El abuelo Floreal me dijo que no le creyera a la maestra de catecismo, después discutió con mamá y papá porque me obligaban a atender esa clase, y hasta pasó unos fines de semana sin venir a verme, pero terció la abuela Pilar y todo volvió a como era, ellos retomaron la visita del domingo y yo tomé la comunión a fin de año como habían previsto, luego vino la confirmación y todo el secundario en un colegio de curas, donde catequesis era disciplina obligatoria.
Tiempazo después de aquella disputa, un domingo de mates solos, me animé a interrogar a Floreal sobre sus dichos, pensé que nunca ibas a preguntar, contestó, en aquél entonces eras muy chico, no debí haberte mezclado. Hizo una pausa, pitó de la bombilla y maldijo porque alguien había mezclado azúcar en el agua, me convidó uno con la advertencia de que estaba dulce. ¿Sabías que antes de la abuela estuve casado? No, cómo iba a saberlo, dije impaciente. Se llamaba Alma, fue mi primera novia, desde los catorce a los dieciocho, después que conseguí trabajo de zapatero nos casamos, y cuando pensaba que nuestra felicidad era completa, murió. Imaginé que diría algo de ese tenor, pero actué sorpresa, qué pasó. La atropelló un tranvía, de lo más inusual, dicen que se tiró. ¿Se suicidó? Yo no les creí.
Justo en la parte buena aparecieron mamá y la abuela Pilar que venían de la confitería con facturas para el té, lo seguimos la próxima, clausuró el abuelo. No me obsesioné pero sí le dediqué unos ratos, a qué venía el cuento, o mejor, cómo se relacionaba la muerte de Alma con aquella disputa por la comunión y catecismo, además, por qué no creyó lo del suicidio. Estuve tentado en recurrir a papá o mamá, no, mejor papá, pero honré el pacto de silencio con Floreal. Para peor llovió a mares el domingo y suspendieron, otra semana de espera.
¿Lo sabe la abuela? Claro, contestó sobrando. Caminábamos hacia la feria, en realidad sabe lo justo, corrigió. Seguimos unas cuadras sin hablar, él miraba al piso, a mí me distrajo el recuerdo de la chica del puesto de artesanías, esperaba que estuviese donde siempre.
Lo del tranvía nunca lo tragué, estábamos enamorados, aseguró, como si el sentimiento anulara la posibilidad de matarse, me dio algo, entre pena y vergüenza, después fue toda vergüenza cuando esbozó la teoría de un amigo policía, quizás había sido obra de un adoquín sobresalido en la calle, un fatal tropiezo hasta las vías, sino no se entiende; a pesar que tuve ganas de decirle que era una explicación improbable me callé.
Paramos en el puesto de revistas, fiel a su corazón cachivachero compró el diario “segundamano”. ¿Qué tiene que ver lo de Alma con el catecismo y la pelea con papá y mamá? resumí lo mejor que pude. ¿Nos sentamos ahí? señaló un banco de plaza.
Nunca había estado más triste, ni siquiera cuando murió mamá, tu bisabuela. No te voy a contar las aberraciones que hice en ese tiempo; y todo por la locura de perderla. Me sonó a letra de tango. Hasta que una mañana vi algo…demencial, una carta de Alma… ¡una carta de Alma! ¿entendés? la había escrito en el espejo empañado del botiquín, mientras me bañaba…se quedó esperando una reacción. No te creo, es como cuando era chico y me contabas historias que te habían pasado, eran cuentos, argumenté. Ya no sos chico, por qué voy a inventarlo. ¿La viste a Alma? No, sólo la carta en el espejo, parecía sincero y molesto por mi desconfianza. ¿Qué decía? Que estaba demorada, la tenían cautiva en un pabellón junto a otros. ¿Muertos? irrumpí. Otras almas, aparentemente habían elegido mal, en vez de tomar la senda oscura habían tomado el camino de luz, ¿te das cuenta? es un engaño. No quise contestar con una negativa así que hice mutis, Floreal me escrutaba serio. La palabra exacta que escribió Alma fue “barracas”, ahí los tenían, viejos, jóvenes, bebés que no llegaron a nacer. Pssst, ahí no te creo, ¿Alma dijo lo de los bebés? Hizo un gesto de aprobación, no, eso lo agregué yo. El caso es que lo que aprendiste en la iglesia está mal, esconden o ignoran lo que sucede cuando se bifurca la senda, el cruce primordial, ¿ahora entendés la discusión? De qué tamaño era el espejo, cambié de tema, una carta bastante extensa para estar escrita con vapor en el botiquín, ¿es un cuento, no? insistí. No predije su reacción, descruzó las piernas, buscó el horizonte con la mirada y se fue, encima tampoco apareció la chica de las artesanías.
No se habló más, tuve ganas de contrastar con la abuela Pilar o preguntarle a papá sobre la verdad de aquella discusión, no sucedió, parte porque preferí cuidar el lazo con Floreal y el resto por miedo al ridículo.
Recién cuando se puso muy viejo retomó la historia, me preguntó si recordaba a Alma. Claro, por qué. Nunca te conté el final, querés saberlo. Asentí. No tiene final, al menos no en esta vida, la carta en el espejo fue menos un grito de rescate que una advertencia, al fin todo se reduce a una elección, ahí no cuenta si hiciste las paz con dios antes de morir, qué camino vas a tomar. Qué camino vas a tomar, repetí medio idiota. Después él rió y seguimos con el mate en silencio.
Durante el velatorio de Floreal la abuela Pilar me dijo que había dejado un sobre para mí, son papeles, mató la sorpresa, ¿lo abriste? con un dejo de reproche. No, categórica, la vista fija en la cruz de madera frente a nosotros. ¿Qué dirá?
Me importa un pito, era un picaflor y un mentiroso.
Narrativas de género, y de paso
sábado, 27 de agosto de 2011
sábado, 20 de agosto de 2011
El espejo de la Luna
En http://elespejodelaluna.blogspot.com/ de la librepensadora, poetisa y entrañable Marisa pueden leer un breve inédito de Matinée, es una pieza distinta a los usuales arrebatos que posteo, por eso me pareció que iría mejor en su inspirado blog. Mi sentido agradecimiento a la Nefertiti de las letras.
Salud!
sábado, 6 de agosto de 2011
La Inconclusa
Escribía sobre una idea, qué había sido de aquellos cuentos truncos, o cómo los personajes abandonados volvían para atormentar al escritor, cuando en eso acometió una erección. Palpó su pito, menos para masajearlo que para comprobar la rigidez. De seguro obedecía a dos pensamientos que nada tenían que ver con la trama del relato, pero se habían hecho lugar y ahí estaban. Uno era el recuerdo de él y su novia haciéndolo contra la pared del pasillo de su casa, en penumbra, de parados, bombeando veloz porque algún vecino podía descubrirlos, y ella actuando un poco creíble…no, no, acá no, eso lo ponía más tieso. El segundo fueron imágenes algo inconexas pero en todas aparecía la misma concha, poco pelo, apenas un sendero, los labios no del todo expuestos, buscó calificativos esmerados pero al fin se quedó con “gordita”, concha gordita, no aparecía él metiéndosela, sino distintos planos de ella, había uno del hoyo que decidió omitir. De dónde la recordaba, concluyó que lo importante era la cara ausente detrás de la visión.
Escribió sin éxito, un párrafo y lo borró, no creía en forzar la inspiración, además seguía erecto, caminó hasta la habitación contigua donde su novia dormía oronda, la puerta chirrió, silencio, oscuridad, se acostó en su lado de la cama y la rodeó con el brazo, nada, restregó el pito contra su pierna, tampoco, metió su mano debajo del pijama, de la bombacha, ahí acusó manoseo, sacó culo. Buena señal, deslizó más la mano, los dedos ávidos, pero antes de la meta lo alcanzó un alerta, su memoria táctil diciéndole que no era la concha de siempre, cierta carnosidad extra lo asustó más, pensó palparla con rigor científico pero no se animó, la llamó por el nombre, con la mano libre tocó su hombro, con la otra bajaba la bombacha, nada, y si tampoco era su novia sino la cara ause… sintió sus dedos lúbricos metiéndose en la concha, desenvainó el pito febril y lo frotó a lo largo de la raya del culo. Y si él tampoco era quien creía sino un personaje, parte de una historia trunca que se reescribía. Sintió bronca de que fuera cierto, una proyección del verdadero escritor, y él, pura impotencia.
Abrió los gajos y la metió como venía, la primera resbaló y no llegó a entrar, la segunda sí, ella ahogó un breve quejido, al fin, pensó, y continuó, parte para aplacar su ira y el resto porque su novia agitaba frenética el ojete.
Una voz en la cabeza le dijo “agarrala de las crenchas y mirale la cara”, no lo hizo, no después de la conciencia adquirida. Entonces perseveró en el pito, entrando y saliendo, y aunque le costó concentrarse debido a la insistencia de la voz, estiró el momento amatorio sin más.
Cuando salió del cuarto seguía oyendo las recriminaciones del escritor sentado frente a la hoja a medio escribir.
Escribió sin éxito, un párrafo y lo borró, no creía en forzar la inspiración, además seguía erecto, caminó hasta la habitación contigua donde su novia dormía oronda, la puerta chirrió, silencio, oscuridad, se acostó en su lado de la cama y la rodeó con el brazo, nada, restregó el pito contra su pierna, tampoco, metió su mano debajo del pijama, de la bombacha, ahí acusó manoseo, sacó culo. Buena señal, deslizó más la mano, los dedos ávidos, pero antes de la meta lo alcanzó un alerta, su memoria táctil diciéndole que no era la concha de siempre, cierta carnosidad extra lo asustó más, pensó palparla con rigor científico pero no se animó, la llamó por el nombre, con la mano libre tocó su hombro, con la otra bajaba la bombacha, nada, y si tampoco era su novia sino la cara ause… sintió sus dedos lúbricos metiéndose en la concha, desenvainó el pito febril y lo frotó a lo largo de la raya del culo. Y si él tampoco era quien creía sino un personaje, parte de una historia trunca que se reescribía. Sintió bronca de que fuera cierto, una proyección del verdadero escritor, y él, pura impotencia.
Abrió los gajos y la metió como venía, la primera resbaló y no llegó a entrar, la segunda sí, ella ahogó un breve quejido, al fin, pensó, y continuó, parte para aplacar su ira y el resto porque su novia agitaba frenética el ojete.
Una voz en la cabeza le dijo “agarrala de las crenchas y mirale la cara”, no lo hizo, no después de la conciencia adquirida. Entonces perseveró en el pito, entrando y saliendo, y aunque le costó concentrarse debido a la insistencia de la voz, estiró el momento amatorio sin más.
Cuando salió del cuarto seguía oyendo las recriminaciones del escritor sentado frente a la hoja a medio escribir.
domingo, 24 de julio de 2011
Matinée de Depravados
No di con las razones del caso, no sé si ocurrió un desdoblamiento, otro ser, una conjura o qué; pero la verdad es que no regresé del mal sueño.
Me perseguía una horda de vampiros. En ocasiones les daba pelea, con puños, espadas o estacas, y cuando me superaban en número, corría, como Aquiles pies ligeros, desaforado, trepando, o escondido. Hasta que uno me emboscaba, hendía sus colmillos sedientos y no paraba hasta dejarme muerto, al costado del terraplén.
Alguien despertó en mi cuerpo, yo en este páramo.
Eventualmente me hice a la idea de existir así, y casi no me pregunté por el otro, el usurpador. Sólo me inquietaba saber cuánto duraría, incluso sin tiempo. Sin hambre, sólo lógica, y la verdad es que hubiese preferido ignorancia.
Otra vez me persiguieron nazis. Los hacía arder con mi lanzallamas, pero caía una granada y la explosión me devolvía en indescifrables partes. También tuve ocasiones con sádicos odontólogos, me arrancaban los dientes, primero los frontales, las muelas, para el clímax las de juico, y de epílogo me hacían ver el cementerio dental escurriendo sangre en la pileta.
En eso apareció Elena. Tal vez la eligió por el nombre, o se encandiló.
Esa noche no hubo malos sueños que lamentar, porque en el cine de la inconciencia hice de las mías con ella. Por su parte el otro la convenció de quedarse a base de juramentos que jamás honraría. Elena, tan crédula como la recuerdo, dio el sí apresurada.
Creo que hasta en el letargo somos sicarios, traicioneros e infieles. Ahora ellos viven juntos y comparten pesadillas. A Elena la subyugan vampiros, la viola un dentista nazi, arranca sus dientes, la viola, y agoniza en un campo de concentración.
Yo miro la función escondido.
Me perseguía una horda de vampiros. En ocasiones les daba pelea, con puños, espadas o estacas, y cuando me superaban en número, corría, como Aquiles pies ligeros, desaforado, trepando, o escondido. Hasta que uno me emboscaba, hendía sus colmillos sedientos y no paraba hasta dejarme muerto, al costado del terraplén.
Alguien despertó en mi cuerpo, yo en este páramo.
Eventualmente me hice a la idea de existir así, y casi no me pregunté por el otro, el usurpador. Sólo me inquietaba saber cuánto duraría, incluso sin tiempo. Sin hambre, sólo lógica, y la verdad es que hubiese preferido ignorancia.
Otra vez me persiguieron nazis. Los hacía arder con mi lanzallamas, pero caía una granada y la explosión me devolvía en indescifrables partes. También tuve ocasiones con sádicos odontólogos, me arrancaban los dientes, primero los frontales, las muelas, para el clímax las de juico, y de epílogo me hacían ver el cementerio dental escurriendo sangre en la pileta.
En eso apareció Elena. Tal vez la eligió por el nombre, o se encandiló.
Esa noche no hubo malos sueños que lamentar, porque en el cine de la inconciencia hice de las mías con ella. Por su parte el otro la convenció de quedarse a base de juramentos que jamás honraría. Elena, tan crédula como la recuerdo, dio el sí apresurada.
Creo que hasta en el letargo somos sicarios, traicioneros e infieles. Ahora ellos viven juntos y comparten pesadillas. A Elena la subyugan vampiros, la viola un dentista nazi, arranca sus dientes, la viola, y agoniza en un campo de concentración.
Yo miro la función escondido.
viernes, 24 de junio de 2011
Madreselva
Pablo, en nombre de los pibes del grupo, me invitó a una reunión. ¿Van a estar las chicas? pregunté esperanzado. No, es de hombres. ¿Vamos a trompearnos? prefería ir preparado. No seas cagón. Contame, insistí. Es como una iniciación… viernes a las diez en lo del Mota, andá; y me quedé con el teléfono en la mano.
Investigué a Santiago y después a Braulio, nada distinto a lo que sabía de Pablo, salvo que la reunión había sido idea del Mota. Salteé el pacto de caballeros y llamé a Laura, novia de Víctor, otro de los pibes, no me iba a delatar porque guardábamos un secreto, nos habíamos encamado a escondidas de él, me pareció genuina cuando dijo que no sabía del tema. ¿Vas a ir? Contesté sí. ¿Cuándo nos vemos? Después de la reunión, y me despedí.
Tenía que ver con mi ingreso al grupo, sino por qué había dicho “iniciación”, palabra demasiado específica para una invitación tan vaga, de seguro me harían sortear alguna prenda escandalosa, recé que no me tatuaran con un fierro caliente, ni eso ni atado desnudo a un árbol, cualquier otra la haría con gusto. Probé con Flavio, él había sido el anteúltimo, contó que no había tenido rito, y cuando lo interrogué sobre la reunión del viernes contestó que era una comilona, a lo sumo alguna loca, no te persigas; pero me alarmé más, por qué decía que no me persiguiera, además ¿locas? nunca habíamos traído locas, a lo sumo las chicas, y no estaban invitadas.
La noche del jueves soñé que estaba en una fiesta, había gente de añares que jamás hubiese concurrido, hasta personajes antagónicos que odiaba de siempre, pero también me acompañaban los pibes, y eso equilibraba el asunto. Luego vino un bache y aparecí tirándole piedras a los vidrios de una fábrica abandonada, mi actividad preferida de chico; sin duda buen augurio.
No pensaba llegar puntual, me duché dos horas antes para no salir con el pelo mojado, maté tiempo fumando y cuando se hicieron las diez y veinte enfilé para allá.
Conociendo el perfil del grupo no imaginaba una reunión tranquila, tampoco unos desaforados, pero sí era cierto que todos cargábamos con oscuras pasiones del pasado. A qué clase de ritual acabaría sometido, por qué yo, a Flavio se lo habían perdonado. En la cúspide paranoica imaginé a Laura vendiéndome, descubriendo nuestro secreto, entonces sería un ajuste de cuentas, caminaba a una trampa; me detuve.
Se cruzó un gato negro muy pancho frente a mis narices, le busqué algún lunar blanco pero no hubo caso, pésima señal a sólo dos cuadras de lo del Mota, un ph espacioso en el corazón de Saavedra. Sin mediar razones se me ocurrió registrar la reunión en el celular, activé el grabador de voz con el timbre.
Los nueve, diez conmigo, ya habían iniciado la ingesta espirituosa, de hecho se agrupaban según la bebida de elección, el Mota desempeñaba su rol de anfitrión bebiendo whisky en el living junto a otros tres incluido Flavio, les extendí mi saludo cordial y rumbeé al patio, ahí andaba Santiago, Víctor y uno más tomando cerveza del pico, acodados en la medianera, entre el ficus y un jazmín enfermo, qué hacen ahí. Nada, estamos esperando, y rieron con un tono que se me antojó estúpido. No les pregunté qué esperaban porque no quise seguirles la corriente, tomé dos tragos más por insistencia que por gusto. Me gritó Braulio desde el entrepiso y rajé a saludarlo. Con él y Pablo me llevaba mejor, compartíamos el gusto por un tipo de mujeres, profesábamos el mismo humor, varias ideas políticas, y hasta el vino blanco, ¡salud! y chocamos las tres copas. Antes que pudiera indagarlos el Mota vociferó que fuésemos al living.
Nos formamos en torno a él, ¿era yo o lo demás se miraban cómplices? ¡Llego la hora! me distrajo el grito del dueño de casa, noté que llevaba un pequeño bolso cruzado a la cintura, parecía corderoy verde grisáceo con un símbolo ininteligible por delante, antes no lo tenía, y desvié la vista para disimular. Se acercó a Víctor, abrió la tapa del bolso, metió la mano y cuando la sacó no llegué a ver qué era porque el pase fue veloz, sin palabras ni gestos, hizo lo mismo con los demás, y todos disimularon el contenido.
A ese paso venían un par de fulanos, Flavio y yo al último. Volví a mirarlo cuando fue mi turno, traté de sincronizar con la mano del Mota pero no fluyó bien. ¡Tanto quilombo por un faso! pensé con desilusión al descubrirlo. ¿Maryjuana? se me escapó la palabra. No es para que lo fumes ahora, me aleccionó Pablo, ¡contale Mota! giró sobre los talones y dirigiéndose a Flavio y a mí explicó que la planta aparecía de la nada. La primera vez en el 2006, su jardín, en una maceta que nunca había germinado, sólo el gato que ya no tenía la usaba de inodoro, el resto tierra yerta. Pero según Mota algo extraordinario había sucedido para que de un día a otro creciera un brote, varios, la planta.
Encendió la pipa ceremonial, muy parecida a la versión india, de madera, rústica y larga, aspiró varias veces y tragó la última bocanada, olor fuerte, fortísimo, verdor, huele a monte, acotó uno para figurar. Lo más loco, reanudó el Mota mientras pasaba la pipa, mejor dicho, lo que hace cierta esta mentira, es que la planta es única. No hay registros de la subespecie, ahí el milagro, y se nos quedó mirando. La pausa fue incómoda, al capullo le puse Mota, la Mota, así se llama; y no parecía chiste, además tenía cierta lógica.
Me llegó la pipa, arrastraba curiosidad porque decían que vería mi alma escindirse del cuerpo, entre otras excepcionalidades. A la segunda pitada tosí fiero, otra, y una última antes de tirar el humo, le di una de yapa porque me gustó el dulce. No entumeció la razón, distorsionó el cuadro como un lente angular, lo cual me hizo gracia y miedo, la busqué en el patio, encontré una maceta vacía que no era ella, el roce de las hojas me dio frío, fui capturado por una madreselva que terminó siendo Víctor, pitaba la pipa ceremonial, encendí y apagué intermitente la luz del baño, había dos bailando, el entrepiso se movió hacia mí, la última gota de vino blanco cayó en la lengua de Pablo, Braulio y otros dos jugaban con los almohadones, Santiago, Flavio y Mota hacían gestos lunáticos sin hablar, recordé la grabación, manoteé el celular del bolsillo pero en su lugar había un faso, pensé que si lo encendía desaparecería de ahí, Víctor me acorraló contra una esquina, podía sentirle el pecho, ya sé lo de Laura, si enciendo el faso desaparezco, no me importa, y acarició mi barba con los dedos.
Investigué a Santiago y después a Braulio, nada distinto a lo que sabía de Pablo, salvo que la reunión había sido idea del Mota. Salteé el pacto de caballeros y llamé a Laura, novia de Víctor, otro de los pibes, no me iba a delatar porque guardábamos un secreto, nos habíamos encamado a escondidas de él, me pareció genuina cuando dijo que no sabía del tema. ¿Vas a ir? Contesté sí. ¿Cuándo nos vemos? Después de la reunión, y me despedí.
Tenía que ver con mi ingreso al grupo, sino por qué había dicho “iniciación”, palabra demasiado específica para una invitación tan vaga, de seguro me harían sortear alguna prenda escandalosa, recé que no me tatuaran con un fierro caliente, ni eso ni atado desnudo a un árbol, cualquier otra la haría con gusto. Probé con Flavio, él había sido el anteúltimo, contó que no había tenido rito, y cuando lo interrogué sobre la reunión del viernes contestó que era una comilona, a lo sumo alguna loca, no te persigas; pero me alarmé más, por qué decía que no me persiguiera, además ¿locas? nunca habíamos traído locas, a lo sumo las chicas, y no estaban invitadas.
La noche del jueves soñé que estaba en una fiesta, había gente de añares que jamás hubiese concurrido, hasta personajes antagónicos que odiaba de siempre, pero también me acompañaban los pibes, y eso equilibraba el asunto. Luego vino un bache y aparecí tirándole piedras a los vidrios de una fábrica abandonada, mi actividad preferida de chico; sin duda buen augurio.
No pensaba llegar puntual, me duché dos horas antes para no salir con el pelo mojado, maté tiempo fumando y cuando se hicieron las diez y veinte enfilé para allá.
Conociendo el perfil del grupo no imaginaba una reunión tranquila, tampoco unos desaforados, pero sí era cierto que todos cargábamos con oscuras pasiones del pasado. A qué clase de ritual acabaría sometido, por qué yo, a Flavio se lo habían perdonado. En la cúspide paranoica imaginé a Laura vendiéndome, descubriendo nuestro secreto, entonces sería un ajuste de cuentas, caminaba a una trampa; me detuve.
Se cruzó un gato negro muy pancho frente a mis narices, le busqué algún lunar blanco pero no hubo caso, pésima señal a sólo dos cuadras de lo del Mota, un ph espacioso en el corazón de Saavedra. Sin mediar razones se me ocurrió registrar la reunión en el celular, activé el grabador de voz con el timbre.
Los nueve, diez conmigo, ya habían iniciado la ingesta espirituosa, de hecho se agrupaban según la bebida de elección, el Mota desempeñaba su rol de anfitrión bebiendo whisky en el living junto a otros tres incluido Flavio, les extendí mi saludo cordial y rumbeé al patio, ahí andaba Santiago, Víctor y uno más tomando cerveza del pico, acodados en la medianera, entre el ficus y un jazmín enfermo, qué hacen ahí. Nada, estamos esperando, y rieron con un tono que se me antojó estúpido. No les pregunté qué esperaban porque no quise seguirles la corriente, tomé dos tragos más por insistencia que por gusto. Me gritó Braulio desde el entrepiso y rajé a saludarlo. Con él y Pablo me llevaba mejor, compartíamos el gusto por un tipo de mujeres, profesábamos el mismo humor, varias ideas políticas, y hasta el vino blanco, ¡salud! y chocamos las tres copas. Antes que pudiera indagarlos el Mota vociferó que fuésemos al living.
Nos formamos en torno a él, ¿era yo o lo demás se miraban cómplices? ¡Llego la hora! me distrajo el grito del dueño de casa, noté que llevaba un pequeño bolso cruzado a la cintura, parecía corderoy verde grisáceo con un símbolo ininteligible por delante, antes no lo tenía, y desvié la vista para disimular. Se acercó a Víctor, abrió la tapa del bolso, metió la mano y cuando la sacó no llegué a ver qué era porque el pase fue veloz, sin palabras ni gestos, hizo lo mismo con los demás, y todos disimularon el contenido.
A ese paso venían un par de fulanos, Flavio y yo al último. Volví a mirarlo cuando fue mi turno, traté de sincronizar con la mano del Mota pero no fluyó bien. ¡Tanto quilombo por un faso! pensé con desilusión al descubrirlo. ¿Maryjuana? se me escapó la palabra. No es para que lo fumes ahora, me aleccionó Pablo, ¡contale Mota! giró sobre los talones y dirigiéndose a Flavio y a mí explicó que la planta aparecía de la nada. La primera vez en el 2006, su jardín, en una maceta que nunca había germinado, sólo el gato que ya no tenía la usaba de inodoro, el resto tierra yerta. Pero según Mota algo extraordinario había sucedido para que de un día a otro creciera un brote, varios, la planta.
Encendió la pipa ceremonial, muy parecida a la versión india, de madera, rústica y larga, aspiró varias veces y tragó la última bocanada, olor fuerte, fortísimo, verdor, huele a monte, acotó uno para figurar. Lo más loco, reanudó el Mota mientras pasaba la pipa, mejor dicho, lo que hace cierta esta mentira, es que la planta es única. No hay registros de la subespecie, ahí el milagro, y se nos quedó mirando. La pausa fue incómoda, al capullo le puse Mota, la Mota, así se llama; y no parecía chiste, además tenía cierta lógica.
Me llegó la pipa, arrastraba curiosidad porque decían que vería mi alma escindirse del cuerpo, entre otras excepcionalidades. A la segunda pitada tosí fiero, otra, y una última antes de tirar el humo, le di una de yapa porque me gustó el dulce. No entumeció la razón, distorsionó el cuadro como un lente angular, lo cual me hizo gracia y miedo, la busqué en el patio, encontré una maceta vacía que no era ella, el roce de las hojas me dio frío, fui capturado por una madreselva que terminó siendo Víctor, pitaba la pipa ceremonial, encendí y apagué intermitente la luz del baño, había dos bailando, el entrepiso se movió hacia mí, la última gota de vino blanco cayó en la lengua de Pablo, Braulio y otros dos jugaban con los almohadones, Santiago, Flavio y Mota hacían gestos lunáticos sin hablar, recordé la grabación, manoteé el celular del bolsillo pero en su lugar había un faso, pensé que si lo encendía desaparecería de ahí, Víctor me acorraló contra una esquina, podía sentirle el pecho, ya sé lo de Laura, si enciendo el faso desaparezco, no me importa, y acarició mi barba con los dedos.
viernes, 27 de mayo de 2011
…todavía hoy se puede ver al hombre sin párpados caminando los vagones del Mitre, dicen que es el fantasma de un suicida horrorizado, otros, que sufría una infección ocular; ingenuos. Yo lo vi, no es una aparición, tampoco un cuerpo vivo, es el heraldo de la muerte, sus ojos son los de ella, si te mira es porque vendrá pronto. Algunos no lo toleran y se quitan la vida.
¿Eso es todo? ¿Qué más querés? contestó algo molesto. No sé, más pausas dramáticas, un crescendo, explicó ella. Además la manera en que lo contás parece armada, debería sonar más espontánea, eso sí da miedo.
¿Conocés el mito del niño…Me encantan los cuentos de chicos, interrumpió; no me digas que muere.
Una madre denuncia que su bebé desapareció mientras dormía la siesta, ella andaba en el galpón, volvió y ya no estaba, la noticia cobra estado público, se arma una búsqueda masiva, ofrecen cien mil a quien aporte datos que lleven a su aparición, la policía baraja varias pistas pero al tiempo se diluyen, sospechan que el secuestrador vendió al bebé y se fugó del país, o lo mató.
Un inspector, a contramano de la impericia policial, continúa la investigación por izquierda, no le cuaja la explicación sobre los perros, ¿por qué no ladraron? y peor ¿por qué el niño no gritó cuando lo abdujeron? Trató de inclinar la pesquisa hacia la familia pero luego de las declaratorias y los resultados de las muestras, el fiscal no tuvo méritos para procesarlos.
El inspector se emboza la cara con un pasamontaña negro, trepa la reja y entra a la casa cuando la madre está sola, los perros se vienen al humo, patea al más chico y al otro lo rocía con spray de pimienta, pero no pasa inadvertido, ella lo ve. Quiere huir pero la agarra de las crenchas, así hasta la cocina, donde la ata a una silla. Le advierte que pueden ir por las buenas, las malas, o las pésimas. Se ve que elige las pésimas porque la faja de lo lindo, finalmente reconoce que secuestró a su hijo y lo dejó en un basural. El inspector desconfía, alguien lo hubiese encontrado. La madre explica que lo enterró vivo bajo una montaña de basura.
Sobre el destino de la mujer circulan versiones encontradas, la mayoría adscribe a que acabó en cana. También dicen que es mentira, y en realidad la dejó atada y malherida, él rajó al basural, indagó todo lo que pudo, para sus adentros creía que lo encontraría, pero los únicos huesos que halló fueron los de un NN adulto que nada tenían que ver con el caso.
¿Y? ¿No apareció? interrogó ella.
Hasta donde reproducen las crónicas, no. Pero hace unos años conocí a un comisario que me interiorizó sobre un caso. En las inmediaciones de aquél basural estaban matando niños, iban por el tercero, y en todos el mismo patrón, muertos a mordiscos, entre cuatro y cinco dentelladas fatales, pero lo más desconcertante era que los cadáveres evidenciaban miles de heridas de rata; desde luego peligrosas, pero nunca habían predado así.
Los vecinos juraban conocer al asesino, lo habían visto en la penumbra comiendo de sus hijos; el niño rata. Dientes, manos, pies, pelaje y altura, no más de un metro, eran de roedor, el resto humano, y hasta había pintadas advirtiendo sobre él.
Nadie le dio crédito a esa línea de investigación, ni siquiera cuando se quedaron sin argumentos. No elevé mis sospechas acerca de la identidad del niño rata por miedo al ridículo, cómo les haría creer que aquél niño famoso había sido rescatado, amamantado y criado por ratas.
Al poco edificaron muros en torno al basural y no hubo más víctimas. Dicen que sigue ahí, el muy astuto sólo cambió de comida, ya casi no quedan gatos en el barrio. O se guardó en la madriguera, sentado al trono, rey de ratas.
Yo creo que huyó, que frecuenta los baldíos del conurbano en busca de huérfanos.
¿Eso es todo? ¿Qué más querés? contestó algo molesto. No sé, más pausas dramáticas, un crescendo, explicó ella. Además la manera en que lo contás parece armada, debería sonar más espontánea, eso sí da miedo.
¿Conocés el mito del niño…Me encantan los cuentos de chicos, interrumpió; no me digas que muere.
Una madre denuncia que su bebé desapareció mientras dormía la siesta, ella andaba en el galpón, volvió y ya no estaba, la noticia cobra estado público, se arma una búsqueda masiva, ofrecen cien mil a quien aporte datos que lleven a su aparición, la policía baraja varias pistas pero al tiempo se diluyen, sospechan que el secuestrador vendió al bebé y se fugó del país, o lo mató.
Un inspector, a contramano de la impericia policial, continúa la investigación por izquierda, no le cuaja la explicación sobre los perros, ¿por qué no ladraron? y peor ¿por qué el niño no gritó cuando lo abdujeron? Trató de inclinar la pesquisa hacia la familia pero luego de las declaratorias y los resultados de las muestras, el fiscal no tuvo méritos para procesarlos.
El inspector se emboza la cara con un pasamontaña negro, trepa la reja y entra a la casa cuando la madre está sola, los perros se vienen al humo, patea al más chico y al otro lo rocía con spray de pimienta, pero no pasa inadvertido, ella lo ve. Quiere huir pero la agarra de las crenchas, así hasta la cocina, donde la ata a una silla. Le advierte que pueden ir por las buenas, las malas, o las pésimas. Se ve que elige las pésimas porque la faja de lo lindo, finalmente reconoce que secuestró a su hijo y lo dejó en un basural. El inspector desconfía, alguien lo hubiese encontrado. La madre explica que lo enterró vivo bajo una montaña de basura.
Sobre el destino de la mujer circulan versiones encontradas, la mayoría adscribe a que acabó en cana. También dicen que es mentira, y en realidad la dejó atada y malherida, él rajó al basural, indagó todo lo que pudo, para sus adentros creía que lo encontraría, pero los únicos huesos que halló fueron los de un NN adulto que nada tenían que ver con el caso.
¿Y? ¿No apareció? interrogó ella.
Hasta donde reproducen las crónicas, no. Pero hace unos años conocí a un comisario que me interiorizó sobre un caso. En las inmediaciones de aquél basural estaban matando niños, iban por el tercero, y en todos el mismo patrón, muertos a mordiscos, entre cuatro y cinco dentelladas fatales, pero lo más desconcertante era que los cadáveres evidenciaban miles de heridas de rata; desde luego peligrosas, pero nunca habían predado así.
Los vecinos juraban conocer al asesino, lo habían visto en la penumbra comiendo de sus hijos; el niño rata. Dientes, manos, pies, pelaje y altura, no más de un metro, eran de roedor, el resto humano, y hasta había pintadas advirtiendo sobre él.
Nadie le dio crédito a esa línea de investigación, ni siquiera cuando se quedaron sin argumentos. No elevé mis sospechas acerca de la identidad del niño rata por miedo al ridículo, cómo les haría creer que aquél niño famoso había sido rescatado, amamantado y criado por ratas.
Al poco edificaron muros en torno al basural y no hubo más víctimas. Dicen que sigue ahí, el muy astuto sólo cambió de comida, ya casi no quedan gatos en el barrio. O se guardó en la madriguera, sentado al trono, rey de ratas.
Yo creo que huyó, que frecuenta los baldíos del conurbano en busca de huérfanos.
miércoles, 11 de mayo de 2011
True story
Once menos veinte de la noche, bajé del auto con mi novia, anduvimos una decena de pasos y nos asaltaron.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
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