Salvo excepciones la primera vez es sufrida, trabajosa, y memorable sólo porque es la primera, el resto, tierra inexplorada.
Él la apuntaló en avatares tecnológicos, cámara, conexiones y programas, ella, en la ambientación, la ropa que vestirían, y los aspectos prohibidos, eyacular, comentarlo con otros, meterse cosas, y etcéteras depravados. Allá era medianoche, acá día, bajó las persianas y dejó una difuminada luz, tal cual había ordenado ella, estaba limpio, entalcado, y de seguro la deslumbraría con su calzón nuevo.
Hizo la llamada virtual, timbró, así por minutos. Se preocupó, más bien se alarmó, jamás había llegado tarde en el mundo real, menos aquí. Reintentó cuatro veces, y en la espera imaginaba escenarios, todos indecibles. Llamó una quinta, contestó, pero en vez de su chica en tetas y bombacha translúcida, el espectáculo de su concha a través de la tela lo perdía, apareció un tipo con el torso desnudo mirando a cámara, ajustando el ángulo, la cama, el espejo, el velador, sin duda era su cuarto, quiso habilitar el micrófono sin éxito, cine mudo, pensó al tiempo que el energúmeno se quitaba los pantalones sentado en la cama.
Antes que pudiera trazar su línea de acción, entre llamar a la policía de aquel país o viajar a matarla, entró una mujer a cuadro, alta, flaca, vestido negro arriba de la rodilla, largas crenchas, y no vio sus rasgos porque la imagen era pobre. Lo que sí atestiguó desorbitado, perplejo, fue la determinación con que le bajó el calzoncillo, se hizo de su pito blando y lo metió rítmicamente en la boca. ¿Sería la amiga de su novia? no la conocía, pero según lo que recordaba era remoto que lo fuese, y menos cuando dejó de chuparlo, caminó hacia la cámara, alzó el vestido, y su concha de ángel ocupó la pantalla.
Por más que lo acometió una profusa erección, y se le ocurrió devolver el gesto con su pito en primer plano, cortó, incluso apagó la compu, algo impensado desde que ella había viajado, la necesidad de verse, maldito grillete.
Oyó el contestador de su celular más de cuarenta veces, poco le importaba que lo tildase de insano compulsivo, no después de la sesión porno, quizás no debería haber apagado, pero temió que si fisgoneaba de más aparecería la otra en trío con el energúmeno, no, incapaz de esa infamia, tal vez había sido una sorpresa malinterpretada, la pareja de lamedores exhibicionistas era el preludio, luego ellos, el acto principal, menos creíble que la anterior, dejó de teorizar.
Recién a la noche se dignó a devolver los mil telefonemas perdidos, como suponía dijo que estaba loco por desconfiar de ella, había trabajado dos turnos en el restaurante, y no avisó porque el celular se quedó sin batería, sólo eso. Sobre las imágenes infirió que eran conocidos de su compañera de casa. ¿Y cómo carajo sabían la exacta hora a la que se iban a conectar? se sintió irrefutable cuando regurgitó la pregunta. No sabía, pero reconoció que lo había contado durante una cena de mujeres, rota la ley del secreto. Por lo menos te va a costar una doma con vibrador.
Y aunque con el tiempo, y mucha insistencia, accedió a todas sus fantasías, bajezas que no hubiese representado en vivo, sólo posibles por la mediación de la cámara; siempre abrigó sospechas, no le cerraba lo de aquella vez, demasiados interrogantes en el gris. Por eso, siempre que podía, invitaba a una amiga para que lo mirase desde fuera de cuadro, mientras lo hacía con su chica vía remota. Después le tocaba a ella.
Narrativas de género, y de paso
miércoles, 23 de febrero de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
Las Martellianas, finito
Quién hubiera imaginado que un simple descuido, un paquete de galletitas cayendo detrás de la heladera desataría lo peor de las hormigas. Los habitantes del departamento quisieron rescatarlo, además eran sus favoritas, pero fue imposible desempotrar la heladera. Ella sugirió envenenar el alimento, revertir el error, cebo. Él, sólo por contradecirla, propuso dejarlo así, el paquete estaba cerrado, en caso que las hormigas lo hallaran no podrían cruzar el plástico, probablemente creyeran que era un tótem o un asteroide. Pese a la ocurrencia prevaleció la jeringa con veneno, en las juntas de la mesada, los zócalos, las minúsculas grietas, los rincones, y el epicentro del bombardeo, la hendija por donde habían caído las galletitas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
En ese tiempo la colonia se contaba en cientos, mayoría de obreras, las abnegadas hembras estériles; algunas más corpulentas de la clase “soldados”, machos alados que de tan raros eran casi míticos, y sólo una reina poniendo huevos en su cámara; mientras el agente homicida invadía las cercanías del hormiguero. Se replegaron a cuarteles de invierno, sellaron las entradas y subsistieron con las reservas. Eso les dio un respiro, pero hubo que salir. Las varias expediciones no regresaron, sin duda persistía el efecto residual, y aunque intentaron nuevas rutas de alimento, también murieron; o al menos eso aventuraban pasado el tiempo sin noticias.
De las expedicionarias sólo tres obreras aguantaron el veneno, por alguna evolutiva razón eran inmunes, pero no se detuvieron a meditarlo, siguieron, caminaron lugares inexplorados, sinuosos, escarpados, hasta que el último descenso las dejó frente al paquete, el que había traído muerte, pero ellas no lo sabían. Dos querían irse, había unas prometedoras migas más arriba, la tercera se opuso. No diría que tuvo un pálpito, pero sí algo distinto, un perseverar propio, clavó frenética sus mandíbulas, el aguijón y las uñas, las otras ayudaron, y luego de un rato de labor obrera abrieron una mínima luz por donde colarse, error, más plástico, capa tras capa. Pero no claudicaron, la líder encontró una manera, en vez de masticar, siguieron los pliegues del plástico, hubo momentos en que pensaron lo peor, aplastadas, o morirían de asfixia, pero se arquearon, adoptaron torsiones imposibles para vencer al envoltorio.
No hubo festejo, ni frases como ¡tenía razón!, no hubiese sido muy hormiga de su parte, agarraron lo máximo que podían cargar y emprendieron la vuelta, que les llevó tanto más que la ida porque buscaban rutas limpias por donde pudiesen transitar las demás.
Tampoco hubiese sido muy hormiga que la colonia las recibiera como heroínas, con fanfarria y las llaves de la ciudad, pero sí hubo un cónclave, la firme decisión de atacar las galletitas, asegurarse provisiones por más de lo que podían contar. Y para eso la nombraron a ella, la conquistadora. La misma que tiempo después, y con las arcas atiborradas, encabezó la más cruenta campaña imperialista, vencieron y anexaron el hormiguero del quinto y tercer piso. Con la rendición de las hormigas del primero ensambló un ejército tan poderoso que aniquiló, sin tomar prisioneros más que para ejecutarlos, a todas las cucarachas del cuarto, y como si no alcanzara trazó un plan a mediano plazo para hacerse del edificio.
La contraofensiva humana no tardó en llegar, inundaron hasta los cimientos con plaguicidas, cocktails tan tóxicos que aconsejaban abandonar el departamento al menos una hora. Pero no cuajó, la líder y su incontable armada estaba atrincherada en los bunkers del sótano, a salvo de cualquier intento bacteriológico, pergeñando, reponiendo fuerza, más que estrategas, mentes geniales, dejaron a los caídos por la conquista a la vista del enemigo, para que se creyera lo eficiente del veneno, y cuando detuviesen el bombardeo, ahí estarían; hambrientas.
sábado, 1 de enero de 2011
Las Martellianas I
Abrió el cajón de la ropa interior, el último calzoncillo, ayer se había quedado sin medias, ojeó impávido la pila de ropa sucia, se calzó la remera sin mangas, el pantalón azul y enfiló a la cocina. Mate y pan viejo con mermelada. A las once se echó de nuevo en la cama, debía bañarse, la seborrea capilar le daba un picor feroz, eso y el hedor en cierne. Recién al mediodía se duchó con agua fría y cortó las uñas de los pies, pocas cosas le daban más tedio que acicalarse, las dejó regadas por el piso.
El gato que le habían obsequiado para un cumpleaños ahora malvivía en el balcón, lo había desterrado de puro aburrimiento y maldad, confinado hasta que decidiera quitarse la vida. Excretaba en una maceta gigante infesta de moscas que volaban hasta el sexto piso seducidas por el aroma. Ocasionalmente mordisqueaba algún bicho o cazaba palomas que se posaban en la baranda.
Desde que la doméstica había renunciado nadie limpiaba la covacha. Siempre y cuando no hubiese alimañas estaba bien, o si había que no superasen las escala de cucarachas. Miró en rededor, una inmundicia hubiese opinado su madre, pero él no era su progenitora, ni su padre, ni sus hermanas que hacía tiempazo lo habían excluido del círculo familiar.
Sonó el timbre, de seguro oiría la aflautada voz del encargado recordándole que adeudaba dos meses de expensas, no se mosqueó, andaba abstraído con un grillo preso de la red de su amiga araña, la del rincón junto al mueble, al menos ella tenía alimento.
De la parva de platos apiñados en la bacha sólo lavó lo necesario para comer, la olla. Calentó agua, echó cuatro salchichas y cuando estuvieron listas las hizo panchos de pan viejo. Y ese festín acompañado de té frío, costumbre heredada de una novia saudita, no cualquier infusión, de floripondio.
Se le antojó que su mascota no arañaba el ventanal pidiendo atención, sino que pintaba sobre el lienzo del vidrio, de hecho reconoció un cielo estrellado y una campiña.
Se quedó sin luz, recordó el timbre que no atendió, tal vez no había sido el encargado sino los de la compañía eléctrica avisando el corte. No se recriminó por la dejadez, salió al balcón, pateó al gato de su camino, esquivó sus desechos y gritó. No gritó porque lo había olvidado. En eso avizoró una puerta en el cielo hecha de nubes, pero cuando se disponía a abrirla, el gato lo devolvió mordiéndole el tobillo, alevoso, porque se quedó prendido hasta que lo golpeó con puño cerrado. ¡¡No debería pasar esto, yo te quería, se suponía que fuésemos hermanos, tu y yo, Tommy!! parodió la célebre escena de Rocky V mientras su otrora mascota danzaba grogui entre las piernas.
Rajó al baño a desinfectarse, temía emular el personaje de Trainspotting que moría de toxoplasmosis por culpa de una cría de gato. Se las ingenió con alcohol fino y algodón que se había vuelto beige. Tal vez ya lo tenía en la sangre. Se imaginó astillando el espejo del botiquín y con el pedazo más filoso degollando a la bestia, registró la idea en una nota mental.
Cenó bizcochos con mate a la luz de las únicas dos velas que tenía, una en la cocina y la otra en el living sobre la mesa ratona, entre la yerba y las migas del plato.
Tuvo un sueño orgiástico, pero más fantástico que las ocho nereidas, coloradas, blondas, morenas, y una de cráneo rasurado que la chupaba con tanta maestría que veía bella su calva. Más que la secuencia fue descubrir que crecían ramificaciones de su pito, retoñaban nuevos pitos, tantos como féminas por batallar. Lástima que justo antes de que las ocho acabasen bien guarras, abrió los ojos.
Fue una alerta olfativa, algo estaba en llamas, en el living encontró el ventanal roto y la alfombra regada de vidrios, demasiado para la fuerza del gato ¿y el gato? no lo vio. Y en la cocina ardía el origen, la cortina, tanto que el fuego caminaba el techo. Sintió lenguas del Averno derritiéndolo, y sus pies inútiles para fugarse, se le prendió el pelo y la piel se ampolló, pero no gritó, sentó las nalgas, cruzó las piernas y dijo, creo que me acostumbraré, sin risas de fondo.
Faltaría a la verdad si dijera que la mascota quería salvarlo, más bien matarlo, pero no calculó que su mordida al cuello lo quitaría del trance.
Sedó a la bestia de un trompazo y la usó de escudo contra el calor y la humareda, en poco se propagaría, pensó mientras parapetaba la salida del fuego con la mesa del living, las sillas y hasta la tele con tal de contenerlo en la cocina.
Somos nosotros, le dijo teatralmente al felino mientras lo arrastraba medio chamuscado hacia el balcón. Lo que hacemos en vida resuena en la eternidad, parafraseó la arenga de Gladiator; y sin más aspaviento saltaron abrazados al vacío. Menos por suicidio que escapando del incendio, él pensó que podía amortiguar la caída con el gato.
El gato que le habían obsequiado para un cumpleaños ahora malvivía en el balcón, lo había desterrado de puro aburrimiento y maldad, confinado hasta que decidiera quitarse la vida. Excretaba en una maceta gigante infesta de moscas que volaban hasta el sexto piso seducidas por el aroma. Ocasionalmente mordisqueaba algún bicho o cazaba palomas que se posaban en la baranda.
Desde que la doméstica había renunciado nadie limpiaba la covacha. Siempre y cuando no hubiese alimañas estaba bien, o si había que no superasen las escala de cucarachas. Miró en rededor, una inmundicia hubiese opinado su madre, pero él no era su progenitora, ni su padre, ni sus hermanas que hacía tiempazo lo habían excluido del círculo familiar.
Sonó el timbre, de seguro oiría la aflautada voz del encargado recordándole que adeudaba dos meses de expensas, no se mosqueó, andaba abstraído con un grillo preso de la red de su amiga araña, la del rincón junto al mueble, al menos ella tenía alimento.
De la parva de platos apiñados en la bacha sólo lavó lo necesario para comer, la olla. Calentó agua, echó cuatro salchichas y cuando estuvieron listas las hizo panchos de pan viejo. Y ese festín acompañado de té frío, costumbre heredada de una novia saudita, no cualquier infusión, de floripondio.
Se le antojó que su mascota no arañaba el ventanal pidiendo atención, sino que pintaba sobre el lienzo del vidrio, de hecho reconoció un cielo estrellado y una campiña.
Se quedó sin luz, recordó el timbre que no atendió, tal vez no había sido el encargado sino los de la compañía eléctrica avisando el corte. No se recriminó por la dejadez, salió al balcón, pateó al gato de su camino, esquivó sus desechos y gritó. No gritó porque lo había olvidado. En eso avizoró una puerta en el cielo hecha de nubes, pero cuando se disponía a abrirla, el gato lo devolvió mordiéndole el tobillo, alevoso, porque se quedó prendido hasta que lo golpeó con puño cerrado. ¡¡No debería pasar esto, yo te quería, se suponía que fuésemos hermanos, tu y yo, Tommy!! parodió la célebre escena de Rocky V mientras su otrora mascota danzaba grogui entre las piernas.
Rajó al baño a desinfectarse, temía emular el personaje de Trainspotting que moría de toxoplasmosis por culpa de una cría de gato. Se las ingenió con alcohol fino y algodón que se había vuelto beige. Tal vez ya lo tenía en la sangre. Se imaginó astillando el espejo del botiquín y con el pedazo más filoso degollando a la bestia, registró la idea en una nota mental.
Cenó bizcochos con mate a la luz de las únicas dos velas que tenía, una en la cocina y la otra en el living sobre la mesa ratona, entre la yerba y las migas del plato.
Tuvo un sueño orgiástico, pero más fantástico que las ocho nereidas, coloradas, blondas, morenas, y una de cráneo rasurado que la chupaba con tanta maestría que veía bella su calva. Más que la secuencia fue descubrir que crecían ramificaciones de su pito, retoñaban nuevos pitos, tantos como féminas por batallar. Lástima que justo antes de que las ocho acabasen bien guarras, abrió los ojos.
Fue una alerta olfativa, algo estaba en llamas, en el living encontró el ventanal roto y la alfombra regada de vidrios, demasiado para la fuerza del gato ¿y el gato? no lo vio. Y en la cocina ardía el origen, la cortina, tanto que el fuego caminaba el techo. Sintió lenguas del Averno derritiéndolo, y sus pies inútiles para fugarse, se le prendió el pelo y la piel se ampolló, pero no gritó, sentó las nalgas, cruzó las piernas y dijo, creo que me acostumbraré, sin risas de fondo.
Faltaría a la verdad si dijera que la mascota quería salvarlo, más bien matarlo, pero no calculó que su mordida al cuello lo quitaría del trance.
Sedó a la bestia de un trompazo y la usó de escudo contra el calor y la humareda, en poco se propagaría, pensó mientras parapetaba la salida del fuego con la mesa del living, las sillas y hasta la tele con tal de contenerlo en la cocina.
Somos nosotros, le dijo teatralmente al felino mientras lo arrastraba medio chamuscado hacia el balcón. Lo que hacemos en vida resuena en la eternidad, parafraseó la arenga de Gladiator; y sin más aspaviento saltaron abrazados al vacío. Menos por suicidio que escapando del incendio, él pensó que podía amortiguar la caída con el gato.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Inefable Marte
El aire se quebró; precipitadas partículas girando frenéticas. De la paradoja sideral, ese espacio anacrónico, apareció un hombre. Así debe haber sido, pensó Vic.
O bien era el Adán de Marte, sin su otra mitad, o el marciano residual, el último de una especie diezmada por alguna peste cósmica o una raza invasora. Sino qué otra explicación racional existía.
Por supuesto que en ambos casos poco importaba el aspecto humano de Vic, pues según su paradigma nadie había probado aún que el homo sapiens no fuese originario de Marte. Tal vez él era en carne y hueso la irrefutable evidencia y por eso lo mantenían en cautiverio. Algo muy nefasto debía haber hecho para ser deportado a ese escondrijo del cosmos; y se entristeció aún más yaciendo boca arriba.
Al rato, primero difuso y luego en foco, visualizó el conocido techo. Había dormido, sí, dormí, y a esa altura cualquier acción por nimia que fuese era sometida al más exhaustivo análisis. Nuevamente aparecieron las certezas. Sabía, de la misma forma que aún balbuceaba su nombre, que estaba en Marte. Además si el paisaje que advertía desde el único ventanal del corredor no era la típica postal marciana, entonces todo el imaginario sobre el planeta rojo había sido una falaz puesta en escena. Una y mil veces había repasado lo que sus incrédulos ojos miraban.
Frente a Vic el mítico valle, la meca de las rocas. En varias sobresalían peñascos de apariencia animal. La silueta del sapo en un elevado montículo era idéntica a la de sus sueños. Otra constante eran las hendiduras que cuarteaban el suelo como riachos. Eso y unos solemnes cráteres lo seguían amedrentando como la primera vez que los había visto hacía ya...
¡Mierda! si pudiese despejar la ecuación temporal. Infructuosamente había buscado el sol para acotar unidades reconocibles. Mas la ausencia del mismo, al menos desde su localización, había truncado su idea de días similares a los terráqueos.
De hecho subsistía una demencial y perpetua diurnidad y a no ser que los momentos nocturnos, nunca vistos, coincidieran con los lapsos en que dormitaba, no tenía palabras más que suponer que las noches marcianas eran parte del día, pura luz, sin luna a quien aullarle. La liviandad con que barajaba apócrifas teorías lo espeluznaba más a él que a nadie, siempre y cuando nadie existiese además de él.
Luego despertó habiendo olvidado cuándo se había entregado al sueño. Hasta una fracción antes andaba reseñando la topografía exterior y ahora contemplaba extrañado su prisión, que Vic describió así.
Un pasillo. A veces parece cónico, otras un dodecaedro. El lugar es naranja, todo es naranja, menos ellos. Ocho portales, ocho hoyos negros, soy su preso. No acusan contornos reconocibles. He llegado a pensar que tienen la capacidad de trasladarse. Acechan.
Visto un uniforme de una sola pieza, manga larga y sin cierre. No descubrí micrófonos cosidos u otros trasmisores. El traje es indestructible, procuré rasgarlo sin éxito en un brote psicótico. No se distinguen costuras o identificación que devele su origen. Dentro de él estoy desnudo.
Vic soñó una serie de imágenes inconexas. Cuando recobró la conciencia se indagó si efectivamente había vivido todo lo transcurrido en la ensoñación o acaso era él un mero receptáculo de memorias implantadas.
En el sueño vio el universo y le pareció pequeño, la voz de mamá y las nanas del viejo, los cuentos de la infancia escritos en cursiva, sus cartas, la bicicleta roja y el perro, vampiros, hundirse en la arena, la escuela, el colchón roto de saltar, paños en la frente, los reyes, un gato ahogado, la letra de coros juveniles, besos en un árbol, fotos familiares, el diente que Carolina se rompió por su culpa, la sangre de ella, mujeres y algunas desconocidas, dos policías muertos o dormitando, la parte animal, una cadena perpetua, su estertor, un vientre por dentro, el nombre de su hija, Dios tuteándolo, el mar, Natalia, cielo abierto, tuvo alas, expuso frente a un auditorio, guardó lágrimas, los pies helados en la cama, fue mosca, apretó botones, recitó su escrito, enterraron a alguien parecido a él, nació con el cosmos, vacuidad, él siendo cohete, la Tierra, su primera palabra, la evocación del amor y el poniente en Marte.
Despertó con la singular impresión de haber comido. Cuando eso ocurría Vic desvariaba que de algún sitio del claustro emergía una sonda que se acoplaba a su traje e irrigaba potajes con vitaminas y narcóticos. Es más juraba que así era ya que se sentía aguijoneado. Y ninguna gracia le causaba la mención de un conducto dentro de su organismo.
Los ocho portales le hicieron una reverencia y ensayaron un saludo. Vic no pudo precisar si dijeron el inesperado “hola” o lo hicieron telepáticamente.
Sopesó las opciones. Podía cruzarlos, transmigrarse hasta el mismísimo confín, o…Los agujeros lo succionaron de una vez.
Se traspuso a una camilla donde un mortecino haz lo exponía más que su desnudez, lo inyectaron y oyó sobre una travesía, luego las células se disgregaron y desapareció. También fue luz y sonido, descubrió la curvatura universal, supo de omnisciencia y halló su memoria.
En otro momento estuvo en Marte, vio su noche y hasta dicen que murió.
En una excursión de reconocimiento vimos el perfil de una criatura que brincaba entre los riscos y aullaba en dialecto. Más tarde leímos en un comunicado de la central que recibiríamos literatura sobre él, poesía mayormente, aunque nunca llegó; comentaban los Harrison, un matrimonio de excéntricos agricultores que se suicidaron al no hallar tierra fértil en el astro rubí.
Durante las siguientes generaciones se gestó la leyenda, las ficciones sobre Vic. Las de intriga tecnológica se referían al ilustre preso condenado a muerte y convertido en experimento; los alcances de la tele transportación a partir de la división celular.
La que prefiere este narrador habla sobre el original poblador marciano, ermitaño de las estepas; el mismo que un día despertó siendo Marte.
O bien era el Adán de Marte, sin su otra mitad, o el marciano residual, el último de una especie diezmada por alguna peste cósmica o una raza invasora. Sino qué otra explicación racional existía.
Por supuesto que en ambos casos poco importaba el aspecto humano de Vic, pues según su paradigma nadie había probado aún que el homo sapiens no fuese originario de Marte. Tal vez él era en carne y hueso la irrefutable evidencia y por eso lo mantenían en cautiverio. Algo muy nefasto debía haber hecho para ser deportado a ese escondrijo del cosmos; y se entristeció aún más yaciendo boca arriba.
Al rato, primero difuso y luego en foco, visualizó el conocido techo. Había dormido, sí, dormí, y a esa altura cualquier acción por nimia que fuese era sometida al más exhaustivo análisis. Nuevamente aparecieron las certezas. Sabía, de la misma forma que aún balbuceaba su nombre, que estaba en Marte. Además si el paisaje que advertía desde el único ventanal del corredor no era la típica postal marciana, entonces todo el imaginario sobre el planeta rojo había sido una falaz puesta en escena. Una y mil veces había repasado lo que sus incrédulos ojos miraban.
Frente a Vic el mítico valle, la meca de las rocas. En varias sobresalían peñascos de apariencia animal. La silueta del sapo en un elevado montículo era idéntica a la de sus sueños. Otra constante eran las hendiduras que cuarteaban el suelo como riachos. Eso y unos solemnes cráteres lo seguían amedrentando como la primera vez que los había visto hacía ya...
¡Mierda! si pudiese despejar la ecuación temporal. Infructuosamente había buscado el sol para acotar unidades reconocibles. Mas la ausencia del mismo, al menos desde su localización, había truncado su idea de días similares a los terráqueos.
De hecho subsistía una demencial y perpetua diurnidad y a no ser que los momentos nocturnos, nunca vistos, coincidieran con los lapsos en que dormitaba, no tenía palabras más que suponer que las noches marcianas eran parte del día, pura luz, sin luna a quien aullarle. La liviandad con que barajaba apócrifas teorías lo espeluznaba más a él que a nadie, siempre y cuando nadie existiese además de él.
Luego despertó habiendo olvidado cuándo se había entregado al sueño. Hasta una fracción antes andaba reseñando la topografía exterior y ahora contemplaba extrañado su prisión, que Vic describió así.
Un pasillo. A veces parece cónico, otras un dodecaedro. El lugar es naranja, todo es naranja, menos ellos. Ocho portales, ocho hoyos negros, soy su preso. No acusan contornos reconocibles. He llegado a pensar que tienen la capacidad de trasladarse. Acechan.
Visto un uniforme de una sola pieza, manga larga y sin cierre. No descubrí micrófonos cosidos u otros trasmisores. El traje es indestructible, procuré rasgarlo sin éxito en un brote psicótico. No se distinguen costuras o identificación que devele su origen. Dentro de él estoy desnudo.
Vic soñó una serie de imágenes inconexas. Cuando recobró la conciencia se indagó si efectivamente había vivido todo lo transcurrido en la ensoñación o acaso era él un mero receptáculo de memorias implantadas.
En el sueño vio el universo y le pareció pequeño, la voz de mamá y las nanas del viejo, los cuentos de la infancia escritos en cursiva, sus cartas, la bicicleta roja y el perro, vampiros, hundirse en la arena, la escuela, el colchón roto de saltar, paños en la frente, los reyes, un gato ahogado, la letra de coros juveniles, besos en un árbol, fotos familiares, el diente que Carolina se rompió por su culpa, la sangre de ella, mujeres y algunas desconocidas, dos policías muertos o dormitando, la parte animal, una cadena perpetua, su estertor, un vientre por dentro, el nombre de su hija, Dios tuteándolo, el mar, Natalia, cielo abierto, tuvo alas, expuso frente a un auditorio, guardó lágrimas, los pies helados en la cama, fue mosca, apretó botones, recitó su escrito, enterraron a alguien parecido a él, nació con el cosmos, vacuidad, él siendo cohete, la Tierra, su primera palabra, la evocación del amor y el poniente en Marte.
Despertó con la singular impresión de haber comido. Cuando eso ocurría Vic desvariaba que de algún sitio del claustro emergía una sonda que se acoplaba a su traje e irrigaba potajes con vitaminas y narcóticos. Es más juraba que así era ya que se sentía aguijoneado. Y ninguna gracia le causaba la mención de un conducto dentro de su organismo.
Los ocho portales le hicieron una reverencia y ensayaron un saludo. Vic no pudo precisar si dijeron el inesperado “hola” o lo hicieron telepáticamente.
Sopesó las opciones. Podía cruzarlos, transmigrarse hasta el mismísimo confín, o…Los agujeros lo succionaron de una vez.
Se traspuso a una camilla donde un mortecino haz lo exponía más que su desnudez, lo inyectaron y oyó sobre una travesía, luego las células se disgregaron y desapareció. También fue luz y sonido, descubrió la curvatura universal, supo de omnisciencia y halló su memoria.
En otro momento estuvo en Marte, vio su noche y hasta dicen que murió.
* * *
Los colonizadores que viajaron años luz para fundar el primer asentamiento en suelo rojo, comentaron sobre Vic.En una excursión de reconocimiento vimos el perfil de una criatura que brincaba entre los riscos y aullaba en dialecto. Más tarde leímos en un comunicado de la central que recibiríamos literatura sobre él, poesía mayormente, aunque nunca llegó; comentaban los Harrison, un matrimonio de excéntricos agricultores que se suicidaron al no hallar tierra fértil en el astro rubí.
Durante las siguientes generaciones se gestó la leyenda, las ficciones sobre Vic. Las de intriga tecnológica se referían al ilustre preso condenado a muerte y convertido en experimento; los alcances de la tele transportación a partir de la división celular.
La que prefiere este narrador habla sobre el original poblador marciano, ermitaño de las estepas; el mismo que un día despertó siendo Marte.
sábado, 20 de noviembre de 2010
La habitación triangular
Así la nombré cuando entré a ella. Mi novia la usaba de baulera, la cama de una plaza, una máquina de ejercicio, dos muebles tapados, la bici roja y algunas cajas marrones. Le dije que desperdiciaba el ambiente, sino sabía qué hacer con los trastos podía donarlos, o al ropavejero, que nos despertaba con su vozarrón todos los domingos.
Yo quería un salón de juegos, mini pool, metegol, flippers y la tele, en cambio primó el buen juicio de mi compañera, optamos por el cuarto de huéspedes, que a futuro sería el aposento del primogénito.
La verdad es que nos queríamos, la mayor parte del tiempo al menos, y cuando la rutina minaba la tolerancia, teníamos la frialdad para irnos solos por un rato, yo rumbeaba al río o investigaba librerías, mi novia a lo de una amiga, la flia, o perdida en bares, costumbre que le inculqué.
Cuando creí que sería feliz, aparecieron, de una noche a la otra, pasé de no verme en otra cama que la nuestra, a vagar insomne debido a sus ronquidos.
Pensarán que pequé de fanático, no, hice todo a mi alcance para remediarlo, desde tapones en las orejas hasta cintas nasales; pasando por médicos, homeópatas, terapias alternas y la enciclopedia de remedios caseros. Paliativos, sólo eso, porque a la vez siguiente, volvía la serenata ruidosa.
Me daba tristeza verla afligida, se culpaba de mi insomnio, y era cierto, pero no se lo marcaba, reverdecía el amor, hasta que nos acostábamos, y de nuevo la cantinela.
Una de esas vigilias me mudé a la habitación triangular. La cama tendida, ningún huésped la había desflorado, me eché boca arriba, absorto en el cielo raso, no tanto, porque si aguzaba el oído me llegaban sus ronquidos.
Veía nuestra mano en la decoración. La mía en el vestido de las paredes, tres láminas, dos impresionistas, un aguafuerte de Quinquela y una foto que tomé de viaje. La suya en el espejo tríptico de los 70, la cama de una plaza que había dormido su abuela hasta morirse, la mesa de luz algo alta, un ropero para reciclar, el sillón petit con funda verde, y lo peor, cortinas rosa viejo sobre el detalle más inquietante de la habitación triangular, su ventana, ubicada en el vértice piramidal y forma de V invertida. Quiso que colocásemos persiana, me opuse, dejémosla como está, ordené sin éxito, porque acabamos con ese desabrido color obstruyendo la visual.
Desde la primera vez que entré me pareció fabulosa, según ella nada tenía de excepción, los abuelos andaban flacos de guita y para ahorrarse unos ladrillos y cemento, decidieron que el último ambiente adosado a la casa tuviese tres muros. Adiós a la magia, adiós a la cuarta pared que presionando un botón secreto aparecería para deslumbrarme, adiós al portal de tiempo y espacio, adiós a las historias que habían transcurrido ahí, porque encima de enterarme que fue obra de la escasez de recursos, nunca había sido habitada, un tiradero; hasta ahora.
Soñé, con el día que hice el mejor gol de mi vida, hacía ya veintiún años, sueño de héroes, ideal para la estima. Pero mejor que trasladar a imagen la memoria fue descubrir que podía hacerlo a voluntad. Sugestión, retrucarán los profanos. Incomprobable, dirán los apegados al método científico. Lo cierto es que cada vez que pernoctaba ahí conjuraba el ensueño que me antojase. Si tenía ganas de un thriller y era noche de Discovery, idea de ella, sabía que en el cine de las sábanas blancas vería una conmigo haciendo de policía ebrio pero suspicaz que dilucidaba el misterio y se quedaba con la chica en apuros. Si el sexo no había sido providencial, lo remediaba con el protagónico en una orgía. Si la venía de terror maquinaba la secuencia cazador de vampiros, o zombies, y así otros ejemplos que omito. La única atadura a las proyecciones dormido era la habitación, sólo en su perímetro era capaz de tamaño salto fantástico. La teoría menos descabellada tenía que ver con una zona inédita de mi cerebro activándose en contacto con el ambiente triangular, pero por qué no sucedía cuando la compartía con mi novia, sí, la convencí de que durmiéramos en ella, bajo promesa de que sanaría nuestras noches, falso, roncó más y no soñé.
Le renovamos el crédito a nuestro cuarto, nuestro lecho, testigo de hazañas, o sólo escaramuzas, el que se amoldaba a nuestras curvas y huecos.
Anduvo un tiempo, dormí sin apremios, incluso con ronquidos leves, pero no hubo secuencias oníricas, y eso que las busqué en cada rincón de mi psiquis. Sin duda faltaba el catalizador, la llave y el cerrojo, iluminación, un mantra sólo para mí. Y así fue, a costa de mentiras, le prometí que dejaría de dormir en ella, aunque mi bienamada roncase. Me mudé a las tardes, las siestas, mientras mi novia trabajaba, y creía que yo también. Para ese entonces comencé a incluirla en los sueños, comedias románticas en su mayoría, lo cual era sanador, le insuflaba esencia a mi querer, pero también en películas de espanto, sólo para salvarla justo a tiempo.
Al poco descubrió el engaño, regresó temprano de la oficina, porque andaba indispuesta, y me encontró sesteando como un querubín. Gritó, me zarandeó, la puteé, me puteó y así hasta que amenazó con derruirla.
Pasó un año de aquello, le pagué un dineral por la propiedad del triangulo, el resto quedó a su nombre. En las tertulias la oigo referirse a mí como el idiota de la habitación, luego me acuesto y sueño que la mato.
Yo quería un salón de juegos, mini pool, metegol, flippers y la tele, en cambio primó el buen juicio de mi compañera, optamos por el cuarto de huéspedes, que a futuro sería el aposento del primogénito.
La verdad es que nos queríamos, la mayor parte del tiempo al menos, y cuando la rutina minaba la tolerancia, teníamos la frialdad para irnos solos por un rato, yo rumbeaba al río o investigaba librerías, mi novia a lo de una amiga, la flia, o perdida en bares, costumbre que le inculqué.
Cuando creí que sería feliz, aparecieron, de una noche a la otra, pasé de no verme en otra cama que la nuestra, a vagar insomne debido a sus ronquidos.
Pensarán que pequé de fanático, no, hice todo a mi alcance para remediarlo, desde tapones en las orejas hasta cintas nasales; pasando por médicos, homeópatas, terapias alternas y la enciclopedia de remedios caseros. Paliativos, sólo eso, porque a la vez siguiente, volvía la serenata ruidosa.
Me daba tristeza verla afligida, se culpaba de mi insomnio, y era cierto, pero no se lo marcaba, reverdecía el amor, hasta que nos acostábamos, y de nuevo la cantinela.
Una de esas vigilias me mudé a la habitación triangular. La cama tendida, ningún huésped la había desflorado, me eché boca arriba, absorto en el cielo raso, no tanto, porque si aguzaba el oído me llegaban sus ronquidos.
Veía nuestra mano en la decoración. La mía en el vestido de las paredes, tres láminas, dos impresionistas, un aguafuerte de Quinquela y una foto que tomé de viaje. La suya en el espejo tríptico de los 70, la cama de una plaza que había dormido su abuela hasta morirse, la mesa de luz algo alta, un ropero para reciclar, el sillón petit con funda verde, y lo peor, cortinas rosa viejo sobre el detalle más inquietante de la habitación triangular, su ventana, ubicada en el vértice piramidal y forma de V invertida. Quiso que colocásemos persiana, me opuse, dejémosla como está, ordené sin éxito, porque acabamos con ese desabrido color obstruyendo la visual.
Desde la primera vez que entré me pareció fabulosa, según ella nada tenía de excepción, los abuelos andaban flacos de guita y para ahorrarse unos ladrillos y cemento, decidieron que el último ambiente adosado a la casa tuviese tres muros. Adiós a la magia, adiós a la cuarta pared que presionando un botón secreto aparecería para deslumbrarme, adiós al portal de tiempo y espacio, adiós a las historias que habían transcurrido ahí, porque encima de enterarme que fue obra de la escasez de recursos, nunca había sido habitada, un tiradero; hasta ahora.
Soñé, con el día que hice el mejor gol de mi vida, hacía ya veintiún años, sueño de héroes, ideal para la estima. Pero mejor que trasladar a imagen la memoria fue descubrir que podía hacerlo a voluntad. Sugestión, retrucarán los profanos. Incomprobable, dirán los apegados al método científico. Lo cierto es que cada vez que pernoctaba ahí conjuraba el ensueño que me antojase. Si tenía ganas de un thriller y era noche de Discovery, idea de ella, sabía que en el cine de las sábanas blancas vería una conmigo haciendo de policía ebrio pero suspicaz que dilucidaba el misterio y se quedaba con la chica en apuros. Si el sexo no había sido providencial, lo remediaba con el protagónico en una orgía. Si la venía de terror maquinaba la secuencia cazador de vampiros, o zombies, y así otros ejemplos que omito. La única atadura a las proyecciones dormido era la habitación, sólo en su perímetro era capaz de tamaño salto fantástico. La teoría menos descabellada tenía que ver con una zona inédita de mi cerebro activándose en contacto con el ambiente triangular, pero por qué no sucedía cuando la compartía con mi novia, sí, la convencí de que durmiéramos en ella, bajo promesa de que sanaría nuestras noches, falso, roncó más y no soñé.
Le renovamos el crédito a nuestro cuarto, nuestro lecho, testigo de hazañas, o sólo escaramuzas, el que se amoldaba a nuestras curvas y huecos.
Anduvo un tiempo, dormí sin apremios, incluso con ronquidos leves, pero no hubo secuencias oníricas, y eso que las busqué en cada rincón de mi psiquis. Sin duda faltaba el catalizador, la llave y el cerrojo, iluminación, un mantra sólo para mí. Y así fue, a costa de mentiras, le prometí que dejaría de dormir en ella, aunque mi bienamada roncase. Me mudé a las tardes, las siestas, mientras mi novia trabajaba, y creía que yo también. Para ese entonces comencé a incluirla en los sueños, comedias románticas en su mayoría, lo cual era sanador, le insuflaba esencia a mi querer, pero también en películas de espanto, sólo para salvarla justo a tiempo.
Al poco descubrió el engaño, regresó temprano de la oficina, porque andaba indispuesta, y me encontró sesteando como un querubín. Gritó, me zarandeó, la puteé, me puteó y así hasta que amenazó con derruirla.
Pasó un año de aquello, le pagué un dineral por la propiedad del triangulo, el resto quedó a su nombre. En las tertulias la oigo referirse a mí como el idiota de la habitación, luego me acuesto y sueño que la mato.
sábado, 13 de noviembre de 2010
El Inventor
Era el dios más huraño; un arcaísmo, sentenciaban otros dioses. Mas sólo él conjuraba el inmemorial arte de la creación.
Tal vez por eso, o por la repugnancia que le causaban las divinidades y sus depravaciones, se había refugiado en el taller.
Cavilaba, pensaba un cuerpo celeste, un planeta de seis lados, no, esférico, con hielos en el confín, y agua, mayoría de ella. Para el continente había soñado tierra, verdor, cumbres plateadas e ígneo corazón palpitante. Luego pinceló los abismos de tinte infausto, el firmamento, varias novas fulgurantes y habiendo invocado a la aurora y apresado al poniente, descansó.
Un impaciente golpeteo en la puerta lo despabiló. Eran las providencias que, habiendo espiado su arte, lo exhortaban a que develara el secreto.
¿Pretenden que sea maestro de ustedes? ¡Degenerados! ¿Para diseminar vuestra semilla de perdición? Y dicho esto cayó preso de una emboscada.
A él lo desgraciaron en truculentos festines. A su inagotable creación, dicha de génesis planetaria, la desterraron al vórtice de un ciclón galáctico para que fuese nómada del universo; errante suelo de parias y descastados.
Pero creyeron mal, Dios había engendrado su especie. Dos seres que caminaban la faz por vez primera.
Tal vez por eso, o por la repugnancia que le causaban las divinidades y sus depravaciones, se había refugiado en el taller.
Cavilaba, pensaba un cuerpo celeste, un planeta de seis lados, no, esférico, con hielos en el confín, y agua, mayoría de ella. Para el continente había soñado tierra, verdor, cumbres plateadas e ígneo corazón palpitante. Luego pinceló los abismos de tinte infausto, el firmamento, varias novas fulgurantes y habiendo invocado a la aurora y apresado al poniente, descansó.
Un impaciente golpeteo en la puerta lo despabiló. Eran las providencias que, habiendo espiado su arte, lo exhortaban a que develara el secreto.
¿Pretenden que sea maestro de ustedes? ¡Degenerados! ¿Para diseminar vuestra semilla de perdición? Y dicho esto cayó preso de una emboscada.
A él lo desgraciaron en truculentos festines. A su inagotable creación, dicha de génesis planetaria, la desterraron al vórtice de un ciclón galáctico para que fuese nómada del universo; errante suelo de parias y descastados.
Pero creyeron mal, Dios había engendrado su especie. Dos seres que caminaban la faz por vez primera.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Alegorías
Jalaría las distancias,
haría que la faz girase a mi pulso
y encapsularía el tiempo inasible,
si no fuese este mortal que encarno.
Y me descarno,
hago trizas de mí.
Para que esta sombra
ya no me siga.
Tal vez su destino depare espectros,
ánimas que penan; errabundas.
Pero quizás, se prenda de tu estela.
* * *
Presto a partir
en agónico desenlace,
aguardo el latido sentencioso.
Con una querencia particular
ya que en el recodo,
extraviado de indiscretos,
vi a mi escrito de amor.
Y dije;
¡arráncame de aquí,
mi tarea concluyó!
haría que la faz girase a mi pulso
y encapsularía el tiempo inasible,
si no fuese este mortal que encarno.
Y me descarno,
hago trizas de mí.
Para que esta sombra
ya no me siga.
Tal vez su destino depare espectros,
ánimas que penan; errabundas.
Pero quizás, se prenda de tu estela.
* * *
Presto a partir
en agónico desenlace,
aguardo el latido sentencioso.
Con una querencia particular
ya que en el recodo,
extraviado de indiscretos,
vi a mi escrito de amor.
Y dije;
¡arráncame de aquí,
mi tarea concluyó!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






