Eran tiempos convulsos; o quizás no tanto. El trabajo no me aniquilaba, tenía pelo, y la renta de mis dominios era una baratija para la inflación que asediaba. Y aunque desapruebo alardear, andaba diestro en la escritura.
El interrogante, el quid de la cuestión era si la administración pública me entregaría a tiempo el pasaporte para surcar el atlántico y anclar por vez primera en suelo de Europa, tierra de España, Madrid, para visitar a mi hermana. Pero no sólo la burocracia estatal obraba en esta desventura, también había desidia y era toda mía, porque no había iniciado los trámites con antelación, por cualquier imprevisto, y surgió. Era requisito para el bendito pasaporte una copia de la partida de nacimiento, el testimonial papel sobre el que un empleado del Registro de las Personas había procurado en tinta la fecha de mi primer llanto al sentir este mundo nuevo, 19 de Junio de 1974.
Dicha papeleta, según mi madre, anidaba entre mis cachivaches desde que me había mudado. No recordás que te la di en un sobre junto con la libreta de vacunación, aleccionó a mi memoria, que a pesar del indicio jamás recordó el paradero del esquivo documento. Una ayuda, no podía exceder los sesenta y tantos metros cuadrados que perimetraban mi vivienda de dos ambientes.
Lamento aguar tamaña intriga pero sí, la partida finalmente emergió de su escondite a tiempo para iniciar el trámite. Me otorgaron el flamante pasaporte justo antes del viaje.
Hasta aquí la versión oficial. Ahora lo que no dije.
Había puesto el bulín patas para arriba y aún nada; cuando en un respiro, porque andaba exhausto, recordé, tuve la dichosa fracción de lucidez para evocar la nana con que la abuela me arrullaba. Ella decía que era una melodía aborigen y a mí me daba lo mismo, porque en aquellos días nada era más apacible que su canto para rendirme al sueño. Y si bien nunca supe la letra y apenas tarareaba un fragmento, cuando lo hice, cuando entoné mi antigua canción de cuna vi el tramado sensible, no el cosmos, una costura en la dimensión significante, el envés de las cosas…después aparecieron ellos, en su piel y en los huesos.
Eran cuatro, a dos les oí los pasos viniendo del lavadero, charlaban los descarados, el tercero brotó de un cuaderno y el último y más remolón hizo su acto desde un mosaico. ¿Qué carajo son ustedes? los increpé disimulando el viso de terror en mi voz. Porque peor que la materialización de esos seres imposibles fue descubrir que adoptaban formas antojadizas, mutaban, eran de otra materia, y no pude seguir teorizando de la embolia que casi me da al verlos corriendo por la sala, desordenando todo, jugando a la mancha como niños.
Cuando se les cantó acabar conversamos. Primero dijeron ser apariciones, espectros, al rato les pareció cómico reinventarse como duendes de jardín, y como mi incredulidad no claudicaba arremetieron con el concepto de elfos domésticos. ¡Me toman por idiota! les espeté sulfurado, pero sin el menor eco pues andaban jugando a las escondidas por entre el desorden de mi guarida. Todos menos el remolón, de él obtuve cierta información juiciosa. La melodía, mi nana, era un sortilegio de protección que a su vez los invocaba. Pero no recuerdo haberlos visto cuando niño. Éramos tus desagradables ositos de juguete, y pensar que hubieses podido transmigrarnos en cualquier forma de sólo desearlo, que falto de imaginación, me recriminó. O acaso olvidaste a Brian, Adán, Gary y yo, Eliot.
Por un momento me engañó, pero casi. Jamás los hubiese bautizado con esos alias de gringos, refuté. Ah cierto, sonó sobrador, para vos éramos Naricita, Bombón, Manchitas y, hubo un silencio homicida, ¡yo era Gordito! Y eso que la abuela te suplicó que me llamaras Dormilón, pero no, tuviste que salirte con la tuya y todo por un mísero exceso de peso.
Pasado un rato, el que tomó a Brian, Adán y Gary aplacar a Eliot, disuadirlo de la paliza que juraba me propinaría, y un rato más porque era mejor deliberar con la tripa llena, y un adicional pues los cuatro tuvieron que visitar el retrete. Después de todo ese tiradero de tiempo ocurrió el concilio, sentados a la mesa, con las sobras de la merienda.
¿Qué pretenden? los interrogué sin más. No es tanto lo que pretendemos sino lo que vos podés obtener de nos, enfatizó Adán y debo dar que me intrigó su comentario, pero no tanto como verlos convertirse en cuatro reflejos de mí, cuatro exactitudes de este mortal que encarno, tan parecidos, tan idénticos que me desmayé.
Vuelto en mí me horripilé aún más, habían cambiado de nuevo. Seguía siendo yo el objeto a copiar pero no igual a mi versión del presente, sino al que fui, al que no recuerdo haber sido y al que seré.
Adán era mi horrendo calco a los doce, todavía adiposo porque no había pegado el estirón y la frente cruzada de acné. Gary, desde los brazos de Eliot, emulábame al año de vida y si me reconocí fue por los ojos rasgados. El bebé, Gary, se orinó sobre Eliot que, transformado en el eremita que seré pasado los ochenta, lo dejó caer. Brian, a carcajada limpia, era mi espejo pero cincuentón, calvo, barrigón y algo ajado de cara; con él negocié mi ruta a Europa. ¿Buscabas esto? declaró abanicándose distraído con un papel que reconocí al segundo. Estaba en el cajón de las revistas pornográficas, develó la localización sólo para incomodarme. ¡La partida de nacimiento! grité exultante
Finalmente y tal como adelanté al inicio presenté la documentación a tiempo y tuve el ansiado pasaporte con lo justo para migrar. Y viajé, sí, estuve en Europa pero sin disfrute. Tal vez porque me pasé todas las puñeteras vacaciones martirizándome por haber pactado con los engendros. En gratitud por la papeleta debía permitirles habitar conmigo por siempre, así de lapidario. Acepté, a sabiendas que cometía el más funesto de los yerros.
Pasados esos quince días europeos volví, abatido, imaginando el voraz incendio que de seguro habíase llevado la vida de mi hogar. Era eso o un derrumbe. De cualquier manera sería un linyera, otro sin techo comiendo de la basura, un desgraciado por haber creído en los demonios. Terrores infundados, manifestaciones de una mente insana. Porque la verdad fue como dar con la veta del oro sin perseguirla, fue descubrir que el firmamento sí esconde al paraíso, fue abrir la puerta y toparme con cuatro Evas de las que no habitan este orbe, cuatro nereidas, cuatro vampiresas que expresaban lo mucho que me habían extrañado frotándose sugerentes, igual que en mi literatura condicionada. Después de eso fueron cuatro contra uno, y después una tribu de cinco.
Las amo; y para nada me perturba saber que son Naricita, Bombón, Manchitas y Gordito, los muñecos de mi infancia.
Narrativas de género, y de paso
sábado, 16 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
La suerte de un cualquiera
Fue un cruce furtivo
de esos que urdía mi deidad,
y el poniente colapsaba
según plan conjetural.
En ese paraíso vedado,
para un mortal de mi casta,
se encontraron los rastros.
¡Oh ninfa de los bosques!
que gentil encuentro permites,
no ahogues mi sueño carnal,
o descubras el yerro de mi dios.
Por una mísera parte del tiempo
alude a mí como Adonis,
o tu sátiro si prefieres.
Mas prisa Venus de la siesta,
que en sublime instante
cuando la noche crepita,
y aleluya entonemos
por las secreciones juntas,
huiré como un rastrero a contarle a mis amigos.
de esos que urdía mi deidad,
y el poniente colapsaba
según plan conjetural.
En ese paraíso vedado,
para un mortal de mi casta,
se encontraron los rastros.
¡Oh ninfa de los bosques!
que gentil encuentro permites,
no ahogues mi sueño carnal,
o descubras el yerro de mi dios.
Por una mísera parte del tiempo
alude a mí como Adonis,
o tu sátiro si prefieres.
Mas prisa Venus de la siesta,
que en sublime instante
cuando la noche crepita,
y aleluya entonemos
por las secreciones juntas,
huiré como un rastrero a contarle a mis amigos.
lunes, 4 de octubre de 2010
Flatliner, el final
Se agrandó la familia, o más bien la morgue. Empezó con uno, ahora debía deshacerse de dos cuerpos. El que iba en el asiento del acompañante, ataviado con gorra, gafas oscuras, bufanda y descalzo, el mismo que no pudieron arrojar al río. Y uno recién adquirido en la butaca trasera, en vida había sido policía, ahora vestía de civil, porque el uniforme lo engalanaba él. Te sienta bien, de hecho tenés cara de yuta, bromeó el locutor dentro de su cabeza que no dejaba palabra por decir, sí, como una conciencia pero siniestra.
Próxima estación cementerio de Chacarita, anunció al inerte auditorio. Esquivó avenida Cabildo yendo por Moldes, en Lacroze a la derecha, y por esa hasta que se topó con la necrópolis. ¿Qué esperás para llamar al Cotorra? No quiero que me vea de poli. La voz carcajeó exageradamente, al fin, seguía siendo el mundo del hampa, y nadie quería un rati cerca. Si se pasa de vivo decile que tenés al dueño del uniforme desnucado en el auto.
El Cotorra los mandó a esperar junto a una entrada lateral de autos. Tardó algo menos de diez minutos en mostrar su pérfida efigie, suficiente para sopesar las opciones. Podía negarse, alegar demasiado riesgo, que eran dos, y los tiempos habían cambiado. En ese caso no tendría opción más que invocar el favor que le debía.
¡Por acá! gritó el Cotorra desde la penumbra, y levantó la barrera. Parece que estamos de suerte. Callate, mufa.
El apodo no provenía de su parecido con el ave, o porque hablaba tupido, sino por su aversión a ellas, sus chillidos, tanto que las asesinaba a gomerazos, y nunca imaginó que el alias se le incrustaría como las almas de las plumíferas.
¿Y ésos? Pensó que se burlaría del disfraz, pero no, conocía el orden de lo prioritario. Necesito cremarlos, sin preámbulo, sin hola siquiera. El Cotorra se desorbitó, interpuso su centena de kilos frente al auto y golpeó el capot con las manos. ¡´tas loco, ya no es como antes! Inhaló, exhaló, ¡tengo un pendejo que me vigila toda la noche!
El ahora empleado del cementerio había malvivido como asesino a sueldo antes de caer en desgracia con el jefe por unos golpes que marró, tuvo que desterrarse, cambiar la cara y aceptar un empleo menor en capital. Con los años cobró su venganza, juntó unos sicarios fieles y acometieron contra el capo de la mafia correntina. Los hijos del muerto juraron vendetta y de nuevo regresó a los Aires, a un puesto que aunque renegara, le cuadraba perfecto, sepulturero.
Decile que te cargás al pendejo. Callate, ¿y si lo mandás a otro lado mientras hacemos lo nuestro?
Si no fuesen hampones de códigos hubiesen derramado sangre antes del inicio, pero el Cotorra sabía que un favor adeudado debía pagarse cuando llegaba el momento. Ok, yo habilito el crematorio pero el pendejo es tuyo. Ergo, debía improvisar algo para quitárselo de encima.
Estudió el horizonte de lo posible, matarlo con una de sus clásicas torsiones de cuello, dejarlo inconsciente pero vivo, sobornarlo, meterle droga en el café, o podía montar una farsa, la más antinómica de las mascaradas, él en la piel del poli.
¿Qué le vas a decir? interrogó la voz. Voy a intuir como hasta ahora. No seas orate, matalo.
El nombre del pendejo era Germán, hacía cuatro meses que trabajaba con el Cotorra, hasta donde sabía era recto, nadie encendía el horno sin que lo supiera, se ocupaba de anotar los ataúdes, las firmas del registro, los horarios de ingreso y salida, y el correveidile de las autoridades. Si es como dice no tenés chances, ni siendo Laurence Olivier.
Tenía que idear una vuelta que lo desmadrase de la rutina. ¡¿Germán?! lo asustó ni bien irrumpió en la guardia del crematorio. Cabo Ramírez, se identificó. ¿Qué quiere? Haciendo la ronda perimetral encontré un hombre que dice ser su padre. ¿Qué pasó?
El que pega primero pega dos veces, lo encorajó la voz.
Está descansando en la casilla, le dieron una buena zurra, se fue del personaje. Voy a llamar al celular, anunció el pendejo que ya empezaba a crisparlo. Lo robaron. ¡¿Por qué no lo dijo antes, idiota?! Y salió disparado de ahí.
Un escalofrío de orgullo le corrió el espinazo, pero no era tiempo de vanagloriarse, siguió a Germán por las inhóspitas calles de la Chacarita, flanqueados por galerías de nichos, descampados con cruces, y las bóvedas, casas para muertos.
El Cotorra cumplió su parte, apretujó los cuerpos en dos cajones que se incinerarían a primera hora. El de las gafas, bufanda y demás, compartía hospedaje en el féretro de una anciana, el ex uniformado aguardaba junto a un hombre fallecido en un accidente. Para que nadie desconfiara del peso él mismo supervisaría el proceso hasta las cenizas.
Cuarenta minutos después se reunieron en la entrada principal. Preguntó cómo estaban, apelmazados, contestó el sepulturero. Quedó en llamarlo a la mañana para asegurarse.
¿Y el pendejo? Le di café con narcótico, duerme en la casilla. Cagalo a trompadas de mí parte, sonrió el Cotorra. Hice algo mejor, ya te vas a enterar; y le tendió la mano.
Próxima estación cementerio de Chacarita, anunció al inerte auditorio. Esquivó avenida Cabildo yendo por Moldes, en Lacroze a la derecha, y por esa hasta que se topó con la necrópolis. ¿Qué esperás para llamar al Cotorra? No quiero que me vea de poli. La voz carcajeó exageradamente, al fin, seguía siendo el mundo del hampa, y nadie quería un rati cerca. Si se pasa de vivo decile que tenés al dueño del uniforme desnucado en el auto.
El Cotorra los mandó a esperar junto a una entrada lateral de autos. Tardó algo menos de diez minutos en mostrar su pérfida efigie, suficiente para sopesar las opciones. Podía negarse, alegar demasiado riesgo, que eran dos, y los tiempos habían cambiado. En ese caso no tendría opción más que invocar el favor que le debía.
¡Por acá! gritó el Cotorra desde la penumbra, y levantó la barrera. Parece que estamos de suerte. Callate, mufa.
El apodo no provenía de su parecido con el ave, o porque hablaba tupido, sino por su aversión a ellas, sus chillidos, tanto que las asesinaba a gomerazos, y nunca imaginó que el alias se le incrustaría como las almas de las plumíferas.
¿Y ésos? Pensó que se burlaría del disfraz, pero no, conocía el orden de lo prioritario. Necesito cremarlos, sin preámbulo, sin hola siquiera. El Cotorra se desorbitó, interpuso su centena de kilos frente al auto y golpeó el capot con las manos. ¡´tas loco, ya no es como antes! Inhaló, exhaló, ¡tengo un pendejo que me vigila toda la noche!
El ahora empleado del cementerio había malvivido como asesino a sueldo antes de caer en desgracia con el jefe por unos golpes que marró, tuvo que desterrarse, cambiar la cara y aceptar un empleo menor en capital. Con los años cobró su venganza, juntó unos sicarios fieles y acometieron contra el capo de la mafia correntina. Los hijos del muerto juraron vendetta y de nuevo regresó a los Aires, a un puesto que aunque renegara, le cuadraba perfecto, sepulturero.
Decile que te cargás al pendejo. Callate, ¿y si lo mandás a otro lado mientras hacemos lo nuestro?
Si no fuesen hampones de códigos hubiesen derramado sangre antes del inicio, pero el Cotorra sabía que un favor adeudado debía pagarse cuando llegaba el momento. Ok, yo habilito el crematorio pero el pendejo es tuyo. Ergo, debía improvisar algo para quitárselo de encima.
Estudió el horizonte de lo posible, matarlo con una de sus clásicas torsiones de cuello, dejarlo inconsciente pero vivo, sobornarlo, meterle droga en el café, o podía montar una farsa, la más antinómica de las mascaradas, él en la piel del poli.
¿Qué le vas a decir? interrogó la voz. Voy a intuir como hasta ahora. No seas orate, matalo.
El nombre del pendejo era Germán, hacía cuatro meses que trabajaba con el Cotorra, hasta donde sabía era recto, nadie encendía el horno sin que lo supiera, se ocupaba de anotar los ataúdes, las firmas del registro, los horarios de ingreso y salida, y el correveidile de las autoridades. Si es como dice no tenés chances, ni siendo Laurence Olivier.
Tenía que idear una vuelta que lo desmadrase de la rutina. ¡¿Germán?! lo asustó ni bien irrumpió en la guardia del crematorio. Cabo Ramírez, se identificó. ¿Qué quiere? Haciendo la ronda perimetral encontré un hombre que dice ser su padre. ¿Qué pasó?
El que pega primero pega dos veces, lo encorajó la voz.
Está descansando en la casilla, le dieron una buena zurra, se fue del personaje. Voy a llamar al celular, anunció el pendejo que ya empezaba a crisparlo. Lo robaron. ¡¿Por qué no lo dijo antes, idiota?! Y salió disparado de ahí.
Un escalofrío de orgullo le corrió el espinazo, pero no era tiempo de vanagloriarse, siguió a Germán por las inhóspitas calles de la Chacarita, flanqueados por galerías de nichos, descampados con cruces, y las bóvedas, casas para muertos.
El Cotorra cumplió su parte, apretujó los cuerpos en dos cajones que se incinerarían a primera hora. El de las gafas, bufanda y demás, compartía hospedaje en el féretro de una anciana, el ex uniformado aguardaba junto a un hombre fallecido en un accidente. Para que nadie desconfiara del peso él mismo supervisaría el proceso hasta las cenizas.
Cuarenta minutos después se reunieron en la entrada principal. Preguntó cómo estaban, apelmazados, contestó el sepulturero. Quedó en llamarlo a la mañana para asegurarse.
¿Y el pendejo? Le di café con narcótico, duerme en la casilla. Cagalo a trompadas de mí parte, sonrió el Cotorra. Hice algo mejor, ya te vas a enterar; y le tendió la mano.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Flatliner II
Manejó por calles desapercibidas de la capital. Él, el occiso a la derecha, bien ajustado el cinturón, y la puñetera voz en su cabeza.
El plan era simple, arrojarlo al río sin más, con la gorra, las gafas oscuras, la bufanda y descalzo. Siempre y cuando no hubiese percances, con el auto, la ley u otro imprevisto. Nunca me dejó a pié y no va a empezar ahora, le contestó al relator. No confíes en un pedazo de metal, cómo estamos de nafta. Bien, podés callarte, me distraés. Dios no quiera que te distraigas y atropellemos a alguien, ironizó.
Desoyó ese remate, lo desvelaba menos la voz que el inerte pasajero. Por fortuna aún no apestaba, y en eso mucho influía el vino que le había rociado para simular borrachera. Y si lo maquillamos para darle rubor. Una idea magnífica, pero… ¿vos tenés cosméticos?
Odiaba darle la razón, qué imbécil, cómo no había reparado en eso antes de boquear. No pensaba claro, se sentía embotado, tenía hambre.
A pesar de la férrea oposición de su peor mitad, se detuvo en el autoMac de avenida del Libertador. Para colmo tenía tres coches delante. Espero que te indigestes, lo azuzó. Y siguió, comprale una hamburguesa a él.
La detención tomó escasos minutos, la parva de reproches duró más. No lo habían programado con antelación, era un riesgo innecesario, y no podía ser que cada dos horas tuviera que alimentarse como un bebé. La respuesta fue ¡morite! mientras mordía unas papas y subía el volumen de la radio al tope.
Hasta ahora ningún contratiempo pero faltaba lo esencial, enfilar por avenida Costanera, evadir, en caso que hubiese, los controles de tránsito, estacionar, arrastrarlo hasta el borde sin gestar sospechas, y adiós, que el río lave mis culpas, recitó.
Oteó dos uniformados a media cuadra, pero de la mano de enfrente y muy ensimismados en la charla. Siguió impertérrito, se cruzaron con el camión de residuos, una ambulancia pero ningún agente más. Demasiado fácil, va a pasar algo malo, sentenció. Más te vale que no pase nada, pájaro de mal agüero.
No fue algo malo, sino malo a sus fines. A pesar de que era noche de semana el paseo de la rivera estaba en auge. Mucha gente, empujada por la temperatura primaveral, había salido a caminar un rato, mirar el río, besarse, unos chori en los carritos y a lo suyo.
Te doctoraste de idiota. No recuerdo que te hayas opuesto. Yo quería el que terminó siendo plan b, veo que habrá que ponerlo en marcha, a menos que quieras lanzarlo delante de los enamorados.
Puso primera, finalmente ejecutarían plan b, mucho más intrincado que la idea del río. Pero no había opción, y menos con una mercadería expirada. ¡Rajemos de acá, hay muchos ojos! Te oí la primera vez. Dejá de dominguear y meté pata. No quiero avivar g…Los paró un policía.
Hasta que llegó al auto tuvieron unas fracciones para idear algo. O como dijo la voz, es hora de revertirlo a nuestro favor. Además, cuántas veces te paró uno solo, es una señal. ¡Hacelo!
Lo hizo con clase. Bajó la ventanilla, y cuando lo tuvo a tiro, ejecutó una exacta torsión, tan veloz que no supo qué lo mató. En cámara lenta se lo hubiese visto arrancándole el cuello de su sitio. Aséptico.
Abrió la puerta de atrás y lo empujó. Salieron carpiendo.
¿Estás pensando lo mismo que yo? y no es sobre comida. Creo que sí. Entonces ponete la pilcha del poli.
El plan era simple, arrojarlo al río sin más, con la gorra, las gafas oscuras, la bufanda y descalzo. Siempre y cuando no hubiese percances, con el auto, la ley u otro imprevisto. Nunca me dejó a pié y no va a empezar ahora, le contestó al relator. No confíes en un pedazo de metal, cómo estamos de nafta. Bien, podés callarte, me distraés. Dios no quiera que te distraigas y atropellemos a alguien, ironizó.
Desoyó ese remate, lo desvelaba menos la voz que el inerte pasajero. Por fortuna aún no apestaba, y en eso mucho influía el vino que le había rociado para simular borrachera. Y si lo maquillamos para darle rubor. Una idea magnífica, pero… ¿vos tenés cosméticos?
Odiaba darle la razón, qué imbécil, cómo no había reparado en eso antes de boquear. No pensaba claro, se sentía embotado, tenía hambre.
A pesar de la férrea oposición de su peor mitad, se detuvo en el autoMac de avenida del Libertador. Para colmo tenía tres coches delante. Espero que te indigestes, lo azuzó. Y siguió, comprale una hamburguesa a él.
La detención tomó escasos minutos, la parva de reproches duró más. No lo habían programado con antelación, era un riesgo innecesario, y no podía ser que cada dos horas tuviera que alimentarse como un bebé. La respuesta fue ¡morite! mientras mordía unas papas y subía el volumen de la radio al tope.
Hasta ahora ningún contratiempo pero faltaba lo esencial, enfilar por avenida Costanera, evadir, en caso que hubiese, los controles de tránsito, estacionar, arrastrarlo hasta el borde sin gestar sospechas, y adiós, que el río lave mis culpas, recitó.
Oteó dos uniformados a media cuadra, pero de la mano de enfrente y muy ensimismados en la charla. Siguió impertérrito, se cruzaron con el camión de residuos, una ambulancia pero ningún agente más. Demasiado fácil, va a pasar algo malo, sentenció. Más te vale que no pase nada, pájaro de mal agüero.
No fue algo malo, sino malo a sus fines. A pesar de que era noche de semana el paseo de la rivera estaba en auge. Mucha gente, empujada por la temperatura primaveral, había salido a caminar un rato, mirar el río, besarse, unos chori en los carritos y a lo suyo.
Te doctoraste de idiota. No recuerdo que te hayas opuesto. Yo quería el que terminó siendo plan b, veo que habrá que ponerlo en marcha, a menos que quieras lanzarlo delante de los enamorados.
Puso primera, finalmente ejecutarían plan b, mucho más intrincado que la idea del río. Pero no había opción, y menos con una mercadería expirada. ¡Rajemos de acá, hay muchos ojos! Te oí la primera vez. Dejá de dominguear y meté pata. No quiero avivar g…Los paró un policía.
Hasta que llegó al auto tuvieron unas fracciones para idear algo. O como dijo la voz, es hora de revertirlo a nuestro favor. Además, cuántas veces te paró uno solo, es una señal. ¡Hacelo!
Lo hizo con clase. Bajó la ventanilla, y cuando lo tuvo a tiro, ejecutó una exacta torsión, tan veloz que no supo qué lo mató. En cámara lenta se lo hubiese visto arrancándole el cuello de su sitio. Aséptico.
Abrió la puerta de atrás y lo empujó. Salieron carpiendo.
¿Estás pensando lo mismo que yo? y no es sobre comida. Creo que sí. Entonces ponete la pilcha del poli.
jueves, 23 de septiembre de 2010
El hombre Menguante (o crazy feet)
El primer indicio fue la vez que dejó el hígado para pagar los zapatos de cuero marrón y hebilla; medio punto menos. Enseguida notó que los calzados que caminaba a diario le sentaban holgados, tal vez fuesen las medias. Medio punto menos, se dijo una mañana mientras lazaba los cordones de su par favorito. Es invierno, razonó, las manos se contraen, los pies también.
Una tarde, después de hacerlo con su novia, yendo desnudo al baño…Tenés patas chicas, cuánto calzás. Hizo de cuenta que no la oyó, estaba irritado, había notado lo que hasta ahora era privativo suyo, cierta rareza en el comportamiento de sus pies. ¿Qué decías? Qu…no le dio tiempo a repetir la infamia de antes, la sodomizó.
Pasaron dos semanas, justo al mes del primer indicio, advirtió espeluznado que el encogimiento era notorio, unos…, siempre había sido pésimo para la métrica, pero seguro eran unos centímetros de contorno. Buscó apaciguarse, tenía que existir alguna lógica, pero la única que vino a la memoria fue una ficción de sus años pavos, sobre un hombre que debido a una lluvia ácida o radioactiva menguaba hasta convertirse en una partícula. Buenísima literatura, lástima que no aplicaba, el del libro decrecía proporcionalmente, él, sólo los pies, al personaje lo rociaba un líquido, nada fuera de lo ordinario le había acontecido que explicase tamaña abominación.
Decidió llevar un registro. Medición1, 22 centímetros del talón hasta el pulgar, sospecho que debía rondar los 25, número de calzado 39. Nota mental, usar calcetines gruesos o algodón en la puntera.
Indagó los anales de la medicina, quizás padecía de un raro síndrome, leyó todo lo referido a enfermedades de los huesos, y lo que aprendió fue que las afecciones óseas iban a contramano de la suya, eran degeneraciones inflamativas, pero nones sobre decrecimiento de pies.
Pensó sincerarse con su novia, algo de consuelo en estas horas bajas. Pero luego se la figuró tallándole la cabeza para que fuese al médico, el sarcasmo, sus enojos femeniles, y al final el único perjudicado era él, se odió por decir eso. Faltaba a la verdad, ella iba a mostrarse receptiva, haría lo que pidiese, hasta quehaceres de maestranza, pero también era ortodoxa, jugadora by the book, una demoledora de paciencia si se lo proponía, además no pensaba discurrir lo que le quedase hasta la postración haciendo filas en hospitales para entrevistarse con dudosas eminencias.
Había otra razón que guardaba para sí, temía que lo considerasen material de laboratorio, sometido a los más vejatorios exámenes en pos de la medicina. Y así hasta morir, a causa del mal o los galenos.
Medición 4, 19 centímetros del talón al pulgar, se achicaron los dedos, ya me entra el 36 de mujer. Nota mental, el algodón se pega a las medias.
Le contó a su novia que tenía los pies enfermos y podía ser contagioso. ¿Qué clase de enfermedad? Así comienza el interrogatorio, pensó, con algo de fortuna podré meter bocado en algunos minutos. Entonces hizo algo que la enmudeció; se descalzó.
Zanjado el shock inicial, y la máscara de horror al ver sus pequeños extremos, fue bastante ligero. No insistió con ir a especialistas ni a gurúes de la fe, tampoco lo indagó sobre qué iba a hacer, simplemente cocinó milanesas con arroz y vieron tele.
Dejó el trabajo luego de la medición 7, no quería exponerse a cuestionarios, cotilleo ni chistes, y menos a la conmiseración que sentirían por él, además tenía ahorros sustanciales para capear la tempestad.
Medición 10, 16 centímetros de largo, pie de niño, los dedos se encojen más rápido que el resto, comenzaron los asuntos de equilibrio, debo adelgazar.
Aparecí yo. Me contrató para hacerle de mucamo. No ahondaré en el derrotero que me llevó hasta él, sí en su grado de trastorno. Rehuía salir a la calle, había desconectado el teléfono, no se rozaba con gente, desalineado, gritón, y al poco de mi llegada se distanció de su novia. No me participó de las razones, pero sé que la echó.
Se movía empuñando dos bastones, nada notorio comparado a las bolsas negras atadas a los tobillos, y rellenas de estopa o trapo, así amortiguaba las puntadas. Lo demás, rutinario, visitaba el almacén, cocinaba, la limpieza, y el resto vagueaba, mientras el otro elegía encerrarse en el cuarto. Salvo las ocasiones que me pedía acercase una silla y oyera su historia. Así hasta el anteúltimo día, no salió de la cama, rechazó la comida que le arrimé. Tomó sus analgésicos, bromeó que lo mataría el dolor antes que el mal, no entendí la humorada, me ordenó que limpiara los excrementos de la chata, y podía irme temprano.
La vez siguiente me echó a mí también, pagó lo que debía, agradeció lo buen oyente que fui, y me dio un cuaderno. Tenía dibujos, anotaciones en los márgenes, acertijos, algunas confesiones vergonzosas, anagramas, inventos descartados, cuentos, y ejes cartesianos. Apuré las páginas hasta la última.
Medición 19, ya no mido el avance, antes de la rodilla nos batiremos a muerte.
Extraño los dedos, el pié, la extraño.
Una tarde, después de hacerlo con su novia, yendo desnudo al baño…Tenés patas chicas, cuánto calzás. Hizo de cuenta que no la oyó, estaba irritado, había notado lo que hasta ahora era privativo suyo, cierta rareza en el comportamiento de sus pies. ¿Qué decías? Qu…no le dio tiempo a repetir la infamia de antes, la sodomizó.
Pasaron dos semanas, justo al mes del primer indicio, advirtió espeluznado que el encogimiento era notorio, unos…, siempre había sido pésimo para la métrica, pero seguro eran unos centímetros de contorno. Buscó apaciguarse, tenía que existir alguna lógica, pero la única que vino a la memoria fue una ficción de sus años pavos, sobre un hombre que debido a una lluvia ácida o radioactiva menguaba hasta convertirse en una partícula. Buenísima literatura, lástima que no aplicaba, el del libro decrecía proporcionalmente, él, sólo los pies, al personaje lo rociaba un líquido, nada fuera de lo ordinario le había acontecido que explicase tamaña abominación.
Decidió llevar un registro. Medición1, 22 centímetros del talón hasta el pulgar, sospecho que debía rondar los 25, número de calzado 39. Nota mental, usar calcetines gruesos o algodón en la puntera.
Indagó los anales de la medicina, quizás padecía de un raro síndrome, leyó todo lo referido a enfermedades de los huesos, y lo que aprendió fue que las afecciones óseas iban a contramano de la suya, eran degeneraciones inflamativas, pero nones sobre decrecimiento de pies.
Pensó sincerarse con su novia, algo de consuelo en estas horas bajas. Pero luego se la figuró tallándole la cabeza para que fuese al médico, el sarcasmo, sus enojos femeniles, y al final el único perjudicado era él, se odió por decir eso. Faltaba a la verdad, ella iba a mostrarse receptiva, haría lo que pidiese, hasta quehaceres de maestranza, pero también era ortodoxa, jugadora by the book, una demoledora de paciencia si se lo proponía, además no pensaba discurrir lo que le quedase hasta la postración haciendo filas en hospitales para entrevistarse con dudosas eminencias.
Había otra razón que guardaba para sí, temía que lo considerasen material de laboratorio, sometido a los más vejatorios exámenes en pos de la medicina. Y así hasta morir, a causa del mal o los galenos.
Medición 4, 19 centímetros del talón al pulgar, se achicaron los dedos, ya me entra el 36 de mujer. Nota mental, el algodón se pega a las medias.
Le contó a su novia que tenía los pies enfermos y podía ser contagioso. ¿Qué clase de enfermedad? Así comienza el interrogatorio, pensó, con algo de fortuna podré meter bocado en algunos minutos. Entonces hizo algo que la enmudeció; se descalzó.
Zanjado el shock inicial, y la máscara de horror al ver sus pequeños extremos, fue bastante ligero. No insistió con ir a especialistas ni a gurúes de la fe, tampoco lo indagó sobre qué iba a hacer, simplemente cocinó milanesas con arroz y vieron tele.
Dejó el trabajo luego de la medición 7, no quería exponerse a cuestionarios, cotilleo ni chistes, y menos a la conmiseración que sentirían por él, además tenía ahorros sustanciales para capear la tempestad.
Medición 10, 16 centímetros de largo, pie de niño, los dedos se encojen más rápido que el resto, comenzaron los asuntos de equilibrio, debo adelgazar.
Aparecí yo. Me contrató para hacerle de mucamo. No ahondaré en el derrotero que me llevó hasta él, sí en su grado de trastorno. Rehuía salir a la calle, había desconectado el teléfono, no se rozaba con gente, desalineado, gritón, y al poco de mi llegada se distanció de su novia. No me participó de las razones, pero sé que la echó.
Se movía empuñando dos bastones, nada notorio comparado a las bolsas negras atadas a los tobillos, y rellenas de estopa o trapo, así amortiguaba las puntadas. Lo demás, rutinario, visitaba el almacén, cocinaba, la limpieza, y el resto vagueaba, mientras el otro elegía encerrarse en el cuarto. Salvo las ocasiones que me pedía acercase una silla y oyera su historia. Así hasta el anteúltimo día, no salió de la cama, rechazó la comida que le arrimé. Tomó sus analgésicos, bromeó que lo mataría el dolor antes que el mal, no entendí la humorada, me ordenó que limpiara los excrementos de la chata, y podía irme temprano.
La vez siguiente me echó a mí también, pagó lo que debía, agradeció lo buen oyente que fui, y me dio un cuaderno. Tenía dibujos, anotaciones en los márgenes, acertijos, algunas confesiones vergonzosas, anagramas, inventos descartados, cuentos, y ejes cartesianos. Apuré las páginas hasta la última.
Medición 19, ya no mido el avance, antes de la rodilla nos batiremos a muerte.
Extraño los dedos, el pié, la extraño.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Aqua
Existen inicios atrapantes, también existen otros. Este es mi pobre comienzo. Era una noche lluviosa. O más bien un diluvio, el ocaso final. Pero que padeciera de terror al acabose no me exoneraba de las obligaciones.
Debía escribir mi columna de opinión para ese infame diario que me publicaba, sí, luego de censurarme los mejores párrafos alegando siempre que, o eran macabros o muy satíricos o políticamente incorrectos o denigrantes de las minorías u otros argumentos menos inspirados.
La familia dormía, yo frente a la computadora, la página en blanco y el cursor latiendo, la estufa en los pies, y la tempestad acechando desde el ventanal. Una cenicienta nube sobresalió de las restantes, con forma de martillo y yunque. De ahí vino el rayo.
Me transpuse a la computadora. Mis células se disgregaron, fui electricidad y viajé a velocidades inusitadas. La travesía dimensional no fue dolorosa, salvo la parte de la disolución celular hasta la invisibilidad atómica, hasta que me hice partículas ionizadas; el resto, indoloro.
Y llegué. Y quise juntar las partes para recobrar mi unicidad pero no había partes que juntar. Había una esencia colectiva, un ser unificador por detrás de los organismos, por detrás de sus voluntades. Y no estuvo mal sentir ese amparo, esa pertenencia, máxime siendo un forastero.
Enseguida me encontraron trabajo en la operatoria de funciones vitales. Era rutinario y un tanto alienante pero lo afronté optimista. Debía sistematizar el ingreso de unos y ceros en bloques binarios.
Al no sé cuánto de esta llegada, harto de la parodia optimista y abúlico de contar números, pedí hablar con mi jefe. ¿Por qué pasó? ¿Por qué pasó qué? ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Qué pasó? Nada, olvídelo. Esa escueta incoordinación me valió una entrevista con los superiores. Allí se me reveló que la computadora fue sólo el portal, el marco por el que me introduje al flujo digital, a esta red sideral.
¿Internet? pregunté. Los superiores, por más que suene imposible en el inframundo de los bytes, actuaron una mueca. Que nos creas capaces de muecas es un reflejo, residuo de tu anterior existencia, sentenciaron hieráticos. Internet es una aplicación, nada más. Aquí hablamos de una existencia que nos es propia, de materia, de espacio incontable.
¿Por qué? lancé sin más.
No hemos sido fructíferos en desentrañar la anomalía.
…
Sin eso es impensable revertirla.
¿Fue la estufa? capaz estaba en corto. ¿Investigaron? ¿Qué investigaron? ¿Ustedes engendraron la nube? En fin, dije algunas necedades más.
Regresé a mi puesto de trabajo, a los paquetes numéricos, al automatismo.
Eso sí todo muy espiritual, con un dios energético cohesionando nuestras prácticas, rigiendo esta vida de servilismo informático, y nosotros, sus vasallos, un mero etcétera, harto agradecidos por un descanso para recarga.
En este tiempo aprendí a bloquear mi pensamiento del ojo colectivo, recobré parte de mis sentidos, el olfato fue inútil, programé un parásito que se me enquistó, lo maté, incité un alzamiento que sólo yo integré, formulé teoremas, develé las identidades de x e y, y hasta soñé con agua.
Pero ni su sabrosa evocación se compara con el descubrimiento de mis crónicas, mi archivo, lo que fue de mí y los míos.
Morí la noche de la tempestad. Luego de los trámites me entregaron a mi mujer. Ella, con buen tino, se despidió del que fui en una ceremonia íntima. A los días retornó con nuestro hijo a sus pagos. Quería criarlo lejos de la ciudad.
Ahora sé de mi razón, desde una pantalla o un enchufe.
Volver.
Debía escribir mi columna de opinión para ese infame diario que me publicaba, sí, luego de censurarme los mejores párrafos alegando siempre que, o eran macabros o muy satíricos o políticamente incorrectos o denigrantes de las minorías u otros argumentos menos inspirados.
La familia dormía, yo frente a la computadora, la página en blanco y el cursor latiendo, la estufa en los pies, y la tempestad acechando desde el ventanal. Una cenicienta nube sobresalió de las restantes, con forma de martillo y yunque. De ahí vino el rayo.
Me transpuse a la computadora. Mis células se disgregaron, fui electricidad y viajé a velocidades inusitadas. La travesía dimensional no fue dolorosa, salvo la parte de la disolución celular hasta la invisibilidad atómica, hasta que me hice partículas ionizadas; el resto, indoloro.
Y llegué. Y quise juntar las partes para recobrar mi unicidad pero no había partes que juntar. Había una esencia colectiva, un ser unificador por detrás de los organismos, por detrás de sus voluntades. Y no estuvo mal sentir ese amparo, esa pertenencia, máxime siendo un forastero.
Enseguida me encontraron trabajo en la operatoria de funciones vitales. Era rutinario y un tanto alienante pero lo afronté optimista. Debía sistematizar el ingreso de unos y ceros en bloques binarios.
Al no sé cuánto de esta llegada, harto de la parodia optimista y abúlico de contar números, pedí hablar con mi jefe. ¿Por qué pasó? ¿Por qué pasó qué? ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Qué pasó? Nada, olvídelo. Esa escueta incoordinación me valió una entrevista con los superiores. Allí se me reveló que la computadora fue sólo el portal, el marco por el que me introduje al flujo digital, a esta red sideral.
¿Internet? pregunté. Los superiores, por más que suene imposible en el inframundo de los bytes, actuaron una mueca. Que nos creas capaces de muecas es un reflejo, residuo de tu anterior existencia, sentenciaron hieráticos. Internet es una aplicación, nada más. Aquí hablamos de una existencia que nos es propia, de materia, de espacio incontable.
¿Por qué? lancé sin más.
No hemos sido fructíferos en desentrañar la anomalía.
…
Sin eso es impensable revertirla.
¿Fue la estufa? capaz estaba en corto. ¿Investigaron? ¿Qué investigaron? ¿Ustedes engendraron la nube? En fin, dije algunas necedades más.
Regresé a mi puesto de trabajo, a los paquetes numéricos, al automatismo.
Eso sí todo muy espiritual, con un dios energético cohesionando nuestras prácticas, rigiendo esta vida de servilismo informático, y nosotros, sus vasallos, un mero etcétera, harto agradecidos por un descanso para recarga.
En este tiempo aprendí a bloquear mi pensamiento del ojo colectivo, recobré parte de mis sentidos, el olfato fue inútil, programé un parásito que se me enquistó, lo maté, incité un alzamiento que sólo yo integré, formulé teoremas, develé las identidades de x e y, y hasta soñé con agua.
Pero ni su sabrosa evocación se compara con el descubrimiento de mis crónicas, mi archivo, lo que fue de mí y los míos.
Morí la noche de la tempestad. Luego de los trámites me entregaron a mi mujer. Ella, con buen tino, se despidió del que fui en una ceremonia íntima. A los días retornó con nuestro hijo a sus pagos. Quería criarlo lejos de la ciudad.
Ahora sé de mi razón, desde una pantalla o un enchufe.
Volver.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Trance
No me siento bien. Temo estar incubando alguna clase de virus estacional, tal vez sea un alimento que le pareció indigesto a mi estómago.
Asoma el martilleo de una migraña. Acaso si voy al baño pueda excretar, pues juraría que esta dolencia, aciago padecer, es de carácter digestivo.
El dibujo de la tabla se estampa entre las nalgas pero nada, ni con arcadas. Me veo compelido a descartar cuestiones gástricas. Repto hasta la silla del comedor. Inhalo, exhalo, me facilito unas bocanadas limpias, y no desesperar en vano.
Tengo fiebre; seguro que rebaso los treinta y nueve. Me atacan escalofríos y flojedad en los huesos. Urgido abro el botiquín, escarbo entre la farmacología en busca del ocioso termómetro. También giro la canilla de agua fría y obstruyo el desagote de la bañera. Verifico el tiempo; en tres minutos podré espeluznarme con el indicador de mercurio trepando hasta los cuarenta, la bañadera estará a punto para sumergirme.
El falaz termómetro no mide incremento para suponer delirios. En vez, fresco y lozano como lechuga. Treinta y cinco, no puede ser, tal vez esté roto.
Cavilo sobre el piso de cerámica de la cocina, espero no pescarme una neumonía pues sería fatal. Enfoco las hornallas.
Si pretendo telefonear a emergencias médicas debo exhibir síntomas además de este soliloquio sin asidero científico ni empírica evidencia. Quisiera conversar con alguien sobre este quebranto.
Abro el gas, arrimo el fósforo a la hornalla, fuego azul. Ahora acerco el termómetro…Cientos de minúsculos cristales estallan a velocidad feroz. En efecto, tanto andaba el maldito que en el fervor de las llamas encontró su ebullición. Los fragmentos se apuñalan a mi cara.
Lloro frente al espejo. En los pómulos conviven vidrios a profundidad subcutánea. Tengo la frente cruzada por canales y desde el labio hasta el mentón corretean vestigios de mercurio, o será que pierdo graduación tonal y veo gris.
Me desinfecto, extirpo las esquirlas, mas alguna, tan ínfima como letal, se escurrirá hasta la corriente sanguínea y de ahí al corazón ¿Cuánto tardará mi organismo en reconocer al invasor y matarme de un síncope?
De la manera y con los medios que poseo suturo las heridas; cuando se agote el hilo dental me pegaré gasas y papel higiénico.
En quince finalizo el procedimiento quirúrgico. Estoy exhausto. Haberme cosido la cara sin anestésico fue lo más sufrido que me tocó desde que un anzuelo me rasgó el muslo. Rezo porque los antisépticos surtan su remedio. Debería echarme un rato.
Planeo en paralelo al edificio, no, caída libre. Los pisos bajan frenéticos 9, 8, 7. Voy directo al gris. Las ráfagas me arrancan el pijama, estallan mis órbitas oculares. Tengo tiempo para última expresión de deseo. ¡Infarto! Arrebátame presuroso.
Estoy erguido, sudoroso, con migraña, ardor, hinchado, y esta vez; verdaderamente febril. Corro, el espejo devuelve lo imposible. De lo que debieran ser lastimaduras en proceso de curación; estallan géiser de pus y gusanos ámbar. Grito, los rastreros pretenden llegar a la cavernosidad de mis orejas para desovar. Pego un alarido, otras larvas enfilan hacia la nariz. Deambulo horripilado, me choco con la lámpara y las sillas, arranco las criaturas, su inmundicia, las extermino a pisotones, en la desesperación también desgarro mi piel. Disco emergencias; llama. Siento un hormigueo; una voraz brigada de orugas se desliza hasta el auricular, y no miento si juro que también salen del teléfono, me buscan los orificios, supuran de todos lados.
Espero que la vecindad descubra el deceso antes que la pestilencia me delate.
Asoma el martilleo de una migraña. Acaso si voy al baño pueda excretar, pues juraría que esta dolencia, aciago padecer, es de carácter digestivo.
El dibujo de la tabla se estampa entre las nalgas pero nada, ni con arcadas. Me veo compelido a descartar cuestiones gástricas. Repto hasta la silla del comedor. Inhalo, exhalo, me facilito unas bocanadas limpias, y no desesperar en vano.
Tengo fiebre; seguro que rebaso los treinta y nueve. Me atacan escalofríos y flojedad en los huesos. Urgido abro el botiquín, escarbo entre la farmacología en busca del ocioso termómetro. También giro la canilla de agua fría y obstruyo el desagote de la bañera. Verifico el tiempo; en tres minutos podré espeluznarme con el indicador de mercurio trepando hasta los cuarenta, la bañadera estará a punto para sumergirme.
El falaz termómetro no mide incremento para suponer delirios. En vez, fresco y lozano como lechuga. Treinta y cinco, no puede ser, tal vez esté roto.
Cavilo sobre el piso de cerámica de la cocina, espero no pescarme una neumonía pues sería fatal. Enfoco las hornallas.
Si pretendo telefonear a emergencias médicas debo exhibir síntomas además de este soliloquio sin asidero científico ni empírica evidencia. Quisiera conversar con alguien sobre este quebranto.
Abro el gas, arrimo el fósforo a la hornalla, fuego azul. Ahora acerco el termómetro…Cientos de minúsculos cristales estallan a velocidad feroz. En efecto, tanto andaba el maldito que en el fervor de las llamas encontró su ebullición. Los fragmentos se apuñalan a mi cara.
Lloro frente al espejo. En los pómulos conviven vidrios a profundidad subcutánea. Tengo la frente cruzada por canales y desde el labio hasta el mentón corretean vestigios de mercurio, o será que pierdo graduación tonal y veo gris.
Me desinfecto, extirpo las esquirlas, mas alguna, tan ínfima como letal, se escurrirá hasta la corriente sanguínea y de ahí al corazón ¿Cuánto tardará mi organismo en reconocer al invasor y matarme de un síncope?
De la manera y con los medios que poseo suturo las heridas; cuando se agote el hilo dental me pegaré gasas y papel higiénico.
En quince finalizo el procedimiento quirúrgico. Estoy exhausto. Haberme cosido la cara sin anestésico fue lo más sufrido que me tocó desde que un anzuelo me rasgó el muslo. Rezo porque los antisépticos surtan su remedio. Debería echarme un rato.
Planeo en paralelo al edificio, no, caída libre. Los pisos bajan frenéticos 9, 8, 7. Voy directo al gris. Las ráfagas me arrancan el pijama, estallan mis órbitas oculares. Tengo tiempo para última expresión de deseo. ¡Infarto! Arrebátame presuroso.
Estoy erguido, sudoroso, con migraña, ardor, hinchado, y esta vez; verdaderamente febril. Corro, el espejo devuelve lo imposible. De lo que debieran ser lastimaduras en proceso de curación; estallan géiser de pus y gusanos ámbar. Grito, los rastreros pretenden llegar a la cavernosidad de mis orejas para desovar. Pego un alarido, otras larvas enfilan hacia la nariz. Deambulo horripilado, me choco con la lámpara y las sillas, arranco las criaturas, su inmundicia, las extermino a pisotones, en la desesperación también desgarro mi piel. Disco emergencias; llama. Siento un hormigueo; una voraz brigada de orugas se desliza hasta el auricular, y no miento si juro que también salen del teléfono, me buscan los orificios, supuran de todos lados.
Espero que la vecindad descubra el deceso antes que la pestilencia me delate.
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