su hombre, confesé lo indecible. Voy a hacer de cuenta que no oí. Gracias. ¿Tomamos la merienda?
Me faltó preguntarle si me dejará verlas.

martes, 31 de agosto de 2010

V

Hay quienes refieren que lo abominable, la malquerencia que se contagió entre los hombres fue de carácter genético. Latente primero, luego se manifestó en millones. Una desviación cromosomática que los envileció.
Otros refutan los enunciados sobre la degeneración del genoma y adscriben a explicaciones históricas. Desde siempre las mujeres fueron sojuzgadas. En tierras afganas y persas las mutilaron, las mataron a pedradas o vieron el pelotón de fusilamiento; y a las supervivientes las confinaron a las celdas de sus hogares, y a lucir el velo santo. En Jordania las violaban, en India eran serviles, y los escuadrones chinos sentían afición por cazarlas embarazadas.
Pero que de esos episodios infieran la masacre que vino, el sistemático exterminio de mujeres con argumentos de coyuntura, de manera espontánea, no, es insuficiente. Hubo una fuerza integradora, un eje del mal que naturalizó este holocausto nuevo. Amén de las revueltas, el intervencionismo y los golpes de estado que padecieron las naciones regidas por mandatarias, y que en las postrimerías del siglo 21 eran mucho más de lo tolerable para esos abyectos en uniforme.
Luego la cruzada se extendió a todas las regiones, a todas las restantes.
En este Sur mío, igual de misógino y retrógrado que el resto de América comenzaron por aislarnos del mundo; nos desconectaron la red y los vínculos satelitales.
Pregonaron edictos. Las adúlteras irían a prisión, también las menores que circulasen sin acompañante varón, también las madres solteras y sus hijas al reformatorio, las prostitutas a una vida de esclavitud y por si acaso, se instauró la pena capital para subversivas y disidentes.
Yo y los que aún respirábamos cordura, por la no manifestación del gen maldito o por motivos inciertos, no opusimos lucha, dejamos que el nuevo orden se apoderase de nuestra existencia.
Sí, nos falló la revolución, pero qué pretendían, que fuésemos mártires, que se extinguiese la inmunidad de la que éramos poseedores y podía ser clave para un suero, no, decidimos guardarnos, llamarnos a cuarteles de invierno para después reagruparnos. Lástima que el mentado reagrupamiento nunca tuvo lugar, ni eso ni la ofensiva que jamás concretamos, tampoco la ayuda a esas activistas que nos rogaron asilo; fueron lapidadas en la plaza donde me hamacaba de chico.
Y fue debido a ese episodio, a la pasividad, al desdén que tuvimos por aquellas que necesitaban de nosotros, que no pude alejarme de ella.
La vi acovachada entre una pila de basura, no por mi aguzada vista, sino por un inoportuno gato que saltó sobre las bolsas y la descubrió. Primero actuó como si  fuese un depravado, me apaleó para disuadir mis intenciones carnales. Recién cuando estuve groggy detuvo la golpiza. Otro, así de magullado, se hubiese ido. Yo me quedé y le pedí conversar.
Me escrutó un rato, mirando la sanguinolencia de mis heridas, absorta en mis ojos. Tal vez dio con los motivos, tal vez fue el atisbo de humanidad en mí, desconozco, lo cierto es que habló. Dijo ser fugitiva por el asesinato de un policía que sí había cometido, y todo por andar sola en horarios nocturnos, vestida sin decoro, portando uno de los nombres prohibidos. Y al fin porque no consintió el castigo, un poco de sexo para liberarse de los pabellones de aniquilación. Es que ella, descontada su pericia para trenzarse en una riña, exudaba femineidad, la síntesis del género, un puñal que dichoso me hubiese clavado, una quimera que se encuentra; tan apoteótica que hasta un frígido agente había sentido el palpitar de la carne.
Y no continuó porque no valía la saliva que gastaba en contarlo.
Le propuse venir conmigo, que mientras tanto podía quedarse bajo mi techo, que algo idearíamos, y me interrumpió. Preguntó si acaso ignoraba que tenía las horas contadas, así de lacónica. Ninguna rebelde, y menos una asesina, había escapado del régimen, nadie por más de tres días. Qué importa, soné esperanzado, aún podemos desterrarnos a la franja de exclusión. El afuera esconde unas grutas como laberintos que podrían guarecernos, vaticiné poblado de nuevas ínfulas. Que de nada valieron.
Se fue.
La corrí tanto como me llevó alcanzarla, a seis cuadras de donde estábamos, en otro callejón, casi a resguardo, salvo por los sicarios que se descolgaron de una cúpula. Todo se reduce a esto, pronuncié mientras nos rodeaban.
Me dedicó un momento de sus ojos en paz, la calma que antecede.
Vengan por nosotros, reté a esos cobardes.
Y de ese pobre verso saqué el primer mazazo de mis puños, de nuestra rebelión.

viernes, 27 de agosto de 2010

El Regreso del Jedi

De niño mi héroe favorito era Luke Skywalker de Star Wars. También seguía a Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, las revistas de Tarzán, y algún otro paladín que olvido. Pero el joven Jedi tenía algo que lo distanciaba del resto de los semidioses. Mejor que la fuerza del último hijo de Krypton, los gadgets del murciélago, la velocidad del Aquiles rojo, el anillo de Linterna o la destreza del hombre mono. Luke tenía el sable de luz, la espada láser.
Dicen que la idea no fue del fabuloso Lucas, sino de su amigo Francis Ford Coppola, que se inspiró en la hoja de fuego del emperador Ming, el enemigo de Flash Gordon. Otros aseguran que los Jedi son una copia de los guerreros samurái, y los sables de luz de las katanas. Yo me cuento entre estos últimos, pero eso no es relevante. Lo que sí viene al caso es que soñaba con ser un Jedi, maldecía por haber nacido en este planeta y no en una galaxia muy, muy lejana. Porque en vez de catequesis, yo quería aprender los secretos de la fuerza. En lugar de Rita, la maestra de quinto, yo quería a Obi Wan Kenobi de tutor.
Hace unos años, luego de Episodio I, salieron a la venta los sables de luz. Hubiese estado magnífico que fuesen piezas de colección, me hubiera comprado la espada láser verde que empuñó Luke en el duelo final contra Darth Vader. Pero en vez de eso hicieron réplicas de juguete no muy esmeradas, salvo por el ulular del sable, buen efecto de sonido. Así y todo me paré al margen de la fiebre starwariana y no adquirí la dichosa arma. Usé la versión casera de cuando niño. Me encerraba en el cuarto, apagaba la luz y desenvainaba...la linterna de mi viejo, que en la oscuridad y la pequeñez de la habitación daba justo para el efecto “haz de luz”. Más los movimientos frenéticos y el sonido láser, hacían de la imitación un digno tributo.
Todo acabó la vez que mis hermanas abrieron la puerta sin avisar y me agarraron jugando a oscuras. No fue tanto la gastada, sino el tiempo que duró. Cada vez que discutía con ellas o mis viejos, y me iba ofendido, ironizaban que se me pasaría ni bien agarrase la linterna, perdón, el sable láser, y carcajeaban como brujas. O cuando me quejaba que ya era grande y podía volver solo del colegio, ellas le cotorreaban a mamá que no se preocupase, la fuerza estaba con los más tontos. Y así hasta que pegué el estirón y las pude trompear en paz.
De adolescente tuve otros héroes, Indiana Jones, Rocky, Marty MacFly noviando con Elizabeth Shue en Volver al Futuro, los comics de X men, el agente con licencia para matar conduciendo su Aston Martin, Sherlock Holmes, Highlander y Robocop entre otros. También tuve lo mío con heroínas, pero esa es otra historia.
Hoy he vuelto a ser Luke, el hijo manco y bueno de Darth Vader.

jueves, 19 de agosto de 2010

Decálogo

No es poesía del siglo de oro, no es lírica creativa de la Ilustración o los poetas del Romanticismo, no es el tubo de ensayo roto de la rima contemporánea.
No es prosa realista, militante o suburbana. No son las tediosas crónicas que leyeron en taller, no es una bitácora, no son descripciones, no es tu boca, no es mi libro.
No es para ustedes, agentes del mal.
Matinée, una de terror, el bólido que corta la noche, un grimorio de fórmulas mágicas, el cuarto en desorden, kalkitos, un criptograma, la manzana roja, lo que aún recuerdo, las musas, terramar, un tiempo solaz, una aldea comunista, la cruz del sur, un recodo, mi berretín y el boliche al que íbamos.
La entrada es gratis, la salida, vemos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Banal


¿Qué es lo que más preocupa a los hombres, qué es lo que realmente nos deprime? ¿Las obligaciones, el futbol, la rutina, los horarios, la economía, perder la libertad, aburrirnos, que no se pare, el tránsito, enfermarnos, los gobiernos de turno, romper con ella, dejarla embarazada, las deudas, los cuernos, la familia, el futuro, la soledad, la vejez, la novia fugitiva, o los vicios que pasan factura? O todos a la vez. ¿Y la muerte? Hasta donde sé es la madre de todos los miedos, la última puerta, la liberación del alma y otras imágenes más ocurrentes. Entonces, si ella es la madre, él es el padre. Aquello que estaré mirando el año próximo cuando se cumplan veinte desde que egresé del secundario. La calvicie de mis compañeros de colegio.
Sondeos actuales refieren que el primer puesto en consultas sobre belleza masculina se lo llevan los centros capilares. Silvina Fernández, dermatóloga y socióloga, advierte que el máximo signo de juventud del hombre posmoderno, más que un rostro límpido o el torso esculpido, es el pelo. Sino pregúntenle al otrora Nro 1 del tenis mundial, Andre Agassi, que rifó la final de Roland Garros porque estaba más pendiente de su peluca de pelo propio que del partido.
Afrontémoslo, a cuántos les queda como a Bruce Willis, para los restantes, cuyo cráneo es más parecido a un cono o una malformación, la pelada es un estigma. No en vano, desde hace tiempo, hubo un revival de los sombreros, se trata de ponerle glam a lo horrendo. Resignificar, ahondar en otra belleza, y elegir bien, que la media naranja sea distinta a nosotros en ese aspecto.
Mi viejo, para los 45, ya había perdido la guerra, según mamá tuvo una época jodida cuando le robaba las medibachas viejas y las usaba como gorra de dormir, así evitaba la fricción contra la almohada y el cementerio piloso de las mañanas.
Voy por los 36, me quedan algo más de cinco años buenos. A menos que prevalezcan mis velludos ancestros africanos por sobre la sangre española. Fantasía, ni siquiera heredé la mota salvadora.
Para los que lo perdieron queda algún consuelo, ya no tienen que preocuparse por él, a lo sumo deberán deducir qué look adoptar. Los que la tienen peliaguda son los que aún lo poseen, de ellos es el lance más encarnizado, shampoos, gotas, cascos, pastillas, tónicos, implantes, extensiones, pelucas del pelo que se cayó, y este rezo.
¡Oh Dios tecnológico!
Haz de este cráneo desierto,
fértil bisoñé.
Pero no olvides
que plateada porra no quiero,
o senil parecer.
Por eso,
cuando mi cabellera florezca,
¡píntala de rubio!

sábado, 14 de agosto de 2010

UFOs

Inglaterra desclasificó unos 200 documentos sobre avistamiento de ovnis. Son más de mil páginas de gente que asegura haber visto objetos extraterrestres cruzando el cielo, o aterrizando en una pista inglesa para luego despegar a velocidad imposible, testificaron varios controladores aéreos de intachable carrera que eligieron no dar sus nombres on record.
Durante 1990 la fuerza aérea belga detectó en sus radares tres puntos brillantes que formaban un triángulo volador. Mandaron aeronaves para establecer contacto pero los visitantes desaparecieron en cuestión de nanosegundos. No sin antes dejarse captar por las cámaras de la época. Ese material fílmico fue el eje de la comisión militar que estudió el fenómeno. Y concluyó que ningún aparato de la tierra podía describir la parábola y aceleración de las tres desconcertantes esferas.
En Buenos Aires, durante los ochenta, se vio un globo metálico aparcado en el cielo porteño. La gente llamó a la policía y a las radios, y hasta hubo revuelo, pero eran tiempos macabros. Algunos aseguran que no reflejaba luz, la absorbía, otros, que tenía forma de habano, y en realidad flotaba sobre Pergamino, lo de la city era un reflejo, una proyección del verdadero. A media mañana desapareció.
Tenía siete años, veraneaba con mi familia en un hotel de Chapadmalal, víspera de Reyes. Mis hermanas sabían la verdad, yo también, pero todavía me emocionaba el folklore, los zapatos, el pasto, el agua para los camellos, y al fin, los regalos.
Era la primera vez que la pasábamos lejos de casa. Papá dijo que luego de cenar nos esperaba la terraza. Para qué, dijeron mis hermanas con tono de aburridas. ¿Tienen planes? Pens…Vamos a esperar a los Reyes, no las dejó terminar. ¿Van a venir? cometí el descuido. Se rieron, mamá las mandó a callar. Hasta ahí el peor Reyes, papá molesto, la gaseosa tibia, las taradas seguían riéndose de mí, y con el rabillo miraba otras mesas, otros niños, parecían pasarla bien, a sus familias también se las veía animadas, quizás me haría amigos, cualquiera antes que mis hermanas.
Nos ubicamos cerca de la baranda, hacía frío y debíamos mirar hacia los árboles, lástima que no veía nada, en parte porque otros niños se metían delante, y otro tanto porque faltaban reflectores.
¡Ahí! gritó alguien. Y todos cogoteamos en direcciones opuestas, falsa alarma. ¡Miren! dijo papá, pero no señalaba la arboleada, sino el cielo, un círculo moviéndose, errático, muy brillante, más que las estrellas, aparecía, desaparecía, mudaba de color, rojo, amarillo, ¿azul? Un empujón me quitó el foco, acabé sobre mis hermanas, qué hacés tarado, ¿lo vieron?
Las muy toscas no vieron nada, tampoco mamá, tampoco la centena de personas apiñadas en la terraza que no quitaban la vista de los árboles, sólo papá y yo.
Los reyes emergieron de la arboleda, el primer chico en verlos gritó, después el resto. Anduvieron el camino hasta el hotel a paso lento, quizás porque arrastraban bolsas enormes y no contaban con camellos. Subieron la escalinata, ya había chicos dormidos de esperar, y llegaron. No me impresionó verlos en vivo, pero cuando hicieron la repartija de regalos y oí que me nombraban, no lo pude creer, mi primer momento indeleble. No sólo eso, gracias al frío mis hermanas cayeron con angina. Se pasaron el resto de las vacaciones adentro y yo no me contagié.
Esa noche le pregunté a papá qué habíamos visto. ¿Vos qué crees?

martes, 10 de agosto de 2010

El Pacificador (parental advisory explicit lyrics)


De todas las opciones eligió la más radical. Matar al ser amado más que muerte es amor.
Tan poseso que había renunciado al trabajo para seguirla. No porque fuese a descubrir algo que no supiera, sino porque lo mantenía sanguíneo, con el odio a flor de piel. Máxime cuando regresaba espléndida, y a los pocos minutos juntos se agriaba sin razón, hacía mohines de fastidio, subía el volumen de la música y se encerraba en el baño para lavarse, qué puttana.
En la cama fingía dormirse. Andaba insomne. Pensarla cogiendo, desflorado el culo, tragándosela. Lo acometía una profunda erección, aguantaba, y cuando no, abría sus labios de churrasco y se internaba en seco, la dejaba lúbrica, sumisa, derramada.
Ese día la asaltó en la ducha, se rehusó porque llegaba tarde, forcejearon, lo mordió y hasta cuestionó su hombría. Igual le pegó la cogida más memorable, coqueteó con estrangularla cuando la tuvo en cuatro, y un poco lo hizo, pero luego la montó, a pesar de los relinchos y su índice hurgándole el hoyo.
La siguió hasta el edificio, esperó que un incauto lo dejara entrar y subió al décimo. Entre mentir y la verdad eligió esta última. Soy yo, contestó a quién es.
Al otro lo apuñaló sin parpadear, con su mujer no pudo. Limpió la escena, trancó la puerta y se la llevó de los pelos. Con vos todavía no acabé.

sábado, 7 de agosto de 2010

Terco como soy



Los putos de Sony Music no me dejan hacer links a los videos oficiales de Cerati en youtube. Dicen escuetamente que es por asuntos de copyright. Obvio, tampoco es para tanto, existen decenas de clips no oficiales para linkear, y otros medios, además de youtube, para generar vínculos con la música del Soda.
Me da vena igual, por qué ahora, justo en medio de las últimas versiones sobre su salud, qué están tramando chicos discográficos, ¿un dvd con los últimos conciertos de la gira?, ¿una colección platino?, ¿temas inéditos? Y mientras los popes de la industria se relamen, pergeñan estrategias y calculan cifras; la gente, los seguidores, rendimos pequeños tributos, garabateamos unos renglones, contamos las veces que lo vi en vivo, una mierda las que me perdí, subimos música, linkeamos, las campañas, parafraseamos sus líricas, se las dedicamos a las musas, abrazamos el planetario y más. Puteo a las cronistas que hacen guardia, sus dichos no probados, la especulación, las giladas de Leo García, las del Intoxicado, los rezos de Andrelo, mi rabia, justo a él, justo al más creativo de los mitos de nuestro rock. Algunos astros como Charly sobreviven todo, incluso a su actual trance descafeinado, Cerati es del palo.

domingo, 1 de agosto de 2010

Corporativismo


La empresa contrató a Rogelio Duprée, experto en efectividad, él y su equipo conducirán un relevamiento integral de sus actividades, así lo notificó mi jefe. Pausa, para medir nuestra reacción, y siguió. La idea es desarrollar nuevas herramientas, saberes, estrategias; para maximizar tiempo, recursos y bla, bla, bla. Siempre que usaba el bla, bla, bla esperaba que nos riéramos, algunos alcahuetes lo complacían.
Tuve la fortuna, según Duprée, de que me tocara él en la entrevista. Nadie es mejor que yo en estos encuentros one on one, y si aguardaba alguna reacción, no la hubo, actué la más soberbia cara de piedra. Había planeado jugar seguro, mostrarme solícito, eficiente y cordial, algo mucho, pero no tanto si pretendía conservar el empleo.
(Fragmento borrado. Extenso monólogo interior. Encrucijada y decisión)
Al diablo, fui contra mi naturaleza de asalariado temeroso, contesté desde mis verdaderas tripas, sin concesiones, oportunismo o capitulación. A su curiosidad por saber cuáles eran mis tareas, la desarticulé con un impensado revire. ¿Viste la película “belleza americana”? Dudó. ¿Qué tiene que ver? No respondí, si lo hacía regresaba al banquillo de interrogado, me quedé observando un punto fijo en la nada entre su oreja derecha y la pared. Sí, la vi. Entonces recordarás que hay una escena muy parecida a este momento. Hice la pausa del jefe pero no picó. Es casi al principio, la entrevista de Kevin Spacey con el consultor, ¿te acordás? Apostaría mi sueldo a que se llamaba como vos, Duprée, pronuncié con voz afectada. Era el tipo que venía a rajarlos.
Hizo una media mueca, como diciendo “sarcasmo detectado”, y retrucó. ¿Prefiere que deje la pregunta sin respuesta? No, dejá el comentario sobre “belleza americana”.
Sabe qué, hizo la pausa, hagamos un psicotécnico, ¿le parece?
Respondí cualquiera en el examen, en la parte que debía contar una historia me despaché de lo lindo contra mi jefe, dibujé gente decapitada en las consignas lúdicas, y mi letra cursiva, ineludible en estas pruebas, fue la de un infante de tres. Y todo ese derroche ante la grave vista de Duprée. ¿Por qué actúa así? Vos también actuás Rogelio, todo es cuestión de roles, algunos aborrecibles, otros más dignos, pero papeles al fin, miradas arquetípicas constr… Mentira, no lo floreé tanto.
¿Por qué no dicen la verdad? y aunque sabía que no había verdad por develar, más que la que sabíamos (sic), quería oírlo de él.
Fue interesante conocerlo Sr…, se incorporó y extendió la mano.
Algo más Rogelio, pueden pasar dos películas, ¿querés saberlas?
Realmente no.
“Belleza americana” o “Enredos de oficina”. Lo bueno es que gano en las dos. Y me fui por el foro.


Coda: viajando en el ascensor recordé que Kevin Spacey moría a manos del milico homofóbico.
Coda II: me indemnizaron bien.
Coda III: a Duprée lo agarraron con cocaína.

jueves, 29 de julio de 2010

Clímax


Busquen el celular, talló con la llave en la pared del armario, su escondite. También lo escribió en un papel que tiró dentro del paragüero, y lo garabateó con jabón en el espejo del baño; busquen el celular. Las palabras que develarían la intriga en caso que muriese. Pensó usar “encuentren” en vez de “busquen”, y “mí” en lugar de “el”, pero por razones que no venían al caso había elegido esa formulación, el mandato que los guiaría hasta las fotos del asesino.
Sangraba; inspiró, exhaló, y a la cuenta de tres ajustó el torniquete, contuvo el grito pero no las lágrimas, tenía un tajo en el brazo y otro cruzando la espalda. El dolor era tolerable, temía desangrarse. Era eso o que la descubriera. En poco oiría pasos en la escalera, y en menos lo vería por la hendija caminando el pasillo, crujiendo las tablas, y para cuando quisiera contrarrestar ya sería…La atacó un temblor, miedo, en el pulso, las manos, los dientes castañeando, la espina, la cabeza estallada; inspiró, exhaló. Tenía que defenderse, matarlo con la llave, un golpe de suerte, como el de la pelea en la cocina, un cross a los genitales, o cuando la tacleó en el pasillo y ella le asestó una patada al estómago, el margen para huir y encerrarse en el baño. Antes que hachara la puerta escapó por el ventilete hacia el techo, las tejas dieron el agarre justo. Si cruzaba el jardín era libre, lo sabía, por eso la asaltó antes. Quiso ensartarla, falló, detuvo el segundo con el brazo, de ahí la cortada, y al girar hacia el jardín le cruzó la espalda; lista para faenar. No, la arrojó contra el ventanal, cruzó el vidrio con la cabeza y aterrizó en la sala.
Desde la hendija del armario atestiguó lo que había temido, la sombra en el pasillo. Se aferró a la llave como un náufrago a su balsa, inspiró, exhaló, se imaginó errando el golpe, siendo apuñalada, terror, parálisis. Recordó que en el segundo o tercer cajón de la cómoda guardaban una pistola, saltó del escondite, no lo meditó. Fallaron las piernas, rodó por la alfombra, con el rabillo lo vio junto a la puerta, por qué no atacaba, no pienses, escaló el mueble, abrió el cajón. Camisetas en el segundo, medias en el tercero, revolvió, y mientras lo hacía esperaba morir, que un filo le atravesara el pellejo, mirar en paz, agarrarse la herida y caer. Fin.

domingo, 25 de julio de 2010

Anecdotario


Van dos veces que hago los arreglos para cruzar a Tongui.
Primero fue con una hembra llamada Luna, di con ella a través de unos amigos del barrio. Las dueñas eran dos mujeres que vivían en la misma casa donde habían montado el centro de estética. Llevé a Tongui para que se conocieran, estaba alzado, a ella la noté hostil, invadíamos su territorio, pero pasados los gruñidos iniciales, porque además le robó el hueso de goma, se hicieron compinches. Yo hice migas con las dueñas, algo mayores pero bien preservadas, una divorciada con hijos, la otra, la que delataba el vínculo, era soltera. Vivían juntas hacía siete años, y se jactaron tanto de la devoción que sentían por la perra que no les creí.
A la semana, cuando la novia dejó de perder, los juntamos de nuevo, esta vez en los bosques de Martelli. Qué bueno ser perro, pensé. Al grano, sin histeria, cortejo, malos entendidos, terceros o rechazo. Lástima que esa última verdad fue mentira. Luna rechazó a Tongui, lo vaciló, se dejó montar pero hasta ahí. Lo tarasconeó las más de treinta veces que intentó abotonarse. Peor que a un hombre, al menos las mujeres no muerden, algunas, otras te roen la psiquis.
Las dueñas se excusaron por el fracaso. No es culpa de ustedes, es culpa de Luna, bromeé de rencoroso, y hasta llamé a la veterinaria. Mi vet de confianza esgrimió razones de maduración, es muy cachorra, está jugando, y no sé qué más porque corté. Pero antes le regurgité que la perra tenía dos años y medio, un equivalente a veinte años humanos, sin contar la variable peso, unos veinticinco kilos, lo cual la acercaba a los treinta. Cuánto más tenía que madurar para darse cuenta que Tongui era lo mejor que le iba a pasar en su corta vida.
Superado el brote psicótico me despedí hoscamente, él, por el contrario, fue un dandy, la besó con lamidas en el hocico y le dijo adiós ladrando.
Al tiempo me enteré que las dueñas se habían separado, la divorciada se quedó con Luna y el centro de estética. La soltera se llevó el auto y la casa del Tigre, después compró un golden retriver, muchísimo menos agraciado que Tongui, e intentó cruzarlo con la hembra de su ex, la virginal Luna. También fracasó. Sabía que no había sido falta de mi semental.
La segunda vez fue con la perra del kiosquero. Raúl se enteró por el diarero que yo andaba buscándole novia. Me habló cuando fui a comprarle.
Paula tenía cinco años y estaba justa, tiene la vulva en posición, dijo sin reírse, ¿podés llevarlo mañana? ¡Claro! Y sentí una honda alegría por mi compadre. Cuando llegué a casa le conté todo, que tendría revancha, sobre lo linda que era Paula y otras sandeces, pero creo que entendió cualquiera, que le daría carne en vez de piedritas.
Nos juntamos en los bosques de Martelli. Paula, en efecto, era un bello ejemplar, delgada, atlética y una cara parecida a la de Tongui, salvo su femineidad.
Pensé que se la zamparía de un bocado, que se tomaría desquite por lo de Luna. ¿Qué te pasa che, no te gusta Paula? le dije delante de todos como para tocar su hombría. A Raúl se le ocurrió que quizás necesitara una mano. No, él sabía arreglarse, simplemente había cambiado de táctica, se hacía el difícil, flirteaba, pero pronto veríamos su furia desatada.
No vimos ni un tibio enojo, la olía, jugueteaba, corrían, orinaban felices y ya. ¡Agarralo! me ordenó Raúl, yo me encargo de Paula. Debería darte vergüenza, reté a mi can, pero no pareció importarle. Hicimos la maniobra, costó pero lo levanté, Raúl despejó el rabo de Paula. Sólo falta que lo hagamos por él. La tuya tampoco lo seduce demasiado, intercedí por mí amigo. ¿Nunca tuviste un mal día? Dejate de joder, ni siquiera sacó el lápiz labial. Con este ruido no se puede concentrar, alegué desesperado, pero era cierto, Tongui había olvidado la libido en casa.
Apéndice. Habrá que esperar seis meses hasta el próximo celo. Tendrá once años, unos setenta humanos, viejo es el viento y todavía sopla, le digo al oído. Tongui mira ausente y bosteza.

miércoles, 21 de julio de 2010

Los Asambleístas


La reunión de consorcio es el caldero donde se cuecen las miserias humanas, esa fue la imagen que tuve mientras todo se iba a la mierda. Porque el del cuarto trompeaba al del séptimo, las esposas hacían lo propio, el administrador, Amoroso de apellido, pedía calma en vano, Luis, el encargado, aparecido por el escándalo, era el único de envergadura para interponerse entre los púgiles. A la vieja oligarca del quinto le faltaba el aire, la pareja del tercero huía por la escalera, un tipo que no reconocí amenazaba con llamar a la poli, mi amiga veterinaria del octavo se hacía un ovillo en el rincón, y mientras ocurría esa simultaneidad yo me insultaba, cómo había sido tan idiota de concurrir a la cumbre.
Empezó tranquilo, se votó a favor de reparar la pérdida del primero que filtraba hasta la cochera de no sé quién, el cambio de la botonera del portero, la luz automática del pasillo y el remate judicial del 3b porque debía expensas desde 2007. Una lástima, el tipo me caía bien y creo que le hubiesen tenido más paciencia si Luis no lo sorprendía asando hamburguesas en el ascensor. Sí, el delirante conectó su parrilla eléctrica a un enchufe del ascensor y listo el paty. Según Luis el chef alegó que le habían cortado la luz y tenía hambre.
En eso intervino el del séptimo, si ya terminaron de reírse quisiera comentar algo que me dijo mi hija. Pausa dramática, que aproveché para bosquejar el cuadro. Él, aspecto de comerciante, ella, tics de docente. La nena, veinteañera, no estaba presente, la recordaba linda.
No quiero sonar mal, entonces iba a sonar pésimo, pero nos contó que varias veces, mientras viajaba con el chico del cuarto, sintió que la miraba raro. ¿Raro? Dijeron sus padres casi al unísono. Si Juan es bueno con todos, no entiendo, dijo la madre. Claro, pensaba que “raro” era malo, o enojado, o distante. Sólo ella razonaba así, el resto sabíamos a qué se refería, o por lo menos esta mente depravada lo sabía. Juan había nacido con trastornos mentales, y era muy querido en el edificio, con lo cual insinuar eso de él era como pisotear a un santo. Rogué no dijera “a qué se refiere”, pero lo dijo. Por favor, no entremos en detalles, intervino Amado. Es un tema que convendría tratarlo por fuera de la asamblea. ¡Me cago en la asamblea, que lo diga de una vez! increpó el del cuarto. ¡Calma, calma! repetía Amado. Mi amiga del octavo me miraba desorbitada, la vieja del quinto rumoreaba con la pareja del tercero, yo murmuraba solo, y entre todo ese barullo se oyó con claridad, ¡mi hija tiene miedo que la abuse!
¿Paranoia o viso de realidad? ¿Discriminación o sensatez? se preguntaría Feinman o Graña en algún editorial irreputable.
Luis era el único que arriesgaba su integridad para separarlos. Y todo por la impresión de una veinteañera. ¿No deberíamos ayudarlo? le pregunté a la vieja oligarca del quinto. Dejalo, que sirva para algo.

domingo, 18 de julio de 2010

Desahogo


Mi amiga encontró a su novio viendo pornografía en la compu. Titular. Luego me enteré que no era porno, sino fotos de vedettes en conchero y plumas. Mucho peor. Una cosa es ser cultor del cine condicionado, el hentai, las webs para adultos y hasta hubiese aceptado que el pobre pajero estuviese unido a una red de citas calientes. Pero hacerse la del mono mirando pics de vedetontas vernáculas, no, se pasó de rosca.
Le preguntó por qué las guardaba, qué hacía con ellas. No sé, me gusta tenerlas, dijo el pibe; y, según ella, se fue a encerrar al baño. No creí ese último detalle, sonó forzado, de culebrón.
Ahí no termina, habló bajito como si alguien nos escuchara. Me metí en su historial de Messenger y encontré unos diálogos asquerosos. Tuve reparos contra la acusación, pero cuando definió “asquerosos”, me pasé de bando. Histeriqueaba on line como si todo escondiese doble sentido. Pero básico, plagado de lugares comunes y palabras reemplazadas por “x“, las preferidas eran pezón y concha.
Ante su acoso, el escurridizo reconoció las charlas pero menoscabó las insinuaciones sexuales. Son boludas, dijo él, no pasa de eso. ¿Qué es eso? Interrumpí yo. ¿Pajearse vía webcam?
Metí púa preguntándole por facebook. No me hables, pareció mi vieja. Todas putas, las pendejas vienen avispadas. No dijo avispadas, usó putas, pero dos veces me pareció un exceso.
Lo que más jode es el ideal de belleza q…Pero quedó en la periferia, fueron quince minutos teorizando sobre moda, cirugías, dieta, farándula, y todo para justificar el onanismo de su pareja y alguna adicción propia.
Remate, planea mudarse del ph que comparte con el tipo pero seguirá la relación. Tuve peores; y fue menos actuado que verdad.

viernes, 16 de julio de 2010

(...)


Hace poco más de tres años sucedió algo inédito desde 1918, nevó en Buenos Aires. Los contrera de siempre observaron que fue aguanieve, minga, cuando me levanté vi toda la autopista blanca, si fuera aguanieve hubiese visto un lodazal. Dato extra, me quedó un rollo color sin revelar de ese momento.
Dos años después, más o menos para la misma fecha, me propuso que si esa noche nevaba, nos íbamos a vivir juntos. Sabíamos que no ocurriría y fuimos a dormir en paz, eso sí, juramos que si pasaba, daríamos el paso. No sé cómo no se nos cayó la jeta de vergüenza. En poco más de dos meses cortamos el vínculo, se dice distanciamiento, lo nuestro fue alergia.
2010, pronostican que la ola de frío polar puede desencadenar nieve, o aguanieve, pero sin duda debe ser blanca, o blancuzca. Mientras aguardamos el milagro, y todo lo que apareja; fotos, videos, muñecos, mascotas desorientadas, estúpidos en la nieve, trineos, los titulares de Crónica, accidentados, otra placa, los muertos de frío, niños en patas, y los días venideros entre notas de color y los sin techo. Mientras profetizo que en efecto pasará, o no, me sorbo los mocos, arrimo los pies a la estufa, me río de mi idiotez y espero que nieve.

jueves, 15 de julio de 2010

Erótika エロティカ


La apoyé, directo, carnal, mi zona púdica contra su culo. Y todo porque el colectivo frenó de imprevisto. Le pedí perdón a su espalda, pensé incluir que había sido falta del chofer pero me abstuve, no aclares de más. Temí que me rajara una puteada, el escarnio público, tener que bajarme. Sólo miedos gratuitos, no contestó, ni una mirada de soslayo.
Empujé la mar de pasajeros y generé una zona segura en torno a su cuerpo, ninfa de la siesta, más diosa que terrenal. Otro sacudón casi nos arranca la espina, pero no la apoyé, al revés. Su amoroso culo se imantó a mi entrepierna, quedamos abotonados como perros. Yo, en idéntica situación, me disculpé, ella no se mosqueó, subestimó el calce. Estuve tentado en hacer la danza pélvica sólo para medir su reacción, aunque la reprimí, y encima se despegó.
Recordé que en el hentai, las animaciones porno japonesas, existe una saga que cuenta las tropelías de un acosador en los hacinados trenes de Tokio. Mi apoyada no calificaba como hentai, pero la suya, duplicada, y por tres segundos más de la cuenta, me dejó maquinando, tal vez sí éramos personajes de una trama condicionada.
Un viejo, que no sé cómo hizo para cruzar el cardumen hasta la puerta, le cedió el asiento. Desde la nueva posición, yo, frontal, ella, costado izquierdo, altura, mi pene a centímetros de su hombro; descubrí lo providencial de sus tetas, dos cabezas de enano, diría un tipo que conocí. Y quise metaforizar pero la visión de su escote fértil me nubló la inspiración.
Dejé de observarla, quién se creía, ¿la Venus de Milo? Mirame.
Íbamos por una zona baja, casas sin frente, por ahí el puesto de diarios, un kiosco, la panadería, tiendas, autos desguazados, calles de adoquín, el club social, y poco movimiento a esa hora de la tarde, salvo por unos menores que apedrearon el paso del colectivo sin acertarnos.
Volví a lo mío, advertí, algo azorado, que se le veía más a través del escote, parte de su corpiño, el desfiladero, las colinas y de sólo pensar en la cercanía de sus pezones me atacó una sensación gomosa. Lo único que le faltaba a esta infamia, ponerme tieso.
Debería mentir ya, afirmar que nada pasó, que fui un gentil hombre. O que me buscó. Debería salir con un giro inesperado, tal vez fantástico, o irme al terror, no, mejor a la comedia.
La verga contra su hombro, tímido, si cabe la palabra. Estuve quieto, palpitaba, ¿sentía? no se lo pregunté. Fue peor, inventé un empujón y la froté, una vez, dos, seis, con menos técnica que morbo, desmesurado, ficcional, diciéndole groserías en voz baja, frente al ojo de todos, al de ella, que seguía sin mirarme, sin un mísero jadeo.
Abrió un botón de la camisa y descomprimió el escote, sus tetas libres, gloriosas, salvo el corpiño, bajátelo.
Llegué a la madre de todas las erecciones antes de ver el pezón; me corrí, una lástima.

miércoles, 14 de julio de 2010

Impresión


Vilma no tenía idea las veces que el cuadro había salvado su vida. Para ella era parte del mobiliario, un enser más de las casa, como el juego de mesa, la lámpara sin tulipa, el reloj de cocina o el modular. De hecho, en su opinión, era el más dispensable de los ítems referidos.
Su marido, Wilson Mamani, pensaba distinto. Para él, para sus ojos petróleo, transportarse a la imagen, a esa lámina colgada de la pared del comedor, era la diferencia entre una velada más o ir al cajón de los cubiertos, seleccionar la cuchilla de carne y arremeter contra ella.
Lo suyo no era un afán pasional, una herencia, una voz ordenándoselo o un ajuste de cuentas. Era todo aquello que hacía a la existencia de Vilma. Su cara de mazamorrera, el gesto afectado, las rodillas de paquidermo, la piel zaina, sus tatuajes. Pero lo hubiese aguantado de no ser por otra mella. La mujer era una picadora de anécdotas, cotilleo, idioteces o cualquier cosa en forma de palabra. Sí, menos por contrahecha que por latosa, monocorde, barata.
Era el cuadro o sus naderías. Era perderse en el puerto nebuloso, crepuscular, y en el remero sobreponiéndose al río, o “la Silvi se encontró una billetera con mil pesos y el muy miserable sólo le tiró veinte por devolverla. Debería hablar con los chicos de Olmos para que le den una paliza. ¿Te parece que me dedique a escribir?” Y así hasta la sordera o, como en el caso de Wilson, hasta la más redentora abstracción del mundo que le tocó en suerte, un cuadro, un escondite.
Una cena, en la que anduvo especialmente absorto en la superposición de tonos, cálidos sobre fríos, y la libertad y rapidez del trazo del pintor erudito, Vilma lo narcotizó.
Usando el exacto tenedor que había empuñado para comer, pinchó los ojos de Wilson, escarbó en las oquedades y se trajo su par de ópalos negros.
Ahora podía oírla sin distracciones.

martes, 13 de julio de 2010

Matinée de Depravados


No he dado con las razones del caso, no sé si ocurrió un desdoblamiento, otro ser, una conjura, destino, azar o qué; pero lo cierto es que no regresé de mis pesadillas.
Me perseguían vampiros, una horda. No siempre huía, en ocasiones les daba pelea, con puños, espadas o estacas, y cuando me superaban en número, corría, como Aquiles pies ligeros, desaforado, trepando, escondido, o cualquier artificio que me librase de ellos. Hasta que uno me emboscaba, mordía este cuello y no paraba hasta dejarme seco, un despojo al costado del terraplén.
Alguien despertó en mi cuerpo, yo en este páramo.
Eventualmente me hice a la idea de existir así, y casi no me pregunté por el otro, el usurpador. Sólo me inquietaba saber cuánto duraría, incluso sin tiempo para regirme. Sin hambre, cansancio. Sólo lógica, saber. Y la verdad es que hubiese preferido ignorancia.
Otra vez me persiguieron nazis. Los hacía arder con mi lanzallamas, pero caía una granada y la explosión me devolvía en indescifrables partes.
También tuve ocasiones con sádicos odontólogos que me arrancaban los dientes, primero los frontales, las muelas, para el éxtasis las de juico, y de epílogo me hacían ver el cementerio dental escurriendo sangre en la pileta.
En eso apareció Elena. Tal vez la eligió por el nombre, o se encandiló.
Esa noche no hubo malos sueños que lamentar, porque en el cine de la inconciencia hice de las mías con ella. Por su parte el otro la convenció de quedarse a base de juramentos que jamás honraría. Elena, tan crédula como la recuerdo, dio el sí apresurada.
Creo que hasta en el letargo somos sicarios, traicioneros e infieles.
Ahora ellos viven juntos y comparten pesadillas. A Elena la subyugan vampiros, la viola un dentista nazi, arranca sus dientes, la viola, y agoniza en un campo de concentración.
Yo miro la función escondido.