Mi primera vez con una chica fue a los 16. Mamá me dejó quedarme en lo de Emilia para que terminásemos el trabajo grupal de Historia.
Nos acostamos tardísimo, originalmente iba a dormir en la cama de arriba de la cucheta, pero Emilia me asustó con que si no estaba acostumbrada a las marineras de seguro me caería dormida, mejor acostarme abajo con ella.
Desperté en mitad del sueño con su mano frotándome la bombacha por fuera del pijama, ya habíamos charlado el tema pero nunca en concreto, y menos así. Me hice la dormida, al principio erró el lugar, después no, aumentó el tacto, la circularidad, ahí, me dio algo inenarrable parecido al vértigo, tuve ganas de agarrármela y seguir, Emilia intentó ir por dentro pero me puse boca abajo. Metió una pierna entre las mías y con la otra se enganchó del costado, fregándose, pensé en su mamá agarrándonos así, peor, mi viejo...Me enfrié al punto de cortarla, además, salvo los comatosos, quién no se hubiera despertado.
La lengua de Emilia chocó con mis dientes, parecían menos besos que lamidas, metió un dedo en mi boca y cuando lo sacó ensalivado se lo llevó adentro de la bombacha, lo vi en una porno, dijo. Repetí lo de ella pero con mi saliva. Tardé poco en encontrarme y mucho en coronar el momento, no sé, nervios, me desconcentraba oírla jadear.
Sentí vergüenza pero se la mostré. Es hermosa…y parecidas, agregó. Toqué la suya como si fuese la mía, abrió tanto las piernas que vi su último escondite, igual al ombligo de un bebé.
Las pocas veces que había estado con un chico me había parecido que no sabíamos qué hacer con los genitales del otro, no así con ella, nos reconocimos desde lo más primario del órgano, pulsión de vida, mimé su sexo hasta el calambre.
De postre me pidió encajarse. Nos abotonamos, fue raro, suave, y lógico. Hicimos presión una contra la otra, jugo de luna, besos de concha, tan proverbiales que hasta mucho después me seguí masturbando con la secuencia.
A pesar de que con Emilia escalé a cumbres de placer que pocos novios igualaron, no reincidimos. Por otras amigas de la secundaria me enteré que se recibió de psicóloga y tiene una nena; dicen que el marido da medio gay, pero sólo cuando están borrachas.
Tres días después de la despedida de soltera me caso con Ariel. Para evitar situaciones bochornosas, especialmente con sus amigos, elegimos compartir la despedida, ¿una para los dos? me preguntó ni bien tiré la idea. Al cabo de cuatro charlas y varias de sus preferidas en la cama, accedió al convite mixto.
La wedding planner consigue todo, el salón en Tigre, los y las strippers, regalos de sex shop para sortear, comida, alcohol y la mar en coche. Mi hermana teme que la despedida se desbande y acabe en orgía. Al final es peor la medicina que la peste.
Hace tiempazo que tengo ganas de hacerlo, pero por razones que no vienen al caso siempre arrugo. La psicóloga me sugirió que probara suerte en un boliche de mujeres, o pagarle a una mina. Me asombró, pasado un silencio más expectante que incómodo, preguntó cuál sería mi reacción si me lo sugiriese una amiga. Me reiría y pensaría que es un chiste.
O no.
Es la primera vez en mucho que piso un telo, el tipo de recepción, detrás de una ventanilla blindada, nos extiende la bienvenida y sin más pasa a leer los precios. Si fuese mi novio Ariel elegiría la habitación intermedia sólo para no quedar tan rasca, como somos nosotras vamos con la barata. El tipo sugiere que tomemos la última de las económicas con jacuzzi. Siempre es la última, reímos taradas, y con ganas de coger.
A mi personaje le gusta fumar con boquilla larga. La muy torpe me rasguña la espalda queriéndome desabotonar el corsé. Pide perdón y con su palma fría acaricia la herida. Le contesto con dos latigazos en el lomo, grita pero suena fingido, amago darle de nuevo y se resguarda entre mis botas; esto de la dominatrix es una cagada. Emilia nota mi decepción, sigue hermosa como siempre, las tetas altivas, el culo también, me calienta pensar que de acá se irá a casa con su familia. Eso, y que reconozco su concha.
Si te portás mal te meto la boquilla.
¿Y si soy buena?
Te la saco.
Narrativas de género, y de paso
miércoles, 16 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
viernes, 7 de octubre de 2011
Lamparones (de HiStEriEt@ y efa)
Mi gratitud y aplauso cerrado a
por la ilustración, su estro, y sincronía.
Hace varias semanas me sorprendió la correspondencia de una lectora contándome sobre una situación con el marido. Lo primero que se me vino fue que fabulaba, por qué me lo contás, qué tengo que ver, le pregunté por carta. A los días cayó su réplica, no tiene que ver con vos, maldito ombligo del mundo, me pasó a mí. Pensé que si lo hacías cuento tal vez me ayudaba.
No contesté, qué mierda la iba a ayudar.
* * *
La mujer le dice al marido que, mientras ordenaba el cuarto, encontró su remera de entrecasa con una mancha en la panza. ¿Y?
Tiene un color raro.
¿Comida?
No, parece semen.
El marido se incorpora del sillón y enfila hacia el cuarto, al menos no dijo guasca. La mujer, algo ruborizada, lo mira irse.
Aaaaahhhh, ya sé qué es.
…
Es moco.
Él piensa ¿qué es peor? La mujer piensa la mismo, eso y que en efecto su marido anduvo resfriado. Hace el chiste de llevarle la remera al perro para que huela y dictamine. Sin duda es moco, se pronuncia el marido haciendo la voz del perro.
A la mañana siguiente ella se levanta primero, le gusta la privacidad del baño a esa hora, su marido la encuentra en la cocina un rato después. Se preguntan cómo durmieron y si quiere tostadas.
¿Y ésa otra mancha?
…
¿Qué es?
Debe ser una polución nocturna. ¿Hice ruidos anoche?
Lo tranquiliza el hecho de no tener control sobre lo que segrega dormido. Por fortuna no lo agarró pajeándose en la ducha, mirando pornografía en red, o sobándose en el sillón, eso hubiera sido fatal.
¿Te hago una con mermelada?
No, me cerraste el estómago.
…
¡¡Sacate esa remera!!
Zafé, piensa mientras se cambia. Su mujer se cuestiona con qué clase de animal se casó; y que no ocultará más sus pajas mientras él ronca a pierna suelta.
El perro hace lo mismo que ellos pero nadie se lo reprocha.
viernes, 23 de septiembre de 2011
High Fidelity
Mientras el vicario rezaba por el alma del padre de su ex, devenida amiga, él se enamoraba de una joven asistente al entierro, el rompecabezas de la fémina perfecta.
Dejó de mirarla porque ya era alevoso. Se ubicó junto a su ex, debía consolarla sin que pareciera que tenían algo. En un impasse de lágrimas, teniéndola fuerte de la mano, y fingiendo desinterés, le preguntó por la extraña, ¿no se parece a esa amiga tuya? cómo se llamaba. Pero lo conocía mejor, ¡¿te gusta?! Ssssshhhh, nada que ver, mintió.
Se acercó un anciano, mi pésame, dijo, y la abrazó. Luego otro, condolencias y beso, una mujer en silla de ruedas, lo siento hijita, un niño con una flor. Y en menos de lo que imaginó se armó un corro de dolientes, y él de la mano de la ex.
La fémina perfecta venía cuarta en fila detrás de los compañeros de laburo del muerto, los despachó rápido y antes que pudiera acomodarse el jopo la tuvo ahí.
La ex le clavó las uñas como diciéndole una multiplicidad de cosas, desde sé lo que pensás, pasando por sos un pervertido, hasta no te desubiques. De cerca le pareció más imposible que a la distancia, el nacimiento de Venus, de ahí la recordaba, podía ser la mismís… ¡volvé! gritó la conciencia, justo cuando la diosa besaba a su ex, en una mejilla y en la otra. Que hija d… no me la va a presentar, encima la Venus no había hecho contacto ni siquiera con el rabillo, se inclinó más para aparecer en su campo visual, sintió en la periferia la uña de la ex atravesando la carne, ¡mirame! suplicó. Ella giró para irse y en el movimiento le rozó el pito con la cartera.
Es una cita, pensó triunfante, la Venus se aggiornó a los tiempos y me la tocó, no fue accidental. Sólo debía esperar a que terminase el servicio para invitarla a un café. Un cuarto de hora después, cuando al fin le soltó la mano, y recorrió el lugar a los empujones, descubrió espeluznado que de las sesenta y siete caras, incluyendo la del muerto, ninguna era su fémina. Dónde estás ninfa de la siesta, la invocó, y hasta hubiese gritado su bronca de no ser una ocasión delicada.
Ahora, desahuciado, y con el pito aún palpitante, la oferta de la ex sonaba distinto. Le había pedido que la llevara a casa y se la cogiera bien cogida porque ya no podía más de tristeza. De lo más sentido en mucho tiempo. Además le daba la posibilidad de indagarla sobre Venus.
Trató sin éxito de olvidar la otra confesión, papá te odiaba, qué puta necesidad de decirlo.
Dejó de mirarla porque ya era alevoso. Se ubicó junto a su ex, debía consolarla sin que pareciera que tenían algo. En un impasse de lágrimas, teniéndola fuerte de la mano, y fingiendo desinterés, le preguntó por la extraña, ¿no se parece a esa amiga tuya? cómo se llamaba. Pero lo conocía mejor, ¡¿te gusta?! Ssssshhhh, nada que ver, mintió.
Se acercó un anciano, mi pésame, dijo, y la abrazó. Luego otro, condolencias y beso, una mujer en silla de ruedas, lo siento hijita, un niño con una flor. Y en menos de lo que imaginó se armó un corro de dolientes, y él de la mano de la ex.
La fémina perfecta venía cuarta en fila detrás de los compañeros de laburo del muerto, los despachó rápido y antes que pudiera acomodarse el jopo la tuvo ahí.
La ex le clavó las uñas como diciéndole una multiplicidad de cosas, desde sé lo que pensás, pasando por sos un pervertido, hasta no te desubiques. De cerca le pareció más imposible que a la distancia, el nacimiento de Venus, de ahí la recordaba, podía ser la mismís… ¡volvé! gritó la conciencia, justo cuando la diosa besaba a su ex, en una mejilla y en la otra. Que hija d… no me la va a presentar, encima la Venus no había hecho contacto ni siquiera con el rabillo, se inclinó más para aparecer en su campo visual, sintió en la periferia la uña de la ex atravesando la carne, ¡mirame! suplicó. Ella giró para irse y en el movimiento le rozó el pito con la cartera.
Es una cita, pensó triunfante, la Venus se aggiornó a los tiempos y me la tocó, no fue accidental. Sólo debía esperar a que terminase el servicio para invitarla a un café. Un cuarto de hora después, cuando al fin le soltó la mano, y recorrió el lugar a los empujones, descubrió espeluznado que de las sesenta y siete caras, incluyendo la del muerto, ninguna era su fémina. Dónde estás ninfa de la siesta, la invocó, y hasta hubiese gritado su bronca de no ser una ocasión delicada.
Ahora, desahuciado, y con el pito aún palpitante, la oferta de la ex sonaba distinto. Le había pedido que la llevara a casa y se la cogiera bien cogida porque ya no podía más de tristeza. De lo más sentido en mucho tiempo. Además le daba la posibilidad de indagarla sobre Venus.
Trató sin éxito de olvidar la otra confesión, papá te odiaba, qué puta necesidad de decirlo.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Métodos para matar a un perro que no deja de ladrar
Ojalá fuera tan fácil, ojalá no lo carcomiese la culpa, ojalá dejara de mentir y de usar la palabra “ojalá”. Justo él que se llenaba la boca de amor a todas las criaturas, y además vivía con un perro, Domingo, que, aunque viejo y medio sordo, era su hijo. Justo él, sin tanto remordimiento como pareciera, había decidido asesinar a Blanqui, el mestizo de la vecina.
En algún nivel, que no reconocía en público, creía que si no lo hacía acabaría matando a la vieja, y que tanto desprecio por el perro, plenamente justificado, era también transferencia de la aprensión que sentía por la dueña de Blanqui.
Ponerse a evocar las disputas lo ponía de pésimo humor, la medianera, los caños rotos, las palomas cagándole su entrada porque ella les tiraba migas, la vez que llamó a la policía porque gritaba con su novia, y después anduvo diciendo que era golpeador, y otros episodios con exacto resultado, siempre mal parado, o en falta, o con reputación de mierda. Otro tanto le cabía por el mestizo, el más perverso ladrador que había conocido, ante el mínimo sonido, desde música, ruido de cacerolas, o el timbre, hasta conversaciones en voz baja que no se explicaba cómo las oía, y ladraba, Blanqui, apócope de blanquito, nunca cerraba el pico.
Lejos habían quedado los intentos de razonar con ella, al principio se mostraba receptiva y condescendiente frente a sus reclamos, aunque ni bien se iba nada cambiaba, y el maldito Blanqui volvía a chumbar, con más ganas, como vengándose de las quejas, de haberlo delatado ante la dueña.
Probó aunarse con los vecinos, y sólo le sirvió para descubrir la infausta verdad, no querían verlo, ni oír siquiera su versión de los hechos, el lavado cerebral era magnífico, vencido por una vieja, sin duda la había subestimado, no había previsto su antigüedad en el barrio y la influente oratoria sobre todos los que vivían en la cuadra, él era el intolerante, enemigo público.
Los alaridos de Blanqui a la luna le trajeron más que insomnio, mala performance en el trabajo, falto de atención, irritabilidad y un llamativo descuido en su apariencia, el otrora oficinista exitoso había dejado su silla al actual inseguro manojo de nervios que consideraba seriamente mudarse de casa, otro barrio, otro inicio, escapar de ahí.
Ya había considerado la opción “matar al mestizo”, de hecho tenía algunas técnicas ensayadas en la mente, todas variantes con veneno, y aunque parecían efectivas, como el bofe rociado de arsénico, dejaban rastros del plan. También analizó sobornar al paseador de Blanqui para que lo devolviese muerto, fruto de algún accidente creíble, pero con su suerte seguro que acababa denunciado, y ahí sí lo echaban del barrio. Mejor que delegar es hacer, se dio ánimo, y sin demasiado análisis más que lo antedicho, eligió la tercera opción, una que lo obligaba a tomar las riendas en primera persona. Operativo comando a lo de la vecina, secuestro del can, y posterior muerte, como método se había inclinado por asfixiarlo con una almohadón; y para deshacerse del cuerpo debía cavar una pequeña fosa en el jardín. La idea de enterrar la evidencia en los límites de su propiedad no lo convencía en absoluto, era previsible y condenatorio, pero tampoco se veía transportando el cadáver por el vecindario, mejor guardar a Blanqui hasta que todo se calme, razonó, y si después quería moverlo, bueno, sería más sencillo. Previendo el escenario ya tenía una bolsa de cal lista.
Esperó casi un mes hasta el verano, y una de esas noches de extremo calor y humedad, cuando la vieja abría la puerta para que el mestizo fuese a dormir más fresco al jardín, lo atacó por detrás; previo salto de medianera y un rato agazapado en la oscuridad. Pensó que lo detectaría por el olor o sus pasos ruidosos, no ocurrió, dormía profundo, y cuando estuvo a un palmo le asestó un cachiporrazo en la cabeza. Mientras miraba a Blanqui inconsciente sobre la gramilla sintió un dejo de lástima, que se fue ni bien lo asaltó la duda, ¿debía seguir con la misión, secuestro seguido de muerte y entierro, o prefería rematarlo ahí mismo? Menuda sorpresa se llevaría la vieja al encontrarlo descraneado en el jardín. Por más tentado que estuvo eligió distinto, abrió el bolso y guardó a Blanqui. Era la primera vez que sus manos tocaban al insoportable animal.
Domingo, su perro de trece años, que había heredado el nombre por un fabuloso parecido al general Perón, estaba en el living cuando él entró. Raro, pues hacía tiempo que no se aventuraba a la casa, según su dueño poseía noción de la vejez y, al igual que los elefantes, se había retirado al cementerio, el jardín trasero, donde hacía lo suyo sin estorbar a la manada. Y sin embargo ahí estaba él, agitando el rabo, husmeando el bolso.
Lo mandó afuera sin éxito, le preguntó qué carajo le pasaba, a lo que contestó con dos ladridos, hacía cuánto que no ladraba, se sorprendió. Dejó el bolso sobre la mesa y enfiló a la cocina, lo distraería con comida mientras él terminaba con Blanqui, no mordió el anzuelo, es más aprovechó el descuido y con una agilidad inusitada saltó sobre la mesa. El otro volvió corriendo y de un sopapo lo mandó al rincón. Algo se sintió muy mal dentro suyo, desde cuándo golpeaba al perro, era como pegarle a un hijo, peor, a un hijo viejo. Fue hasta él y trató de consolarlo con caricias, le pidió perdón, no me mires así, se defendió de los ojos suplicantes de Domingo, no puedo mostrarte ¿entendés?
Finalmente abrió el bolso y dejó que viera al inconsciente Blanqui, este es el hijo de puta que no deja de ladrar, lo alzó del lomo y recién a la luz notó lo sucio y flaco que estaba, lo palpó debajo de la axila, respiraba. Domingo, trepado a la silla y las orejas bajas, señal de mansedumbre, alternaba miradas ansiosas a su dueño y al invitado. Tardó un rato en persuadir al general por las buenas de que volviese al jardín. Llevó a Blanqui a la habitación, sobre la cómoda, pasó por el baño a lavarse y del living se trajo el almohadón grande. Había imaginado la secuencia de muerte una y otra vez, y en todas lo hacía con pulcra inhumanidad, sin remordimiento. Pero no había previsto la aparición estelar de Domingo, con la mirada más bonachona del orbe, le había dicho su viejo cuando se lo regaló trece años atrás. Bloqueó el recuerdo. Con la izquierda sujetó a Blanqui, que ya se removía, en la derecha tenía el almohadón, rápida y casi indolora era la muerte que tenía para ofrecerle, se acercó más, vio los ojos todavía idos del mestizo, la lengua afuera, tomó aire, 1, 2, y antes del 3 se lanzó.
Domingo ladraba alevoso, se mandó ni bien abrió la puerta, ¿qué querés? olisqueaba todo, a él en especial, el culo y las manos. Le hizo unas caricias y salió al jardín. Noche estrellada, cada vez se ven menos, pensó. Domingo seguía adentro, seguro que había olfateado el camino hasta la habitación, y cuando oyera ladridos era que había descubierto a Blanqui comiendo de su antiguo tazón. Que además era ella, Blanquita, de ahí la desesperación del general.
Buscó razones pero se quedó con la más elemental, no lo había sentido; se consoló repasando el nuevo plan, con Blanqui de su lado la iba a pagar doble. ¿Por qué no ladran? pensó ir adentro a buscarlos, están bien, retrucó. Domingo es un político de raza.
Las estrellas parecían más intrigantes. Casi un final feliz.
En algún nivel, que no reconocía en público, creía que si no lo hacía acabaría matando a la vieja, y que tanto desprecio por el perro, plenamente justificado, era también transferencia de la aprensión que sentía por la dueña de Blanqui.
Ponerse a evocar las disputas lo ponía de pésimo humor, la medianera, los caños rotos, las palomas cagándole su entrada porque ella les tiraba migas, la vez que llamó a la policía porque gritaba con su novia, y después anduvo diciendo que era golpeador, y otros episodios con exacto resultado, siempre mal parado, o en falta, o con reputación de mierda. Otro tanto le cabía por el mestizo, el más perverso ladrador que había conocido, ante el mínimo sonido, desde música, ruido de cacerolas, o el timbre, hasta conversaciones en voz baja que no se explicaba cómo las oía, y ladraba, Blanqui, apócope de blanquito, nunca cerraba el pico.
Lejos habían quedado los intentos de razonar con ella, al principio se mostraba receptiva y condescendiente frente a sus reclamos, aunque ni bien se iba nada cambiaba, y el maldito Blanqui volvía a chumbar, con más ganas, como vengándose de las quejas, de haberlo delatado ante la dueña.
Probó aunarse con los vecinos, y sólo le sirvió para descubrir la infausta verdad, no querían verlo, ni oír siquiera su versión de los hechos, el lavado cerebral era magnífico, vencido por una vieja, sin duda la había subestimado, no había previsto su antigüedad en el barrio y la influente oratoria sobre todos los que vivían en la cuadra, él era el intolerante, enemigo público.
Los alaridos de Blanqui a la luna le trajeron más que insomnio, mala performance en el trabajo, falto de atención, irritabilidad y un llamativo descuido en su apariencia, el otrora oficinista exitoso había dejado su silla al actual inseguro manojo de nervios que consideraba seriamente mudarse de casa, otro barrio, otro inicio, escapar de ahí.
Ya había considerado la opción “matar al mestizo”, de hecho tenía algunas técnicas ensayadas en la mente, todas variantes con veneno, y aunque parecían efectivas, como el bofe rociado de arsénico, dejaban rastros del plan. También analizó sobornar al paseador de Blanqui para que lo devolviese muerto, fruto de algún accidente creíble, pero con su suerte seguro que acababa denunciado, y ahí sí lo echaban del barrio. Mejor que delegar es hacer, se dio ánimo, y sin demasiado análisis más que lo antedicho, eligió la tercera opción, una que lo obligaba a tomar las riendas en primera persona. Operativo comando a lo de la vecina, secuestro del can, y posterior muerte, como método se había inclinado por asfixiarlo con una almohadón; y para deshacerse del cuerpo debía cavar una pequeña fosa en el jardín. La idea de enterrar la evidencia en los límites de su propiedad no lo convencía en absoluto, era previsible y condenatorio, pero tampoco se veía transportando el cadáver por el vecindario, mejor guardar a Blanqui hasta que todo se calme, razonó, y si después quería moverlo, bueno, sería más sencillo. Previendo el escenario ya tenía una bolsa de cal lista.
Esperó casi un mes hasta el verano, y una de esas noches de extremo calor y humedad, cuando la vieja abría la puerta para que el mestizo fuese a dormir más fresco al jardín, lo atacó por detrás; previo salto de medianera y un rato agazapado en la oscuridad. Pensó que lo detectaría por el olor o sus pasos ruidosos, no ocurrió, dormía profundo, y cuando estuvo a un palmo le asestó un cachiporrazo en la cabeza. Mientras miraba a Blanqui inconsciente sobre la gramilla sintió un dejo de lástima, que se fue ni bien lo asaltó la duda, ¿debía seguir con la misión, secuestro seguido de muerte y entierro, o prefería rematarlo ahí mismo? Menuda sorpresa se llevaría la vieja al encontrarlo descraneado en el jardín. Por más tentado que estuvo eligió distinto, abrió el bolso y guardó a Blanqui. Era la primera vez que sus manos tocaban al insoportable animal.
Domingo, su perro de trece años, que había heredado el nombre por un fabuloso parecido al general Perón, estaba en el living cuando él entró. Raro, pues hacía tiempo que no se aventuraba a la casa, según su dueño poseía noción de la vejez y, al igual que los elefantes, se había retirado al cementerio, el jardín trasero, donde hacía lo suyo sin estorbar a la manada. Y sin embargo ahí estaba él, agitando el rabo, husmeando el bolso.
Lo mandó afuera sin éxito, le preguntó qué carajo le pasaba, a lo que contestó con dos ladridos, hacía cuánto que no ladraba, se sorprendió. Dejó el bolso sobre la mesa y enfiló a la cocina, lo distraería con comida mientras él terminaba con Blanqui, no mordió el anzuelo, es más aprovechó el descuido y con una agilidad inusitada saltó sobre la mesa. El otro volvió corriendo y de un sopapo lo mandó al rincón. Algo se sintió muy mal dentro suyo, desde cuándo golpeaba al perro, era como pegarle a un hijo, peor, a un hijo viejo. Fue hasta él y trató de consolarlo con caricias, le pidió perdón, no me mires así, se defendió de los ojos suplicantes de Domingo, no puedo mostrarte ¿entendés?
Finalmente abrió el bolso y dejó que viera al inconsciente Blanqui, este es el hijo de puta que no deja de ladrar, lo alzó del lomo y recién a la luz notó lo sucio y flaco que estaba, lo palpó debajo de la axila, respiraba. Domingo, trepado a la silla y las orejas bajas, señal de mansedumbre, alternaba miradas ansiosas a su dueño y al invitado. Tardó un rato en persuadir al general por las buenas de que volviese al jardín. Llevó a Blanqui a la habitación, sobre la cómoda, pasó por el baño a lavarse y del living se trajo el almohadón grande. Había imaginado la secuencia de muerte una y otra vez, y en todas lo hacía con pulcra inhumanidad, sin remordimiento. Pero no había previsto la aparición estelar de Domingo, con la mirada más bonachona del orbe, le había dicho su viejo cuando se lo regaló trece años atrás. Bloqueó el recuerdo. Con la izquierda sujetó a Blanqui, que ya se removía, en la derecha tenía el almohadón, rápida y casi indolora era la muerte que tenía para ofrecerle, se acercó más, vio los ojos todavía idos del mestizo, la lengua afuera, tomó aire, 1, 2, y antes del 3 se lanzó.
Domingo ladraba alevoso, se mandó ni bien abrió la puerta, ¿qué querés? olisqueaba todo, a él en especial, el culo y las manos. Le hizo unas caricias y salió al jardín. Noche estrellada, cada vez se ven menos, pensó. Domingo seguía adentro, seguro que había olfateado el camino hasta la habitación, y cuando oyera ladridos era que había descubierto a Blanqui comiendo de su antiguo tazón. Que además era ella, Blanquita, de ahí la desesperación del general.
Buscó razones pero se quedó con la más elemental, no lo había sentido; se consoló repasando el nuevo plan, con Blanqui de su lado la iba a pagar doble. ¿Por qué no ladran? pensó ir adentro a buscarlos, están bien, retrucó. Domingo es un político de raza.
Las estrellas parecían más intrigantes. Casi un final feliz.
sábado, 27 de agosto de 2011
Limbo
El abuelo Floreal me dijo que no le creyera a la maestra de catecismo, después discutió con mamá y papá porque me obligaban a atender esa clase, y hasta pasó unos fines de semana sin venir a verme, pero terció la abuela Pilar y todo volvió a como era, ellos retomaron la visita del domingo y yo tomé la comunión a fin de año como habían previsto, luego vino la confirmación y todo el secundario en un colegio de curas, donde catequesis era disciplina obligatoria.
Tiempazo después de aquella disputa, un domingo de mates solos, me animé a interrogar a Floreal sobre sus dichos, pensé que nunca ibas a preguntar, contestó, en aquél entonces eras muy chico, no debí haberte mezclado. Hizo una pausa, pitó de la bombilla y maldijo porque alguien había mezclado azúcar en el agua, me convidó uno con la advertencia de que estaba dulce. ¿Sabías que antes de la abuela estuve casado? No, cómo iba a saberlo, dije impaciente. Se llamaba Alma, fue mi primera novia, desde los catorce a los dieciocho, después que conseguí trabajo de zapatero nos casamos, y cuando pensaba que nuestra felicidad era completa, murió. Imaginé que diría algo de ese tenor, pero actué sorpresa, qué pasó. La atropelló un tranvía, de lo más inusual, dicen que se tiró. ¿Se suicidó? Yo no les creí.
Justo en la parte buena aparecieron mamá y la abuela Pilar que venían de la confitería con facturas para el té, lo seguimos la próxima, clausuró el abuelo. No me obsesioné pero sí le dediqué unos ratos, a qué venía el cuento, o mejor, cómo se relacionaba la muerte de Alma con aquella disputa por la comunión y catecismo, además, por qué no creyó lo del suicidio. Estuve tentado en recurrir a papá o mamá, no, mejor papá, pero honré el pacto de silencio con Floreal. Para peor llovió a mares el domingo y suspendieron, otra semana de espera.
¿Lo sabe la abuela? Claro, contestó sobrando. Caminábamos hacia la feria, en realidad sabe lo justo, corrigió. Seguimos unas cuadras sin hablar, él miraba al piso, a mí me distrajo el recuerdo de la chica del puesto de artesanías, esperaba que estuviese donde siempre.
Lo del tranvía nunca lo tragué, estábamos enamorados, aseguró, como si el sentimiento anulara la posibilidad de matarse, me dio algo, entre pena y vergüenza, después fue toda vergüenza cuando esbozó la teoría de un amigo policía, quizás había sido obra de un adoquín sobresalido en la calle, un fatal tropiezo hasta las vías, sino no se entiende; a pesar que tuve ganas de decirle que era una explicación improbable me callé.
Paramos en el puesto de revistas, fiel a su corazón cachivachero compró el diario “segundamano”. ¿Qué tiene que ver lo de Alma con el catecismo y la pelea con papá y mamá? resumí lo mejor que pude. ¿Nos sentamos ahí? señaló un banco de plaza.
Nunca había estado más triste, ni siquiera cuando murió mamá, tu bisabuela. No te voy a contar las aberraciones que hice en ese tiempo; y todo por la locura de perderla. Me sonó a letra de tango. Hasta que una mañana vi algo…demencial, una carta de Alma… ¡una carta de Alma! ¿entendés? la había escrito en el espejo empañado del botiquín, mientras me bañaba…se quedó esperando una reacción. No te creo, es como cuando era chico y me contabas historias que te habían pasado, eran cuentos, argumenté. Ya no sos chico, por qué voy a inventarlo. ¿La viste a Alma? No, sólo la carta en el espejo, parecía sincero y molesto por mi desconfianza. ¿Qué decía? Que estaba demorada, la tenían cautiva en un pabellón junto a otros. ¿Muertos? irrumpí. Otras almas, aparentemente habían elegido mal, en vez de tomar la senda oscura habían tomado el camino de luz, ¿te das cuenta? es un engaño. No quise contestar con una negativa así que hice mutis, Floreal me escrutaba serio. La palabra exacta que escribió Alma fue “barracas”, ahí los tenían, viejos, jóvenes, bebés que no llegaron a nacer. Pssst, ahí no te creo, ¿Alma dijo lo de los bebés? Hizo un gesto de aprobación, no, eso lo agregué yo. El caso es que lo que aprendiste en la iglesia está mal, esconden o ignoran lo que sucede cuando se bifurca la senda, el cruce primordial, ¿ahora entendés la discusión? De qué tamaño era el espejo, cambié de tema, una carta bastante extensa para estar escrita con vapor en el botiquín, ¿es un cuento, no? insistí. No predije su reacción, descruzó las piernas, buscó el horizonte con la mirada y se fue, encima tampoco apareció la chica de las artesanías.
No se habló más, tuve ganas de contrastar con la abuela Pilar o preguntarle a papá sobre la verdad de aquella discusión, no sucedió, parte porque preferí cuidar el lazo con Floreal y el resto por miedo al ridículo.
Recién cuando se puso muy viejo retomó la historia, me preguntó si recordaba a Alma. Claro, por qué. Nunca te conté el final, querés saberlo. Asentí. No tiene final, al menos no en esta vida, la carta en el espejo fue menos un grito de rescate que una advertencia, al fin todo se reduce a una elección, ahí no cuenta si hiciste las paz con dios antes de morir, qué camino vas a tomar. Qué camino vas a tomar, repetí medio idiota. Después él rió y seguimos con el mate en silencio.
Durante el velatorio de Floreal la abuela Pilar me dijo que había dejado un sobre para mí, son papeles, mató la sorpresa, ¿lo abriste? con un dejo de reproche. No, categórica, la vista fija en la cruz de madera frente a nosotros. ¿Qué dirá?
Me importa un pito, era un picaflor y un mentiroso.
Tiempazo después de aquella disputa, un domingo de mates solos, me animé a interrogar a Floreal sobre sus dichos, pensé que nunca ibas a preguntar, contestó, en aquél entonces eras muy chico, no debí haberte mezclado. Hizo una pausa, pitó de la bombilla y maldijo porque alguien había mezclado azúcar en el agua, me convidó uno con la advertencia de que estaba dulce. ¿Sabías que antes de la abuela estuve casado? No, cómo iba a saberlo, dije impaciente. Se llamaba Alma, fue mi primera novia, desde los catorce a los dieciocho, después que conseguí trabajo de zapatero nos casamos, y cuando pensaba que nuestra felicidad era completa, murió. Imaginé que diría algo de ese tenor, pero actué sorpresa, qué pasó. La atropelló un tranvía, de lo más inusual, dicen que se tiró. ¿Se suicidó? Yo no les creí.
Justo en la parte buena aparecieron mamá y la abuela Pilar que venían de la confitería con facturas para el té, lo seguimos la próxima, clausuró el abuelo. No me obsesioné pero sí le dediqué unos ratos, a qué venía el cuento, o mejor, cómo se relacionaba la muerte de Alma con aquella disputa por la comunión y catecismo, además, por qué no creyó lo del suicidio. Estuve tentado en recurrir a papá o mamá, no, mejor papá, pero honré el pacto de silencio con Floreal. Para peor llovió a mares el domingo y suspendieron, otra semana de espera.
¿Lo sabe la abuela? Claro, contestó sobrando. Caminábamos hacia la feria, en realidad sabe lo justo, corrigió. Seguimos unas cuadras sin hablar, él miraba al piso, a mí me distrajo el recuerdo de la chica del puesto de artesanías, esperaba que estuviese donde siempre.
Lo del tranvía nunca lo tragué, estábamos enamorados, aseguró, como si el sentimiento anulara la posibilidad de matarse, me dio algo, entre pena y vergüenza, después fue toda vergüenza cuando esbozó la teoría de un amigo policía, quizás había sido obra de un adoquín sobresalido en la calle, un fatal tropiezo hasta las vías, sino no se entiende; a pesar que tuve ganas de decirle que era una explicación improbable me callé.
Paramos en el puesto de revistas, fiel a su corazón cachivachero compró el diario “segundamano”. ¿Qué tiene que ver lo de Alma con el catecismo y la pelea con papá y mamá? resumí lo mejor que pude. ¿Nos sentamos ahí? señaló un banco de plaza.
Nunca había estado más triste, ni siquiera cuando murió mamá, tu bisabuela. No te voy a contar las aberraciones que hice en ese tiempo; y todo por la locura de perderla. Me sonó a letra de tango. Hasta que una mañana vi algo…demencial, una carta de Alma… ¡una carta de Alma! ¿entendés? la había escrito en el espejo empañado del botiquín, mientras me bañaba…se quedó esperando una reacción. No te creo, es como cuando era chico y me contabas historias que te habían pasado, eran cuentos, argumenté. Ya no sos chico, por qué voy a inventarlo. ¿La viste a Alma? No, sólo la carta en el espejo, parecía sincero y molesto por mi desconfianza. ¿Qué decía? Que estaba demorada, la tenían cautiva en un pabellón junto a otros. ¿Muertos? irrumpí. Otras almas, aparentemente habían elegido mal, en vez de tomar la senda oscura habían tomado el camino de luz, ¿te das cuenta? es un engaño. No quise contestar con una negativa así que hice mutis, Floreal me escrutaba serio. La palabra exacta que escribió Alma fue “barracas”, ahí los tenían, viejos, jóvenes, bebés que no llegaron a nacer. Pssst, ahí no te creo, ¿Alma dijo lo de los bebés? Hizo un gesto de aprobación, no, eso lo agregué yo. El caso es que lo que aprendiste en la iglesia está mal, esconden o ignoran lo que sucede cuando se bifurca la senda, el cruce primordial, ¿ahora entendés la discusión? De qué tamaño era el espejo, cambié de tema, una carta bastante extensa para estar escrita con vapor en el botiquín, ¿es un cuento, no? insistí. No predije su reacción, descruzó las piernas, buscó el horizonte con la mirada y se fue, encima tampoco apareció la chica de las artesanías.
No se habló más, tuve ganas de contrastar con la abuela Pilar o preguntarle a papá sobre la verdad de aquella discusión, no sucedió, parte porque preferí cuidar el lazo con Floreal y el resto por miedo al ridículo.
Recién cuando se puso muy viejo retomó la historia, me preguntó si recordaba a Alma. Claro, por qué. Nunca te conté el final, querés saberlo. Asentí. No tiene final, al menos no en esta vida, la carta en el espejo fue menos un grito de rescate que una advertencia, al fin todo se reduce a una elección, ahí no cuenta si hiciste las paz con dios antes de morir, qué camino vas a tomar. Qué camino vas a tomar, repetí medio idiota. Después él rió y seguimos con el mate en silencio.
Durante el velatorio de Floreal la abuela Pilar me dijo que había dejado un sobre para mí, son papeles, mató la sorpresa, ¿lo abriste? con un dejo de reproche. No, categórica, la vista fija en la cruz de madera frente a nosotros. ¿Qué dirá?
Me importa un pito, era un picaflor y un mentiroso.
sábado, 20 de agosto de 2011
El espejo de la Luna
En http://elespejodelaluna.blogspot.com/ de la librepensadora, poetisa y entrañable Marisa pueden leer un breve inédito de Matinée, es una pieza distinta a los usuales arrebatos que posteo, por eso me pareció que iría mejor en su inspirado blog. Mi sentido agradecimiento a la Nefertiti de las letras.
Salud!
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