…todavía hoy se puede ver al hombre sin párpados caminando los vagones del Mitre, dicen que es el fantasma de un suicida horrorizado, otros, que sufría una infección ocular; ingenuos. Yo lo vi, no es una aparición, tampoco un cuerpo vivo, es el heraldo de la muerte, sus ojos son los de ella, si te mira es porque vendrá pronto. Algunos no lo toleran y se quitan la vida.
¿Eso es todo? ¿Qué más querés? contestó algo molesto. No sé, más pausas dramáticas, un crescendo, explicó ella. Además la manera en que lo contás parece armada, debería sonar más espontánea, eso sí da miedo.
¿Conocés el mito del niño…Me encantan los cuentos de chicos, interrumpió; no me digas que muere.
Una madre denuncia que su bebé desapareció mientras dormía la siesta, ella andaba en el galpón, volvió y ya no estaba, la noticia cobra estado público, se arma una búsqueda masiva, ofrecen cien mil a quien aporte datos que lleven a su aparición, la policía baraja varias pistas pero al tiempo se diluyen, sospechan que el secuestrador vendió al bebé y se fugó del país, o lo mató.
Un inspector, a contramano de la impericia policial, continúa la investigación por izquierda, no le cuaja la explicación sobre los perros, ¿por qué no ladraron? y peor ¿por qué el niño no gritó cuando lo abdujeron? Trató de inclinar la pesquisa hacia la familia pero luego de las declaratorias y los resultados de las muestras, el fiscal no tuvo méritos para procesarlos.
El inspector se emboza la cara con un pasamontaña negro, trepa la reja y entra a la casa cuando la madre está sola, los perros se vienen al humo, patea al más chico y al otro lo rocía con spray de pimienta, pero no pasa inadvertido, ella lo ve. Quiere huir pero la agarra de las crenchas, así hasta la cocina, donde la ata a una silla. Le advierte que pueden ir por las buenas, las malas, o las pésimas. Se ve que elige las pésimas porque la faja de lo lindo, finalmente reconoce que secuestró a su hijo y lo dejó en un basural. El inspector desconfía, alguien lo hubiese encontrado. La madre explica que lo enterró vivo bajo una montaña de basura.
Sobre el destino de la mujer circulan versiones encontradas, la mayoría adscribe a que acabó en cana. También dicen que es mentira, y en realidad la dejó atada y malherida, él rajó al basural, indagó todo lo que pudo, para sus adentros creía que lo encontraría, pero los únicos huesos que halló fueron los de un NN adulto que nada tenían que ver con el caso.
¿Y? ¿No apareció? interrogó ella.
Hasta donde reproducen las crónicas, no. Pero hace unos años conocí a un comisario que me interiorizó sobre un caso. En las inmediaciones de aquél basural estaban matando niños, iban por el tercero, y en todos el mismo patrón, muertos a mordiscos, entre cuatro y cinco dentelladas fatales, pero lo más desconcertante era que los cadáveres evidenciaban miles de heridas de rata; desde luego peligrosas, pero nunca habían predado así.
Los vecinos juraban conocer al asesino, lo habían visto en la penumbra comiendo de sus hijos; el niño rata. Dientes, manos, pies, pelaje y altura, no más de un metro, eran de roedor, el resto humano, y hasta había pintadas advirtiendo sobre él.
Nadie le dio crédito a esa línea de investigación, ni siquiera cuando se quedaron sin argumentos. No elevé mis sospechas acerca de la identidad del niño rata por miedo al ridículo, cómo les haría creer que aquél niño famoso había sido rescatado, amamantado y criado por ratas.
Al poco edificaron muros en torno al basural y no hubo más víctimas. Dicen que sigue ahí, el muy astuto sólo cambió de comida, ya casi no quedan gatos en el barrio. O se guardó en la madriguera, sentado al trono, rey de ratas.
Yo creo que huyó, que frecuenta los baldíos del conurbano en busca de huérfanos.
Narrativas de género, y de paso
viernes, 27 de mayo de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
True story
Once menos veinte de la noche, bajé del auto con mi novia, anduvimos una decena de pasos y nos asaltaron.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
El chorro vino de atrás, se puso a la grupa esgrimiendo una pistola y dijo, perdieron. Creo que ojeando al cielo gris contesté, me estás jodiendo, menos al ladrón que a mi puto dios.
Sin dejar de bambolear el fierro ordenó que le diésemos todo, celulares, plata y oro, codició la gargantilla del cuello de mi novia.
Vacié los bolsillos, cincuenta pesos y cambio, manoteó eso y lo guardó en un bolso negro de mano, dale flaquita, la apuró. De la cartera salieron treinta pesos más, no te hagás el vivo que te mato, ¡los teléfonos! Odié dárselo sólo por la agenda, el aparato había salido bastante malo, lo propio hizo ella.
Hasta ahí un robo más, faltaba la gargantilla pero eso sería todo, a lo sumo las llaves del auto, que iluso. Dónde viven, y me acercó la pistola al pecho, más que miedo a morir fue terror a que invadiese mi bastión, el aguante.
Finalmente, y porque no se me ocurrió una mentira salvadora o tuve los huevos para forcejear por el arma, le confesé que era el noveno piso de las torres de la vuelta. En el camino repitió que habíamos perdido, y agregó, para sugestionarnos, que nos habían vendido.
Ella caminaba con la cabeza gacha, en actitud mansa, pero más vi tranquilidad, y eso me ayudó a distraer la angustia, que volvió ni bien cruzamos la primera valla, la puerta de acceso al edificio.
Cuatro torres en menos de cien metros, dos de la vereda impar y dos de la par, cuatro departamentos por piso, diez pisos, a razón de tres habitantes por unidad da unas ciento veinte personas por torre, por cuatro, cuatrocientos ochenta vecinos, pero nadie, ni uno sólo vio la marcha al patíbulo.
Abrí las rejas del ascensor, ella entró bien, yo recibí un culatazo en la nuca, fuerte, de los que dejan chichón, pero lo exageré, al punto de caer arrodillado tomándome la cabeza, mi novia dio un grito que se ahogó ni bien sintió el arma en la mejilla, casi me lanzo, pero la estrechez del ascensor me disuadió, no tenía vía de escape, y de seguro alguien acabaría baleado.
En el trayecto silencioso hasta el noveno, salvo por unos gimoteos, lo miré, a riesgo de otro culatazo. Flaco, malcarado, enjuto desde los pómulos hasta el mentón, la piel cuarteada, labiudo, ojos de chino y rulos negros, rondaba los treinta, usaba una campera inflada sin mangas y no estaba puesto.
Bajé la vista a la altura del séptimo, imaginé la secuencia, cagado a palos porque en casa no había nada de valor, un raid por los cajeros en mi auto, secuestrados por rescate; y no seguí porque el ascensor paró.
Ni una palabra, no quiero bardo, nos advirtió antes de pisar el pasillo, pasó mi novia, yo y el chorro, olvidé la segunda reja entreabierta y comenzó a sonar, es la alarma del ascensor, hablé mientras me apuraba a cerrarla. Entre ida y vuelta fueron ocho pasos, no los conté porque hacía años conocía ese dato, lo justo para idear algo.
El ruido de las llaves en la mano me calmó el pulso, pasé junto a él sin mirarlo y me detuve en la cerradura. Abrí con la izquierda, con la derecha tenía tomada de la cintura a mi novia, la empujé una, dos veces y pasó. Yo pisé la alfombra del living y lo hice. Un giro frenético para cerrarle la puerta en la jeta.
¡¡No cierra!! desesperé, y se superpuso con el aullido del ladrón que tenía los dedos atrapados entre el marco y el filo. Temí que un tiro atravesara la madera, me puse de espalda y me lancé con todo, setenta kilos de poder en un portazo, y otro, y el último impacto le rebanó tres dedos; creo que mientras aventaba la puerta gritaba ¡hijo de puta! o quizás sólo lo pensé.
Cerró, de mi lado quedó un trío de falanges manchando la alfombra, del suyo la urgencia de rajar disimulando el reguero, pero eso no lo vi, luego me contaron que rompió el ventanal de la entrada dándole culatazos y huyó en un auto de apoyo.
Cuando me interrogaron acerca de la sangre en el pasillo contesté que le había roto la mano de un portazo, de seguro provenía de ahí, y me excusé alegando que debía cuidar a mi novia.
Ella no sabe lo de los dedos, estaba en el balcón gritando ayuda, porque de saberlo no hubiese permitido que los escondiera en el freezer, detrás de las cubeteras.
Soñé que los enhebraba en un collar, pero quedaba corto. La próxima vendrán las orejas.
jueves, 7 de abril de 2011
Bandoleros
Caminábamos juntos del colegio a casa todos los días, y siempre ocurría algo. El kiosquero quiso estafarnos, hubo un accidente y ayudamos, mentira, insultamos al colectivero, la maestra nos hizo salir últimos porque está loca, y otros episodios que vivíamos o fantaseábamos para justificar, ante nuestras madres, que Moirano y yo llegábamos tardísimo de la escuela.
Moira y Extrabanana; así nos conocían en el grado. Él, la parte brutal, yo, actuaba de diablillo, instigador de peleas y pretendido líder.
Sus padres eran farmacéuticos venidos a menos, al punto que Moira andaba en andrajos y casi no tenía útiles. Los demás chicos tampoco se la hacían fácil, en especial Bilbao, Monti y Giovanelli. Y fue durante una escaramuza que estrechamos lazo.
Venían cercándolo, aunque Moira aguantaba los embates de los tres, que no se le animaban solos, la situación pintaba grave pues Bilbao se encaramaba por detrás para patearlo.
Fui al grano cuando hablé. A Patricio Monti le recordé su patética imagen de la mañana ahorcado a su madre, suplicando que no lo abandonara. Con Giovanelli, un mastodonte con cabeza de chupetín, sólo tuve que preguntarle cuántas chicas se habían animado a besarlo cuando jugábamos al semáforo; se deprimió. Y para el epílogo me di el gusto de humillar a Bilbao con un mordaz calificativo sobre el flequillo que le había hecho el peluquero.
Los tres deficientes tardaron en comprender la ironía lo que me tomó formarme junto a Moira y escupirlos durante el escape.
No sé qué oculta fuerza me impulsó a interponer mi metro cincuenta entre los abusadores y él. Lo cierto es que luego de aquella peripecia nos volvimos cómplices. Yo lo ayudaba con la tarea y las pruebas de lengua y a cambio me secundaba en las más descabelladas incursiones. ¿Tiramos manzanas desde la terraza? ¿A qué no le gritás a ese policía que es un cagón? ¿Le pedimos a Emilia que nos muestre la bombacha en el recreo?
Pasado ese tiempo, y como si todo debiera equilibrarse, vino la contracara.
Moira se fracturó la pierna durante el recreo. Cuando le pregunté cómo había sido se mostró ambiguo. Le prescribieron un mes de reposo en la indecible compañía de un yeso hasta la ingle.
A los días recibí una comunicación suya; me llamaba de un teléfono público, ¿cómo hiciste para salir? quise saber, pero omitió la respuesta. Le conté que todos preguntaban por él, hasta los maestros lo extrañaban, y que lo iba a ayudar para que no repitiese de grado. Por qué me decís eso, lo noté alarmado; pero me hice el opa en relación al 1 que se había sacado en la prueba de matemática. Hablamos poco más porque se agotaba el tiempo del cospel. Me recordó que andaba solo, y no pude saber qué insinuó porque se cortó.
Segunda infamia, tuvimos la típica “saquen una hoja” con la de historia. Eran cinco preguntas que sabía sobre mayas y aztecas, pero alguien me plantó un machete. Según palabras de la maestra estaba tirado junto a mi silla y la letra se parecía mucho a la mía. De nada me valió berrear que me habían hecho la cama. Es una trampa, la inclinación de la letra corresponde a un derecho y yo escribo con la zurda, fue toda mi evidencia desoída por ella.
El timbre de salida me ensordeció en Dirección. Pese a la congoja que mostré durante el sermón de la directora, no zafé de la medida disciplinaria. Hay algo que no pensó, actué la pausa dramática, ¿cómo voy a tener un machete preparado si fue una prueba sorpresa?
Tambaleó, hubiese estado providencial verla noqueada por mi lógica, pero casi. No estoy interesada en tales suspicacias, la maestra te encontró copiándote, eso es todo, y cerró el cuaderno de comunicaciones donde había garabateado una nota por mala conducta y citado a mis padres.
De remate me emboscaron a dos cuadras de la escuela.
Giovanelli, el intocable de las mujeres, masticaba una escupida. Bilbao, con mueca socarrona, se quitaba el flequillo de la frente dándose jeta de malo. Monti tenía claro su objetivo, trompearme.
¿Cuál de ustedes me puso el machete? adopté pose de combate que no los ahuyentó. Giovanelli rió. No te tenía tan listo, lo azucé. ¿Cómo supiste de la prueba sorpresa? alcancé a preguntar, pero el desbocado de Monti me impidió desentrañar el misterio con su gancho a la pera. Por algún reflejo involuntario esquivé el puñetazo, pero no conté que en boxeo los golpes vienen de a pares; el 1-2 fue demasiado, y besé el suelo.
No tuve la suerte de irme a negro, un desmayo a tiempo, o que alguien tirase la toalla, estaba solo, como había dicho Moira, solo y grogui. Entonces hice algo inédito, le salté al cuello. Sin la ferocidad o brutalidad para ahorcarlo pero vendiendo cara la piel. Ahí se metió Bilbao y con su manaza me despegó del otro, que estaba tumbado recibiendo mis golpes de debilucho, y otra vez sopa; me fajaron.
¿Por qué no se meten con alguien de su tamaño? Y si bien no reí con la alusión a mi estatura, jamás me alegré tanto de ver a Moira en muletas. Más veloz que una lombriz me arrastré hasta él. Quedamos enfrentados a escasos metros, dos de un lado y tres del otro. ¿Cómo la ves? me preguntó Moira ansioso. ¡Dales con las muletas en la cabeza, se las rompés! declaré a los gritos; y pese a mi pronóstico, surtió efecto. Ya no los veía tan convencidos, máxime si a Moirano se le ocurría blandir las muletas o darles con el yeso. Aproveché que se acobardaron y con las últimas fuerzas le tire a Monti con lo que encontré a mano, una botella rota, tan certero que le tajeé el brazo, feo, sanguinolento.
Hizo puchero como el niño que era. ¡Llorón, ve sangre y se muere! hice leña del Monti caído. Los demás no sabían qué hacer, si ignorar sus lagrimones o llamar por teléfono a la mamá para que viniese a buscarlo. Ganó el desinterés que nos inculcan desde chicos, lo dejaron; nosotros también, pero triunfantes.
En el verano de séptimo grado nos mudamos a provincia y no vi más a Moirano.
La reja que circunda la propiedad no es obstáculo; trepo, salto y aterrizo.
Camino por el jardín en cuclillas, años de patrullaje aguzaron mis sentidos, huelo agrio en el aire, miedo, me acovacho en un arbusto, no sabrá qué lo golpeó.
Ramírez y Barros ingresan por el frente, lo van arruinar con sus linternas y gritos. ¡Ahí está! vocifera Barros. Escucho pisadas rápidas y jadeos. ¡Alto, policía! es la voz de Ramírez. Dos, tres, recién al cuarto disparo le dan al intruso, que grita ahogado y silencio.
No me identifico, atravieso la oscuridad en sigilo. Otra ráfaga pasa silbando, los idiotas no saben que soy yo, me arrastro hasta la sombra de un árbol, y ahí lo encuentro acodado, no dispares, me suplica casi inaudible, vendo mi posición, alumbro su cara.
Me muevo sin titubear, ligero, y desenfundo. Moira mira sin ver, no sabe que los caminos me trajeron aquí, a batirme contra los míos, a reclamar el lugar, entonces disparo.
Oculto a mi amigo en un tinglado seguro. Le tomará meses reponerse, y más aún que nos dejen de buscar. Con caras distintas y pasaportes apócrifos seremos otros.
En la margen opuesta.
Moira y Extrabanana; así nos conocían en el grado. Él, la parte brutal, yo, actuaba de diablillo, instigador de peleas y pretendido líder.
Sus padres eran farmacéuticos venidos a menos, al punto que Moira andaba en andrajos y casi no tenía útiles. Los demás chicos tampoco se la hacían fácil, en especial Bilbao, Monti y Giovanelli. Y fue durante una escaramuza que estrechamos lazo.
Venían cercándolo, aunque Moira aguantaba los embates de los tres, que no se le animaban solos, la situación pintaba grave pues Bilbao se encaramaba por detrás para patearlo.
Fui al grano cuando hablé. A Patricio Monti le recordé su patética imagen de la mañana ahorcado a su madre, suplicando que no lo abandonara. Con Giovanelli, un mastodonte con cabeza de chupetín, sólo tuve que preguntarle cuántas chicas se habían animado a besarlo cuando jugábamos al semáforo; se deprimió. Y para el epílogo me di el gusto de humillar a Bilbao con un mordaz calificativo sobre el flequillo que le había hecho el peluquero.
Los tres deficientes tardaron en comprender la ironía lo que me tomó formarme junto a Moira y escupirlos durante el escape.
No sé qué oculta fuerza me impulsó a interponer mi metro cincuenta entre los abusadores y él. Lo cierto es que luego de aquella peripecia nos volvimos cómplices. Yo lo ayudaba con la tarea y las pruebas de lengua y a cambio me secundaba en las más descabelladas incursiones. ¿Tiramos manzanas desde la terraza? ¿A qué no le gritás a ese policía que es un cagón? ¿Le pedimos a Emilia que nos muestre la bombacha en el recreo?
Pasado ese tiempo, y como si todo debiera equilibrarse, vino la contracara.
Moira se fracturó la pierna durante el recreo. Cuando le pregunté cómo había sido se mostró ambiguo. Le prescribieron un mes de reposo en la indecible compañía de un yeso hasta la ingle.
A los días recibí una comunicación suya; me llamaba de un teléfono público, ¿cómo hiciste para salir? quise saber, pero omitió la respuesta. Le conté que todos preguntaban por él, hasta los maestros lo extrañaban, y que lo iba a ayudar para que no repitiese de grado. Por qué me decís eso, lo noté alarmado; pero me hice el opa en relación al 1 que se había sacado en la prueba de matemática. Hablamos poco más porque se agotaba el tiempo del cospel. Me recordó que andaba solo, y no pude saber qué insinuó porque se cortó.
Segunda infamia, tuvimos la típica “saquen una hoja” con la de historia. Eran cinco preguntas que sabía sobre mayas y aztecas, pero alguien me plantó un machete. Según palabras de la maestra estaba tirado junto a mi silla y la letra se parecía mucho a la mía. De nada me valió berrear que me habían hecho la cama. Es una trampa, la inclinación de la letra corresponde a un derecho y yo escribo con la zurda, fue toda mi evidencia desoída por ella.
El timbre de salida me ensordeció en Dirección. Pese a la congoja que mostré durante el sermón de la directora, no zafé de la medida disciplinaria. Hay algo que no pensó, actué la pausa dramática, ¿cómo voy a tener un machete preparado si fue una prueba sorpresa?
Tambaleó, hubiese estado providencial verla noqueada por mi lógica, pero casi. No estoy interesada en tales suspicacias, la maestra te encontró copiándote, eso es todo, y cerró el cuaderno de comunicaciones donde había garabateado una nota por mala conducta y citado a mis padres.
De remate me emboscaron a dos cuadras de la escuela.
Giovanelli, el intocable de las mujeres, masticaba una escupida. Bilbao, con mueca socarrona, se quitaba el flequillo de la frente dándose jeta de malo. Monti tenía claro su objetivo, trompearme.
¿Cuál de ustedes me puso el machete? adopté pose de combate que no los ahuyentó. Giovanelli rió. No te tenía tan listo, lo azucé. ¿Cómo supiste de la prueba sorpresa? alcancé a preguntar, pero el desbocado de Monti me impidió desentrañar el misterio con su gancho a la pera. Por algún reflejo involuntario esquivé el puñetazo, pero no conté que en boxeo los golpes vienen de a pares; el 1-2 fue demasiado, y besé el suelo.
No tuve la suerte de irme a negro, un desmayo a tiempo, o que alguien tirase la toalla, estaba solo, como había dicho Moira, solo y grogui. Entonces hice algo inédito, le salté al cuello. Sin la ferocidad o brutalidad para ahorcarlo pero vendiendo cara la piel. Ahí se metió Bilbao y con su manaza me despegó del otro, que estaba tumbado recibiendo mis golpes de debilucho, y otra vez sopa; me fajaron.
¿Por qué no se meten con alguien de su tamaño? Y si bien no reí con la alusión a mi estatura, jamás me alegré tanto de ver a Moira en muletas. Más veloz que una lombriz me arrastré hasta él. Quedamos enfrentados a escasos metros, dos de un lado y tres del otro. ¿Cómo la ves? me preguntó Moira ansioso. ¡Dales con las muletas en la cabeza, se las rompés! declaré a los gritos; y pese a mi pronóstico, surtió efecto. Ya no los veía tan convencidos, máxime si a Moirano se le ocurría blandir las muletas o darles con el yeso. Aproveché que se acobardaron y con las últimas fuerzas le tire a Monti con lo que encontré a mano, una botella rota, tan certero que le tajeé el brazo, feo, sanguinolento.
Hizo puchero como el niño que era. ¡Llorón, ve sangre y se muere! hice leña del Monti caído. Los demás no sabían qué hacer, si ignorar sus lagrimones o llamar por teléfono a la mamá para que viniese a buscarlo. Ganó el desinterés que nos inculcan desde chicos, lo dejaron; nosotros también, pero triunfantes.
En el verano de séptimo grado nos mudamos a provincia y no vi más a Moirano.
* * *
Odio patrullar. La casa en silencio y el portón sin luz; parece que los dueños no están. Pido directivas, tardan en confirmar y vienen con lo de siempre, señales de acceso no autorizado en puertas 1 y 4. Procedo a verificar el perímetro. Ramírez y Barros en camino.La reja que circunda la propiedad no es obstáculo; trepo, salto y aterrizo.
Camino por el jardín en cuclillas, años de patrullaje aguzaron mis sentidos, huelo agrio en el aire, miedo, me acovacho en un arbusto, no sabrá qué lo golpeó.
Ramírez y Barros ingresan por el frente, lo van arruinar con sus linternas y gritos. ¡Ahí está! vocifera Barros. Escucho pisadas rápidas y jadeos. ¡Alto, policía! es la voz de Ramírez. Dos, tres, recién al cuarto disparo le dan al intruso, que grita ahogado y silencio.
No me identifico, atravieso la oscuridad en sigilo. Otra ráfaga pasa silbando, los idiotas no saben que soy yo, me arrastro hasta la sombra de un árbol, y ahí lo encuentro acodado, no dispares, me suplica casi inaudible, vendo mi posición, alumbro su cara.
Me muevo sin titubear, ligero, y desenfundo. Moira mira sin ver, no sabe que los caminos me trajeron aquí, a batirme contra los míos, a reclamar el lugar, entonces disparo.
Oculto a mi amigo en un tinglado seguro. Le tomará meses reponerse, y más aún que nos dejen de buscar. Con caras distintas y pasaportes apócrifos seremos otros.
En la margen opuesta.
lunes, 28 de marzo de 2011
Él
De tres botones, el cuello podía enrollarse a modo de solapa, o estirarlo hasta embozarme la cara, tenía dos pequeños bolsillos por la cintura, pero lo sobresaliente era el tejido, lana gruesa, tres colores, blanco, marrón y el toque de clase, rojo ladrillo, que en combinación con los demás le daba un viso autóctono, o también iba si me la daba de poetisa, o intelectual, el pelo revuelto, un pañuelo haciendo juego, la camiseta negra, el jean gastado, y otro detalle, la bombacha asomando perezosa. Sin mencionar que lo había tejido la tía Nela para papá, y era lo único material que guardaba de él.
Postdata, mis ex me lo pedían de regalo, o que les tejiera uno, reía, a uno le dije que el amor no me llegaba a tanto, como se enojó fiero no volví a repetirlo, a otros se los dejé probar dentro del departamento, y los menos sólo tuvieron el privilegio de verlo sobre estos huesos.
Y así hasta que lo robaron.
Fue el viejo taimado del lavadero, no tengo dudas, recapitularé, se había roto el lavarropa, y como soy maniática de la acumulación, decidí llevarla al lavadero. Fue la última vez que lo vi. Le reclamé acaloradamente al viejo ladino, se escudó en que debería haberlo hecho al momento del retiro, no tres días después; fue lo que tardé en descubrirlo, retruqué, pero no hubo caso, tampoco cuando lo amenacé con defensa al consumidor, o que todo el barrio lo sabría. Me tildó de histérica, y en dieciséis años jamás tuve quejas, oí que mentía mientras cerraba de un portazo a mis espaldas.
Pasé unas semanas cavilando, queriendo superarlo, angustiada por la pérdida, iracunda, me costaba dormir, andaba hinchada, hasta que me sinceré; quería venganza, recobrar lo mío, humillarlo.
Por cuestiones de envergadura física descarté ideas como atacarlo de atrás con un garrote, podía contratar a un pegador para que lo deformara, pero enseguida lo suprimí, demasiado impersonal, además, a menos que me escondiera detrás de un árbol no disfrutaría la golpiza, y corría el riesgo que luego me extorsionara el pegador, por dinero o carne.
Tampoco actos vandálicos, de qué me serviría romper la fachada del negocio, o pintarle las paredes con obscenidades, o arrojarle caca dentro de una bolsa del lavadero. Y luego de pensarlo me avergoncé, porque así actuaban mis hermanos, y por más tentador que sonase no iba a convocarlos, ya bastante con mi malicia como para adosar la de ellos; sin contar que en ningún caso recuperaba el objeto de mi deseo, sólo menguaba mi odio; y ni siquiera.
La veterinaria, íntima mía de hacía mucho, conocía al matrimonio que lindaba con la casa del viejo, luego de insistir me los presentó. Llevé medialunas y masas, ellos invitaron el mate. Exageré algunas partes, también lloré, y promediando el relato ya estaban de mi lado, ayudó que tuviesen su propio encono con el viejo por unas sábanas desteñidas, eso y lo intrépido del plan. Todos los días, entre las siete y ocho de la noche, cerrado ya el boliche, rumbeaba a la plaza, mayormente conversaba con otros seniles, otras, cuando faltaban sus compañeros, fumaba solo y ojeaba a todas las que pasaban, sin sospechar que yo estaría trepada a la medianera del matrimonio, aterrizando en su galería. Aclaración, el terreno no terminaba en el lavadero, pegada al negocio venía su vivienda, un largo ph bien disimulado.
Me descolgué desde dos metros de altura, intenté amortiguar la caída pero pareció un desplome, de hecho me torcí el tobillo, debería haber entrado en calor, recordé el consejo de mi profesor de aerobic, el dolor me disparó otro pensamiento, qué estaba haciendo, tuve ganas de treparme y volver, miedo, tiritaba, hasta que se me vinieron mis hermanos a la mente, sus bromas de mal gusto, los veraneos, las mejores risas de mi vida, y de a poco recobré la calma.
Tres puertas frente a mí, reconocí la del medio como el baño, en sigilo fui a la izquierda, madera, dos hojas, y banderola, imposible que no hiciera ruido, giré la manija de bronce, nada, le di un tirón, tampoco, la sujete con las manos y empujé para adentro y afuera, craso error.
Me volteó un alud de ropa, caí de trompa, grité del susto, grité más por la fuerza con que golpeaba, pensé en agua llevándome, justo cuando hice pie algo lanudo me pegó de llenó, es él, lo confundí con un edredón, nadé mi camino de regreso, entre sábanas finas y tapices, hasta que me agarré de la manija y abrí la compuerta, la otra hoja. En menos de lo que pensé me encontré flotando a metro y medio sobre lo que parecía un pomposo telón escarlata, inédito, se inundaba la galería, en poco rebalsaría la medianera, aspiré una bocanada y me sumergí, costó avanzar debido a unos ponchos, y cuando los atravesé vinieron mantas y cinturones como anguilas, pero me sobrepuse, llegué con el resto de aire a la puerta de la derecha, ¿otro alud de ropa? si conseguía destrabarla desataría una marejada bíblica, dudé, estaba loca, cómo podía ser cierto, y sin embargo me estaba ahogando en telas, lo hice, la destrabé. Me arrancaron de ahí, del pelo y el brazo, viajaba a la superficie, presentí que era el viejo, sus dedos sarmentosos, me dio una arcada, vomité un pañuelo, y pasó.
Dicen que la ola se vio a tres cuadras, tuve suerte porque caí sobre la copa de un árbol, me fracturé seis huesos, en el hospital descubrieron que abusaba de los barbitúricos, viví mucho internada, hasta que una noche me fugué con mis hermanos.
El lavadero funciona como feria americana, la dirigen los carenciados. Cuando me entrevistaron para Ripley les conté que la marea se llevó al viejo, ¿a dónde? are you insane? you´re talking about clothes. ¡Se lo llevó! y no preguntaron más.
Otros dicen que huyó de la vergüenza; embozado en mi cárdigan.
Postdata, mis ex me lo pedían de regalo, o que les tejiera uno, reía, a uno le dije que el amor no me llegaba a tanto, como se enojó fiero no volví a repetirlo, a otros se los dejé probar dentro del departamento, y los menos sólo tuvieron el privilegio de verlo sobre estos huesos.
Y así hasta que lo robaron.
Fue el viejo taimado del lavadero, no tengo dudas, recapitularé, se había roto el lavarropa, y como soy maniática de la acumulación, decidí llevarla al lavadero. Fue la última vez que lo vi. Le reclamé acaloradamente al viejo ladino, se escudó en que debería haberlo hecho al momento del retiro, no tres días después; fue lo que tardé en descubrirlo, retruqué, pero no hubo caso, tampoco cuando lo amenacé con defensa al consumidor, o que todo el barrio lo sabría. Me tildó de histérica, y en dieciséis años jamás tuve quejas, oí que mentía mientras cerraba de un portazo a mis espaldas.
Pasé unas semanas cavilando, queriendo superarlo, angustiada por la pérdida, iracunda, me costaba dormir, andaba hinchada, hasta que me sinceré; quería venganza, recobrar lo mío, humillarlo.
Por cuestiones de envergadura física descarté ideas como atacarlo de atrás con un garrote, podía contratar a un pegador para que lo deformara, pero enseguida lo suprimí, demasiado impersonal, además, a menos que me escondiera detrás de un árbol no disfrutaría la golpiza, y corría el riesgo que luego me extorsionara el pegador, por dinero o carne.
Tampoco actos vandálicos, de qué me serviría romper la fachada del negocio, o pintarle las paredes con obscenidades, o arrojarle caca dentro de una bolsa del lavadero. Y luego de pensarlo me avergoncé, porque así actuaban mis hermanos, y por más tentador que sonase no iba a convocarlos, ya bastante con mi malicia como para adosar la de ellos; sin contar que en ningún caso recuperaba el objeto de mi deseo, sólo menguaba mi odio; y ni siquiera.
La veterinaria, íntima mía de hacía mucho, conocía al matrimonio que lindaba con la casa del viejo, luego de insistir me los presentó. Llevé medialunas y masas, ellos invitaron el mate. Exageré algunas partes, también lloré, y promediando el relato ya estaban de mi lado, ayudó que tuviesen su propio encono con el viejo por unas sábanas desteñidas, eso y lo intrépido del plan. Todos los días, entre las siete y ocho de la noche, cerrado ya el boliche, rumbeaba a la plaza, mayormente conversaba con otros seniles, otras, cuando faltaban sus compañeros, fumaba solo y ojeaba a todas las que pasaban, sin sospechar que yo estaría trepada a la medianera del matrimonio, aterrizando en su galería. Aclaración, el terreno no terminaba en el lavadero, pegada al negocio venía su vivienda, un largo ph bien disimulado.
Me descolgué desde dos metros de altura, intenté amortiguar la caída pero pareció un desplome, de hecho me torcí el tobillo, debería haber entrado en calor, recordé el consejo de mi profesor de aerobic, el dolor me disparó otro pensamiento, qué estaba haciendo, tuve ganas de treparme y volver, miedo, tiritaba, hasta que se me vinieron mis hermanos a la mente, sus bromas de mal gusto, los veraneos, las mejores risas de mi vida, y de a poco recobré la calma.
Tres puertas frente a mí, reconocí la del medio como el baño, en sigilo fui a la izquierda, madera, dos hojas, y banderola, imposible que no hiciera ruido, giré la manija de bronce, nada, le di un tirón, tampoco, la sujete con las manos y empujé para adentro y afuera, craso error.
Me volteó un alud de ropa, caí de trompa, grité del susto, grité más por la fuerza con que golpeaba, pensé en agua llevándome, justo cuando hice pie algo lanudo me pegó de llenó, es él, lo confundí con un edredón, nadé mi camino de regreso, entre sábanas finas y tapices, hasta que me agarré de la manija y abrí la compuerta, la otra hoja. En menos de lo que pensé me encontré flotando a metro y medio sobre lo que parecía un pomposo telón escarlata, inédito, se inundaba la galería, en poco rebalsaría la medianera, aspiré una bocanada y me sumergí, costó avanzar debido a unos ponchos, y cuando los atravesé vinieron mantas y cinturones como anguilas, pero me sobrepuse, llegué con el resto de aire a la puerta de la derecha, ¿otro alud de ropa? si conseguía destrabarla desataría una marejada bíblica, dudé, estaba loca, cómo podía ser cierto, y sin embargo me estaba ahogando en telas, lo hice, la destrabé. Me arrancaron de ahí, del pelo y el brazo, viajaba a la superficie, presentí que era el viejo, sus dedos sarmentosos, me dio una arcada, vomité un pañuelo, y pasó.
Dicen que la ola se vio a tres cuadras, tuve suerte porque caí sobre la copa de un árbol, me fracturé seis huesos, en el hospital descubrieron que abusaba de los barbitúricos, viví mucho internada, hasta que una noche me fugué con mis hermanos.
El lavadero funciona como feria americana, la dirigen los carenciados. Cuando me entrevistaron para Ripley les conté que la marea se llevó al viejo, ¿a dónde? are you insane? you´re talking about clothes. ¡Se lo llevó! y no preguntaron más.
Otros dicen que huyó de la vergüenza; embozado en mi cárdigan.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Los Libertinos
Salvo excepciones la primera vez es sufrida, trabajosa, y memorable sólo porque es la primera, el resto, tierra inexplorada.
Él la apuntaló en avatares tecnológicos, cámara, conexiones y programas, ella, en la ambientación, la ropa que vestirían, y los aspectos prohibidos, eyacular, comentarlo con otros, meterse cosas, y etcéteras depravados. Allá era medianoche, acá día, bajó las persianas y dejó una difuminada luz, tal cual había ordenado ella, estaba limpio, entalcado, y de seguro la deslumbraría con su calzón nuevo.
Hizo la llamada virtual, timbró, así por minutos. Se preocupó, más bien se alarmó, jamás había llegado tarde en el mundo real, menos aquí. Reintentó cuatro veces, y en la espera imaginaba escenarios, todos indecibles. Llamó una quinta, contestó, pero en vez de su chica en tetas y bombacha translúcida, el espectáculo de su concha a través de la tela lo perdía, apareció un tipo con el torso desnudo mirando a cámara, ajustando el ángulo, la cama, el espejo, el velador, sin duda era su cuarto, quiso habilitar el micrófono sin éxito, cine mudo, pensó al tiempo que el energúmeno se quitaba los pantalones sentado en la cama.
Antes que pudiera trazar su línea de acción, entre llamar a la policía de aquel país o viajar a matarla, entró una mujer a cuadro, alta, flaca, vestido negro arriba de la rodilla, largas crenchas, y no vio sus rasgos porque la imagen era pobre. Lo que sí atestiguó desorbitado, perplejo, fue la determinación con que le bajó el calzoncillo, se hizo de su pito blando y lo metió rítmicamente en la boca. ¿Sería la amiga de su novia? no la conocía, pero según lo que recordaba era remoto que lo fuese, y menos cuando dejó de chuparlo, caminó hacia la cámara, alzó el vestido, y su concha de ángel ocupó la pantalla.
Por más que lo acometió una profusa erección, y se le ocurrió devolver el gesto con su pito en primer plano, cortó, incluso apagó la compu, algo impensado desde que ella había viajado, la necesidad de verse, maldito grillete.
Oyó el contestador de su celular más de cuarenta veces, poco le importaba que lo tildase de insano compulsivo, no después de la sesión porno, quizás no debería haber apagado, pero temió que si fisgoneaba de más aparecería la otra en trío con el energúmeno, no, incapaz de esa infamia, tal vez había sido una sorpresa malinterpretada, la pareja de lamedores exhibicionistas era el preludio, luego ellos, el acto principal, menos creíble que la anterior, dejó de teorizar.
Recién a la noche se dignó a devolver los mil telefonemas perdidos, como suponía dijo que estaba loco por desconfiar de ella, había trabajado dos turnos en el restaurante, y no avisó porque el celular se quedó sin batería, sólo eso. Sobre las imágenes infirió que eran conocidos de su compañera de casa. ¿Y cómo carajo sabían la exacta hora a la que se iban a conectar? se sintió irrefutable cuando regurgitó la pregunta. No sabía, pero reconoció que lo había contado durante una cena de mujeres, rota la ley del secreto. Por lo menos te va a costar una doma con vibrador.
Y aunque con el tiempo, y mucha insistencia, accedió a todas sus fantasías, bajezas que no hubiese representado en vivo, sólo posibles por la mediación de la cámara; siempre abrigó sospechas, no le cerraba lo de aquella vez, demasiados interrogantes en el gris. Por eso, siempre que podía, invitaba a una amiga para que lo mirase desde fuera de cuadro, mientras lo hacía con su chica vía remota. Después le tocaba a ella.
Él la apuntaló en avatares tecnológicos, cámara, conexiones y programas, ella, en la ambientación, la ropa que vestirían, y los aspectos prohibidos, eyacular, comentarlo con otros, meterse cosas, y etcéteras depravados. Allá era medianoche, acá día, bajó las persianas y dejó una difuminada luz, tal cual había ordenado ella, estaba limpio, entalcado, y de seguro la deslumbraría con su calzón nuevo.
Hizo la llamada virtual, timbró, así por minutos. Se preocupó, más bien se alarmó, jamás había llegado tarde en el mundo real, menos aquí. Reintentó cuatro veces, y en la espera imaginaba escenarios, todos indecibles. Llamó una quinta, contestó, pero en vez de su chica en tetas y bombacha translúcida, el espectáculo de su concha a través de la tela lo perdía, apareció un tipo con el torso desnudo mirando a cámara, ajustando el ángulo, la cama, el espejo, el velador, sin duda era su cuarto, quiso habilitar el micrófono sin éxito, cine mudo, pensó al tiempo que el energúmeno se quitaba los pantalones sentado en la cama.
Antes que pudiera trazar su línea de acción, entre llamar a la policía de aquel país o viajar a matarla, entró una mujer a cuadro, alta, flaca, vestido negro arriba de la rodilla, largas crenchas, y no vio sus rasgos porque la imagen era pobre. Lo que sí atestiguó desorbitado, perplejo, fue la determinación con que le bajó el calzoncillo, se hizo de su pito blando y lo metió rítmicamente en la boca. ¿Sería la amiga de su novia? no la conocía, pero según lo que recordaba era remoto que lo fuese, y menos cuando dejó de chuparlo, caminó hacia la cámara, alzó el vestido, y su concha de ángel ocupó la pantalla.
Por más que lo acometió una profusa erección, y se le ocurrió devolver el gesto con su pito en primer plano, cortó, incluso apagó la compu, algo impensado desde que ella había viajado, la necesidad de verse, maldito grillete.
Oyó el contestador de su celular más de cuarenta veces, poco le importaba que lo tildase de insano compulsivo, no después de la sesión porno, quizás no debería haber apagado, pero temió que si fisgoneaba de más aparecería la otra en trío con el energúmeno, no, incapaz de esa infamia, tal vez había sido una sorpresa malinterpretada, la pareja de lamedores exhibicionistas era el preludio, luego ellos, el acto principal, menos creíble que la anterior, dejó de teorizar.
Recién a la noche se dignó a devolver los mil telefonemas perdidos, como suponía dijo que estaba loco por desconfiar de ella, había trabajado dos turnos en el restaurante, y no avisó porque el celular se quedó sin batería, sólo eso. Sobre las imágenes infirió que eran conocidos de su compañera de casa. ¿Y cómo carajo sabían la exacta hora a la que se iban a conectar? se sintió irrefutable cuando regurgitó la pregunta. No sabía, pero reconoció que lo había contado durante una cena de mujeres, rota la ley del secreto. Por lo menos te va a costar una doma con vibrador.
Y aunque con el tiempo, y mucha insistencia, accedió a todas sus fantasías, bajezas que no hubiese representado en vivo, sólo posibles por la mediación de la cámara; siempre abrigó sospechas, no le cerraba lo de aquella vez, demasiados interrogantes en el gris. Por eso, siempre que podía, invitaba a una amiga para que lo mirase desde fuera de cuadro, mientras lo hacía con su chica vía remota. Después le tocaba a ella.
sábado, 29 de enero de 2011
Las Martellianas, finito
Quién hubiera imaginado que un simple descuido, un paquete de galletitas cayendo detrás de la heladera desataría lo peor de las hormigas. Los habitantes del departamento quisieron rescatarlo, además eran sus favoritas, pero fue imposible desempotrar la heladera. Ella sugirió envenenar el alimento, revertir el error, cebo. Él, sólo por contradecirla, propuso dejarlo así, el paquete estaba cerrado, en caso que las hormigas lo hallaran no podrían cruzar el plástico, probablemente creyeran que era un tótem o un asteroide. Pese a la ocurrencia prevaleció la jeringa con veneno, en las juntas de la mesada, los zócalos, las minúsculas grietas, los rincones, y el epicentro del bombardeo, la hendija por donde habían caído las galletitas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
sábado, 1 de enero de 2011
Las Martellianas I
Abrió el cajón de la ropa interior, el último calzoncillo, ayer se había quedado sin medias, ojeó impávido la pila de ropa sucia, se calzó la remera sin mangas, el pantalón azul y enfiló a la cocina. Mate y pan viejo con mermelada. A las once se echó de nuevo en la cama, debía bañarse, la seborrea capilar le daba un picor feroz, eso y el hedor en cierne. Recién al mediodía se duchó con agua fría y cortó las uñas de los pies, pocas cosas le daban más tedio que acicalarse, las dejó regadas por el piso.
El gato que le habían obsequiado para un cumpleaños ahora malvivía en el balcón, lo había desterrado de puro aburrimiento y maldad, confinado hasta que decidiera quitarse la vida. Excretaba en una maceta gigante infesta de moscas que volaban hasta el sexto piso seducidas por el aroma. Ocasionalmente mordisqueaba algún bicho o cazaba palomas que se posaban en la baranda.
Desde que la doméstica había renunciado nadie limpiaba la covacha. Siempre y cuando no hubiese alimañas estaba bien, o si había que no superasen las escala de cucarachas. Miró en rededor, una inmundicia hubiese opinado su madre, pero él no era su progenitora, ni su padre, ni sus hermanas que hacía tiempazo lo habían excluido del círculo familiar.
Sonó el timbre, de seguro oiría la aflautada voz del encargado recordándole que adeudaba dos meses de expensas, no se mosqueó, andaba abstraído con un grillo preso de la red de su amiga araña, la del rincón junto al mueble, al menos ella tenía alimento.
De la parva de platos apiñados en la bacha sólo lavó lo necesario para comer, la olla. Calentó agua, echó cuatro salchichas y cuando estuvieron listas las hizo panchos de pan viejo. Y ese festín acompañado de té frío, costumbre heredada de una novia saudita, no cualquier infusión, de floripondio.
Se le antojó que su mascota no arañaba el ventanal pidiendo atención, sino que pintaba sobre el lienzo del vidrio, de hecho reconoció un cielo estrellado y una campiña.
Se quedó sin luz, recordó el timbre que no atendió, tal vez no había sido el encargado sino los de la compañía eléctrica avisando el corte. No se recriminó por la dejadez, salió al balcón, pateó al gato de su camino, esquivó sus desechos y gritó. No gritó porque lo había olvidado. En eso avizoró una puerta en el cielo hecha de nubes, pero cuando se disponía a abrirla, el gato lo devolvió mordiéndole el tobillo, alevoso, porque se quedó prendido hasta que lo golpeó con puño cerrado. ¡¡No debería pasar esto, yo te quería, se suponía que fuésemos hermanos, tu y yo, Tommy!! parodió la célebre escena de Rocky V mientras su otrora mascota danzaba grogui entre las piernas.
Rajó al baño a desinfectarse, temía emular el personaje de Trainspotting que moría de toxoplasmosis por culpa de una cría de gato. Se las ingenió con alcohol fino y algodón que se había vuelto beige. Tal vez ya lo tenía en la sangre. Se imaginó astillando el espejo del botiquín y con el pedazo más filoso degollando a la bestia, registró la idea en una nota mental.
Cenó bizcochos con mate a la luz de las únicas dos velas que tenía, una en la cocina y la otra en el living sobre la mesa ratona, entre la yerba y las migas del plato.
Tuvo un sueño orgiástico, pero más fantástico que las ocho nereidas, coloradas, blondas, morenas, y una de cráneo rasurado que la chupaba con tanta maestría que veía bella su calva. Más que la secuencia fue descubrir que crecían ramificaciones de su pito, retoñaban nuevos pitos, tantos como féminas por batallar. Lástima que justo antes de que las ocho acabasen bien guarras, abrió los ojos.
Fue una alerta olfativa, algo estaba en llamas, en el living encontró el ventanal roto y la alfombra regada de vidrios, demasiado para la fuerza del gato ¿y el gato? no lo vio. Y en la cocina ardía el origen, la cortina, tanto que el fuego caminaba el techo. Sintió lenguas del Averno derritiéndolo, y sus pies inútiles para fugarse, se le prendió el pelo y la piel se ampolló, pero no gritó, sentó las nalgas, cruzó las piernas y dijo, creo que me acostumbraré, sin risas de fondo.
Faltaría a la verdad si dijera que la mascota quería salvarlo, más bien matarlo, pero no calculó que su mordida al cuello lo quitaría del trance.
Sedó a la bestia de un trompazo y la usó de escudo contra el calor y la humareda, en poco se propagaría, pensó mientras parapetaba la salida del fuego con la mesa del living, las sillas y hasta la tele con tal de contenerlo en la cocina.
Somos nosotros, le dijo teatralmente al felino mientras lo arrastraba medio chamuscado hacia el balcón. Lo que hacemos en vida resuena en la eternidad, parafraseó la arenga de Gladiator; y sin más aspaviento saltaron abrazados al vacío. Menos por suicidio que escapando del incendio, él pensó que podía amortiguar la caída con el gato.
El gato que le habían obsequiado para un cumpleaños ahora malvivía en el balcón, lo había desterrado de puro aburrimiento y maldad, confinado hasta que decidiera quitarse la vida. Excretaba en una maceta gigante infesta de moscas que volaban hasta el sexto piso seducidas por el aroma. Ocasionalmente mordisqueaba algún bicho o cazaba palomas que se posaban en la baranda.
Desde que la doméstica había renunciado nadie limpiaba la covacha. Siempre y cuando no hubiese alimañas estaba bien, o si había que no superasen las escala de cucarachas. Miró en rededor, una inmundicia hubiese opinado su madre, pero él no era su progenitora, ni su padre, ni sus hermanas que hacía tiempazo lo habían excluido del círculo familiar.
Sonó el timbre, de seguro oiría la aflautada voz del encargado recordándole que adeudaba dos meses de expensas, no se mosqueó, andaba abstraído con un grillo preso de la red de su amiga araña, la del rincón junto al mueble, al menos ella tenía alimento.
De la parva de platos apiñados en la bacha sólo lavó lo necesario para comer, la olla. Calentó agua, echó cuatro salchichas y cuando estuvieron listas las hizo panchos de pan viejo. Y ese festín acompañado de té frío, costumbre heredada de una novia saudita, no cualquier infusión, de floripondio.
Se le antojó que su mascota no arañaba el ventanal pidiendo atención, sino que pintaba sobre el lienzo del vidrio, de hecho reconoció un cielo estrellado y una campiña.
Se quedó sin luz, recordó el timbre que no atendió, tal vez no había sido el encargado sino los de la compañía eléctrica avisando el corte. No se recriminó por la dejadez, salió al balcón, pateó al gato de su camino, esquivó sus desechos y gritó. No gritó porque lo había olvidado. En eso avizoró una puerta en el cielo hecha de nubes, pero cuando se disponía a abrirla, el gato lo devolvió mordiéndole el tobillo, alevoso, porque se quedó prendido hasta que lo golpeó con puño cerrado. ¡¡No debería pasar esto, yo te quería, se suponía que fuésemos hermanos, tu y yo, Tommy!! parodió la célebre escena de Rocky V mientras su otrora mascota danzaba grogui entre las piernas.
Rajó al baño a desinfectarse, temía emular el personaje de Trainspotting que moría de toxoplasmosis por culpa de una cría de gato. Se las ingenió con alcohol fino y algodón que se había vuelto beige. Tal vez ya lo tenía en la sangre. Se imaginó astillando el espejo del botiquín y con el pedazo más filoso degollando a la bestia, registró la idea en una nota mental.
Cenó bizcochos con mate a la luz de las únicas dos velas que tenía, una en la cocina y la otra en el living sobre la mesa ratona, entre la yerba y las migas del plato.
Tuvo un sueño orgiástico, pero más fantástico que las ocho nereidas, coloradas, blondas, morenas, y una de cráneo rasurado que la chupaba con tanta maestría que veía bella su calva. Más que la secuencia fue descubrir que crecían ramificaciones de su pito, retoñaban nuevos pitos, tantos como féminas por batallar. Lástima que justo antes de que las ocho acabasen bien guarras, abrió los ojos.
Fue una alerta olfativa, algo estaba en llamas, en el living encontró el ventanal roto y la alfombra regada de vidrios, demasiado para la fuerza del gato ¿y el gato? no lo vio. Y en la cocina ardía el origen, la cortina, tanto que el fuego caminaba el techo. Sintió lenguas del Averno derritiéndolo, y sus pies inútiles para fugarse, se le prendió el pelo y la piel se ampolló, pero no gritó, sentó las nalgas, cruzó las piernas y dijo, creo que me acostumbraré, sin risas de fondo.
Faltaría a la verdad si dijera que la mascota quería salvarlo, más bien matarlo, pero no calculó que su mordida al cuello lo quitaría del trance.
Sedó a la bestia de un trompazo y la usó de escudo contra el calor y la humareda, en poco se propagaría, pensó mientras parapetaba la salida del fuego con la mesa del living, las sillas y hasta la tele con tal de contenerlo en la cocina.
Somos nosotros, le dijo teatralmente al felino mientras lo arrastraba medio chamuscado hacia el balcón. Lo que hacemos en vida resuena en la eternidad, parafraseó la arenga de Gladiator; y sin más aspaviento saltaron abrazados al vacío. Menos por suicidio que escapando del incendio, él pensó que podía amortiguar la caída con el gato.
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