Narrativas de género, y de paso

martes, 6 de noviembre de 2012

3 microcuentos 3


Sincericidio

Mamá dice que mi hermano quedó tonto después que le agarró meningitis. Mi hermano tonto es como las hormigas que tenemos en casa, perseverante, repetitivo. La verdad es que nos vuelve locos. Las hormigas al menos desaparecen en invierno, y en primavera las aplasto con el dedo. Mamá dice que esa  tarea es de mi hermano, esperamos que se equivoque y beba el veneno.

Si te cabe el disfraz

De niño siempre quise ser un superhéroe. De grande soy un vigilante.
Ocasionalmente asesino, pero sólo a los malos, y cuando no queda opción.
Bajé el crimen en el barrio, tanto que ahora los malagradecidos me cuestionan.
Por eso, cada vez que salvo a alguien, o prevengo algo, en vez de mi usual firma dejo escrito “fue por un bien mayor”.
Ni sé bien qué significa pero suena a la clase de excusa que quisiera dar.

Lógicas

Mi mujer me dijo que se iba con un tipo, y cerró la puerta.
Cuando vuelva deberé examinarla en detalle.
Con suerte me dejará hacerlo.

viernes, 7 de septiembre de 2012

After life

Desde que murió mi perro Tongui no escribí una letra al respecto.
Meses atrás me crucé con la vecina en el ascensor, ella y su hija viven en el C, nosotros en el D, su balcón linda con el mío, la medianera es de vidrio esmerilado.
El otro día pensaba…y pausó ahí.
La verdad es que no tenía ganas de dialogar pero ella siempre se había portado, hacía once años que se venía portando conmigo, el vecino fumón que más de una vez le había tocado el timbre para que lo sacara de apuros, desde sal, azúcar y cinta scotch, hasta destornilladores. Desde colgarme de su red inalámbrica hasta lo más osado; trepar la medianera de vidrio de su lado para pasar al mío. Y todo porque olvidaba las llaves, y si bien Tongui era inteligentísimo, la ausencia de pulgares oponibles le impedía abrirme desde adentro cada vez que regresaba colocado a casa.
Qué pensabas, la complací.
Hace mucho que no veo al perro, dijo suelta.
No sonó a pregunta, puse los ojos de manera tal que pareciera yo el interrogador.
Entonces cuando salí a regar las plantas me fijé y vi su sombra a través del vidrio. Sentado.
Hice una media sonrisa, menos por reflejo que adrede, no sé, quise que imitara un gesto habitual, quise matar cualquier atisbo de sorpresa.
Ya no lo sacás tanto ¿no?

Murió, pensé.
Es bueno conocerse en esa hora. Mentí.
No me avergoncé. Sí tuve la usual tristeza, pero sólo porque Tongui estaba muerto.
Traté de creer que mi vecina había visto su sombra espiritual, me emocioné con la posibilidad, pero cuando lo medité en frío me pareció bastante lógico que a través del vidrio esmerilado confundiera una maceta rectangular, de mi lado, con Tongui. Cierto o falso lo consideré otra prueba de su excepcionalidad.
Al poco, volviendo a casa de noche, me crucé con un viejo del barrio que me repitió la pregunta, ¿y el perro, ya no lo pasea… Después de hacer lo que hice me sentí un boludo recibido, pero en ese momento, antes que el viejo terminara grité ¡¡Tongui!! y levanté el brazo como llamándolo, se me escapa, agregué señalando a la inmensa oscuridad detrás de él. Tuve a favor que el pobre andaba muy chicato y era noche cerrada.
Me mandé otras, ninguna tan intrépida como la antedicha, ahora tengo una mentira que no deja lugar a repreguntas, Tongui está en lo de mamá, allá tiene más espacio… y lo dejo flotando. Nunca menciono quintas o campos porque así suenan las mentiras para chicos, papá llevó a la tortuga Sofía al campo, traducido, Sofía se cayó del balcón.
Ya indagué las explicaciones fáciles, negación, mente fabuladora, tardío. Me gusta explicar esto de mitómano con una mentira, lo hago por Tongui. Él no merece un after life con la vecindad hablando de su muerte, recordando su carácter gentil, las gracias que hacía, preguntándome de qué murió. Prefiero suspender el imaginario en la última vez que lo vieron, sin adjetivos.

martes, 7 de agosto de 2012

Rutera


Trece años atrás estudiábamos Cine y nos creíamos too cool for school.
De todo lo escrito y filmado creo reconocer en estos doce minutos el germen de la Matinée.
Sepan disculpar lo imperfecto y fallido del viaje.

viernes, 22 de junio de 2012

by a dear friend
Son como las cinco de la matina y sigo dando vueltas en la cama.
Hacía tiempo que no sentía este miedo, esta soledad.
Cierro los ojos, deseo con fuerzas que me dé un patatús,
una de esas trombosis, un parate en alguna parte del cerebro.
Es eso o dormirme.
Siempre quise estar cuerda pero resulta que estoy un poco loca,
y elegiría un patatús a seguir dando vueltas en la cama.
Bah!
Me pongo los auriculares. Prendo la música en reproducción aleatoria.
Arranca “Dark Blue” de No Doubt. Ni que el aparatito supiera de esto.
Aprieto mucho los ojos y cuando la canción llega al cenit
* Oh maybe I´m supposed to make you feel better… I want to comfort you*,
me encuentro en un gesto de tragedia y el puño cerrado imitando un micrófono.
Una mímica desgarradora y muy teatral pero exquisita.
Me arranco los auriculares.
Quiero dormir sin el Lorazepam que se me acabó.
Necesito ayuda.
Un psicólogo, pero que no me cobre.
Una terapia, pero no un engaño.
Lo mejor sería un maestro o una persona sabia o un abrazo o un amigo.
Sé que hay alguien que reúne todo eso. Lo imagino *y estás lejos.*
¿A qué viene todo esto?
Insomnio.
Las cinco de la mañana. Allá son las nueve, o las diez.
¿Qué día es hoy? Joo- deer!!!
19 de junio. Sos vos.
Y mi regalo:
Hay un lugar en el mundo llamado Shangri-La
Ahí el tiempo ni siquiera es una percepción. No pasa; no cambia; no se envejece.
Apenas se come y no se siente odio. Se puede viajar donde uno quiera sin moverse.
Se respira el oxígeno más puro del orbe.
Se viven los momentos más intensos y las emociones más vivas sin dejar de estar quieto.
Ahí el silencio es un lenguaje, donde las palabras sólo son si son escritas.
Las mejores imágenes se ven con los ojos cerrados y se respira en estado Alpha.
Aunque se rumorea que con algo de trabajo se puede vivir en estado Aleph.
Tengo que investigar cuál es el camino y qué significa eso del tiempo y, Esteban, te prometo que te regalo ese viaje para tu cumpleaños.
Que lo vivas muy feliz! Porque los años no se cumplen.
Se viven.

Gracias!
como un loop interminable

jueves, 7 de junio de 2012

Chicas Calendario (clímax)

Otra esmerada ilustración de la factoría
Un buen día toda esa panacea desapareció, su cuarteto de musas fue descolgado del área del taller y mudado a la oficina del dueño. Preguntó entre sus compañeros qué había pasado, algunos se hicieron los sotas, otros reían a sus espaldas. Dos de los más viejos sí hablaron. ¿Decinos vos qué pasó con las fotos? ¿Qué estuviste haciendo con las chicas? lo cascotearon con la guardia baja. En vez de retrucar o sacarse, eligió la mudez, más bien le salió así. Sin duda el dueño había abierto la boca.
Los días que vinieron fueron incómodos, los compañeros le hacían el vacío o lo gastaban a morir, sin intermedio. El hijo de mil merodeaba cerca de Felipe, era obvio que esperaba una reacción, algo, pero aunque las extrañaba más que a su mamá muerta, cuando se cruzó con el trompa esquivó su mirada, menos como indicativo de vergüenza que de desprecio.
Lo que Felipe hizo luego pudo parecer un acto de revancha, o de justicia callejera. Nada de eso, no toleraba la idea de irse para siempre sin verlas. Esa fue la guía de sus acciones, del recuerdo de ellas sacó el valor para entrar de noche al taller con la llave que había robado del cinto del supervisor, viejo lelo. Conocía tan bien el lugar que no necesitó encender la linterna. Esquivó la fosa, cinco pasos más, giró a la derecha y encontró la escalera, 22 escalones entre Felipe y la oficina. Tenía lista una barreta para descuajeringar la puerta pero no hizo falta. Encendió la luz.
Virginia, la colegiala, gritó desde atrás de un cuadro. Cómo me viste, preguntó Felipe mientras descolgaba el horrendo paisaje costero que escondía tremenda yegua. Te conozco los pasos, tonto. Isabel la madura, camuflada por un fichero, pegó unos alaridos de contenta. Ya va, la tranquilizó Felipe. Dónde están las otr… ¡Paf! ¡Paf! oyó que venía de la gaveta del escritorio.
María y Érica, las del cajón, le contaron que el dueño no era como él, lo único que hacía era mirarlas y meterse el dedo en el culo, así lograba excitarse. ¡No quiero saber más! las cortó… Vine a despedirme, dijo fúnebre.
Pasado el estupor inicial les habló sobre sus recientes vicisitudes y la decisión de irse. Hubo silencio y ojos tristes hasta que Isabel le pidió a Felipe que se retirase porque querían conversar. Pese a las quejas esperó en el pasillo.
Al regreso lo atacaron sin contemplación, Virginia le fue al pito, Isabel y María se entretuvieron con el cuello y las tetillas, y Érica trató de entrarle por el culo. Perdón, es la costumbre, sacó los dedos antes que Felipe la sopapeara.
Además de una orgía fue un acto de ensañamiento con el lugar. Dejó sus eyaculaciones sobre unos papeles del escritorio, el sillón chorreado después de reventarle el culo a Virginia, la alfombra de pelo largo con manchones y gotas, incluso el fichero, donde ejecutó una toma especial agarrado de los pezones de María.
Qué hablaron cuando estaba en el pasillo, curioseó Felipe. No podemos ir con vos ¿sabés? respondió Virginia arreglándose las trenzas pero todavía en concha. Silencio. Felipe alternó miradas interrogativas con sus chicas. Tomá, dijo Érica la mecánica al tiempo que sacaba algo del mameluco rotoso. Para que nos recuerdes, agregó Isabel.
Eran ellas pero en pequeño, cuatro almanaques de bolsillo, todos con poses distintas y disfraces nuevos. Es el mejor regalo, alcanzó a decir entre pucheros. Si prolongaba la despedida corría el riesgo de cogerlas de nuevo, y no había tiempo, o quizás sí había pero Felipe sintió la urgencia de irse. Se exprimió para que sus palabras finales quedaran indelebles.
Al mal paso darle prisa…Creo.
Las musas hablaron todas a la vez, algo de que lo querían, mezclado con palabras soeces, un ruego que casi lo convence de volver, y la promesa. El dueño iba a limpiar toda su leche con la lengua, era eso, o un puño dentro de su viejo culo roto.

Por la idea disparadora mi agradecimiento a tecontaretodo
Y a Carla por la continuidad de sus dibujos

jueves, 24 de mayo de 2012

Chicas Calendario (1er movimiento)


El peor día de la vida de Felipe fue cuando el dueño del taller lo agarró pajeándose en el baño de empleados. Él se olvidó de trabar la puerta, el jefe entró sin tocar. Fue un segundo, casi nada, el casi fue una mirada de refilón al pito parado.
Se tomó un tiempo para caer en lo que había pasado, te espero en la oficina, le había dicho el dueño huyendo de ahí, a la incredulidad inicial sobrevino algo más que vergüenza, ganas de morirse.
Golpeó la puerta. Pasá, dijeron del otro lado. Debía disculparse a morir si pretendía, por alguna suerte divina, conservar el trabajo, pero tampoco sería un arrastrado, que estuviera hirviéndose en el caldo no significaba que el otro debía notarlo, y nada mejor que mantener la mirada, a pesar de su impúdica acción.
No puedo tener a un tipo así, arrancó. Agarrá tus cosas y andate. Al diablo su estrategia. Sintió que le venía un acceso de lágrimas pero se lo tragó. Y si después de esto violás a una clienta…o a un cliente, qué hago. Quiso gritarle que era un hijo de mil, que no iba soportar que lo tildara de violador, o de puto, máxime cuando sólo se estaba masturbando…no, eso último no.
Felipe se envalentonó únicamente en su cabeza porque de los labios para afuera no paró de decir perdón, además exageró que si lo rajaba se quedaba en Pampa y la vía, y otras arrastradas más. El jefe se lo quedó observando.
Decime una cosa, con qué te estabas dando.

Con el almanaque de la vieja.

Me gusta la guacha.
Después del comentario supo que se quedaría. Lo que desconocía era el costo, fue degradado de chapista a che pibe. De nueve horas pasó a doce, guardias de fin de semana y todo por el mismo sueldo.
Pensalo así, la extra es lo que vale la cagada.
Vaya obviedad. Que jodido que una conversación finalice con “cagada”, pensó mientras se iba.
Sacó varias lecciones en limpio. No debía darse en el laburo, y si no quedaba remedio, con la traba puesta. Que un secreto guardado era una presente y futura extorsión, que su jefe era más ruin que él, pero sobretodo que debía aprender a tratar a sus chicas, ellas no querían ser manoseadas sólo para cascarse, querían una dosis de cortejo, una mirada depravada desde el foso, que dejara de mostrarles su culo peludo cada vez que se agachaba, y si era inevitable que considerase depilárselo.
Y besos… sentidos. Si hacía eso, entre otras delicadezas, ellas iban a cumplir su parte.
Algunas de las modelos que posaban para esos posters eran reconocidas, otras no tanto. Pero cuando el almanaque llegaba a manos de Felipe, él las rebautizaba.
Virginia, la colegiala sin jumper y trenzas, cuando estaba juguetón le daba a ella y a sus bestiales tetas. Isabel, más bien tirando a mayor pero firme, la única en desnudo frontal, el auspiciante era una marca que se dedicaba a rejuvenecer motores, de ahí la elección, Felipe la invitaba al baño cuando le venían ganas de meter dedo, sumisa, especial para cuando no se podía hacer ruido. María, la enfermera, los mejores pezones de la región, gordos y negros, asomando desde un escueto delantal que él se emperraba en quitárselo con los dientes mientras ella se hacía la renuente al son de “no, doctor, acá no”. Y Érica, se mordía casual los labios. Mecánica, bah, lo único que tenía del gremio era que andaba engrasada y en mameluco roto, por las rasgaduras salía un rabo tan apetitoso que siempre le provocaba hundirse. Quizás porque la sentía del palo acostumbraba a dejarla para el final.

viernes, 4 de mayo de 2012

El Temporal

foto inédita del suceso.
Cuando la abuela Amanda era chica trabajaba en el cultivo de la caña de azúcar, la zafra. De tanto partirse el lomo cortando tallos sacó dos brazos como garrotes, macetas en vez de piernas, y una experta con el machete y los cuchillos. También aprendió a dispararle a todo bicho que se movía, algunos eran plaga, otros iban al fuego. Incluso conoció la violencia de los estancieros, pero nunca me contó esa historia, sólo la refirió al pasar. Y aún sabiendo su corajudo pasado, su mano de cuchillera, no atiné más que a mirarla estupefacto mientras bajaba las escaleras con una carabina bajo el brazo.
Abrió la puerta de entrada y disparó dos veces a la noche. Su voz se sobrepuso al eco de las descargas. Con eso debería alcanzar, dijo. Era la segunda vez que unos vándalos, aprovechando la falta de luz en el barrio, querían entrarnos. La primera los ahuyentó la bestia del vecino, y no porque él fuera bestial, sino por su perro, entrenado para repeler intrusos pero amigo de Amanda y mío. La segunda fue la nona, odiaba ese apelativo, decía que era despectivo y la hacía ver más vieja.
Ya iban 23 días a oscuras, sin agua, con poco. Para colmo los tres generadores que trajeron los del municipio estaban rotos, o dejaron de funcionar en menos de una hora. Fui cada mañana, mientras ella cuidaba la casa, a buscar agua a una canilla seis cuadras adentro. Ninguna de las veces que caminé el barrio pude quitarme la sensación de incredulidad y amargura, lo que había sido pintoresco ahora era… pensé una palabra que describiera el desastre.
Final, exclamé.
Si me escuchara la abuela ya me hubiese sacudido un coscorrón, ella repetía que había que agradecer la suerte en gracia, al menos la casa había aguantado, algo maltrecha pero pavadas en comparación con la cantidad de postes y árboles caídos sobre otras viviendas.
Nunca cuestioné los métodos para educarme o sus conductas ante la vida, pero esa mañana, cuando regresé con los bidones llenos, le pregunté por la carabina, desde cuándo la tenía, de quién era, y si no había pensado que yo podía encontrarla y matarme sin querer. No crié un tarado, respondió seria. Sin mediar más me convidó un mate. Era increíble la rapidez con que podía cambiar de un gesto adusto a una manera de abuela, sobre todo cuando mateábamos. Medio a regañadientes refirió que la carabina había venido con ella desde Santiago, hasta anoche nunca la había usado en el barrio, quise saber si no tenía miedo de que le explotara en la cara. Ella explicó que no, si se la engrasaba y se conocían sus mañas, entonces no, al tiempo que apretaba un pan para comprobar su vejez.
Pasó un vendedor ambulante con queso y salame, más un poco de fideos recalentados hizo de cena bajo las velas. Raro, la abuela no había tomado vino, y más raro que yo no me diera cuenta durante la comida, habíamos charlado sobre el vecino y su perro, lo iba a dejar suelto para que protegiera las dos casas, también me contó que Claudia vendía unas garrafas bien baratas y que mañana debía ir a la principal por los víveres. Estaba tensa, en realidad el tenso era yo, no quería reconocerlo pero me aterraba la oscuridad, corrección, lo que escondía, a los vándalos del barrio La piadosa.
En vez de contar ovejas repetí “mientras el perro no ladre estamos bien”, una y cien veces, Amanda estaba abajo vigilando desde la mecedora, eso sin duda me tranquilizaba, salvo cuando imaginaba alternativas del estilo “elige tu propia aventura”, si decides lanzarte sobre ellos aprovechando que están en la escalera ve a la página…si prefieres quedarte en la cama y que tu abuela se encargue de ellos entonces escóndete en la página…
¡Vino la luz! gritó Amanda. Corrí hasta el interruptor, qué alegría. Pocos segundos después oí las exclamaciones de los vecinos, el perro ladraba, todos los perros de la cuadra hacían lo mismo.
Con la electricidad se fue el miedo, obvio. No sé la abuela pero yo me había acostumbrado a vivir así, a ocuparnos de esto; ahora, con el tema resuelto volvía lo de antes; las agachadas, algún reemplazo, y de nuevo las changas. Amanda me sacó los pensamientos con un coscorrón, Claudia y los chicos están bailando en la calle…Vamos, mañana va a ser distinto.
La acompañé escaleras abajo.
¿Les ibas a disparar?
Claro.