Pablo, en nombre de los pibes del grupo, me invitó a una reunión. ¿Van a estar las chicas? pregunté esperanzado. No, es de hombres. ¿Vamos a trompearnos? prefería ir preparado. No seas cagón. Contame, insistí. Es como una iniciación… viernes a las diez en lo del Mota, andá; y me quedé con el teléfono en la mano.
Investigué a Santiago y después a Braulio, nada distinto a lo que sabía de Pablo, salvo que la reunión había sido idea del Mota. Salteé el pacto de caballeros y llamé a Laura, novia de Víctor, otro de los pibes, no me iba a delatar porque guardábamos un secreto, nos habíamos encamado a escondidas de él, me pareció genuina cuando dijo que no sabía del tema. ¿Vas a ir? Contesté sí. ¿Cuándo nos vemos? Después de la reunión, y me despedí.
Tenía que ver con mi ingreso al grupo, sino por qué había dicho “iniciación”, palabra demasiado específica para una invitación tan vaga, de seguro me harían sortear alguna prenda escandalosa, recé que no me tatuaran con un fierro caliente, ni eso ni atado desnudo a un árbol, cualquier otra la haría con gusto. Probé con Flavio, él había sido el anteúltimo, contó que no había tenido rito, y cuando lo interrogué sobre la reunión del viernes contestó que era una comilona, a lo sumo alguna loca, no te persigas; pero me alarmé más, por qué decía que no me persiguiera, además ¿locas? nunca habíamos traído locas, a lo sumo las chicas, y no estaban invitadas.
La noche del jueves soñé que estaba en una fiesta, había gente de añares que jamás hubiese concurrido, hasta personajes antagónicos que odiaba de siempre, pero también me acompañaban los pibes, y eso equilibraba el asunto. Luego vino un bache y aparecí tirándole piedras a los vidrios de una fábrica abandonada, mi actividad preferida de chico; sin duda buen augurio.
No pensaba llegar puntual, me duché dos horas antes para no salir con el pelo mojado, maté tiempo fumando y cuando se hicieron las diez y veinte enfilé para allá.
Conociendo el perfil del grupo no imaginaba una reunión tranquila, tampoco unos desaforados, pero sí era cierto que todos cargábamos con oscuras pasiones del pasado. A qué clase de ritual acabaría sometido, por qué yo, a Flavio se lo habían perdonado. En la cúspide paranoica imaginé a Laura vendiéndome, descubriendo nuestro secreto, entonces sería un ajuste de cuentas, caminaba a una trampa; me detuve.
Se cruzó un gato negro muy pancho frente a mis narices, le busqué algún lunar blanco pero no hubo caso, pésima señal a sólo dos cuadras de lo del Mota, un ph espacioso en el corazón de Saavedra. Sin mediar razones se me ocurrió registrar la reunión en el celular, activé el grabador de voz con el timbre.
Los nueve, diez conmigo, ya habían iniciado la ingesta espirituosa, de hecho se agrupaban según la bebida de elección, el Mota desempeñaba su rol de anfitrión bebiendo whisky en el living junto a otros tres incluido Flavio, les extendí mi saludo cordial y rumbeé al patio, ahí andaba Santiago, Víctor y uno más tomando cerveza del pico, acodados en la medianera, entre el ficus y un jazmín enfermo, qué hacen ahí. Nada, estamos esperando, y rieron con un tono que se me antojó estúpido. No les pregunté qué esperaban porque no quise seguirles la corriente, tomé dos tragos más por insistencia que por gusto. Me gritó Braulio desde el entrepiso y rajé a saludarlo. Con él y Pablo me llevaba mejor, compartíamos el gusto por un tipo de mujeres, profesábamos el mismo humor, varias ideas políticas, y hasta el vino blanco, ¡salud! y chocamos las tres copas. Antes que pudiera indagarlos el Mota vociferó que fuésemos al living.
Nos formamos en torno a él, ¿era yo o lo demás se miraban cómplices? ¡Llego la hora! me distrajo el grito del dueño de casa, noté que llevaba un pequeño bolso cruzado a la cintura, parecía corderoy verde grisáceo con un símbolo ininteligible por delante, antes no lo tenía, y desvié la vista para disimular. Se acercó a Víctor, abrió la tapa del bolso, metió la mano y cuando la sacó no llegué a ver qué era porque el pase fue veloz, sin palabras ni gestos, hizo lo mismo con los demás, y todos disimularon el contenido.
A ese paso venían un par de fulanos, Flavio y yo al último. Volví a mirarlo cuando fue mi turno, traté de sincronizar con la mano del Mota pero no fluyó bien. ¡Tanto quilombo por un faso! pensé con desilusión al descubrirlo. ¿Maryjuana? se me escapó la palabra. No es para que lo fumes ahora, me aleccionó Pablo, ¡contale Mota! giró sobre los talones y dirigiéndose a Flavio y a mí explicó que la planta aparecía de la nada. La primera vez en el 2006, su jardín, en una maceta que nunca había germinado, sólo el gato que ya no tenía la usaba de inodoro, el resto tierra yerta. Pero según Mota algo extraordinario había sucedido para que de un día a otro creciera un brote, varios, la planta.
Encendió la pipa ceremonial, muy parecida a la versión india, de madera, rústica y larga, aspiró varias veces y tragó la última bocanada, olor fuerte, fortísimo, verdor, huele a monte, acotó uno para figurar. Lo más loco, reanudó el Mota mientras pasaba la pipa, mejor dicho, lo que hace cierta esta mentira, es que la planta es única. No hay registros de la subespecie, ahí el milagro, y se nos quedó mirando. La pausa fue incómoda, al capullo le puse Mota, la Mota, así se llama; y no parecía chiste, además tenía cierta lógica.
Me llegó la pipa, arrastraba curiosidad porque decían que vería mi alma escindirse del cuerpo, entre otras excepcionalidades. A la segunda pitada tosí fiero, otra, y una última antes de tirar el humo, le di una de yapa porque me gustó el dulce. No entumeció la razón, distorsionó el cuadro como un lente angular, lo cual me hizo gracia y miedo, la busqué en el patio, encontré una maceta vacía que no era ella, el roce de las hojas me dio frío, fui capturado por una madreselva que terminó siendo Víctor, pitaba la pipa ceremonial, encendí y apagué intermitente la luz del baño, había dos bailando, el entrepiso se movió hacia mí, la última gota de vino blanco cayó en la lengua de Pablo, Braulio y otros dos jugaban con los almohadones, Santiago, Flavio y Mota hacían gestos lunáticos sin hablar, recordé la grabación, manoteé el celular del bolsillo pero en su lugar había un faso, pensé que si lo encendía desaparecería de ahí, Víctor me acorraló contra una esquina, podía sentirle el pecho, ya sé lo de Laura, si enciendo el faso desaparezco, no me importa, y acarició mi barba con los dedos.
Narrativas de género, y de paso
viernes, 24 de junio de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
…todavía hoy se puede ver al hombre sin párpados caminando los vagones del Mitre, dicen que es el fantasma de un suicida horrorizado, otros, que sufría una infección ocular; ingenuos. Yo lo vi, no es una aparición, tampoco un cuerpo vivo, es el heraldo de la muerte, sus ojos son los de ella, si te mira es porque vendrá pronto. Algunos no lo toleran y se quitan la vida.
¿Eso es todo? ¿Qué más querés? contestó algo molesto. No sé, más pausas dramáticas, un crescendo, explicó ella. Además la manera en que lo contás parece armada, debería sonar más espontánea, eso sí da miedo.
¿Conocés el mito del niño…Me encantan los cuentos de chicos, interrumpió; no me digas que muere.
Una madre denuncia que su bebé desapareció mientras dormía la siesta, ella andaba en el galpón, volvió y ya no estaba, la noticia cobra estado público, se arma una búsqueda masiva, ofrecen cien mil a quien aporte datos que lleven a su aparición, la policía baraja varias pistas pero al tiempo se diluyen, sospechan que el secuestrador vendió al bebé y se fugó del país, o lo mató.
Un inspector, a contramano de la impericia policial, continúa la investigación por izquierda, no le cuaja la explicación sobre los perros, ¿por qué no ladraron? y peor ¿por qué el niño no gritó cuando lo abdujeron? Trató de inclinar la pesquisa hacia la familia pero luego de las declaratorias y los resultados de las muestras, el fiscal no tuvo méritos para procesarlos.
El inspector se emboza la cara con un pasamontaña negro, trepa la reja y entra a la casa cuando la madre está sola, los perros se vienen al humo, patea al más chico y al otro lo rocía con spray de pimienta, pero no pasa inadvertido, ella lo ve. Quiere huir pero la agarra de las crenchas, así hasta la cocina, donde la ata a una silla. Le advierte que pueden ir por las buenas, las malas, o las pésimas. Se ve que elige las pésimas porque la faja de lo lindo, finalmente reconoce que secuestró a su hijo y lo dejó en un basural. El inspector desconfía, alguien lo hubiese encontrado. La madre explica que lo enterró vivo bajo una montaña de basura.
Sobre el destino de la mujer circulan versiones encontradas, la mayoría adscribe a que acabó en cana. También dicen que es mentira, y en realidad la dejó atada y malherida, él rajó al basural, indagó todo lo que pudo, para sus adentros creía que lo encontraría, pero los únicos huesos que halló fueron los de un NN adulto que nada tenían que ver con el caso.
¿Y? ¿No apareció? interrogó ella.
Hasta donde reproducen las crónicas, no. Pero hace unos años conocí a un comisario que me interiorizó sobre un caso. En las inmediaciones de aquél basural estaban matando niños, iban por el tercero, y en todos el mismo patrón, muertos a mordiscos, entre cuatro y cinco dentelladas fatales, pero lo más desconcertante era que los cadáveres evidenciaban miles de heridas de rata; desde luego peligrosas, pero nunca habían predado así.
Los vecinos juraban conocer al asesino, lo habían visto en la penumbra comiendo de sus hijos; el niño rata. Dientes, manos, pies, pelaje y altura, no más de un metro, eran de roedor, el resto humano, y hasta había pintadas advirtiendo sobre él.
Nadie le dio crédito a esa línea de investigación, ni siquiera cuando se quedaron sin argumentos. No elevé mis sospechas acerca de la identidad del niño rata por miedo al ridículo, cómo les haría creer que aquél niño famoso había sido rescatado, amamantado y criado por ratas.
Al poco edificaron muros en torno al basural y no hubo más víctimas. Dicen que sigue ahí, el muy astuto sólo cambió de comida, ya casi no quedan gatos en el barrio. O se guardó en la madriguera, sentado al trono, rey de ratas.
Yo creo que huyó, que frecuenta los baldíos del conurbano en busca de huérfanos.
¿Eso es todo? ¿Qué más querés? contestó algo molesto. No sé, más pausas dramáticas, un crescendo, explicó ella. Además la manera en que lo contás parece armada, debería sonar más espontánea, eso sí da miedo.
¿Conocés el mito del niño…Me encantan los cuentos de chicos, interrumpió; no me digas que muere.
Una madre denuncia que su bebé desapareció mientras dormía la siesta, ella andaba en el galpón, volvió y ya no estaba, la noticia cobra estado público, se arma una búsqueda masiva, ofrecen cien mil a quien aporte datos que lleven a su aparición, la policía baraja varias pistas pero al tiempo se diluyen, sospechan que el secuestrador vendió al bebé y se fugó del país, o lo mató.
Un inspector, a contramano de la impericia policial, continúa la investigación por izquierda, no le cuaja la explicación sobre los perros, ¿por qué no ladraron? y peor ¿por qué el niño no gritó cuando lo abdujeron? Trató de inclinar la pesquisa hacia la familia pero luego de las declaratorias y los resultados de las muestras, el fiscal no tuvo méritos para procesarlos.
El inspector se emboza la cara con un pasamontaña negro, trepa la reja y entra a la casa cuando la madre está sola, los perros se vienen al humo, patea al más chico y al otro lo rocía con spray de pimienta, pero no pasa inadvertido, ella lo ve. Quiere huir pero la agarra de las crenchas, así hasta la cocina, donde la ata a una silla. Le advierte que pueden ir por las buenas, las malas, o las pésimas. Se ve que elige las pésimas porque la faja de lo lindo, finalmente reconoce que secuestró a su hijo y lo dejó en un basural. El inspector desconfía, alguien lo hubiese encontrado. La madre explica que lo enterró vivo bajo una montaña de basura.
Sobre el destino de la mujer circulan versiones encontradas, la mayoría adscribe a que acabó en cana. También dicen que es mentira, y en realidad la dejó atada y malherida, él rajó al basural, indagó todo lo que pudo, para sus adentros creía que lo encontraría, pero los únicos huesos que halló fueron los de un NN adulto que nada tenían que ver con el caso.
¿Y? ¿No apareció? interrogó ella.
Hasta donde reproducen las crónicas, no. Pero hace unos años conocí a un comisario que me interiorizó sobre un caso. En las inmediaciones de aquél basural estaban matando niños, iban por el tercero, y en todos el mismo patrón, muertos a mordiscos, entre cuatro y cinco dentelladas fatales, pero lo más desconcertante era que los cadáveres evidenciaban miles de heridas de rata; desde luego peligrosas, pero nunca habían predado así.
Los vecinos juraban conocer al asesino, lo habían visto en la penumbra comiendo de sus hijos; el niño rata. Dientes, manos, pies, pelaje y altura, no más de un metro, eran de roedor, el resto humano, y hasta había pintadas advirtiendo sobre él.
Nadie le dio crédito a esa línea de investigación, ni siquiera cuando se quedaron sin argumentos. No elevé mis sospechas acerca de la identidad del niño rata por miedo al ridículo, cómo les haría creer que aquél niño famoso había sido rescatado, amamantado y criado por ratas.
Al poco edificaron muros en torno al basural y no hubo más víctimas. Dicen que sigue ahí, el muy astuto sólo cambió de comida, ya casi no quedan gatos en el barrio. O se guardó en la madriguera, sentado al trono, rey de ratas.
Yo creo que huyó, que frecuenta los baldíos del conurbano en busca de huérfanos.
miércoles, 11 de mayo de 2011
True story
Once menos veinte de la noche, bajé del auto con mi novia, anduvimos una decena de pasos y nos asaltaron.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
jueves, 7 de abril de 2011
Bandoleros
Caminábamos juntos del colegio a casa todos los días, y siempre ocurría algo. El kiosquero quiso estafarnos, hubo un accidente y ayudamos, mentira, insultamos al colectivero, la maestra nos hizo salir últimos porque está loca, y otros episodios que vivíamos o fantaseábamos para justificar, ante nuestras madres, que Moirano y yo llegábamos tardísimo de la escuela.
Moira y Extrabanana; así nos conocían en el grado. Él, la parte brutal, yo, actuaba de diablillo, instigador de peleas y pretendido líder.
Sus padres eran farmacéuticos venidos a menos, al punto que Moira andaba en andrajos y casi no tenía útiles. Los demás chicos tampoco se la hacían fácil, en especial Bilbao, Monti y Giovanelli. Y fue durante una escaramuza que estrechamos lazo.
Venían cercándolo, aunque Moira aguantaba los embates de los tres, que no se le animaban solos, la situación pintaba grave pues Bilbao se encaramaba por detrás para patearlo.
Fui al grano cuando hablé. A Patricio Monti le recordé su patética imagen de la mañana ahorcado a su madre, suplicando que no lo abandonara. Con Giovanelli, un mastodonte con cabeza de chupetín, sólo tuve que preguntarle cuántas chicas se habían animado a besarlo cuando jugábamos al semáforo; se deprimió. Y para el epílogo me di el gusto de humillar a Bilbao con un mordaz calificativo sobre el flequillo que le había hecho el peluquero.
Los tres deficientes tardaron en comprender la ironía lo que me tomó formarme junto a Moira y escupirlos durante el escape.
No sé qué oculta fuerza me impulsó a interponer mi metro cincuenta entre los abusadores y él. Lo cierto es que luego de aquella peripecia nos volvimos cómplices. Yo lo ayudaba con la tarea y las pruebas de lengua y a cambio me secundaba en las más descabelladas incursiones. ¿Tiramos manzanas desde la terraza? ¿A qué no le gritás a ese policía que es un cagón? ¿Le pedimos a Emilia que nos muestre la bombacha en el recreo?
Pasado ese tiempo, y como si todo debiera equilibrarse, vino la contracara.
Moira se fracturó la pierna durante el recreo. Cuando le pregunté cómo había sido se mostró ambiguo. Le prescribieron un mes de reposo en la indecible compañía de un yeso hasta la ingle.
A los días recibí una comunicación suya; me llamaba de un teléfono público, ¿cómo hiciste para salir? quise saber, pero omitió la respuesta. Le conté que todos preguntaban por él, hasta los maestros lo extrañaban, y que lo iba a ayudar para que no repitiese de grado. Por qué me decís eso, lo noté alarmado; pero me hice el opa en relación al 1 que se había sacado en la prueba de matemática. Hablamos poco más porque se agotaba el tiempo del cospel. Me recordó que andaba solo, y no pude saber qué insinuó porque se cortó.
Segunda infamia, tuvimos la típica “saquen una hoja” con la de historia. Eran cinco preguntas que sabía sobre mayas y aztecas, pero alguien me plantó un machete. Según palabras de la maestra estaba tirado junto a mi silla y la letra se parecía mucho a la mía. De nada me valió berrear que me habían hecho la cama. Es una trampa, la inclinación de la letra corresponde a un derecho y yo escribo con la zurda, fue toda mi evidencia desoída por ella.
El timbre de salida me ensordeció en Dirección. Pese a la congoja que mostré durante el sermón de la directora, no zafé de la medida disciplinaria. Hay algo que no pensó, actué la pausa dramática, ¿cómo voy a tener un machete preparado si fue una prueba sorpresa?
Tambaleó, hubiese estado providencial verla noqueada por mi lógica, pero casi. No estoy interesada en tales suspicacias, la maestra te encontró copiándote, eso es todo, y cerró el cuaderno de comunicaciones donde había garabateado una nota por mala conducta y citado a mis padres.
De remate me emboscaron a dos cuadras de la escuela.
Giovanelli, el intocable de las mujeres, masticaba una escupida. Bilbao, con mueca socarrona, se quitaba el flequillo de la frente dándose jeta de malo. Monti tenía claro su objetivo, trompearme.
¿Cuál de ustedes me puso el machete? adopté pose de combate que no los ahuyentó. Giovanelli rió. No te tenía tan listo, lo azucé. ¿Cómo supiste de la prueba sorpresa? alcancé a preguntar, pero el desbocado de Monti me impidió desentrañar el misterio con su gancho a la pera. Por algún reflejo involuntario esquivé el puñetazo, pero no conté que en boxeo los golpes vienen de a pares; el 1-2 fue demasiado, y besé el suelo.
No tuve la suerte de irme a negro, un desmayo a tiempo, o que alguien tirase la toalla, estaba solo, como había dicho Moira, solo y grogui. Entonces hice algo inédito, le salté al cuello. Sin la ferocidad o brutalidad para ahorcarlo pero vendiendo cara la piel. Ahí se metió Bilbao y con su manaza me despegó del otro, que estaba tumbado recibiendo mis golpes de debilucho, y otra vez sopa; me fajaron.
¿Por qué no se meten con alguien de su tamaño? Y si bien no reí con la alusión a mi estatura, jamás me alegré tanto de ver a Moira en muletas. Más veloz que una lombriz me arrastré hasta él. Quedamos enfrentados a escasos metros, dos de un lado y tres del otro. ¿Cómo la ves? me preguntó Moira ansioso. ¡Dales con las muletas en la cabeza, se las rompés! declaré a los gritos; y pese a mi pronóstico, surtió efecto. Ya no los veía tan convencidos, máxime si a Moirano se le ocurría blandir las muletas o darles con el yeso. Aproveché que se acobardaron y con las últimas fuerzas le tire a Monti con lo que encontré a mano, una botella rota, tan certero que le tajeé el brazo, feo, sanguinolento.
Hizo puchero como el niño que era. ¡Llorón, ve sangre y se muere! hice leña del Monti caído. Los demás no sabían qué hacer, si ignorar sus lagrimones o llamar por teléfono a la mamá para que viniese a buscarlo. Ganó el desinterés que nos inculcan desde chicos, lo dejaron; nosotros también, pero triunfantes.
En el verano de séptimo grado nos mudamos a provincia y no vi más a Moirano.
La reja que circunda la propiedad no es obstáculo; trepo, salto y aterrizo.
Camino por el jardín en cuclillas, años de patrullaje aguzaron mis sentidos, huelo agrio en el aire, miedo, me acovacho en un arbusto, no sabrá qué lo golpeó.
Ramírez y Barros ingresan por el frente, lo van arruinar con sus linternas y gritos. ¡Ahí está! vocifera Barros. Escucho pisadas rápidas y jadeos. ¡Alto, policía! es la voz de Ramírez. Dos, tres, recién al cuarto disparo le dan al intruso, que grita ahogado y silencio.
No me identifico, atravieso la oscuridad en sigilo. Otra ráfaga pasa silbando, los idiotas no saben que soy yo, me arrastro hasta la sombra de un árbol, y ahí lo encuentro acodado, no dispares, me suplica casi inaudible, vendo mi posición, alumbro su cara.
Me muevo sin titubear, ligero, y desenfundo. Moira mira sin ver, no sabe que los caminos me trajeron aquí, a batirme contra los míos, a reclamar el lugar, entonces disparo.
Oculto a mi amigo en un tinglado seguro. Le tomará meses reponerse, y más aún que nos dejen de buscar. Con caras distintas y pasaportes apócrifos seremos otros.
En la margen opuesta.
Moira y Extrabanana; así nos conocían en el grado. Él, la parte brutal, yo, actuaba de diablillo, instigador de peleas y pretendido líder.
Sus padres eran farmacéuticos venidos a menos, al punto que Moira andaba en andrajos y casi no tenía útiles. Los demás chicos tampoco se la hacían fácil, en especial Bilbao, Monti y Giovanelli. Y fue durante una escaramuza que estrechamos lazo.
Venían cercándolo, aunque Moira aguantaba los embates de los tres, que no se le animaban solos, la situación pintaba grave pues Bilbao se encaramaba por detrás para patearlo.
Fui al grano cuando hablé. A Patricio Monti le recordé su patética imagen de la mañana ahorcado a su madre, suplicando que no lo abandonara. Con Giovanelli, un mastodonte con cabeza de chupetín, sólo tuve que preguntarle cuántas chicas se habían animado a besarlo cuando jugábamos al semáforo; se deprimió. Y para el epílogo me di el gusto de humillar a Bilbao con un mordaz calificativo sobre el flequillo que le había hecho el peluquero.
Los tres deficientes tardaron en comprender la ironía lo que me tomó formarme junto a Moira y escupirlos durante el escape.
No sé qué oculta fuerza me impulsó a interponer mi metro cincuenta entre los abusadores y él. Lo cierto es que luego de aquella peripecia nos volvimos cómplices. Yo lo ayudaba con la tarea y las pruebas de lengua y a cambio me secundaba en las más descabelladas incursiones. ¿Tiramos manzanas desde la terraza? ¿A qué no le gritás a ese policía que es un cagón? ¿Le pedimos a Emilia que nos muestre la bombacha en el recreo?
Pasado ese tiempo, y como si todo debiera equilibrarse, vino la contracara.
Moira se fracturó la pierna durante el recreo. Cuando le pregunté cómo había sido se mostró ambiguo. Le prescribieron un mes de reposo en la indecible compañía de un yeso hasta la ingle.
A los días recibí una comunicación suya; me llamaba de un teléfono público, ¿cómo hiciste para salir? quise saber, pero omitió la respuesta. Le conté que todos preguntaban por él, hasta los maestros lo extrañaban, y que lo iba a ayudar para que no repitiese de grado. Por qué me decís eso, lo noté alarmado; pero me hice el opa en relación al 1 que se había sacado en la prueba de matemática. Hablamos poco más porque se agotaba el tiempo del cospel. Me recordó que andaba solo, y no pude saber qué insinuó porque se cortó.
Segunda infamia, tuvimos la típica “saquen una hoja” con la de historia. Eran cinco preguntas que sabía sobre mayas y aztecas, pero alguien me plantó un machete. Según palabras de la maestra estaba tirado junto a mi silla y la letra se parecía mucho a la mía. De nada me valió berrear que me habían hecho la cama. Es una trampa, la inclinación de la letra corresponde a un derecho y yo escribo con la zurda, fue toda mi evidencia desoída por ella.
El timbre de salida me ensordeció en Dirección. Pese a la congoja que mostré durante el sermón de la directora, no zafé de la medida disciplinaria. Hay algo que no pensó, actué la pausa dramática, ¿cómo voy a tener un machete preparado si fue una prueba sorpresa?
Tambaleó, hubiese estado providencial verla noqueada por mi lógica, pero casi. No estoy interesada en tales suspicacias, la maestra te encontró copiándote, eso es todo, y cerró el cuaderno de comunicaciones donde había garabateado una nota por mala conducta y citado a mis padres.
De remate me emboscaron a dos cuadras de la escuela.
Giovanelli, el intocable de las mujeres, masticaba una escupida. Bilbao, con mueca socarrona, se quitaba el flequillo de la frente dándose jeta de malo. Monti tenía claro su objetivo, trompearme.
¿Cuál de ustedes me puso el machete? adopté pose de combate que no los ahuyentó. Giovanelli rió. No te tenía tan listo, lo azucé. ¿Cómo supiste de la prueba sorpresa? alcancé a preguntar, pero el desbocado de Monti me impidió desentrañar el misterio con su gancho a la pera. Por algún reflejo involuntario esquivé el puñetazo, pero no conté que en boxeo los golpes vienen de a pares; el 1-2 fue demasiado, y besé el suelo.
No tuve la suerte de irme a negro, un desmayo a tiempo, o que alguien tirase la toalla, estaba solo, como había dicho Moira, solo y grogui. Entonces hice algo inédito, le salté al cuello. Sin la ferocidad o brutalidad para ahorcarlo pero vendiendo cara la piel. Ahí se metió Bilbao y con su manaza me despegó del otro, que estaba tumbado recibiendo mis golpes de debilucho, y otra vez sopa; me fajaron.
¿Por qué no se meten con alguien de su tamaño? Y si bien no reí con la alusión a mi estatura, jamás me alegré tanto de ver a Moira en muletas. Más veloz que una lombriz me arrastré hasta él. Quedamos enfrentados a escasos metros, dos de un lado y tres del otro. ¿Cómo la ves? me preguntó Moira ansioso. ¡Dales con las muletas en la cabeza, se las rompés! declaré a los gritos; y pese a mi pronóstico, surtió efecto. Ya no los veía tan convencidos, máxime si a Moirano se le ocurría blandir las muletas o darles con el yeso. Aproveché que se acobardaron y con las últimas fuerzas le tire a Monti con lo que encontré a mano, una botella rota, tan certero que le tajeé el brazo, feo, sanguinolento.
Hizo puchero como el niño que era. ¡Llorón, ve sangre y se muere! hice leña del Monti caído. Los demás no sabían qué hacer, si ignorar sus lagrimones o llamar por teléfono a la mamá para que viniese a buscarlo. Ganó el desinterés que nos inculcan desde chicos, lo dejaron; nosotros también, pero triunfantes.
En el verano de séptimo grado nos mudamos a provincia y no vi más a Moirano.
* * *
Odio patrullar. La casa en silencio y el portón sin luz; parece que los dueños no están. Pido directivas, tardan en confirmar y vienen con lo de siempre, señales de acceso no autorizado en puertas 1 y 4. Procedo a verificar el perímetro. Ramírez y Barros en camino.La reja que circunda la propiedad no es obstáculo; trepo, salto y aterrizo.
Camino por el jardín en cuclillas, años de patrullaje aguzaron mis sentidos, huelo agrio en el aire, miedo, me acovacho en un arbusto, no sabrá qué lo golpeó.
Ramírez y Barros ingresan por el frente, lo van arruinar con sus linternas y gritos. ¡Ahí está! vocifera Barros. Escucho pisadas rápidas y jadeos. ¡Alto, policía! es la voz de Ramírez. Dos, tres, recién al cuarto disparo le dan al intruso, que grita ahogado y silencio.
No me identifico, atravieso la oscuridad en sigilo. Otra ráfaga pasa silbando, los idiotas no saben que soy yo, me arrastro hasta la sombra de un árbol, y ahí lo encuentro acodado, no dispares, me suplica casi inaudible, vendo mi posición, alumbro su cara.
Me muevo sin titubear, ligero, y desenfundo. Moira mira sin ver, no sabe que los caminos me trajeron aquí, a batirme contra los míos, a reclamar el lugar, entonces disparo.
Oculto a mi amigo en un tinglado seguro. Le tomará meses reponerse, y más aún que nos dejen de buscar. Con caras distintas y pasaportes apócrifos seremos otros.
En la margen opuesta.
lunes, 28 de marzo de 2011
Él
De tres botones, el cuello podía enrollarse a modo de solapa, o estirarlo hasta embozarme la cara, tenía dos pequeños bolsillos por la cintura, pero lo sobresaliente era el tejido, lana gruesa, tres colores, blanco, marrón y el toque de clase, rojo ladrillo, que en combinación con los demás le daba un viso autóctono, o también iba si me la daba de poetisa, o intelectual, el pelo revuelto, un pañuelo haciendo juego, la camiseta negra, el jean gastado, y otro detalle, la bombacha asomando perezosa. Sin mencionar que lo había tejido la tía Nela para papá, y era lo único material que guardaba de él.
Postdata, mis ex me lo pedían de regalo, o que les tejiera uno, reía, a uno le dije que el amor no me llegaba a tanto, como se enojó fiero no volví a repetirlo, a otros se los dejé probar dentro del departamento, y los menos sólo tuvieron el privilegio de verlo sobre estos huesos.
Y así hasta que lo robaron.
Fue el viejo taimado del lavadero, no tengo dudas, recapitularé, se había roto el lavarropa, y como soy maniática de la acumulación, decidí llevarla al lavadero. Fue la última vez que lo vi. Le reclamé acaloradamente al viejo ladino, se escudó en que debería haberlo hecho al momento del retiro, no tres días después; fue lo que tardé en descubrirlo, retruqué, pero no hubo caso, tampoco cuando lo amenacé con defensa al consumidor, o que todo el barrio lo sabría. Me tildó de histérica, y en dieciséis años jamás tuve quejas, oí que mentía mientras cerraba de un portazo a mis espaldas.
Pasé unas semanas cavilando, queriendo superarlo, angustiada por la pérdida, iracunda, me costaba dormir, andaba hinchada, hasta que me sinceré; quería venganza, recobrar lo mío, humillarlo.
Por cuestiones de envergadura física descarté ideas como atacarlo de atrás con un garrote, podía contratar a un pegador para que lo deformara, pero enseguida lo suprimí, demasiado impersonal, además, a menos que me escondiera detrás de un árbol no disfrutaría la golpiza, y corría el riesgo que luego me extorsionara el pegador, por dinero o carne.
Tampoco actos vandálicos, de qué me serviría romper la fachada del negocio, o pintarle las paredes con obscenidades, o arrojarle caca dentro de una bolsa del lavadero. Y luego de pensarlo me avergoncé, porque así actuaban mis hermanos, y por más tentador que sonase no iba a convocarlos, ya bastante con mi malicia como para adosar la de ellos; sin contar que en ningún caso recuperaba el objeto de mi deseo, sólo menguaba mi odio; y ni siquiera.
La veterinaria, íntima mía de hacía mucho, conocía al matrimonio que lindaba con la casa del viejo, luego de insistir me los presentó. Llevé medialunas y masas, ellos invitaron el mate. Exageré algunas partes, también lloré, y promediando el relato ya estaban de mi lado, ayudó que tuviesen su propio encono con el viejo por unas sábanas desteñidas, eso y lo intrépido del plan. Todos los días, entre las siete y ocho de la noche, cerrado ya el boliche, rumbeaba a la plaza, mayormente conversaba con otros seniles, otras, cuando faltaban sus compañeros, fumaba solo y ojeaba a todas las que pasaban, sin sospechar que yo estaría trepada a la medianera del matrimonio, aterrizando en su galería. Aclaración, el terreno no terminaba en el lavadero, pegada al negocio venía su vivienda, un largo ph bien disimulado.
Me descolgué desde dos metros de altura, intenté amortiguar la caída pero pareció un desplome, de hecho me torcí el tobillo, debería haber entrado en calor, recordé el consejo de mi profesor de aerobic, el dolor me disparó otro pensamiento, qué estaba haciendo, tuve ganas de treparme y volver, miedo, tiritaba, hasta que se me vinieron mis hermanos a la mente, sus bromas de mal gusto, los veraneos, las mejores risas de mi vida, y de a poco recobré la calma.
Tres puertas frente a mí, reconocí la del medio como el baño, en sigilo fui a la izquierda, madera, dos hojas, y banderola, imposible que no hiciera ruido, giré la manija de bronce, nada, le di un tirón, tampoco, la sujete con las manos y empujé para adentro y afuera, craso error.
Me volteó un alud de ropa, caí de trompa, grité del susto, grité más por la fuerza con que golpeaba, pensé en agua llevándome, justo cuando hice pie algo lanudo me pegó de llenó, es él, lo confundí con un edredón, nadé mi camino de regreso, entre sábanas finas y tapices, hasta que me agarré de la manija y abrí la compuerta, la otra hoja. En menos de lo que pensé me encontré flotando a metro y medio sobre lo que parecía un pomposo telón escarlata, inédito, se inundaba la galería, en poco rebalsaría la medianera, aspiré una bocanada y me sumergí, costó avanzar debido a unos ponchos, y cuando los atravesé vinieron mantas y cinturones como anguilas, pero me sobrepuse, llegué con el resto de aire a la puerta de la derecha, ¿otro alud de ropa? si conseguía destrabarla desataría una marejada bíblica, dudé, estaba loca, cómo podía ser cierto, y sin embargo me estaba ahogando en telas, lo hice, la destrabé. Me arrancaron de ahí, del pelo y el brazo, viajaba a la superficie, presentí que era el viejo, sus dedos sarmentosos, me dio una arcada, vomité un pañuelo, y pasó.
Dicen que la ola se vio a tres cuadras, tuve suerte porque caí sobre la copa de un árbol, me fracturé seis huesos, en el hospital descubrieron que abusaba de los barbitúricos, viví mucho internada, hasta que una noche me fugué con mis hermanos.
El lavadero funciona como feria americana, la dirigen los carenciados. Cuando me entrevistaron para Ripley les conté que la marea se llevó al viejo, ¿a dónde? are you insane? you´re talking about clothes. ¡Se lo llevó! y no preguntaron más.
Otros dicen que huyó de la vergüenza; embozado en mi cárdigan.
Postdata, mis ex me lo pedían de regalo, o que les tejiera uno, reía, a uno le dije que el amor no me llegaba a tanto, como se enojó fiero no volví a repetirlo, a otros se los dejé probar dentro del departamento, y los menos sólo tuvieron el privilegio de verlo sobre estos huesos.
Y así hasta que lo robaron.
Fue el viejo taimado del lavadero, no tengo dudas, recapitularé, se había roto el lavarropa, y como soy maniática de la acumulación, decidí llevarla al lavadero. Fue la última vez que lo vi. Le reclamé acaloradamente al viejo ladino, se escudó en que debería haberlo hecho al momento del retiro, no tres días después; fue lo que tardé en descubrirlo, retruqué, pero no hubo caso, tampoco cuando lo amenacé con defensa al consumidor, o que todo el barrio lo sabría. Me tildó de histérica, y en dieciséis años jamás tuve quejas, oí que mentía mientras cerraba de un portazo a mis espaldas.
Pasé unas semanas cavilando, queriendo superarlo, angustiada por la pérdida, iracunda, me costaba dormir, andaba hinchada, hasta que me sinceré; quería venganza, recobrar lo mío, humillarlo.
Por cuestiones de envergadura física descarté ideas como atacarlo de atrás con un garrote, podía contratar a un pegador para que lo deformara, pero enseguida lo suprimí, demasiado impersonal, además, a menos que me escondiera detrás de un árbol no disfrutaría la golpiza, y corría el riesgo que luego me extorsionara el pegador, por dinero o carne.
Tampoco actos vandálicos, de qué me serviría romper la fachada del negocio, o pintarle las paredes con obscenidades, o arrojarle caca dentro de una bolsa del lavadero. Y luego de pensarlo me avergoncé, porque así actuaban mis hermanos, y por más tentador que sonase no iba a convocarlos, ya bastante con mi malicia como para adosar la de ellos; sin contar que en ningún caso recuperaba el objeto de mi deseo, sólo menguaba mi odio; y ni siquiera.
La veterinaria, íntima mía de hacía mucho, conocía al matrimonio que lindaba con la casa del viejo, luego de insistir me los presentó. Llevé medialunas y masas, ellos invitaron el mate. Exageré algunas partes, también lloré, y promediando el relato ya estaban de mi lado, ayudó que tuviesen su propio encono con el viejo por unas sábanas desteñidas, eso y lo intrépido del plan. Todos los días, entre las siete y ocho de la noche, cerrado ya el boliche, rumbeaba a la plaza, mayormente conversaba con otros seniles, otras, cuando faltaban sus compañeros, fumaba solo y ojeaba a todas las que pasaban, sin sospechar que yo estaría trepada a la medianera del matrimonio, aterrizando en su galería. Aclaración, el terreno no terminaba en el lavadero, pegada al negocio venía su vivienda, un largo ph bien disimulado.
Me descolgué desde dos metros de altura, intenté amortiguar la caída pero pareció un desplome, de hecho me torcí el tobillo, debería haber entrado en calor, recordé el consejo de mi profesor de aerobic, el dolor me disparó otro pensamiento, qué estaba haciendo, tuve ganas de treparme y volver, miedo, tiritaba, hasta que se me vinieron mis hermanos a la mente, sus bromas de mal gusto, los veraneos, las mejores risas de mi vida, y de a poco recobré la calma.
Tres puertas frente a mí, reconocí la del medio como el baño, en sigilo fui a la izquierda, madera, dos hojas, y banderola, imposible que no hiciera ruido, giré la manija de bronce, nada, le di un tirón, tampoco, la sujete con las manos y empujé para adentro y afuera, craso error.
Me volteó un alud de ropa, caí de trompa, grité del susto, grité más por la fuerza con que golpeaba, pensé en agua llevándome, justo cuando hice pie algo lanudo me pegó de llenó, es él, lo confundí con un edredón, nadé mi camino de regreso, entre sábanas finas y tapices, hasta que me agarré de la manija y abrí la compuerta, la otra hoja. En menos de lo que pensé me encontré flotando a metro y medio sobre lo que parecía un pomposo telón escarlata, inédito, se inundaba la galería, en poco rebalsaría la medianera, aspiré una bocanada y me sumergí, costó avanzar debido a unos ponchos, y cuando los atravesé vinieron mantas y cinturones como anguilas, pero me sobrepuse, llegué con el resto de aire a la puerta de la derecha, ¿otro alud de ropa? si conseguía destrabarla desataría una marejada bíblica, dudé, estaba loca, cómo podía ser cierto, y sin embargo me estaba ahogando en telas, lo hice, la destrabé. Me arrancaron de ahí, del pelo y el brazo, viajaba a la superficie, presentí que era el viejo, sus dedos sarmentosos, me dio una arcada, vomité un pañuelo, y pasó.
Dicen que la ola se vio a tres cuadras, tuve suerte porque caí sobre la copa de un árbol, me fracturé seis huesos, en el hospital descubrieron que abusaba de los barbitúricos, viví mucho internada, hasta que una noche me fugué con mis hermanos.
El lavadero funciona como feria americana, la dirigen los carenciados. Cuando me entrevistaron para Ripley les conté que la marea se llevó al viejo, ¿a dónde? are you insane? you´re talking about clothes. ¡Se lo llevó! y no preguntaron más.
Otros dicen que huyó de la vergüenza; embozado en mi cárdigan.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Los Libertinos
Salvo excepciones la primera vez es sufrida, trabajosa, y memorable sólo porque es la primera, el resto, tierra inexplorada.
Él la apuntaló en avatares tecnológicos, cámara, conexiones y programas, ella, en la ambientación, la ropa que vestirían, y los aspectos prohibidos, eyacular, comentarlo con otros, meterse cosas, y etcéteras depravados. Allá era medianoche, acá día, bajó las persianas y dejó una difuminada luz, tal cual había ordenado ella, estaba limpio, entalcado, y de seguro la deslumbraría con su calzón nuevo.
Hizo la llamada virtual, timbró, así por minutos. Se preocupó, más bien se alarmó, jamás había llegado tarde en el mundo real, menos aquí. Reintentó cuatro veces, y en la espera imaginaba escenarios, todos indecibles. Llamó una quinta, contestó, pero en vez de su chica en tetas y bombacha translúcida, el espectáculo de su concha a través de la tela lo perdía, apareció un tipo con el torso desnudo mirando a cámara, ajustando el ángulo, la cama, el espejo, el velador, sin duda era su cuarto, quiso habilitar el micrófono sin éxito, cine mudo, pensó al tiempo que el energúmeno se quitaba los pantalones sentado en la cama.
Antes que pudiera trazar su línea de acción, entre llamar a la policía de aquel país o viajar a matarla, entró una mujer a cuadro, alta, flaca, vestido negro arriba de la rodilla, largas crenchas, y no vio sus rasgos porque la imagen era pobre. Lo que sí atestiguó desorbitado, perplejo, fue la determinación con que le bajó el calzoncillo, se hizo de su pito blando y lo metió rítmicamente en la boca. ¿Sería la amiga de su novia? no la conocía, pero según lo que recordaba era remoto que lo fuese, y menos cuando dejó de chuparlo, caminó hacia la cámara, alzó el vestido, y su concha de ángel ocupó la pantalla.
Por más que lo acometió una profusa erección, y se le ocurrió devolver el gesto con su pito en primer plano, cortó, incluso apagó la compu, algo impensado desde que ella había viajado, la necesidad de verse, maldito grillete.
Oyó el contestador de su celular más de cuarenta veces, poco le importaba que lo tildase de insano compulsivo, no después de la sesión porno, quizás no debería haber apagado, pero temió que si fisgoneaba de más aparecería la otra en trío con el energúmeno, no, incapaz de esa infamia, tal vez había sido una sorpresa malinterpretada, la pareja de lamedores exhibicionistas era el preludio, luego ellos, el acto principal, menos creíble que la anterior, dejó de teorizar.
Recién a la noche se dignó a devolver los mil telefonemas perdidos, como suponía dijo que estaba loco por desconfiar de ella, había trabajado dos turnos en el restaurante, y no avisó porque el celular se quedó sin batería, sólo eso. Sobre las imágenes infirió que eran conocidos de su compañera de casa. ¿Y cómo carajo sabían la exacta hora a la que se iban a conectar? se sintió irrefutable cuando regurgitó la pregunta. No sabía, pero reconoció que lo había contado durante una cena de mujeres, rota la ley del secreto. Por lo menos te va a costar una doma con vibrador.
Y aunque con el tiempo, y mucha insistencia, accedió a todas sus fantasías, bajezas que no hubiese representado en vivo, sólo posibles por la mediación de la cámara; siempre abrigó sospechas, no le cerraba lo de aquella vez, demasiados interrogantes en el gris. Por eso, siempre que podía, invitaba a una amiga para que lo mirase desde fuera de cuadro, mientras lo hacía con su chica vía remota. Después le tocaba a ella.
Él la apuntaló en avatares tecnológicos, cámara, conexiones y programas, ella, en la ambientación, la ropa que vestirían, y los aspectos prohibidos, eyacular, comentarlo con otros, meterse cosas, y etcéteras depravados. Allá era medianoche, acá día, bajó las persianas y dejó una difuminada luz, tal cual había ordenado ella, estaba limpio, entalcado, y de seguro la deslumbraría con su calzón nuevo.
Hizo la llamada virtual, timbró, así por minutos. Se preocupó, más bien se alarmó, jamás había llegado tarde en el mundo real, menos aquí. Reintentó cuatro veces, y en la espera imaginaba escenarios, todos indecibles. Llamó una quinta, contestó, pero en vez de su chica en tetas y bombacha translúcida, el espectáculo de su concha a través de la tela lo perdía, apareció un tipo con el torso desnudo mirando a cámara, ajustando el ángulo, la cama, el espejo, el velador, sin duda era su cuarto, quiso habilitar el micrófono sin éxito, cine mudo, pensó al tiempo que el energúmeno se quitaba los pantalones sentado en la cama.
Antes que pudiera trazar su línea de acción, entre llamar a la policía de aquel país o viajar a matarla, entró una mujer a cuadro, alta, flaca, vestido negro arriba de la rodilla, largas crenchas, y no vio sus rasgos porque la imagen era pobre. Lo que sí atestiguó desorbitado, perplejo, fue la determinación con que le bajó el calzoncillo, se hizo de su pito blando y lo metió rítmicamente en la boca. ¿Sería la amiga de su novia? no la conocía, pero según lo que recordaba era remoto que lo fuese, y menos cuando dejó de chuparlo, caminó hacia la cámara, alzó el vestido, y su concha de ángel ocupó la pantalla.
Por más que lo acometió una profusa erección, y se le ocurrió devolver el gesto con su pito en primer plano, cortó, incluso apagó la compu, algo impensado desde que ella había viajado, la necesidad de verse, maldito grillete.
Oyó el contestador de su celular más de cuarenta veces, poco le importaba que lo tildase de insano compulsivo, no después de la sesión porno, quizás no debería haber apagado, pero temió que si fisgoneaba de más aparecería la otra en trío con el energúmeno, no, incapaz de esa infamia, tal vez había sido una sorpresa malinterpretada, la pareja de lamedores exhibicionistas era el preludio, luego ellos, el acto principal, menos creíble que la anterior, dejó de teorizar.
Recién a la noche se dignó a devolver los mil telefonemas perdidos, como suponía dijo que estaba loco por desconfiar de ella, había trabajado dos turnos en el restaurante, y no avisó porque el celular se quedó sin batería, sólo eso. Sobre las imágenes infirió que eran conocidos de su compañera de casa. ¿Y cómo carajo sabían la exacta hora a la que se iban a conectar? se sintió irrefutable cuando regurgitó la pregunta. No sabía, pero reconoció que lo había contado durante una cena de mujeres, rota la ley del secreto. Por lo menos te va a costar una doma con vibrador.
Y aunque con el tiempo, y mucha insistencia, accedió a todas sus fantasías, bajezas que no hubiese representado en vivo, sólo posibles por la mediación de la cámara; siempre abrigó sospechas, no le cerraba lo de aquella vez, demasiados interrogantes en el gris. Por eso, siempre que podía, invitaba a una amiga para que lo mirase desde fuera de cuadro, mientras lo hacía con su chica vía remota. Después le tocaba a ella.
sábado, 29 de enero de 2011
Las Martellianas, finito
Quién hubiera imaginado que un simple descuido, un paquete de galletitas cayendo detrás de la heladera desataría lo peor de las hormigas. Los habitantes del departamento quisieron rescatarlo, además eran sus favoritas, pero fue imposible desempotrar la heladera. Ella sugirió envenenar el alimento, revertir el error, cebo. Él, sólo por contradecirla, propuso dejarlo así, el paquete estaba cerrado, en caso que las hormigas lo hallaran no podrían cruzar el plástico, probablemente creyeran que era un tótem o un asteroide. Pese a la ocurrencia prevaleció la jeringa con veneno, en las juntas de la mesada, los zócalos, las minúsculas grietas, los rincones, y el epicentro del bombardeo, la hendija por donde habían caído las galletitas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
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