Narrativas de género, y de paso

viernes, 20 de abril de 2012

Esta boca es mía (un estiletazo de Tely y efa)

No me van los apodos, las siglas, y menos aún las que usan iniciales. Salí con R y justo nos encontramos con J y bla, bla. Como si realmente me creyera que R y J existen, o fuera necesario resguardar sus identidades. ¡Qué misterio! diría la abuela.
De todas las posibilidades de nombrarlo elijo “él”, a secas.
Pasábamos más tiempo en su casa porque tenía un televisor grande en la habitación. Veíamos mayormente pelis, pero también nos entreteníamos con series, programas viejos de humor, dibujos animados, y salvo que sucediera alguna noticia extraordinaria, no consumíamos noticieros ni nada que tuviera correlato con la realidad. Lo que se dice unos desentendidos, la tele, la cama, él y yo.
Una de esas noches, después de hacerlo, le dije que lo quería. Que habíamos llegado a un lugar donde no necesitábamos impresionar al otro, el punto en que los silencios raros dejaban de ser raros. Creí que me preguntaría si había sido espontánea o guionada. Y hasta hubiese reído.
Yo también te quiero. Pero más que las palabras fue que le creí.
Decir que esos “te quiero” marcaron el principio del fin sería un infantilismo, ejem, lo pensé. De a poco pasé a trasnochar más con mis amigas y menos con él, y cuando iba nos usábamos para descansar de las andanzas.
Eso se repitió hasta que a falta de algo mejor nos fuimos. Sin lágrimas, insomnio, o inapetencia. Fue más que un cambio de canal pero menos que una comedia de enredos.
Concluí que las palabras dichas en el fragor de la cama no eran más que eso, cama.
Ojo, nueve años después algunos de mis records todavía eran con él, lo cual podía significar dos cosas, había tocado las cumbres del placer a temprana edad, o después de él había noviado con tipos menos atentos a la cama y los programas del cable.

sábado, 7 de abril de 2012

Ojalá fuese otra de mis fabulaciones, otra ficción que se me escurre plácida. No, esta narración es cierta y terminal como la enfermedad que la inicia.
Marta hizo todo cuanto pudo, tratamientos convencionales, terapias novedosas, también pasó por manosantas, que poco tenían de santos y más de chantas, incursionó en ungüentos milagrosos, rezó, quedó pelada, los hijos le regalaron una peluca, la llevaron de veraneo porque era el último, mejoró un poco, después empeoró el doble, entonces quedó postrada, y se fue el habla, pero quedaban los ojos, para ver la tele portátil en el hospital, mientras los de cuidados paliativos, con cero de tacto, decían que moriría de inanición si no comía. Me pidieron consejo si convenía una sonda, yo opiné que mejor la dejaran en paz, pero justo Marta reaccionó y deglutió algo, vainillas y alimento de bebé, así pasaron semanas, con ella internada y los hijos, mis únicos amigos de la infancia, turnándose con las visitas. Y el resto del tiempo descansaban en la casa familiar, pero sin los quejidos de Marta, que ya conocía el desenlace, por eso el quebranto, porque era demasiado saberse morir, y encima bañarla y cambiarla y la pastilla para las convulsiones y lo que inyectaban las enfermeras, creo que la querían grogui, porque Marta, sana o pereciente, tendía a ser abominable, de palabras vulgares, metiche, mandona, con rencores, porque su hija Daniela no había llegado a ser maniquen, o porque Enrique, mi secuaz de siempre, andaba noviando con esa vividora de Paula, o por la suerte esquiva, que reía a otros y no a ella.
Enrique dispuso rápido de los arreglos, sin velorio y apenas un responso antes de ir a tierra. Fue muy sentido; las viejas amigas de riguroso luto, Daniela afligida pero íntegra, Paula, la novia, actuaba pésimo su dolor, siempre la creí una atorranta, el entierro no fue la excepción. El viudo Mariano, actor secundario, malcarado, mesándose el bigote, me acerqué a darle el pésame, agradeció por lo bajo. Mi amigo Quique abrazado al féretro. Y yo, ajeno a las explosiones de llanto, lo imaginaba viniendo a desmalezar la tierra, a pulir el bronce, a dejarle flores.
No tanto como predije. Tuvo un sueño liberador. Así lo recuerdo en sus palabras, estaba mamá sentada en la cama del hospital, sin las sondas pero con el pelo corto, y me decía que no quería seguir, que nosotros (por Daniela y él) estuviésemos tranquilos porque ella nos iba a acompañar siempre. Casi un cliché, pensé para mí, quién mierda era yo para decirle que sonaba a culebrón de la tarde. Si a él le servía para cerrar el capítulo, bien.
Marta volvió.
Sí, yo vivía drogado, pero la falopa no fue la causa, sino el catalizador. Como dije, la difunta regresó en ellos. Era impresionante cuando se apropiaba del viudo Mariano. El viejo me echaba unos vistazos muy perturbadores, se acomodaba los cinco pelos como ella, imitaba su postura al sentarse, y la risa con ronquido tan característica. Le pregunté por qué adoptaba los tics de Marta. Negó que estuviera haciéndolos.
Daniela también. Pasó de hermana a madre sobreprotectora de Enrique, justo ella que toda la vida había estado a la sombra del preferido, ahora olvidaba los años de terapia para abnegarse a Quique. La ropa, la comida, le tendía la cama, y fregaba los pisos. Eso en cuanto a cambios visibles, lo escalofriante era aquello que se escapaba de la mirada liviana. Cierta cosa entre edípica e incestuosa.
Por supuesto que Enrique descartó mis sospechas, pero le faltó vehemencia, asco, no sé, en cambio no emitió juicio cuando le pregunté si no le parecía raro que Daniela hubiese adoptado para entrecasa los camisones de Marta, qué tenía que hacer con ellos, ¿acaso los suyos no daban la cuota mórbida? Omití decirle que en el último tiempo la veía más parecida que nunca a la vieja, a niveles de transformación de cara, pero me sonó medio falopa.
Mientras tanto la vividora de Paula, que siempre había hablado pestes de la suegra, ahora la evocaba con cariño, citaba momentos graciosas en los que ella ni siquiera había estado. Y encima lo hacía creíble. Consideré dos opciones, que fuera mejor actriz de lo que preví, o que Marta la tuviera posesa, me incliné por esta última, había algo muy poco Paula en la manera que contaba las anécdotas.
Creo que de todos yo fui el más envenenado. Lo que empezó como idea pasó a descabellada certeza, y de ahí un trecho muy corto hasta la obsesión.
Mariano se llevó su personaje secundario, impregnado de Marta, a la costa. Para cualquier otra familia hubiese sido abandono de hogar, primero la madre muerta, después el padre fugitivo, para mis amigos fue maná cayendo del cielo. Dijo que iba a Mar del Plata a visitar a una amiga de años, también amiga de Marta. Supusimos, por el apuro que tenía, que no volvería pronto. ¿Y si se ahoga? No lo veo metiéndose al mar, y menos a su edad, contestó Enrique. No es tan imposible, a tu mamá le gustaba nadar.
Costó, insistí, pero finalmente me hicieron caso, debían irse de la casa familiar, Marta acechaba en los rincones. Ninguno me lo reconoció, tampoco lo negaron. Además les servía de excusa para rajarse, algo lunática pero funcional.
En poco el hogar de añares quedó vacío, Quique probó la convivencia con Paula. Daniela rumbeó sola. Yo me ofrecí a encargarme del espíritu.
Mi amigo descubrió que la vividora le metía los cuernos con un tal Jorge. La hermana se emparejó con un pelado pero no anduvo.
No me extrañaría que se mudasen juntos, “para ahorrar en gastos”.
Me dan unas ganas bárbaras de quemar la casa con Paula adentro. Ahí sé que es Marta la que me implanta ideas.
Vas a arder sola.

sábado, 24 de marzo de 2012

...de este lado de la Gral Paz

Para el chismerío barrial la noticia del puma suelto en las calles de Vicente López fue lo más hablado desde el asesinato de Solange Grabenheimer a manos de…la justicia concluyó que no fue la amiga, la misma que decidió exiliarse en una feria de dinosaurios itinerantes.
La que alertó sobre el animal prófugo fue una abuela de acá cerca. Ella vió al invasor en su jardín, no sólo eso, le mató al gato y se lo llevó entre las fauces; palabras textuales, me contó por lo bajo uno de los poli que estaba de guardia cuando la vieja llegó a la taquería.
Para no generar malos ánimos hacia el puma fugitivo se trató de omitir esta info. Lo que sí se coló fue un video de magra calidad donde se mostraba, bien lejos, un bicho caminando por las tejas, pero podía ser cualquier cosa.
Otro que reportó a las autoridades fue el señor de las gallinas, imaginen su desazón, a él le mató medio gallinero, y acompañó sus dichos con fotos del daño y las muertes.
La última fue la vicedirectora del colegio, la docente se espeluznó con una serie de palomas yacientes en su vereda, la mayoría desmembradas. Pero la prueba más fiel fueron las huellas que dejó en un pasillo y en la medianera. Se trata de un ejemplar grande, precisaron los de fauna luego de analizar las marcas. Y acto seguido se aparecieron con cebos vivos y dardos tranquilizantes.
Lástima que las noches de vigilia no pagaron réditos, la enigmática bestia no fue capturada, ni siquiera la vislumbraron, peor, tampoco pudieron recolectar nueva evidencia.
Enseguida los medios cuestionaron su existencia. Ningún felino de esa talla puede andar suelto por el barrio sin dejar rastros, como pelo, orina, y nuevas huellas; aseguró un guardaparque afectado al operativo. Esa, más otras opiniones parecidas hicieron que la noticia cayera en desuso.
Para nosotros la fiera se convirtió en leyenda y símbolo. Los chicos en la plaza juegan a cazarlo. Los grandes se juntan de noche a patrullar. Es una cuestión de responsabilidad ciudadana, explican ellos. La mayoría va con palos y linternas, hay uno que porta una ballesta.
Las voces del bar dicen que el puma no apareció porque jamás estuvo suelto, actuó bajo el adiestramiento y las órdenes del gitano Marko, vecino de años, ex dueño de circo y ladrón retirado. Refieren que tenía entredichos con los tres perjudicados. A la abuela había intentado engañarla para que vendiera su casa, al señor de las gallinas porque lo había visto molestando a su hija menor, Lali. Y a la vicedirectora, bueno, no se sabe bien, algunos hablan de una venganza de amor. Pero eso ya es cuento de borrachos.
Mi hijo quiere ser cazador cuando sea grande. Yo lo miro sin mirarlo mientras pienso, quién mató a Solange Grabenheimer.

sábado, 10 de marzo de 2012

Entreacto

Ese bar de citas rápidas era una afrenta para el barrio que se enorgullecía de sus burdeles.
Ninguno de los amigos había aceptado acompañarlo, y eso que andaban solteros, y eso que sí lo acompañaban cuando la incursión era por los puteríos.
Las palabras del kiosquero lo habían convencido, vienen minas de otros lugares, no son las feas de acá. A él no le parecían feas, de hecho él solía pasar por feo.
El bar no difería de otros medio pelo, salvo por la carísima consumición obligatoria, la distribución circular de las mesas, y el sticker con su nombre que le pegaron a la izquierda del pecho. Una moza le explicó que había un lugar libre en la ronda, en el próximo corte podía entrar, cuando oyera la chicharra y a la moderadora gritan… ¡¡Cambio!! vociferó la susodicha.
En el revuelo vió la silla libre, la perdió atravesando una cuarentena de otros que también buscaban sillas, la encontró en un claro a dos metros, había una mujer de pelo negro sentada a la mesa.
En el sticker decía Jimena, él hizo la estupidez de preguntar si era una X o una J. Jimena no se espantó, quizás porque también padecía con la interacción forzada, o estaba de remate como él. Lo concreto es que hubo conexión, y con pocas preguntas, además de las de rigor sobre: edad, profesión, hijos y poco más.
Sonó la chicharra y la moderadora gritó ¡¡Cambio!!
¿Nos vamos de acá?

Dale, contestó Jimena.
Qué sonrisa y qué tetas, pensó mientras le extendía la mano.
¡¿Se van?! interrumpió la moderadora. Los miraba desafiante… ¡¿Se van?! insistió.
Y antes que él dijera Sí, se oyó el No de Jimena.
Debió haberse ido, pero más que la vergüenza de todos mirándolo, fue el desplante de la otra, así que se quedó.
Después de menos de una hora de pasear el culo por todas las sillas, de hablar bullshit con extrañas necesitadas como él, se hizo con el teléfono de cinco, dio su número a otras, y acabó yéndose de ahí con una depiladora de 45.
Jimena se subió al auto de un viudo buen partido, la depiladora le contó que al viejo no se le paraba. ¿En serio? Sí, es conocido mío. Pero después se toma un viagra y listo.
Quedó tan tocado que no se le paró, podría haberle sugerido que se la chupara, o hacer la del viudo, pero ya le corría algo agrio, otro grupo al que no volvería.

sábado, 28 de enero de 2012

El Permitido (un desliz de HiStEriEt@ y efa)

Para http://masqueunacabra.blogspot.com/ 
alias Carla, por los talentos,
por el fervor de su dibujo.
Desde que publiqué “Lamparones”, la historia de la lectora que me mandaba cartas contándome sus problemas maritales, el episodio de la remera manchada de semen; no dejan de llegar consultas. Como si pudiera hacer algo, como si me importara.
Algunas son tan elementales que no merecen mención, eso no significa que no las conteste, siempre diligente. Otras son menos inquietudes o asuntos a resolver que lisa y llana pornografía. Invitaciones a eventos sexuales; desde chacras nudistas, pasando por turismo gay, hasta juegos del rol sado. Toda una fauna depravada que no pide mucho, sólo un gesto amigo.
Y una última clase… la carta convocante es una pieza del desastre.
*   *   *
Suena el teléfono, es un compañero de trabajo de los buenos, le parece raro el tono circunspecto.
¿Pasó algo en la oficina?
No, es tu mujer.
Mientras miraba fotos de minas en bolas se cruzó con un sitio amateur llamado “bebotas”, cientos de polaroid caseras, y en la solapa MILF (traducción, madres que me quisiera coger), dos instantáneas de la esposa de su compañero, en la primera chupando, y en la segunda mostrando las tetas de frente, tomada desde el ángulo del tipo con ella montándolo, y una expresión vergonzante.
¿Vos las sacaste?
¡¿Me estás jodiendo?!
Corta y sale disparado hacia la compu, su hijo y ella regresarán de natación en poco menos de quince, es su turno de cocinar, al diablo.
No puede ser… es ella, habla solo delante del monitor. Inmóvil, shock, no siente, es todo ojos, su bienamada chupando con esmero. Por el color del pelo, la cara aniñada y las tetas sin amamantar, deduce que son previas al casamiento. ¿Cuánto antes? Él la conoció con ese look.
La familiar mueca de su esposa en la segunda toma es prueba unívoca de que no están trucadas, se la están cogiendo bien, piensa. Ahora sí siente la estocada, duele, de adentro hacia afuera. Qué van a decir de él, cornudo, cómo podés aguantarlo, ¿te pidió perdón? Si ella oyera sus pensamientos odiaría estar casada con alguien tan egoísta, qué van a decir de mí, imbécil. Vos no quedás como una puttana, yo sí.
El hijo viene con una nadería que sucedió en natación, suficiente para evitar la confrontación cuando cruza el umbral. ¿Qué pasa que no huelo pizza? al tiempo que lo besa en la mejilla. Él, estático. ¿Y la pizza? repite el nene.
Para justificar su talante osco durante la cena, explica que tuvo un día trágico en el trabajo e igual dolor de cabeza. No sólo funciona para ustedes, se da ánimo mientras mastica la fugazzeta.
Espera que el niño acabe de una vez con el flan y lo premia con tele en la habitación de ellos, y cerrá la puerta. Oye el portazo. Qué pasa, empieza ella. No te hagas el misterioso.
No hizo a tiempo de imprimirlas, sino ya estarían arriba de la mesa, y su esposa… inyectada, si fuese hentai le estallarían los ojos al verse así retratada.
Hay dos fotos tuyas en la web.
¿Facebook?
No, una página porno. Estás chupando… y cogiendo.

A ver, mostrame.
Qué clase de reacción es “mostrame”. No hay máscara de horror ni brote psicótico, sólo un desafío, a ver. No piensa hacer el acting de levantarse de la mesa e ir por la compu. Le da odio verla tan sobradora, le aclara que no es un chiste sino lo peor que pudo haber hecho. Ella insiste con ver la evidencia.
Decime la verdad, ¿nunca te sacaste fotos garchando?
Su esposa odia que se refieran a garchar, lo hace para picarla. Sabe que acusó el golpe porque lo mira vidriosa. Él ataca preguntando si perdió la curiosidad. Desacertado.
Sale rauda de la cocina.
¡¡Apurate antes que la suban a facebook!!
Más desacertado.
Debería ir tras ella. Oye los ruidos de encendido de la compu. Se para, camina hasta la alacena y saca la lata de café, todo con una cadencia impostada.
Imagina que de un momento a otro su mujer gritará ¡hijo de puta!, en alusión al amante indiscreto. No ocurre, silencio, pasos, pasos cerca, más cerca, siguen de largo, silencio, y portazo. Presume que se encerró en la habitación del niño.
Esa noche los varones duermen juntos.
¿Qué le pasa a mamá?

No sé, ¿vemos tele?
*   *   *
Qué clase de final era ese, ni siquiera imploraba mi consultoría. Qué pasó la mañana siguiente, mirá que si cometiste una locura te mando en cana. Eso, entre otras advertencias, contesté a su primera carta. También le dejé un consejo.
Reconozco que hasta que me respondió anduve ojeando los noticieros por si acaso. Según su último relato las cosas andan bien, hablaron, ella le contó su parte de la verdad, él no emitió juicios de valor, ni agregados egoístas, le dijo que ninguna foto escabrosa podía menguar su corazón por ella, y que estaría a su lado para sobrellevar el trance; los abogados, y hasta lo imposible con tal de censurar las imágenes.
Cuando se mortifica, o los demonios vienen por él, se esconde en un lugar seguro de su cabeza, y toma nota de las infamias que emprenderá con el crédito a favor.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Cantos Optimistas 2012

La querida y lunar Marisa Vegas me convidó para esta Navidad con una narrativa inédita. No quisiera adelantar los afanes del personaje, ni pormenores de la trama. Basta decir que sus trazos líricos son un augurio feliz, el antídoto para la parte depravada de Matinée.
Mi sentido agradecimiento al http://elespejodelaluna.blogspot.com/ es un gustazo que esté por aquí.
Buenaventura a toda la blogosfera en el inicio próximo, hagamos estallar las copas.
Salud!
Papel, pluma y tintero

La noche, ese animal salvaje que aúlla en la oscuridad, extendió sus alas por los tejados de la gran ciudad. Se posó en la ventana aún abierta de Marcelo mientras este acababa de regresar a casa de su monótono trabajo de bibliotecario.
Arrojó su abrigo sobre una silla del salón como animal que muda la piel con la llegada de una nueva estación, y se hundió derrotado en el sofá. Pero su vida se condensaba en una única estación que resumía primaveras sin flores, veranos sin mar, otoños sin lluvias e inviernos desprovistos de chimeneas que caldeasen la nieve que iba cubriendo completamente esos jardines ocultos de la ilusión. Los libros habían sido su única compañía desde hacía muchos años. La única vida que conocía era un mundo encuadernado en miles de hojas de caracteres tipográficos variados que le hablaban de universos ficticios que él sentía como reales. En su vida no había personas sino personajes con los que hablaba, discutía, reía o lloraba. Sus viajes desafiaban al espacio y al tiempo: en una misma noche había estado arribando a Ítaca con Ulises como navegando en una balsa por el Mississippi junto a Huckleberry. Su realismo era más mágico que en Macondo. Había pasado largas temporadas tanto en castillos medievales como en Ganímides. Conocía muy bien el amor incluso en los tiempos del cólera, había bajado a los infiernos a rescatar a Eurídice como había luchado contra gigantes en honor a Dulcinea, seductor tenoriano, Romeo atormentado. Amigo íntimo de Hamlet en su cautiverio, conde de Montecristo en sus desdichas. Vanidoso frente a espejo de Dorian Gray, repudiado Quasimodo hasta por las gárgolas de Notre-Dame, escarabajo kafkiano cada mañana que se intentaba levantar para ir a la biblioteca a trabajar. Como Fausto, le había vendido su alma al diablo en pro del conocimiento. Realmente, conocía la vida… esa vida de papel, pluma y tintero. Los libros eran su Soma huxleyana en ese mundo feliz de alfabetos callados.
Mientras preparaba la cena, Marcelo se acordó de un capítulo de su vida que había transcurrido esa misma mañana en la biblioteca. Unos rasgados e irreverentes ojos grises de mujer que le preguntaban por la sección de novela histórica de la biblioteca. Se quedó desconcertado por esa mirada que no reconocía haberla leído en ningún libro. ¿Sería una edición incunable? Frunció el ceño mientras indicaba la estantería correcta a esos ojos grises que sonreían dándole las gracias. Intentó pasar página del asunto mientras se preparaba unos duelos y quebrantos quijotescos, pero la mirada de ese personaje felino regresaba con la misma voracidad que él engullía su noble manjar del Siglo de Oro. No, no se parecían ni a los de Madame Bovary, ni a los de Penélope ni a los ojos petrarquistas de Laura. ¿De dónde demonios habrían salido?
El reloj carrillón del pasillo cortó el tiempo en once campanadas. Era la hora en la que Marcelo se sumergía en sus sábanas al abrigo de su lectura hasta que el manto negro de la noche venía a cerrar sus párpados. Cogió el libro de la mesilla tal y como lo había dejado la noche anterior. Pero cuando lo abrió, sus ojos enmudecieron de asombro: la página marcada como punto de referencia en su lectura estaba en blanco. Segundos después decidió pasar la hoja y su desconcierto empezó a crecer cuando comprobó que también estaba en blanco. Con nerviosismo hojeó todas las páginas y el resultado fue el mismo: en blanco. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Se levantó de la cama perplejo para asegurarse de que no se trataba de una pesadilla y se dirigió a la estantería de libros del salón. Repitió la operación con todos los libros que iba cogiendo, y todos le ofrecían el mismo resultado: páginas en blanco donde la vida (su vida) se había desvanecido sin ninguna explicación. Regresó a la habitación sin dar crédito a lo que estaba pasando. No pudo conciliar el sueño ni un segundo en toda la noche mientras el reflejo de unos ojos grises intentaba iluminar sus temores que navegaban hacia la madrugada.
Esa mañana llegó a la biblioteca más temprano de lo habitual. Su compañero de trabajo aún no había llegado. Sin quitarse ni tan siquiera su abrigo, se dirigió a la estantería más cercana y con manos trémulas que temen encontrar un fantasma, cogió el libro que tuvo más a mano. Lo abrió y, como se temía, allí se encontraba ese fantasma: todas las páginas del libro estaban inmaculadas, ni una sola letra violaba su virginidad. Repitió la operación con todo libro que caía en sus manos y el resultado era el mismo: caminos borrados, personajes desaparecidos, mundos abducidos, sentimientos desvanecidos. Se empezó a encontrar mal, su rostro como un camaleón, comenzó a adquirir la misma tonalidad parduzca que las páginas en blanco de esos libros. Se dejó caer en un pequeño sillón de la biblioteca destinado a la lectura de los usuarios, y sus manos, con esfuerzo, comenzaron a cobijar a su cabeza que, rendida por lo inexplicable, empezó a comprender que su vida de papel, pluma y tintero se había desvanecido. Se sentía como en un agujero negro interestelar, sin punto de apoyo bajo sus pies, sin ley de la gravedad, sin huellas ni caminos, desterrado incluso de su propia soledad.
-¿Se encuentra bien? –le preguntó una voz cercana que a Marcelo le pareció como salida de ultratumba.
Levantó la cabeza y se encontró con la miel de unos ojos grises, con la mirada felina de aquella mujer de ojos perturbadores que nunca había leído. Y fue entonces cuando comprendió la rebelión de sus libros. No era silencio lo que se albergaba en esas hojas en blanco, sino gritos clamorosos que le invitaban a escribir de su puño y letra esas páginas en blanco.
Mientras Marcelo se dirigía a la cafetería acompañado de la mujer inédita, de la cual había aceptado su invitación, de sus bolsillos caían personajes lanzándose a un precipicio que, sigilosamente, regresaban a las páginas de los libros de la biblioteca; mientras que en las huellas que iba dejando Marcelo, se apiñaban letras confusas y desperdigadas por el suelo que se afanaban en busca del lugar apropiado en esa primera página en blanco de su libro.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Lesbos [sobre una idea de HiStEriEt@]

Mi primera vez con una chica fue a los 16. Mamá me dejó quedarme en lo de Emilia para que terminásemos el trabajo grupal de Historia.
Nos acostamos tardísimo, originalmente iba a dormir en la cama de arriba de la cucheta, pero Emilia me asustó con que si no estaba acostumbrada a las marineras de seguro me caería dormida, mejor acostarme abajo con ella.
Desperté en mitad del sueño con su mano frotándome la bombacha por fuera del pijama, ya habíamos charlado el tema pero nunca en concreto, y menos así. Me hice la dormida, al principio erró el lugar, después no, aumentó el tacto, la circularidad, ahí, me dio algo inenarrable parecido al vértigo, tuve ganas de agarrármela y seguir, Emilia intentó ir por dentro pero me puse boca abajo. Metió una pierna entre las mías y con la otra se enganchó del costado, fregándose, pensé en su mamá agarrándonos así, peor, mi viejo...Me enfrié al punto de cortarla, además, salvo los comatosos, quién no se hubiera despertado.
La lengua de Emilia chocó con mis dientes, parecían menos besos que lamidas, metió un dedo en mi boca y cuando lo sacó ensalivado se lo llevó adentro de la bombacha, lo vi en una porno, dijo. Repetí lo de ella pero con mi saliva. Tardé poco en encontrarme y mucho en coronar el momento, no sé, nervios, me desconcentraba oírla jadear.
Sentí vergüenza pero se la mostré. Es hermosa…y parecidas, agregó. Toqué la suya como si fuese la mía, abrió tanto las piernas que vi su último escondite, igual al ombligo de un bebé.
Las pocas veces que había estado con un chico me había parecido que no sabíamos qué hacer con los genitales del otro, no así con ella, nos reconocimos desde lo más primario del órgano, pulsión de vida, mimé su sexo hasta el calambre.
De postre me pidió encajarse. Nos abotonamos, fue raro, suave, y lógico. Hicimos presión una contra la otra, jugo de luna, besos de concha, tan proverbiales que hasta mucho después me seguí masturbando con la secuencia.
A pesar de que con Emilia escalé a cumbres de placer que pocos novios igualaron, no reincidimos. Por otras amigas de la secundaria me enteré que se recibió de psicóloga y tiene una nena; dicen que el marido da medio gay, pero sólo cuando están borrachas.
Tres días después de la despedida de soltera me caso con Ariel. Para evitar situaciones bochornosas, especialmente con sus amigos, elegimos compartir la despedida, ¿una para los dos? me preguntó ni bien tiré la idea. Al cabo de cuatro charlas y varias de sus preferidas en la cama, accedió al convite mixto.
La wedding planner consigue todo, el salón en Tigre, los y las strippers, regalos de sex shop para sortear, comida, alcohol y la mar en coche. Mi hermana teme que la despedida se desbande y acabe en orgía. Al final es peor la medicina que la peste.
Hace tiempazo que tengo ganas de hacerlo, pero por razones que no vienen al caso siempre arrugo. La psicóloga me sugirió que probara suerte en un boliche de mujeres, o pagarle a una mina. Me asombró, pasado un silencio más expectante que incómodo, preguntó cuál sería mi reacción si me lo sugiriese una amiga. Me reiría y pensaría que es un chiste.
O no.
Es la primera vez en mucho que piso un telo, el tipo de recepción, detrás de una ventanilla blindada, nos extiende la bienvenida y sin más pasa a leer los precios. Si fuese mi novio Ariel elegiría la habitación intermedia sólo para no quedar tan rasca, como somos nosotras vamos con la barata. El tipo sugiere que tomemos la última de las económicas con jacuzzi. Siempre es la última, reímos taradas, y con ganas de coger.
A mi personaje le gusta fumar con boquilla larga. La muy torpe me rasguña la espalda queriéndome desabotonar el corsé. Pide perdón y con su palma fría acaricia la herida. Le contesto con dos latigazos en el lomo, grita pero suena fingido, amago darle de nuevo y se resguarda entre mis botas; esto de la dominatrix es una cagada. Emilia nota mi decepción, sigue hermosa como siempre, las tetas altivas, el culo también, me calienta pensar que de acá se irá a casa con su familia. Eso, y que reconozco su concha.
Si te portás mal te meto la boquilla.
¿Y si soy buena?
Te la saco.