Mientras el vicario rezaba por el alma del padre de su ex, devenida amiga, él se enamoraba de una joven asistente al entierro, el rompecabezas de la fémina perfecta.
Dejó de mirarla porque ya era alevoso. Se ubicó junto a su ex, debía consolarla sin que pareciera que tenían algo. En un impasse de lágrimas, teniéndola fuerte de la mano, y fingiendo desinterés, le preguntó por la extraña, ¿no se parece a esa amiga tuya? cómo se llamaba. Pero lo conocía mejor, ¡¿te gusta?! Ssssshhhh, nada que ver, mintió.
Se acercó un anciano, mi pésame, dijo, y la abrazó. Luego otro, condolencias y beso, una mujer en silla de ruedas, lo siento hijita, un niño con una flor. Y en menos de lo que imaginó se armó un corro de dolientes, y él de la mano de la ex.
La fémina perfecta venía cuarta en fila detrás de los compañeros de laburo del muerto, los despachó rápido y antes que pudiera acomodarse el jopo la tuvo ahí.
La ex le clavó las uñas como diciéndole una multiplicidad de cosas, desde sé lo que pensás, pasando por sos un pervertido, hasta no te desubiques. De cerca le pareció más imposible que a la distancia, el nacimiento de Venus, de ahí la recordaba, podía ser la mismís… ¡volvé! gritó la conciencia, justo cuando la diosa besaba a su ex, en una mejilla y en la otra. Que hija d… no me la va a presentar, encima la Venus no había hecho contacto ni siquiera con el rabillo, se inclinó más para aparecer en su campo visual, sintió en la periferia la uña de la ex atravesando la carne, ¡mirame! suplicó. Ella giró para irse y en el movimiento le rozó el pito con la cartera.
Es una cita, pensó triunfante, la Venus se aggiornó a los tiempos y me la tocó, no fue accidental. Sólo debía esperar a que terminase el servicio para invitarla a un café. Un cuarto de hora después, cuando al fin le soltó la mano, y recorrió el lugar a los empujones, descubrió espeluznado que de las sesenta y siete caras, incluyendo la del muerto, ninguna era su fémina. Dónde estás ninfa de la siesta, la invocó, y hasta hubiese gritado su bronca de no ser una ocasión delicada.
Ahora, desahuciado, y con el pito aún palpitante, la oferta de la ex sonaba distinto. Le había pedido que la llevara a casa y se la cogiera bien cogida porque ya no podía más de tristeza. De lo más sentido en mucho tiempo. Además le daba la posibilidad de indagarla sobre Venus.
Trató sin éxito de olvidar la otra confesión, papá te odiaba, qué puta necesidad de decirlo.
Narrativas de género, y de paso
viernes, 23 de septiembre de 2011
sábado, 10 de septiembre de 2011
Métodos para matar a un perro que no deja de ladrar
Ojalá fuera tan fácil, ojalá no lo carcomiese la culpa, ojalá dejara de mentir y de usar la palabra “ojalá”. Justo él que se llenaba la boca de amor a todas las criaturas, y además vivía con un perro, Domingo, que, aunque viejo y medio sordo, era su hijo. Justo él, sin tanto remordimiento como pareciera, había decidido asesinar a Blanqui, el mestizo de la vecina.
En algún nivel, que no reconocía en público, creía que si no lo hacía acabaría matando a la vieja, y que tanto desprecio por el perro, plenamente justificado, era también transferencia de la aprensión que sentía por la dueña de Blanqui.
Ponerse a evocar las disputas lo ponía de pésimo humor, la medianera, los caños rotos, las palomas cagándole su entrada porque ella les tiraba migas, la vez que llamó a la policía porque gritaba con su novia, y después anduvo diciendo que era golpeador, y otros episodios con exacto resultado, siempre mal parado, o en falta, o con reputación de mierda. Otro tanto le cabía por el mestizo, el más perverso ladrador que había conocido, ante el mínimo sonido, desde música, ruido de cacerolas, o el timbre, hasta conversaciones en voz baja que no se explicaba cómo las oía, y ladraba, Blanqui, apócope de blanquito, nunca cerraba el pico.
Lejos habían quedado los intentos de razonar con ella, al principio se mostraba receptiva y condescendiente frente a sus reclamos, aunque ni bien se iba nada cambiaba, y el maldito Blanqui volvía a chumbar, con más ganas, como vengándose de las quejas, de haberlo delatado ante la dueña.
Probó aunarse con los vecinos, y sólo le sirvió para descubrir la infausta verdad, no querían verlo, ni oír siquiera su versión de los hechos, el lavado cerebral era magnífico, vencido por una vieja, sin duda la había subestimado, no había previsto su antigüedad en el barrio y la influente oratoria sobre todos los que vivían en la cuadra, él era el intolerante, enemigo público.
Los alaridos de Blanqui a la luna le trajeron más que insomnio, mala performance en el trabajo, falto de atención, irritabilidad y un llamativo descuido en su apariencia, el otrora oficinista exitoso había dejado su silla al actual inseguro manojo de nervios que consideraba seriamente mudarse de casa, otro barrio, otro inicio, escapar de ahí.
Ya había considerado la opción “matar al mestizo”, de hecho tenía algunas técnicas ensayadas en la mente, todas variantes con veneno, y aunque parecían efectivas, como el bofe rociado de arsénico, dejaban rastros del plan. También analizó sobornar al paseador de Blanqui para que lo devolviese muerto, fruto de algún accidente creíble, pero con su suerte seguro que acababa denunciado, y ahí sí lo echaban del barrio. Mejor que delegar es hacer, se dio ánimo, y sin demasiado análisis más que lo antedicho, eligió la tercera opción, una que lo obligaba a tomar las riendas en primera persona. Operativo comando a lo de la vecina, secuestro del can, y posterior muerte, como método se había inclinado por asfixiarlo con una almohadón; y para deshacerse del cuerpo debía cavar una pequeña fosa en el jardín. La idea de enterrar la evidencia en los límites de su propiedad no lo convencía en absoluto, era previsible y condenatorio, pero tampoco se veía transportando el cadáver por el vecindario, mejor guardar a Blanqui hasta que todo se calme, razonó, y si después quería moverlo, bueno, sería más sencillo. Previendo el escenario ya tenía una bolsa de cal lista.
Esperó casi un mes hasta el verano, y una de esas noches de extremo calor y humedad, cuando la vieja abría la puerta para que el mestizo fuese a dormir más fresco al jardín, lo atacó por detrás; previo salto de medianera y un rato agazapado en la oscuridad. Pensó que lo detectaría por el olor o sus pasos ruidosos, no ocurrió, dormía profundo, y cuando estuvo a un palmo le asestó un cachiporrazo en la cabeza. Mientras miraba a Blanqui inconsciente sobre la gramilla sintió un dejo de lástima, que se fue ni bien lo asaltó la duda, ¿debía seguir con la misión, secuestro seguido de muerte y entierro, o prefería rematarlo ahí mismo? Menuda sorpresa se llevaría la vieja al encontrarlo descraneado en el jardín. Por más tentado que estuvo eligió distinto, abrió el bolso y guardó a Blanqui. Era la primera vez que sus manos tocaban al insoportable animal.
Domingo, su perro de trece años, que había heredado el nombre por un fabuloso parecido al general Perón, estaba en el living cuando él entró. Raro, pues hacía tiempo que no se aventuraba a la casa, según su dueño poseía noción de la vejez y, al igual que los elefantes, se había retirado al cementerio, el jardín trasero, donde hacía lo suyo sin estorbar a la manada. Y sin embargo ahí estaba él, agitando el rabo, husmeando el bolso.
Lo mandó afuera sin éxito, le preguntó qué carajo le pasaba, a lo que contestó con dos ladridos, hacía cuánto que no ladraba, se sorprendió. Dejó el bolso sobre la mesa y enfiló a la cocina, lo distraería con comida mientras él terminaba con Blanqui, no mordió el anzuelo, es más aprovechó el descuido y con una agilidad inusitada saltó sobre la mesa. El otro volvió corriendo y de un sopapo lo mandó al rincón. Algo se sintió muy mal dentro suyo, desde cuándo golpeaba al perro, era como pegarle a un hijo, peor, a un hijo viejo. Fue hasta él y trató de consolarlo con caricias, le pidió perdón, no me mires así, se defendió de los ojos suplicantes de Domingo, no puedo mostrarte ¿entendés?
Finalmente abrió el bolso y dejó que viera al inconsciente Blanqui, este es el hijo de puta que no deja de ladrar, lo alzó del lomo y recién a la luz notó lo sucio y flaco que estaba, lo palpó debajo de la axila, respiraba. Domingo, trepado a la silla y las orejas bajas, señal de mansedumbre, alternaba miradas ansiosas a su dueño y al invitado. Tardó un rato en persuadir al general por las buenas de que volviese al jardín. Llevó a Blanqui a la habitación, sobre la cómoda, pasó por el baño a lavarse y del living se trajo el almohadón grande. Había imaginado la secuencia de muerte una y otra vez, y en todas lo hacía con pulcra inhumanidad, sin remordimiento. Pero no había previsto la aparición estelar de Domingo, con la mirada más bonachona del orbe, le había dicho su viejo cuando se lo regaló trece años atrás. Bloqueó el recuerdo. Con la izquierda sujetó a Blanqui, que ya se removía, en la derecha tenía el almohadón, rápida y casi indolora era la muerte que tenía para ofrecerle, se acercó más, vio los ojos todavía idos del mestizo, la lengua afuera, tomó aire, 1, 2, y antes del 3 se lanzó.
Domingo ladraba alevoso, se mandó ni bien abrió la puerta, ¿qué querés? olisqueaba todo, a él en especial, el culo y las manos. Le hizo unas caricias y salió al jardín. Noche estrellada, cada vez se ven menos, pensó. Domingo seguía adentro, seguro que había olfateado el camino hasta la habitación, y cuando oyera ladridos era que había descubierto a Blanqui comiendo de su antiguo tazón. Que además era ella, Blanquita, de ahí la desesperación del general.
Buscó razones pero se quedó con la más elemental, no lo había sentido; se consoló repasando el nuevo plan, con Blanqui de su lado la iba a pagar doble. ¿Por qué no ladran? pensó ir adentro a buscarlos, están bien, retrucó. Domingo es un político de raza.
Las estrellas parecían más intrigantes. Casi un final feliz.
En algún nivel, que no reconocía en público, creía que si no lo hacía acabaría matando a la vieja, y que tanto desprecio por el perro, plenamente justificado, era también transferencia de la aprensión que sentía por la dueña de Blanqui.
Ponerse a evocar las disputas lo ponía de pésimo humor, la medianera, los caños rotos, las palomas cagándole su entrada porque ella les tiraba migas, la vez que llamó a la policía porque gritaba con su novia, y después anduvo diciendo que era golpeador, y otros episodios con exacto resultado, siempre mal parado, o en falta, o con reputación de mierda. Otro tanto le cabía por el mestizo, el más perverso ladrador que había conocido, ante el mínimo sonido, desde música, ruido de cacerolas, o el timbre, hasta conversaciones en voz baja que no se explicaba cómo las oía, y ladraba, Blanqui, apócope de blanquito, nunca cerraba el pico.
Lejos habían quedado los intentos de razonar con ella, al principio se mostraba receptiva y condescendiente frente a sus reclamos, aunque ni bien se iba nada cambiaba, y el maldito Blanqui volvía a chumbar, con más ganas, como vengándose de las quejas, de haberlo delatado ante la dueña.
Probó aunarse con los vecinos, y sólo le sirvió para descubrir la infausta verdad, no querían verlo, ni oír siquiera su versión de los hechos, el lavado cerebral era magnífico, vencido por una vieja, sin duda la había subestimado, no había previsto su antigüedad en el barrio y la influente oratoria sobre todos los que vivían en la cuadra, él era el intolerante, enemigo público.
Los alaridos de Blanqui a la luna le trajeron más que insomnio, mala performance en el trabajo, falto de atención, irritabilidad y un llamativo descuido en su apariencia, el otrora oficinista exitoso había dejado su silla al actual inseguro manojo de nervios que consideraba seriamente mudarse de casa, otro barrio, otro inicio, escapar de ahí.
Ya había considerado la opción “matar al mestizo”, de hecho tenía algunas técnicas ensayadas en la mente, todas variantes con veneno, y aunque parecían efectivas, como el bofe rociado de arsénico, dejaban rastros del plan. También analizó sobornar al paseador de Blanqui para que lo devolviese muerto, fruto de algún accidente creíble, pero con su suerte seguro que acababa denunciado, y ahí sí lo echaban del barrio. Mejor que delegar es hacer, se dio ánimo, y sin demasiado análisis más que lo antedicho, eligió la tercera opción, una que lo obligaba a tomar las riendas en primera persona. Operativo comando a lo de la vecina, secuestro del can, y posterior muerte, como método se había inclinado por asfixiarlo con una almohadón; y para deshacerse del cuerpo debía cavar una pequeña fosa en el jardín. La idea de enterrar la evidencia en los límites de su propiedad no lo convencía en absoluto, era previsible y condenatorio, pero tampoco se veía transportando el cadáver por el vecindario, mejor guardar a Blanqui hasta que todo se calme, razonó, y si después quería moverlo, bueno, sería más sencillo. Previendo el escenario ya tenía una bolsa de cal lista.
Esperó casi un mes hasta el verano, y una de esas noches de extremo calor y humedad, cuando la vieja abría la puerta para que el mestizo fuese a dormir más fresco al jardín, lo atacó por detrás; previo salto de medianera y un rato agazapado en la oscuridad. Pensó que lo detectaría por el olor o sus pasos ruidosos, no ocurrió, dormía profundo, y cuando estuvo a un palmo le asestó un cachiporrazo en la cabeza. Mientras miraba a Blanqui inconsciente sobre la gramilla sintió un dejo de lástima, que se fue ni bien lo asaltó la duda, ¿debía seguir con la misión, secuestro seguido de muerte y entierro, o prefería rematarlo ahí mismo? Menuda sorpresa se llevaría la vieja al encontrarlo descraneado en el jardín. Por más tentado que estuvo eligió distinto, abrió el bolso y guardó a Blanqui. Era la primera vez que sus manos tocaban al insoportable animal.
Domingo, su perro de trece años, que había heredado el nombre por un fabuloso parecido al general Perón, estaba en el living cuando él entró. Raro, pues hacía tiempo que no se aventuraba a la casa, según su dueño poseía noción de la vejez y, al igual que los elefantes, se había retirado al cementerio, el jardín trasero, donde hacía lo suyo sin estorbar a la manada. Y sin embargo ahí estaba él, agitando el rabo, husmeando el bolso.
Lo mandó afuera sin éxito, le preguntó qué carajo le pasaba, a lo que contestó con dos ladridos, hacía cuánto que no ladraba, se sorprendió. Dejó el bolso sobre la mesa y enfiló a la cocina, lo distraería con comida mientras él terminaba con Blanqui, no mordió el anzuelo, es más aprovechó el descuido y con una agilidad inusitada saltó sobre la mesa. El otro volvió corriendo y de un sopapo lo mandó al rincón. Algo se sintió muy mal dentro suyo, desde cuándo golpeaba al perro, era como pegarle a un hijo, peor, a un hijo viejo. Fue hasta él y trató de consolarlo con caricias, le pidió perdón, no me mires así, se defendió de los ojos suplicantes de Domingo, no puedo mostrarte ¿entendés?
Finalmente abrió el bolso y dejó que viera al inconsciente Blanqui, este es el hijo de puta que no deja de ladrar, lo alzó del lomo y recién a la luz notó lo sucio y flaco que estaba, lo palpó debajo de la axila, respiraba. Domingo, trepado a la silla y las orejas bajas, señal de mansedumbre, alternaba miradas ansiosas a su dueño y al invitado. Tardó un rato en persuadir al general por las buenas de que volviese al jardín. Llevó a Blanqui a la habitación, sobre la cómoda, pasó por el baño a lavarse y del living se trajo el almohadón grande. Había imaginado la secuencia de muerte una y otra vez, y en todas lo hacía con pulcra inhumanidad, sin remordimiento. Pero no había previsto la aparición estelar de Domingo, con la mirada más bonachona del orbe, le había dicho su viejo cuando se lo regaló trece años atrás. Bloqueó el recuerdo. Con la izquierda sujetó a Blanqui, que ya se removía, en la derecha tenía el almohadón, rápida y casi indolora era la muerte que tenía para ofrecerle, se acercó más, vio los ojos todavía idos del mestizo, la lengua afuera, tomó aire, 1, 2, y antes del 3 se lanzó.
Domingo ladraba alevoso, se mandó ni bien abrió la puerta, ¿qué querés? olisqueaba todo, a él en especial, el culo y las manos. Le hizo unas caricias y salió al jardín. Noche estrellada, cada vez se ven menos, pensó. Domingo seguía adentro, seguro que había olfateado el camino hasta la habitación, y cuando oyera ladridos era que había descubierto a Blanqui comiendo de su antiguo tazón. Que además era ella, Blanquita, de ahí la desesperación del general.
Buscó razones pero se quedó con la más elemental, no lo había sentido; se consoló repasando el nuevo plan, con Blanqui de su lado la iba a pagar doble. ¿Por qué no ladran? pensó ir adentro a buscarlos, están bien, retrucó. Domingo es un político de raza.
Las estrellas parecían más intrigantes. Casi un final feliz.
sábado, 27 de agosto de 2011
Limbo
El abuelo Floreal me dijo que no le creyera a la maestra de catecismo, después discutió con mamá y papá porque me obligaban a atender esa clase, y hasta pasó unos fines de semana sin venir a verme, pero terció la abuela Pilar y todo volvió a como era, ellos retomaron la visita del domingo y yo tomé la comunión a fin de año como habían previsto, luego vino la confirmación y todo el secundario en un colegio de curas, donde catequesis era disciplina obligatoria.
Tiempazo después de aquella disputa, un domingo de mates solos, me animé a interrogar a Floreal sobre sus dichos, pensé que nunca ibas a preguntar, contestó, en aquél entonces eras muy chico, no debí haberte mezclado. Hizo una pausa, pitó de la bombilla y maldijo porque alguien había mezclado azúcar en el agua, me convidó uno con la advertencia de que estaba dulce. ¿Sabías que antes de la abuela estuve casado? No, cómo iba a saberlo, dije impaciente. Se llamaba Alma, fue mi primera novia, desde los catorce a los dieciocho, después que conseguí trabajo de zapatero nos casamos, y cuando pensaba que nuestra felicidad era completa, murió. Imaginé que diría algo de ese tenor, pero actué sorpresa, qué pasó. La atropelló un tranvía, de lo más inusual, dicen que se tiró. ¿Se suicidó? Yo no les creí.
Justo en la parte buena aparecieron mamá y la abuela Pilar que venían de la confitería con facturas para el té, lo seguimos la próxima, clausuró el abuelo. No me obsesioné pero sí le dediqué unos ratos, a qué venía el cuento, o mejor, cómo se relacionaba la muerte de Alma con aquella disputa por la comunión y catecismo, además, por qué no creyó lo del suicidio. Estuve tentado en recurrir a papá o mamá, no, mejor papá, pero honré el pacto de silencio con Floreal. Para peor llovió a mares el domingo y suspendieron, otra semana de espera.
¿Lo sabe la abuela? Claro, contestó sobrando. Caminábamos hacia la feria, en realidad sabe lo justo, corrigió. Seguimos unas cuadras sin hablar, él miraba al piso, a mí me distrajo el recuerdo de la chica del puesto de artesanías, esperaba que estuviese donde siempre.
Lo del tranvía nunca lo tragué, estábamos enamorados, aseguró, como si el sentimiento anulara la posibilidad de matarse, me dio algo, entre pena y vergüenza, después fue toda vergüenza cuando esbozó la teoría de un amigo policía, quizás había sido obra de un adoquín sobresalido en la calle, un fatal tropiezo hasta las vías, sino no se entiende; a pesar que tuve ganas de decirle que era una explicación improbable me callé.
Paramos en el puesto de revistas, fiel a su corazón cachivachero compró el diario “segundamano”. ¿Qué tiene que ver lo de Alma con el catecismo y la pelea con papá y mamá? resumí lo mejor que pude. ¿Nos sentamos ahí? señaló un banco de plaza.
Nunca había estado más triste, ni siquiera cuando murió mamá, tu bisabuela. No te voy a contar las aberraciones que hice en ese tiempo; y todo por la locura de perderla. Me sonó a letra de tango. Hasta que una mañana vi algo…demencial, una carta de Alma… ¡una carta de Alma! ¿entendés? la había escrito en el espejo empañado del botiquín, mientras me bañaba…se quedó esperando una reacción. No te creo, es como cuando era chico y me contabas historias que te habían pasado, eran cuentos, argumenté. Ya no sos chico, por qué voy a inventarlo. ¿La viste a Alma? No, sólo la carta en el espejo, parecía sincero y molesto por mi desconfianza. ¿Qué decía? Que estaba demorada, la tenían cautiva en un pabellón junto a otros. ¿Muertos? irrumpí. Otras almas, aparentemente habían elegido mal, en vez de tomar la senda oscura habían tomado el camino de luz, ¿te das cuenta? es un engaño. No quise contestar con una negativa así que hice mutis, Floreal me escrutaba serio. La palabra exacta que escribió Alma fue “barracas”, ahí los tenían, viejos, jóvenes, bebés que no llegaron a nacer. Pssst, ahí no te creo, ¿Alma dijo lo de los bebés? Hizo un gesto de aprobación, no, eso lo agregué yo. El caso es que lo que aprendiste en la iglesia está mal, esconden o ignoran lo que sucede cuando se bifurca la senda, el cruce primordial, ¿ahora entendés la discusión? De qué tamaño era el espejo, cambié de tema, una carta bastante extensa para estar escrita con vapor en el botiquín, ¿es un cuento, no? insistí. No predije su reacción, descruzó las piernas, buscó el horizonte con la mirada y se fue, encima tampoco apareció la chica de las artesanías.
No se habló más, tuve ganas de contrastar con la abuela Pilar o preguntarle a papá sobre la verdad de aquella discusión, no sucedió, parte porque preferí cuidar el lazo con Floreal y el resto por miedo al ridículo.
Recién cuando se puso muy viejo retomó la historia, me preguntó si recordaba a Alma. Claro, por qué. Nunca te conté el final, querés saberlo. Asentí. No tiene final, al menos no en esta vida, la carta en el espejo fue menos un grito de rescate que una advertencia, al fin todo se reduce a una elección, ahí no cuenta si hiciste las paz con dios antes de morir, qué camino vas a tomar. Qué camino vas a tomar, repetí medio idiota. Después él rió y seguimos con el mate en silencio.
Durante el velatorio de Floreal la abuela Pilar me dijo que había dejado un sobre para mí, son papeles, mató la sorpresa, ¿lo abriste? con un dejo de reproche. No, categórica, la vista fija en la cruz de madera frente a nosotros. ¿Qué dirá?
Me importa un pito, era un picaflor y un mentiroso.
Tiempazo después de aquella disputa, un domingo de mates solos, me animé a interrogar a Floreal sobre sus dichos, pensé que nunca ibas a preguntar, contestó, en aquél entonces eras muy chico, no debí haberte mezclado. Hizo una pausa, pitó de la bombilla y maldijo porque alguien había mezclado azúcar en el agua, me convidó uno con la advertencia de que estaba dulce. ¿Sabías que antes de la abuela estuve casado? No, cómo iba a saberlo, dije impaciente. Se llamaba Alma, fue mi primera novia, desde los catorce a los dieciocho, después que conseguí trabajo de zapatero nos casamos, y cuando pensaba que nuestra felicidad era completa, murió. Imaginé que diría algo de ese tenor, pero actué sorpresa, qué pasó. La atropelló un tranvía, de lo más inusual, dicen que se tiró. ¿Se suicidó? Yo no les creí.
Justo en la parte buena aparecieron mamá y la abuela Pilar que venían de la confitería con facturas para el té, lo seguimos la próxima, clausuró el abuelo. No me obsesioné pero sí le dediqué unos ratos, a qué venía el cuento, o mejor, cómo se relacionaba la muerte de Alma con aquella disputa por la comunión y catecismo, además, por qué no creyó lo del suicidio. Estuve tentado en recurrir a papá o mamá, no, mejor papá, pero honré el pacto de silencio con Floreal. Para peor llovió a mares el domingo y suspendieron, otra semana de espera.
¿Lo sabe la abuela? Claro, contestó sobrando. Caminábamos hacia la feria, en realidad sabe lo justo, corrigió. Seguimos unas cuadras sin hablar, él miraba al piso, a mí me distrajo el recuerdo de la chica del puesto de artesanías, esperaba que estuviese donde siempre.
Lo del tranvía nunca lo tragué, estábamos enamorados, aseguró, como si el sentimiento anulara la posibilidad de matarse, me dio algo, entre pena y vergüenza, después fue toda vergüenza cuando esbozó la teoría de un amigo policía, quizás había sido obra de un adoquín sobresalido en la calle, un fatal tropiezo hasta las vías, sino no se entiende; a pesar que tuve ganas de decirle que era una explicación improbable me callé.
Paramos en el puesto de revistas, fiel a su corazón cachivachero compró el diario “segundamano”. ¿Qué tiene que ver lo de Alma con el catecismo y la pelea con papá y mamá? resumí lo mejor que pude. ¿Nos sentamos ahí? señaló un banco de plaza.
Nunca había estado más triste, ni siquiera cuando murió mamá, tu bisabuela. No te voy a contar las aberraciones que hice en ese tiempo; y todo por la locura de perderla. Me sonó a letra de tango. Hasta que una mañana vi algo…demencial, una carta de Alma… ¡una carta de Alma! ¿entendés? la había escrito en el espejo empañado del botiquín, mientras me bañaba…se quedó esperando una reacción. No te creo, es como cuando era chico y me contabas historias que te habían pasado, eran cuentos, argumenté. Ya no sos chico, por qué voy a inventarlo. ¿La viste a Alma? No, sólo la carta en el espejo, parecía sincero y molesto por mi desconfianza. ¿Qué decía? Que estaba demorada, la tenían cautiva en un pabellón junto a otros. ¿Muertos? irrumpí. Otras almas, aparentemente habían elegido mal, en vez de tomar la senda oscura habían tomado el camino de luz, ¿te das cuenta? es un engaño. No quise contestar con una negativa así que hice mutis, Floreal me escrutaba serio. La palabra exacta que escribió Alma fue “barracas”, ahí los tenían, viejos, jóvenes, bebés que no llegaron a nacer. Pssst, ahí no te creo, ¿Alma dijo lo de los bebés? Hizo un gesto de aprobación, no, eso lo agregué yo. El caso es que lo que aprendiste en la iglesia está mal, esconden o ignoran lo que sucede cuando se bifurca la senda, el cruce primordial, ¿ahora entendés la discusión? De qué tamaño era el espejo, cambié de tema, una carta bastante extensa para estar escrita con vapor en el botiquín, ¿es un cuento, no? insistí. No predije su reacción, descruzó las piernas, buscó el horizonte con la mirada y se fue, encima tampoco apareció la chica de las artesanías.
No se habló más, tuve ganas de contrastar con la abuela Pilar o preguntarle a papá sobre la verdad de aquella discusión, no sucedió, parte porque preferí cuidar el lazo con Floreal y el resto por miedo al ridículo.
Recién cuando se puso muy viejo retomó la historia, me preguntó si recordaba a Alma. Claro, por qué. Nunca te conté el final, querés saberlo. Asentí. No tiene final, al menos no en esta vida, la carta en el espejo fue menos un grito de rescate que una advertencia, al fin todo se reduce a una elección, ahí no cuenta si hiciste las paz con dios antes de morir, qué camino vas a tomar. Qué camino vas a tomar, repetí medio idiota. Después él rió y seguimos con el mate en silencio.
Durante el velatorio de Floreal la abuela Pilar me dijo que había dejado un sobre para mí, son papeles, mató la sorpresa, ¿lo abriste? con un dejo de reproche. No, categórica, la vista fija en la cruz de madera frente a nosotros. ¿Qué dirá?
Me importa un pito, era un picaflor y un mentiroso.
sábado, 20 de agosto de 2011
El espejo de la Luna
En http://elespejodelaluna.blogspot.com/ de la librepensadora, poetisa y entrañable Marisa pueden leer un breve inédito de Matinée, es una pieza distinta a los usuales arrebatos que posteo, por eso me pareció que iría mejor en su inspirado blog. Mi sentido agradecimiento a la Nefertiti de las letras.
Salud!
sábado, 6 de agosto de 2011
La Inconclusa
Escribía sobre una idea, qué había sido de aquellos cuentos truncos, o cómo los personajes abandonados volvían para atormentar al escritor, cuando en eso acometió una erección. Palpó su pito, menos para masajearlo que para comprobar la rigidez. De seguro obedecía a dos pensamientos que nada tenían que ver con la trama del relato, pero se habían hecho lugar y ahí estaban. Uno era el recuerdo de él y su novia haciéndolo contra la pared del pasillo de su casa, en penumbra, de parados, bombeando veloz porque algún vecino podía descubrirlos, y ella actuando un poco creíble…no, no, acá no, eso lo ponía más tieso. El segundo fueron imágenes algo inconexas pero en todas aparecía la misma concha, poco pelo, apenas un sendero, los labios no del todo expuestos, buscó calificativos esmerados pero al fin se quedó con “gordita”, concha gordita, no aparecía él metiéndosela, sino distintos planos de ella, había uno del hoyo que decidió omitir. De dónde la recordaba, concluyó que lo importante era la cara ausente detrás de la visión.
Escribió sin éxito, un párrafo y lo borró, no creía en forzar la inspiración, además seguía erecto, caminó hasta la habitación contigua donde su novia dormía oronda, la puerta chirrió, silencio, oscuridad, se acostó en su lado de la cama y la rodeó con el brazo, nada, restregó el pito contra su pierna, tampoco, metió su mano debajo del pijama, de la bombacha, ahí acusó manoseo, sacó culo. Buena señal, deslizó más la mano, los dedos ávidos, pero antes de la meta lo alcanzó un alerta, su memoria táctil diciéndole que no era la concha de siempre, cierta carnosidad extra lo asustó más, pensó palparla con rigor científico pero no se animó, la llamó por el nombre, con la mano libre tocó su hombro, con la otra bajaba la bombacha, nada, y si tampoco era su novia sino la cara ause… sintió sus dedos lúbricos metiéndose en la concha, desenvainó el pito febril y lo frotó a lo largo de la raya del culo. Y si él tampoco era quien creía sino un personaje, parte de una historia trunca que se reescribía. Sintió bronca de que fuera cierto, una proyección del verdadero escritor, y él, pura impotencia.
Abrió los gajos y la metió como venía, la primera resbaló y no llegó a entrar, la segunda sí, ella ahogó un breve quejido, al fin, pensó, y continuó, parte para aplacar su ira y el resto porque su novia agitaba frenética el ojete.
Una voz en la cabeza le dijo “agarrala de las crenchas y mirale la cara”, no lo hizo, no después de la conciencia adquirida. Entonces perseveró en el pito, entrando y saliendo, y aunque le costó concentrarse debido a la insistencia de la voz, estiró el momento amatorio sin más.
Cuando salió del cuarto seguía oyendo las recriminaciones del escritor sentado frente a la hoja a medio escribir.
Escribió sin éxito, un párrafo y lo borró, no creía en forzar la inspiración, además seguía erecto, caminó hasta la habitación contigua donde su novia dormía oronda, la puerta chirrió, silencio, oscuridad, se acostó en su lado de la cama y la rodeó con el brazo, nada, restregó el pito contra su pierna, tampoco, metió su mano debajo del pijama, de la bombacha, ahí acusó manoseo, sacó culo. Buena señal, deslizó más la mano, los dedos ávidos, pero antes de la meta lo alcanzó un alerta, su memoria táctil diciéndole que no era la concha de siempre, cierta carnosidad extra lo asustó más, pensó palparla con rigor científico pero no se animó, la llamó por el nombre, con la mano libre tocó su hombro, con la otra bajaba la bombacha, nada, y si tampoco era su novia sino la cara ause… sintió sus dedos lúbricos metiéndose en la concha, desenvainó el pito febril y lo frotó a lo largo de la raya del culo. Y si él tampoco era quien creía sino un personaje, parte de una historia trunca que se reescribía. Sintió bronca de que fuera cierto, una proyección del verdadero escritor, y él, pura impotencia.
Abrió los gajos y la metió como venía, la primera resbaló y no llegó a entrar, la segunda sí, ella ahogó un breve quejido, al fin, pensó, y continuó, parte para aplacar su ira y el resto porque su novia agitaba frenética el ojete.
Una voz en la cabeza le dijo “agarrala de las crenchas y mirale la cara”, no lo hizo, no después de la conciencia adquirida. Entonces perseveró en el pito, entrando y saliendo, y aunque le costó concentrarse debido a la insistencia de la voz, estiró el momento amatorio sin más.
Cuando salió del cuarto seguía oyendo las recriminaciones del escritor sentado frente a la hoja a medio escribir.
domingo, 24 de julio de 2011
Matinée de Depravados
No di con las razones del caso, no sé si ocurrió un desdoblamiento, otro ser, una conjura o qué; pero la verdad es que no regresé del mal sueño.
Me perseguía una horda de vampiros. En ocasiones les daba pelea, con puños, espadas o estacas, y cuando me superaban en número, corría, como Aquiles pies ligeros, desaforado, trepando, o escondido. Hasta que uno me emboscaba, hendía sus colmillos sedientos y no paraba hasta dejarme muerto, al costado del terraplén.
Alguien despertó en mi cuerpo, yo en este páramo.
Eventualmente me hice a la idea de existir así, y casi no me pregunté por el otro, el usurpador. Sólo me inquietaba saber cuánto duraría, incluso sin tiempo. Sin hambre, sólo lógica, y la verdad es que hubiese preferido ignorancia.
Otra vez me persiguieron nazis. Los hacía arder con mi lanzallamas, pero caía una granada y la explosión me devolvía en indescifrables partes. También tuve ocasiones con sádicos odontólogos, me arrancaban los dientes, primero los frontales, las muelas, para el clímax las de juico, y de epílogo me hacían ver el cementerio dental escurriendo sangre en la pileta.
En eso apareció Elena. Tal vez la eligió por el nombre, o se encandiló.
Esa noche no hubo malos sueños que lamentar, porque en el cine de la inconciencia hice de las mías con ella. Por su parte el otro la convenció de quedarse a base de juramentos que jamás honraría. Elena, tan crédula como la recuerdo, dio el sí apresurada.
Creo que hasta en el letargo somos sicarios, traicioneros e infieles. Ahora ellos viven juntos y comparten pesadillas. A Elena la subyugan vampiros, la viola un dentista nazi, arranca sus dientes, la viola, y agoniza en un campo de concentración.
Yo miro la función escondido.
Me perseguía una horda de vampiros. En ocasiones les daba pelea, con puños, espadas o estacas, y cuando me superaban en número, corría, como Aquiles pies ligeros, desaforado, trepando, o escondido. Hasta que uno me emboscaba, hendía sus colmillos sedientos y no paraba hasta dejarme muerto, al costado del terraplén.
Alguien despertó en mi cuerpo, yo en este páramo.
Eventualmente me hice a la idea de existir así, y casi no me pregunté por el otro, el usurpador. Sólo me inquietaba saber cuánto duraría, incluso sin tiempo. Sin hambre, sólo lógica, y la verdad es que hubiese preferido ignorancia.
Otra vez me persiguieron nazis. Los hacía arder con mi lanzallamas, pero caía una granada y la explosión me devolvía en indescifrables partes. También tuve ocasiones con sádicos odontólogos, me arrancaban los dientes, primero los frontales, las muelas, para el clímax las de juico, y de epílogo me hacían ver el cementerio dental escurriendo sangre en la pileta.
En eso apareció Elena. Tal vez la eligió por el nombre, o se encandiló.
Esa noche no hubo malos sueños que lamentar, porque en el cine de la inconciencia hice de las mías con ella. Por su parte el otro la convenció de quedarse a base de juramentos que jamás honraría. Elena, tan crédula como la recuerdo, dio el sí apresurada.
Creo que hasta en el letargo somos sicarios, traicioneros e infieles. Ahora ellos viven juntos y comparten pesadillas. A Elena la subyugan vampiros, la viola un dentista nazi, arranca sus dientes, la viola, y agoniza en un campo de concentración.
Yo miro la función escondido.
viernes, 24 de junio de 2011
Madreselva
Pablo, en nombre de los pibes del grupo, me invitó a una reunión. ¿Van a estar las chicas? pregunté esperanzado. No, es de hombres. ¿Vamos a trompearnos? prefería ir preparado. No seas cagón. Contame, insistí. Es como una iniciación… viernes a las diez en lo del Mota, andá; y me quedé con el teléfono en la mano.
Investigué a Santiago y después a Braulio, nada distinto a lo que sabía de Pablo, salvo que la reunión había sido idea del Mota. Salteé el pacto de caballeros y llamé a Laura, novia de Víctor, otro de los pibes, no me iba a delatar porque guardábamos un secreto, nos habíamos encamado a escondidas de él, me pareció genuina cuando dijo que no sabía del tema. ¿Vas a ir? Contesté sí. ¿Cuándo nos vemos? Después de la reunión, y me despedí.
Tenía que ver con mi ingreso al grupo, sino por qué había dicho “iniciación”, palabra demasiado específica para una invitación tan vaga, de seguro me harían sortear alguna prenda escandalosa, recé que no me tatuaran con un fierro caliente, ni eso ni atado desnudo a un árbol, cualquier otra la haría con gusto. Probé con Flavio, él había sido el anteúltimo, contó que no había tenido rito, y cuando lo interrogué sobre la reunión del viernes contestó que era una comilona, a lo sumo alguna loca, no te persigas; pero me alarmé más, por qué decía que no me persiguiera, además ¿locas? nunca habíamos traído locas, a lo sumo las chicas, y no estaban invitadas.
La noche del jueves soñé que estaba en una fiesta, había gente de añares que jamás hubiese concurrido, hasta personajes antagónicos que odiaba de siempre, pero también me acompañaban los pibes, y eso equilibraba el asunto. Luego vino un bache y aparecí tirándole piedras a los vidrios de una fábrica abandonada, mi actividad preferida de chico; sin duda buen augurio.
No pensaba llegar puntual, me duché dos horas antes para no salir con el pelo mojado, maté tiempo fumando y cuando se hicieron las diez y veinte enfilé para allá.
Conociendo el perfil del grupo no imaginaba una reunión tranquila, tampoco unos desaforados, pero sí era cierto que todos cargábamos con oscuras pasiones del pasado. A qué clase de ritual acabaría sometido, por qué yo, a Flavio se lo habían perdonado. En la cúspide paranoica imaginé a Laura vendiéndome, descubriendo nuestro secreto, entonces sería un ajuste de cuentas, caminaba a una trampa; me detuve.
Se cruzó un gato negro muy pancho frente a mis narices, le busqué algún lunar blanco pero no hubo caso, pésima señal a sólo dos cuadras de lo del Mota, un ph espacioso en el corazón de Saavedra. Sin mediar razones se me ocurrió registrar la reunión en el celular, activé el grabador de voz con el timbre.
Los nueve, diez conmigo, ya habían iniciado la ingesta espirituosa, de hecho se agrupaban según la bebida de elección, el Mota desempeñaba su rol de anfitrión bebiendo whisky en el living junto a otros tres incluido Flavio, les extendí mi saludo cordial y rumbeé al patio, ahí andaba Santiago, Víctor y uno más tomando cerveza del pico, acodados en la medianera, entre el ficus y un jazmín enfermo, qué hacen ahí. Nada, estamos esperando, y rieron con un tono que se me antojó estúpido. No les pregunté qué esperaban porque no quise seguirles la corriente, tomé dos tragos más por insistencia que por gusto. Me gritó Braulio desde el entrepiso y rajé a saludarlo. Con él y Pablo me llevaba mejor, compartíamos el gusto por un tipo de mujeres, profesábamos el mismo humor, varias ideas políticas, y hasta el vino blanco, ¡salud! y chocamos las tres copas. Antes que pudiera indagarlos el Mota vociferó que fuésemos al living.
Nos formamos en torno a él, ¿era yo o lo demás se miraban cómplices? ¡Llego la hora! me distrajo el grito del dueño de casa, noté que llevaba un pequeño bolso cruzado a la cintura, parecía corderoy verde grisáceo con un símbolo ininteligible por delante, antes no lo tenía, y desvié la vista para disimular. Se acercó a Víctor, abrió la tapa del bolso, metió la mano y cuando la sacó no llegué a ver qué era porque el pase fue veloz, sin palabras ni gestos, hizo lo mismo con los demás, y todos disimularon el contenido.
A ese paso venían un par de fulanos, Flavio y yo al último. Volví a mirarlo cuando fue mi turno, traté de sincronizar con la mano del Mota pero no fluyó bien. ¡Tanto quilombo por un faso! pensé con desilusión al descubrirlo. ¿Maryjuana? se me escapó la palabra. No es para que lo fumes ahora, me aleccionó Pablo, ¡contale Mota! giró sobre los talones y dirigiéndose a Flavio y a mí explicó que la planta aparecía de la nada. La primera vez en el 2006, su jardín, en una maceta que nunca había germinado, sólo el gato que ya no tenía la usaba de inodoro, el resto tierra yerta. Pero según Mota algo extraordinario había sucedido para que de un día a otro creciera un brote, varios, la planta.
Encendió la pipa ceremonial, muy parecida a la versión india, de madera, rústica y larga, aspiró varias veces y tragó la última bocanada, olor fuerte, fortísimo, verdor, huele a monte, acotó uno para figurar. Lo más loco, reanudó el Mota mientras pasaba la pipa, mejor dicho, lo que hace cierta esta mentira, es que la planta es única. No hay registros de la subespecie, ahí el milagro, y se nos quedó mirando. La pausa fue incómoda, al capullo le puse Mota, la Mota, así se llama; y no parecía chiste, además tenía cierta lógica.
Me llegó la pipa, arrastraba curiosidad porque decían que vería mi alma escindirse del cuerpo, entre otras excepcionalidades. A la segunda pitada tosí fiero, otra, y una última antes de tirar el humo, le di una de yapa porque me gustó el dulce. No entumeció la razón, distorsionó el cuadro como un lente angular, lo cual me hizo gracia y miedo, la busqué en el patio, encontré una maceta vacía que no era ella, el roce de las hojas me dio frío, fui capturado por una madreselva que terminó siendo Víctor, pitaba la pipa ceremonial, encendí y apagué intermitente la luz del baño, había dos bailando, el entrepiso se movió hacia mí, la última gota de vino blanco cayó en la lengua de Pablo, Braulio y otros dos jugaban con los almohadones, Santiago, Flavio y Mota hacían gestos lunáticos sin hablar, recordé la grabación, manoteé el celular del bolsillo pero en su lugar había un faso, pensé que si lo encendía desaparecería de ahí, Víctor me acorraló contra una esquina, podía sentirle el pecho, ya sé lo de Laura, si enciendo el faso desaparezco, no me importa, y acarició mi barba con los dedos.
Investigué a Santiago y después a Braulio, nada distinto a lo que sabía de Pablo, salvo que la reunión había sido idea del Mota. Salteé el pacto de caballeros y llamé a Laura, novia de Víctor, otro de los pibes, no me iba a delatar porque guardábamos un secreto, nos habíamos encamado a escondidas de él, me pareció genuina cuando dijo que no sabía del tema. ¿Vas a ir? Contesté sí. ¿Cuándo nos vemos? Después de la reunión, y me despedí.
Tenía que ver con mi ingreso al grupo, sino por qué había dicho “iniciación”, palabra demasiado específica para una invitación tan vaga, de seguro me harían sortear alguna prenda escandalosa, recé que no me tatuaran con un fierro caliente, ni eso ni atado desnudo a un árbol, cualquier otra la haría con gusto. Probé con Flavio, él había sido el anteúltimo, contó que no había tenido rito, y cuando lo interrogué sobre la reunión del viernes contestó que era una comilona, a lo sumo alguna loca, no te persigas; pero me alarmé más, por qué decía que no me persiguiera, además ¿locas? nunca habíamos traído locas, a lo sumo las chicas, y no estaban invitadas.
La noche del jueves soñé que estaba en una fiesta, había gente de añares que jamás hubiese concurrido, hasta personajes antagónicos que odiaba de siempre, pero también me acompañaban los pibes, y eso equilibraba el asunto. Luego vino un bache y aparecí tirándole piedras a los vidrios de una fábrica abandonada, mi actividad preferida de chico; sin duda buen augurio.
No pensaba llegar puntual, me duché dos horas antes para no salir con el pelo mojado, maté tiempo fumando y cuando se hicieron las diez y veinte enfilé para allá.
Conociendo el perfil del grupo no imaginaba una reunión tranquila, tampoco unos desaforados, pero sí era cierto que todos cargábamos con oscuras pasiones del pasado. A qué clase de ritual acabaría sometido, por qué yo, a Flavio se lo habían perdonado. En la cúspide paranoica imaginé a Laura vendiéndome, descubriendo nuestro secreto, entonces sería un ajuste de cuentas, caminaba a una trampa; me detuve.
Se cruzó un gato negro muy pancho frente a mis narices, le busqué algún lunar blanco pero no hubo caso, pésima señal a sólo dos cuadras de lo del Mota, un ph espacioso en el corazón de Saavedra. Sin mediar razones se me ocurrió registrar la reunión en el celular, activé el grabador de voz con el timbre.
Los nueve, diez conmigo, ya habían iniciado la ingesta espirituosa, de hecho se agrupaban según la bebida de elección, el Mota desempeñaba su rol de anfitrión bebiendo whisky en el living junto a otros tres incluido Flavio, les extendí mi saludo cordial y rumbeé al patio, ahí andaba Santiago, Víctor y uno más tomando cerveza del pico, acodados en la medianera, entre el ficus y un jazmín enfermo, qué hacen ahí. Nada, estamos esperando, y rieron con un tono que se me antojó estúpido. No les pregunté qué esperaban porque no quise seguirles la corriente, tomé dos tragos más por insistencia que por gusto. Me gritó Braulio desde el entrepiso y rajé a saludarlo. Con él y Pablo me llevaba mejor, compartíamos el gusto por un tipo de mujeres, profesábamos el mismo humor, varias ideas políticas, y hasta el vino blanco, ¡salud! y chocamos las tres copas. Antes que pudiera indagarlos el Mota vociferó que fuésemos al living.
Nos formamos en torno a él, ¿era yo o lo demás se miraban cómplices? ¡Llego la hora! me distrajo el grito del dueño de casa, noté que llevaba un pequeño bolso cruzado a la cintura, parecía corderoy verde grisáceo con un símbolo ininteligible por delante, antes no lo tenía, y desvié la vista para disimular. Se acercó a Víctor, abrió la tapa del bolso, metió la mano y cuando la sacó no llegué a ver qué era porque el pase fue veloz, sin palabras ni gestos, hizo lo mismo con los demás, y todos disimularon el contenido.
A ese paso venían un par de fulanos, Flavio y yo al último. Volví a mirarlo cuando fue mi turno, traté de sincronizar con la mano del Mota pero no fluyó bien. ¡Tanto quilombo por un faso! pensé con desilusión al descubrirlo. ¿Maryjuana? se me escapó la palabra. No es para que lo fumes ahora, me aleccionó Pablo, ¡contale Mota! giró sobre los talones y dirigiéndose a Flavio y a mí explicó que la planta aparecía de la nada. La primera vez en el 2006, su jardín, en una maceta que nunca había germinado, sólo el gato que ya no tenía la usaba de inodoro, el resto tierra yerta. Pero según Mota algo extraordinario había sucedido para que de un día a otro creciera un brote, varios, la planta.
Encendió la pipa ceremonial, muy parecida a la versión india, de madera, rústica y larga, aspiró varias veces y tragó la última bocanada, olor fuerte, fortísimo, verdor, huele a monte, acotó uno para figurar. Lo más loco, reanudó el Mota mientras pasaba la pipa, mejor dicho, lo que hace cierta esta mentira, es que la planta es única. No hay registros de la subespecie, ahí el milagro, y se nos quedó mirando. La pausa fue incómoda, al capullo le puse Mota, la Mota, así se llama; y no parecía chiste, además tenía cierta lógica.
Me llegó la pipa, arrastraba curiosidad porque decían que vería mi alma escindirse del cuerpo, entre otras excepcionalidades. A la segunda pitada tosí fiero, otra, y una última antes de tirar el humo, le di una de yapa porque me gustó el dulce. No entumeció la razón, distorsionó el cuadro como un lente angular, lo cual me hizo gracia y miedo, la busqué en el patio, encontré una maceta vacía que no era ella, el roce de las hojas me dio frío, fui capturado por una madreselva que terminó siendo Víctor, pitaba la pipa ceremonial, encendí y apagué intermitente la luz del baño, había dos bailando, el entrepiso se movió hacia mí, la última gota de vino blanco cayó en la lengua de Pablo, Braulio y otros dos jugaban con los almohadones, Santiago, Flavio y Mota hacían gestos lunáticos sin hablar, recordé la grabación, manoteé el celular del bolsillo pero en su lugar había un faso, pensé que si lo encendía desaparecería de ahí, Víctor me acorraló contra una esquina, podía sentirle el pecho, ya sé lo de Laura, si enciendo el faso desaparezco, no me importa, y acarició mi barba con los dedos.
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