Narrativas de género, y de paso
jueves, 24 de mayo de 2012
Chicas Calendario (1er movimiento)
El peor día de la vida de Felipe fue cuando el dueño del taller lo agarró pajeándose en el baño de empleados. Él se olvidó de trabar la puerta, el jefe entró sin tocar. Fue un segundo, casi nada, el casi fue una mirada de refilón al pito parado.
Se tomó un tiempo para caer en lo que había pasado, te espero en la oficina, le había dicho el dueño huyendo de ahí, a la incredulidad inicial sobrevino algo más que vergüenza, ganas de morirse.
Golpeó la puerta. Pasá, dijeron del otro lado. Debía disculparse a morir si pretendía, por alguna suerte divina, conservar el trabajo, pero tampoco sería un arrastrado, que estuviera hirviéndose en el caldo no significaba que el otro debía notarlo, y nada mejor que mantener la mirada, a pesar de su impúdica acción.
No puedo tener a un tipo así, arrancó. Agarrá tus cosas y andate. Al diablo su estrategia. Sintió que le venía un acceso de lágrimas pero se lo tragó. Y si después de esto violás a una clienta…o a un cliente, qué hago. Quiso gritarle que era un hijo de mil, que no iba soportar que lo tildara de violador, o de puto, máxime cuando sólo se estaba masturbando…no, eso último no.
Felipe se envalentonó únicamente en su cabeza porque de los labios para afuera no paró de decir perdón, además exageró que si lo rajaba se quedaba en Pampa y la vía, y otras arrastradas más. El jefe se lo quedó observando.
Decime una cosa, con qué te estabas dando.
…
Con el almanaque de la vieja.
…
Me gusta la guacha.
Después del comentario supo que se quedaría. Lo que desconocía era el costo, fue degradado de chapista a che pibe. De nueve horas pasó a doce, guardias de fin de semana y todo por el mismo sueldo.
Pensalo así, la extra es lo que vale la cagada.
Vaya obviedad. Que jodido que una conversación finalice con “cagada”, pensó mientras se iba.
Sacó varias lecciones en limpio. No debía darse en el laburo, y si no quedaba remedio, con la traba puesta. Que un secreto guardado era una presente y futura extorsión, que su jefe era más ruin que él, pero sobretodo que debía aprender a tratar a sus chicas, ellas no querían ser manoseadas sólo para cascarse, querían una dosis de cortejo, una mirada depravada desde el foso, que dejara de mostrarles su culo peludo cada vez que se agachaba, y si era inevitable que considerase depilárselo.
Y besos… sentidos. Si hacía eso, entre otras delicadezas, ellas iban a cumplir su parte.
Algunas de las modelos que posaban para esos posters eran reconocidas, otras no tanto. Pero cuando el almanaque llegaba a manos de Felipe, él las rebautizaba.
Virginia, la colegiala sin jumper y trenzas, cuando estaba juguetón le daba a ella y a sus bestiales tetas. Isabel, más bien tirando a mayor pero firme, la única en desnudo frontal, el auspiciante era una marca que se dedicaba a rejuvenecer motores, de ahí la elección, Felipe la invitaba al baño cuando le venían ganas de meter dedo, sumisa, especial para cuando no se podía hacer ruido. María, la enfermera, los mejores pezones de la región, gordos y negros, asomando desde un escueto delantal que él se emperraba en quitárselo con los dientes mientras ella se hacía la renuente al son de “no, doctor, acá no”. Y Érica, se mordía casual los labios. Mecánica, bah, lo único que tenía del gremio era que andaba engrasada y en mameluco roto, por las rasgaduras salía un rabo tan apetitoso que siempre le provocaba hundirse. Quizás porque la sentía del palo acostumbraba a dejarla para el final.
viernes, 4 de mayo de 2012
El Temporal
![]() |
| foto inédita del suceso. |
Abrió la puerta de entrada y disparó dos veces a la noche. Su voz se sobrepuso al eco de las descargas. Con eso debería alcanzar, dijo. Era la segunda vez que unos vándalos, aprovechando la falta de luz en el barrio, querían entrarnos. La primera los ahuyentó la bestia del vecino, y no porque él fuera bestial, sino por su perro, entrenado para repeler intrusos pero amigo de Amanda y mío. La segunda fue la nona, odiaba ese apelativo, decía que era despectivo y la hacía ver más vieja.
Ya iban 23 días a oscuras, sin agua, con poco. Para colmo los tres generadores que trajeron los del municipio estaban rotos, o dejaron de funcionar en menos de una hora. Fui cada mañana, mientras ella cuidaba la casa, a buscar agua a una canilla seis cuadras adentro. Ninguna de las veces que caminé el barrio pude quitarme la sensación de incredulidad y amargura, lo que había sido pintoresco ahora era… pensé una palabra que describiera el desastre.
Final, exclamé.
Si me escuchara la abuela ya me hubiese sacudido un coscorrón, ella repetía que había que agradecer la suerte en gracia, al menos la casa había aguantado, algo maltrecha pero pavadas en comparación con la cantidad de postes y árboles caídos sobre otras viviendas.
Nunca cuestioné los métodos para educarme o sus conductas ante la vida, pero esa mañana, cuando regresé con los bidones llenos, le pregunté por la carabina, desde cuándo la tenía, de quién era, y si no había pensado que yo podía encontrarla y matarme sin querer. No crié un tarado, respondió seria. Sin mediar más me convidó un mate. Era increíble la rapidez con que podía cambiar de un gesto adusto a una manera de abuela, sobre todo cuando mateábamos. Medio a regañadientes refirió que la carabina había venido con ella desde Santiago, hasta anoche nunca la había usado en el barrio, quise saber si no tenía miedo de que le explotara en la cara. Ella explicó que no, si se la engrasaba y se conocían sus mañas, entonces no, al tiempo que apretaba un pan para comprobar su vejez.
Pasó un vendedor ambulante con queso y salame, más un poco de fideos recalentados hizo de cena bajo las velas. Raro, la abuela no había tomado vino, y más raro que yo no me diera cuenta durante la comida, habíamos charlado sobre el vecino y su perro, lo iba a dejar suelto para que protegiera las dos casas, también me contó que Claudia vendía unas garrafas bien baratas y que mañana debía ir a la principal por los víveres. Estaba tensa, en realidad el tenso era yo, no quería reconocerlo pero me aterraba la oscuridad, corrección, lo que escondía, a los vándalos del barrio La piadosa.
En vez de contar ovejas repetí “mientras el perro no ladre estamos bien”, una y cien veces, Amanda estaba abajo vigilando desde la mecedora, eso sin duda me tranquilizaba, salvo cuando imaginaba alternativas del estilo “elige tu propia aventura”, si decides lanzarte sobre ellos aprovechando que están en la escalera ve a la página…si prefieres quedarte en la cama y que tu abuela se encargue de ellos entonces escóndete en la página…
¡Vino la luz! gritó Amanda. Corrí hasta el interruptor, qué alegría. Pocos segundos después oí las exclamaciones de los vecinos, el perro ladraba, todos los perros de la cuadra hacían lo mismo.
Con la electricidad se fue el miedo, obvio. No sé la abuela pero yo me había acostumbrado a vivir así, a ocuparnos de esto; ahora, con el tema resuelto volvía lo de antes; las agachadas, algún reemplazo, y de nuevo las changas. Amanda me sacó los pensamientos con un coscorrón, Claudia y los chicos están bailando en la calle…Vamos, mañana va a ser distinto.
La acompañé escaleras abajo.
¿Les ibas a disparar?
Claro.
viernes, 20 de abril de 2012
Esta boca es mía (un estiletazo de Tely y efa)
No me van los apodos, las siglas, y menos aún las que usan iniciales. Salí con R y justo nos encontramos con J y bla, bla. Como si realmente me creyera que R y J existen, o fuera necesario resguardar sus identidades. ¡Qué misterio! diría la abuela.
De todas las posibilidades de nombrarlo elijo “él”, a secas.
Pasábamos más tiempo en su casa porque tenía un televisor grande en la habitación. Veíamos mayormente pelis, pero también nos entreteníamos con series, programas viejos de humor, dibujos animados, y salvo que sucediera alguna noticia extraordinaria, no consumíamos noticieros ni nada que tuviera correlato con la realidad. Lo que se dice unos desentendidos, la tele, la cama, él y yo.
Una de esas noches, después de hacerlo, le dije que lo quería. Que habíamos llegado a un lugar donde no necesitábamos impresionar al otro, el punto en que los silencios raros dejaban de ser raros. Creí que me preguntaría si había sido espontánea o guionada. Y hasta hubiese reído.
Yo también te quiero. Pero más que las palabras fue que le creí.
Decir que esos “te quiero” marcaron el principio del fin sería un infantilismo, ejem, lo pensé. De a poco pasé a trasnochar más con mis amigas y menos con él, y cuando iba nos usábamos para descansar de las andanzas.
Eso se repitió hasta que a falta de algo mejor nos fuimos. Sin lágrimas, insomnio, o inapetencia. Fue más que un cambio de canal pero menos que una comedia de enredos.
Concluí que las palabras dichas en el fragor de la cama no eran más que eso, cama.
Ojo, nueve años después algunos de mis records todavía eran con él, lo cual podía significar dos cosas, había tocado las cumbres del placer a temprana edad, o después de él había noviado con tipos menos atentos a la cama y los programas del cable.
De todas las posibilidades de nombrarlo elijo “él”, a secas.
Pasábamos más tiempo en su casa porque tenía un televisor grande en la habitación. Veíamos mayormente pelis, pero también nos entreteníamos con series, programas viejos de humor, dibujos animados, y salvo que sucediera alguna noticia extraordinaria, no consumíamos noticieros ni nada que tuviera correlato con la realidad. Lo que se dice unos desentendidos, la tele, la cama, él y yo.
Una de esas noches, después de hacerlo, le dije que lo quería. Que habíamos llegado a un lugar donde no necesitábamos impresionar al otro, el punto en que los silencios raros dejaban de ser raros. Creí que me preguntaría si había sido espontánea o guionada. Y hasta hubiese reído.
Yo también te quiero. Pero más que las palabras fue que le creí.
Decir que esos “te quiero” marcaron el principio del fin sería un infantilismo, ejem, lo pensé. De a poco pasé a trasnochar más con mis amigas y menos con él, y cuando iba nos usábamos para descansar de las andanzas.
Eso se repitió hasta que a falta de algo mejor nos fuimos. Sin lágrimas, insomnio, o inapetencia. Fue más que un cambio de canal pero menos que una comedia de enredos.
Concluí que las palabras dichas en el fragor de la cama no eran más que eso, cama.
Ojo, nueve años después algunos de mis records todavía eran con él, lo cual podía significar dos cosas, había tocado las cumbres del placer a temprana edad, o después de él había noviado con tipos menos atentos a la cama y los programas del cable.
sábado, 7 de abril de 2012
Ojalá fuese otra de mis fabulaciones, otra ficción que se me escurre plácida. No, esta narración es cierta y terminal como la enfermedad que la inicia.
Marta hizo todo cuanto pudo, tratamientos convencionales, terapias novedosas, también pasó por manosantas, que poco tenían de santos y más de chantas, incursionó en ungüentos milagrosos, rezó, quedó pelada, los hijos le regalaron una peluca, la llevaron de veraneo porque era el último, mejoró un poco, después empeoró el doble, entonces quedó postrada, y se fue el habla, pero quedaban los ojos, para ver la tele portátil en el hospital, mientras los de cuidados paliativos, con cero de tacto, decían que moriría de inanición si no comía. Me pidieron consejo si convenía una sonda, yo opiné que mejor la dejaran en paz, pero justo Marta reaccionó y deglutió algo, vainillas y alimento de bebé, así pasaron semanas, con ella internada y los hijos, mis únicos amigos de la infancia, turnándose con las visitas. Y el resto del tiempo descansaban en la casa familiar, pero sin los quejidos de Marta, que ya conocía el desenlace, por eso el quebranto, porque era demasiado saberse morir, y encima bañarla y cambiarla y la pastilla para las convulsiones y lo que inyectaban las enfermeras, creo que la querían grogui, porque Marta, sana o pereciente, tendía a ser abominable, de palabras vulgares, metiche, mandona, con rencores, porque su hija Daniela no había llegado a ser maniquen, o porque Enrique, mi secuaz de siempre, andaba noviando con esa vividora de Paula, o por la suerte esquiva, que reía a otros y no a ella.
Enrique dispuso rápido de los arreglos, sin velorio y apenas un responso antes de ir a tierra. Fue muy sentido; las viejas amigas de riguroso luto, Daniela afligida pero íntegra, Paula, la novia, actuaba pésimo su dolor, siempre la creí una atorranta, el entierro no fue la excepción. El viudo Mariano, actor secundario, malcarado, mesándose el bigote, me acerqué a darle el pésame, agradeció por lo bajo. Mi amigo Quique abrazado al féretro. Y yo, ajeno a las explosiones de llanto, lo imaginaba viniendo a desmalezar la tierra, a pulir el bronce, a dejarle flores.
No tanto como predije. Tuvo un sueño liberador. Así lo recuerdo en sus palabras, estaba mamá sentada en la cama del hospital, sin las sondas pero con el pelo corto, y me decía que no quería seguir, que nosotros (por Daniela y él) estuviésemos tranquilos porque ella nos iba a acompañar siempre. Casi un cliché, pensé para mí, quién mierda era yo para decirle que sonaba a culebrón de la tarde. Si a él le servía para cerrar el capítulo, bien.
Marta volvió.
Sí, yo vivía drogado, pero la falopa no fue la causa, sino el catalizador. Como dije, la difunta regresó en ellos. Era impresionante cuando se apropiaba del viudo Mariano. El viejo me echaba unos vistazos muy perturbadores, se acomodaba los cinco pelos como ella, imitaba su postura al sentarse, y la risa con ronquido tan característica. Le pregunté por qué adoptaba los tics de Marta. Negó que estuviera haciéndolos.
Daniela también. Pasó de hermana a madre sobreprotectora de Enrique, justo ella que toda la vida había estado a la sombra del preferido, ahora olvidaba los años de terapia para abnegarse a Quique. La ropa, la comida, le tendía la cama, y fregaba los pisos. Eso en cuanto a cambios visibles, lo escalofriante era aquello que se escapaba de la mirada liviana. Cierta cosa entre edípica e incestuosa.
Por supuesto que Enrique descartó mis sospechas, pero le faltó vehemencia, asco, no sé, en cambio no emitió juicio cuando le pregunté si no le parecía raro que Daniela hubiese adoptado para entrecasa los camisones de Marta, qué tenía que hacer con ellos, ¿acaso los suyos no daban la cuota mórbida? Omití decirle que en el último tiempo la veía más parecida que nunca a la vieja, a niveles de transformación de cara, pero me sonó medio falopa.
Mientras tanto la vividora de Paula, que siempre había hablado pestes de la suegra, ahora la evocaba con cariño, citaba momentos graciosas en los que ella ni siquiera había estado. Y encima lo hacía creíble. Consideré dos opciones, que fuera mejor actriz de lo que preví, o que Marta la tuviera posesa, me incliné por esta última, había algo muy poco Paula en la manera que contaba las anécdotas.
Creo que de todos yo fui el más envenenado. Lo que empezó como idea pasó a descabellada certeza, y de ahí un trecho muy corto hasta la obsesión.
Mariano se llevó su personaje secundario, impregnado de Marta, a la costa. Para cualquier otra familia hubiese sido abandono de hogar, primero la madre muerta, después el padre fugitivo, para mis amigos fue maná cayendo del cielo. Dijo que iba a Mar del Plata a visitar a una amiga de años, también amiga de Marta. Supusimos, por el apuro que tenía, que no volvería pronto. ¿Y si se ahoga? No lo veo metiéndose al mar, y menos a su edad, contestó Enrique. No es tan imposible, a tu mamá le gustaba nadar.
Costó, insistí, pero finalmente me hicieron caso, debían irse de la casa familiar, Marta acechaba en los rincones. Ninguno me lo reconoció, tampoco lo negaron. Además les servía de excusa para rajarse, algo lunática pero funcional.
En poco el hogar de añares quedó vacío, Quique probó la convivencia con Paula. Daniela rumbeó sola. Yo me ofrecí a encargarme del espíritu.
Mi amigo descubrió que la vividora le metía los cuernos con un tal Jorge. La hermana se emparejó con un pelado pero no anduvo.
No me extrañaría que se mudasen juntos, “para ahorrar en gastos”.
Me dan unas ganas bárbaras de quemar la casa con Paula adentro. Ahí sé que es Marta la que me implanta ideas.
Vas a arder sola.
Marta hizo todo cuanto pudo, tratamientos convencionales, terapias novedosas, también pasó por manosantas, que poco tenían de santos y más de chantas, incursionó en ungüentos milagrosos, rezó, quedó pelada, los hijos le regalaron una peluca, la llevaron de veraneo porque era el último, mejoró un poco, después empeoró el doble, entonces quedó postrada, y se fue el habla, pero quedaban los ojos, para ver la tele portátil en el hospital, mientras los de cuidados paliativos, con cero de tacto, decían que moriría de inanición si no comía. Me pidieron consejo si convenía una sonda, yo opiné que mejor la dejaran en paz, pero justo Marta reaccionó y deglutió algo, vainillas y alimento de bebé, así pasaron semanas, con ella internada y los hijos, mis únicos amigos de la infancia, turnándose con las visitas. Y el resto del tiempo descansaban en la casa familiar, pero sin los quejidos de Marta, que ya conocía el desenlace, por eso el quebranto, porque era demasiado saberse morir, y encima bañarla y cambiarla y la pastilla para las convulsiones y lo que inyectaban las enfermeras, creo que la querían grogui, porque Marta, sana o pereciente, tendía a ser abominable, de palabras vulgares, metiche, mandona, con rencores, porque su hija Daniela no había llegado a ser maniquen, o porque Enrique, mi secuaz de siempre, andaba noviando con esa vividora de Paula, o por la suerte esquiva, que reía a otros y no a ella.
Enrique dispuso rápido de los arreglos, sin velorio y apenas un responso antes de ir a tierra. Fue muy sentido; las viejas amigas de riguroso luto, Daniela afligida pero íntegra, Paula, la novia, actuaba pésimo su dolor, siempre la creí una atorranta, el entierro no fue la excepción. El viudo Mariano, actor secundario, malcarado, mesándose el bigote, me acerqué a darle el pésame, agradeció por lo bajo. Mi amigo Quique abrazado al féretro. Y yo, ajeno a las explosiones de llanto, lo imaginaba viniendo a desmalezar la tierra, a pulir el bronce, a dejarle flores.
No tanto como predije. Tuvo un sueño liberador. Así lo recuerdo en sus palabras, estaba mamá sentada en la cama del hospital, sin las sondas pero con el pelo corto, y me decía que no quería seguir, que nosotros (por Daniela y él) estuviésemos tranquilos porque ella nos iba a acompañar siempre. Casi un cliché, pensé para mí, quién mierda era yo para decirle que sonaba a culebrón de la tarde. Si a él le servía para cerrar el capítulo, bien.
Marta volvió.
Sí, yo vivía drogado, pero la falopa no fue la causa, sino el catalizador. Como dije, la difunta regresó en ellos. Era impresionante cuando se apropiaba del viudo Mariano. El viejo me echaba unos vistazos muy perturbadores, se acomodaba los cinco pelos como ella, imitaba su postura al sentarse, y la risa con ronquido tan característica. Le pregunté por qué adoptaba los tics de Marta. Negó que estuviera haciéndolos.
Daniela también. Pasó de hermana a madre sobreprotectora de Enrique, justo ella que toda la vida había estado a la sombra del preferido, ahora olvidaba los años de terapia para abnegarse a Quique. La ropa, la comida, le tendía la cama, y fregaba los pisos. Eso en cuanto a cambios visibles, lo escalofriante era aquello que se escapaba de la mirada liviana. Cierta cosa entre edípica e incestuosa.
Por supuesto que Enrique descartó mis sospechas, pero le faltó vehemencia, asco, no sé, en cambio no emitió juicio cuando le pregunté si no le parecía raro que Daniela hubiese adoptado para entrecasa los camisones de Marta, qué tenía que hacer con ellos, ¿acaso los suyos no daban la cuota mórbida? Omití decirle que en el último tiempo la veía más parecida que nunca a la vieja, a niveles de transformación de cara, pero me sonó medio falopa.
Mientras tanto la vividora de Paula, que siempre había hablado pestes de la suegra, ahora la evocaba con cariño, citaba momentos graciosas en los que ella ni siquiera había estado. Y encima lo hacía creíble. Consideré dos opciones, que fuera mejor actriz de lo que preví, o que Marta la tuviera posesa, me incliné por esta última, había algo muy poco Paula en la manera que contaba las anécdotas.
Creo que de todos yo fui el más envenenado. Lo que empezó como idea pasó a descabellada certeza, y de ahí un trecho muy corto hasta la obsesión.
Mariano se llevó su personaje secundario, impregnado de Marta, a la costa. Para cualquier otra familia hubiese sido abandono de hogar, primero la madre muerta, después el padre fugitivo, para mis amigos fue maná cayendo del cielo. Dijo que iba a Mar del Plata a visitar a una amiga de años, también amiga de Marta. Supusimos, por el apuro que tenía, que no volvería pronto. ¿Y si se ahoga? No lo veo metiéndose al mar, y menos a su edad, contestó Enrique. No es tan imposible, a tu mamá le gustaba nadar.
Costó, insistí, pero finalmente me hicieron caso, debían irse de la casa familiar, Marta acechaba en los rincones. Ninguno me lo reconoció, tampoco lo negaron. Además les servía de excusa para rajarse, algo lunática pero funcional.
En poco el hogar de añares quedó vacío, Quique probó la convivencia con Paula. Daniela rumbeó sola. Yo me ofrecí a encargarme del espíritu.
Mi amigo descubrió que la vividora le metía los cuernos con un tal Jorge. La hermana se emparejó con un pelado pero no anduvo.
No me extrañaría que se mudasen juntos, “para ahorrar en gastos”.
Me dan unas ganas bárbaras de quemar la casa con Paula adentro. Ahí sé que es Marta la que me implanta ideas.
Vas a arder sola.
sábado, 24 de marzo de 2012
...de este lado de la Gral Paz
Para el chismerío barrial la noticia del puma suelto en las calles de Vicente López fue lo más hablado desde el asesinato de Solange Grabenheimer a manos de…la justicia concluyó que no fue la amiga, la misma que decidió exiliarse en una feria de dinosaurios itinerantes.
La que alertó sobre el animal prófugo fue una abuela de acá cerca. Ella vió al invasor en su jardín, no sólo eso, le mató al gato y se lo llevó entre las fauces; palabras textuales, me contó por lo bajo uno de los poli que estaba de guardia cuando la vieja llegó a la taquería.
Para no generar malos ánimos hacia el puma fugitivo se trató de omitir esta info. Lo que sí se coló fue un video de magra calidad donde se mostraba, bien lejos, un bicho caminando por las tejas, pero podía ser cualquier cosa.
Otro que reportó a las autoridades fue el señor de las gallinas, imaginen su desazón, a él le mató medio gallinero, y acompañó sus dichos con fotos del daño y las muertes.
La última fue la vicedirectora del colegio, la docente se espeluznó con una serie de palomas yacientes en su vereda, la mayoría desmembradas. Pero la prueba más fiel fueron las huellas que dejó en un pasillo y en la medianera. Se trata de un ejemplar grande, precisaron los de fauna luego de analizar las marcas. Y acto seguido se aparecieron con cebos vivos y dardos tranquilizantes.
Lástima que las noches de vigilia no pagaron réditos, la enigmática bestia no fue capturada, ni siquiera la vislumbraron, peor, tampoco pudieron recolectar nueva evidencia.
Enseguida los medios cuestionaron su existencia. Ningún felino de esa talla puede andar suelto por el barrio sin dejar rastros, como pelo, orina, y nuevas huellas; aseguró un guardaparque afectado al operativo. Esa, más otras opiniones parecidas hicieron que la noticia cayera en desuso.
Para nosotros la fiera se convirtió en leyenda y símbolo. Los chicos en la plaza juegan a cazarlo. Los grandes se juntan de noche a patrullar. Es una cuestión de responsabilidad ciudadana, explican ellos. La mayoría va con palos y linternas, hay uno que porta una ballesta.
Las voces del bar dicen que el puma no apareció porque jamás estuvo suelto, actuó bajo el adiestramiento y las órdenes del gitano Marko, vecino de años, ex dueño de circo y ladrón retirado. Refieren que tenía entredichos con los tres perjudicados. A la abuela había intentado engañarla para que vendiera su casa, al señor de las gallinas porque lo había visto molestando a su hija menor, Lali. Y a la vicedirectora, bueno, no se sabe bien, algunos hablan de una venganza de amor. Pero eso ya es cuento de borrachos.
Mi hijo quiere ser cazador cuando sea grande. Yo lo miro sin mirarlo mientras pienso, quién mató a Solange Grabenheimer.
La que alertó sobre el animal prófugo fue una abuela de acá cerca. Ella vió al invasor en su jardín, no sólo eso, le mató al gato y se lo llevó entre las fauces; palabras textuales, me contó por lo bajo uno de los poli que estaba de guardia cuando la vieja llegó a la taquería.
Para no generar malos ánimos hacia el puma fugitivo se trató de omitir esta info. Lo que sí se coló fue un video de magra calidad donde se mostraba, bien lejos, un bicho caminando por las tejas, pero podía ser cualquier cosa.
Otro que reportó a las autoridades fue el señor de las gallinas, imaginen su desazón, a él le mató medio gallinero, y acompañó sus dichos con fotos del daño y las muertes.
La última fue la vicedirectora del colegio, la docente se espeluznó con una serie de palomas yacientes en su vereda, la mayoría desmembradas. Pero la prueba más fiel fueron las huellas que dejó en un pasillo y en la medianera. Se trata de un ejemplar grande, precisaron los de fauna luego de analizar las marcas. Y acto seguido se aparecieron con cebos vivos y dardos tranquilizantes.
Lástima que las noches de vigilia no pagaron réditos, la enigmática bestia no fue capturada, ni siquiera la vislumbraron, peor, tampoco pudieron recolectar nueva evidencia.
Enseguida los medios cuestionaron su existencia. Ningún felino de esa talla puede andar suelto por el barrio sin dejar rastros, como pelo, orina, y nuevas huellas; aseguró un guardaparque afectado al operativo. Esa, más otras opiniones parecidas hicieron que la noticia cayera en desuso.
Para nosotros la fiera se convirtió en leyenda y símbolo. Los chicos en la plaza juegan a cazarlo. Los grandes se juntan de noche a patrullar. Es una cuestión de responsabilidad ciudadana, explican ellos. La mayoría va con palos y linternas, hay uno que porta una ballesta.
Las voces del bar dicen que el puma no apareció porque jamás estuvo suelto, actuó bajo el adiestramiento y las órdenes del gitano Marko, vecino de años, ex dueño de circo y ladrón retirado. Refieren que tenía entredichos con los tres perjudicados. A la abuela había intentado engañarla para que vendiera su casa, al señor de las gallinas porque lo había visto molestando a su hija menor, Lali. Y a la vicedirectora, bueno, no se sabe bien, algunos hablan de una venganza de amor. Pero eso ya es cuento de borrachos.
Mi hijo quiere ser cazador cuando sea grande. Yo lo miro sin mirarlo mientras pienso, quién mató a Solange Grabenheimer.
sábado, 10 de marzo de 2012
Entreacto
Ese bar de citas rápidas era una afrenta para el barrio que se enorgullecía de sus burdeles.
Ninguno de los amigos había aceptado acompañarlo, y eso que andaban solteros, y eso que sí lo acompañaban cuando la incursión era por los puteríos.
Las palabras del kiosquero lo habían convencido, vienen minas de otros lugares, no son las feas de acá. A él no le parecían feas, de hecho él solía pasar por feo.
El bar no difería de otros medio pelo, salvo por la carísima consumición obligatoria, la distribución circular de las mesas, y el sticker con su nombre que le pegaron a la izquierda del pecho. Una moza le explicó que había un lugar libre en la ronda, en el próximo corte podía entrar, cuando oyera la chicharra y a la moderadora gritan… ¡¡Cambio!! vociferó la susodicha.
En el revuelo vió la silla libre, la perdió atravesando una cuarentena de otros que también buscaban sillas, la encontró en un claro a dos metros, había una mujer de pelo negro sentada a la mesa.
En el sticker decía Jimena, él hizo la estupidez de preguntar si era una X o una J. Jimena no se espantó, quizás porque también padecía con la interacción forzada, o estaba de remate como él. Lo concreto es que hubo conexión, y con pocas preguntas, además de las de rigor sobre: edad, profesión, hijos y poco más.
Sonó la chicharra y la moderadora gritó ¡¡Cambio!!
¿Nos vamos de acá?
…
Dale, contestó Jimena.
Qué sonrisa y qué tetas, pensó mientras le extendía la mano.
¡¿Se van?! interrumpió la moderadora. Los miraba desafiante… ¡¿Se van?! insistió.
Y antes que él dijera Sí, se oyó el No de Jimena.
Debió haberse ido, pero más que la vergüenza de todos mirándolo, fue el desplante de la otra, así que se quedó.
Después de menos de una hora de pasear el culo por todas las sillas, de hablar bullshit con extrañas necesitadas como él, se hizo con el teléfono de cinco, dio su número a otras, y acabó yéndose de ahí con una depiladora de 45.
Jimena se subió al auto de un viudo buen partido, la depiladora le contó que al viejo no se le paraba. ¿En serio? Sí, es conocido mío. Pero después se toma un viagra y listo.
Quedó tan tocado que no se le paró, podría haberle sugerido que se la chupara, o hacer la del viudo, pero ya le corría algo agrio, otro grupo al que no volvería.
Ninguno de los amigos había aceptado acompañarlo, y eso que andaban solteros, y eso que sí lo acompañaban cuando la incursión era por los puteríos.
Las palabras del kiosquero lo habían convencido, vienen minas de otros lugares, no son las feas de acá. A él no le parecían feas, de hecho él solía pasar por feo.
El bar no difería de otros medio pelo, salvo por la carísima consumición obligatoria, la distribución circular de las mesas, y el sticker con su nombre que le pegaron a la izquierda del pecho. Una moza le explicó que había un lugar libre en la ronda, en el próximo corte podía entrar, cuando oyera la chicharra y a la moderadora gritan… ¡¡Cambio!! vociferó la susodicha.
En el revuelo vió la silla libre, la perdió atravesando una cuarentena de otros que también buscaban sillas, la encontró en un claro a dos metros, había una mujer de pelo negro sentada a la mesa.
En el sticker decía Jimena, él hizo la estupidez de preguntar si era una X o una J. Jimena no se espantó, quizás porque también padecía con la interacción forzada, o estaba de remate como él. Lo concreto es que hubo conexión, y con pocas preguntas, además de las de rigor sobre: edad, profesión, hijos y poco más.
Sonó la chicharra y la moderadora gritó ¡¡Cambio!!
¿Nos vamos de acá?
…
Dale, contestó Jimena.
Qué sonrisa y qué tetas, pensó mientras le extendía la mano.
¡¿Se van?! interrumpió la moderadora. Los miraba desafiante… ¡¿Se van?! insistió.
Y antes que él dijera Sí, se oyó el No de Jimena.
Debió haberse ido, pero más que la vergüenza de todos mirándolo, fue el desplante de la otra, así que se quedó.
Después de menos de una hora de pasear el culo por todas las sillas, de hablar bullshit con extrañas necesitadas como él, se hizo con el teléfono de cinco, dio su número a otras, y acabó yéndose de ahí con una depiladora de 45.
Jimena se subió al auto de un viudo buen partido, la depiladora le contó que al viejo no se le paraba. ¿En serio? Sí, es conocido mío. Pero después se toma un viagra y listo.
Quedó tan tocado que no se le paró, podría haberle sugerido que se la chupara, o hacer la del viudo, pero ya le corría algo agrio, otro grupo al que no volvería.
sábado, 28 de enero de 2012
El Permitido (un desliz de HiStEriEt@ y efa)
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| Para http://masqueunacabra.blogspot.com/ alias Carla, por los talentos, por el fervor de su dibujo. |
Algunas son tan elementales que no merecen mención, eso no significa que no las conteste, siempre diligente. Otras son menos inquietudes o asuntos a resolver que lisa y llana pornografía. Invitaciones a eventos sexuales; desde chacras nudistas, pasando por turismo gay, hasta juegos del rol sado. Toda una fauna depravada que no pide mucho, sólo un gesto amigo.
Y una última clase… la carta convocante es una pieza del desastre.
* * *
Suena el teléfono, es un compañero de trabajo de los buenos, le parece raro el tono circunspecto. ¿Pasó algo en la oficina?
No, es tu mujer.
Mientras miraba fotos de minas en bolas se cruzó con un sitio amateur llamado “bebotas”, cientos de polaroid caseras, y en la solapa MILF (traducción, madres que me quisiera coger), dos instantáneas de la esposa de su compañero, en la primera chupando, y en la segunda mostrando las tetas de frente, tomada desde el ángulo del tipo con ella montándolo, y una expresión vergonzante.
¿Vos las sacaste?
¡¿Me estás jodiendo?!
Corta y sale disparado hacia la compu, su hijo y ella regresarán de natación en poco menos de quince, es su turno de cocinar, al diablo.
No puede ser… es ella, habla solo delante del monitor. Inmóvil, shock, no siente, es todo ojos, su bienamada chupando con esmero. Por el color del pelo, la cara aniñada y las tetas sin amamantar, deduce que son previas al casamiento. ¿Cuánto antes? Él la conoció con ese look.
La familiar mueca de su esposa en la segunda toma es prueba unívoca de que no están trucadas, se la están cogiendo bien, piensa. Ahora sí siente la estocada, duele, de adentro hacia afuera. Qué van a decir de él, cornudo, cómo podés aguantarlo, ¿te pidió perdón? Si ella oyera sus pensamientos odiaría estar casada con alguien tan egoísta, qué van a decir de mí, imbécil. Vos no quedás como una puttana, yo sí.
El hijo viene con una nadería que sucedió en natación, suficiente para evitar la confrontación cuando cruza el umbral. ¿Qué pasa que no huelo pizza? al tiempo que lo besa en la mejilla. Él, estático. ¿Y la pizza? repite el nene.
Para justificar su talante osco durante la cena, explica que tuvo un día trágico en el trabajo e igual dolor de cabeza. No sólo funciona para ustedes, se da ánimo mientras mastica la fugazzeta.
Espera que el niño acabe de una vez con el flan y lo premia con tele en la habitación de ellos, y cerrá la puerta. Oye el portazo. Qué pasa, empieza ella. No te hagas el misterioso.
No hizo a tiempo de imprimirlas, sino ya estarían arriba de la mesa, y su esposa… inyectada, si fuese hentai le estallarían los ojos al verse así retratada.
Hay dos fotos tuyas en la web.
¿Facebook?
No, una página porno. Estás chupando… y cogiendo.
…
A ver, mostrame.
Qué clase de reacción es “mostrame”. No hay máscara de horror ni brote psicótico, sólo un desafío, a ver. No piensa hacer el acting de levantarse de la mesa e ir por la compu. Le da odio verla tan sobradora, le aclara que no es un chiste sino lo peor que pudo haber hecho. Ella insiste con ver la evidencia.
Decime la verdad, ¿nunca te sacaste fotos garchando?
Su esposa odia que se refieran a garchar, lo hace para picarla. Sabe que acusó el golpe porque lo mira vidriosa. Él ataca preguntando si perdió la curiosidad. Desacertado.
Sale rauda de la cocina.
¡¡Apurate antes que la suban a facebook!!
Más desacertado.
Debería ir tras ella. Oye los ruidos de encendido de la compu. Se para, camina hasta la alacena y saca la lata de café, todo con una cadencia impostada.
Imagina que de un momento a otro su mujer gritará ¡hijo de puta!, en alusión al amante indiscreto. No ocurre, silencio, pasos, pasos cerca, más cerca, siguen de largo, silencio, y portazo. Presume que se encerró en la habitación del niño.
Esa noche los varones duermen juntos.
¿Qué le pasa a mamá?
…
No sé, ¿vemos tele?
* * *
Qué clase de final era ese, ni siquiera imploraba mi consultoría. Qué pasó la mañana siguiente, mirá que si cometiste una locura te mando en cana. Eso, entre otras advertencias, contesté a su primera carta. También le dejé un consejo.Reconozco que hasta que me respondió anduve ojeando los noticieros por si acaso. Según su último relato las cosas andan bien, hablaron, ella le contó su parte de la verdad, él no emitió juicios de valor, ni agregados egoístas, le dijo que ninguna foto escabrosa podía menguar su corazón por ella, y que estaría a su lado para sobrellevar el trance; los abogados, y hasta lo imposible con tal de censurar las imágenes.
Cuando se mortifica, o los demonios vienen por él, se esconde en un lugar seguro de su cabeza, y toma nota de las infamias que emprenderá con el crédito a favor.
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