Narrativas de género, y de paso

sábado, 1 de enero de 2011

Las Martellianas I

Abrió el cajón de la ropa interior, el último calzoncillo, ayer se había quedado sin medias, ojeó impávido la pila de ropa sucia, se calzó la remera sin mangas, el pantalón azul y enfiló a la cocina. Mate y pan viejo con mermelada. A las once se echó de nuevo en la cama, debía bañarse, la seborrea capilar le daba un picor feroz, eso y el hedor en cierne. Recién al mediodía se duchó con agua fría y cortó las uñas de los pies, pocas cosas le daban más tedio que acicalarse, las dejó regadas por el piso.
El gato que le habían obsequiado para un cumpleaños ahora malvivía en el balcón, lo había desterrado de puro aburrimiento y maldad, confinado hasta que decidiera quitarse la vida. Excretaba en una maceta gigante infesta de moscas que volaban hasta el sexto piso seducidas por el aroma. Ocasionalmente mordisqueaba algún bicho o cazaba palomas que se posaban en la baranda.
Desde que la doméstica había renunciado nadie limpiaba la covacha. Siempre y cuando no hubiese alimañas estaba bien, o si había que no superasen las escala de cucarachas. Miró en rededor, una inmundicia hubiese opinado su madre, pero él no era su progenitora, ni su padre, ni sus hermanas que hacía tiempazo lo habían excluido del círculo familiar.
Sonó el timbre, de seguro oiría la aflautada voz del encargado recordándole que adeudaba dos meses de expensas, no se mosqueó, andaba abstraído con un grillo preso de la red de su amiga araña, la del rincón junto al mueble, al menos ella tenía alimento.
De la parva de platos apiñados en la bacha sólo lavó lo necesario para comer, la olla. Calentó agua, echó cuatro salchichas y cuando estuvieron listas las hizo panchos de pan viejo. Y ese festín acompañado de té frío, costumbre heredada de una novia saudita, no cualquier infusión, de floripondio.
Se le antojó que su mascota no arañaba el ventanal pidiendo atención, sino que pintaba sobre el lienzo del vidrio, de hecho reconoció un cielo estrellado y una campiña.
Se quedó sin luz, recordó el timbre que no atendió, tal vez no había sido el encargado sino los de la compañía eléctrica avisando el corte. No se recriminó por la dejadez, salió al balcón, pateó al gato de su camino, esquivó sus desechos y gritó. No gritó porque lo había olvidado. En eso avizoró una puerta en el cielo hecha de nubes, pero cuando se disponía a abrirla, el gato lo devolvió mordiéndole el tobillo, alevoso, porque se quedó prendido hasta que lo golpeó con puño cerrado. ¡¡No debería pasar esto, yo te quería, se suponía que fuésemos hermanos, tu y yo, Tommy!! parodió la célebre escena de Rocky V mientras su otrora mascota danzaba grogui entre las piernas.
Rajó al baño a desinfectarse, temía emular el personaje de Trainspotting que moría de toxoplasmosis por culpa de una cría de gato. Se las ingenió con alcohol fino y algodón que se había vuelto beige. Tal vez ya lo tenía en la sangre. Se imaginó astillando el espejo del botiquín y con el pedazo más filoso degollando a la bestia, registró la idea en una nota mental.
Cenó bizcochos con mate a la luz de las únicas dos velas que tenía, una en la cocina y la otra en el living sobre la mesa ratona, entre la yerba y las migas del plato.
Tuvo un sueño orgiástico, pero más fantástico que las ocho nereidas, coloradas, blondas, morenas, y una de cráneo rasurado que la chupaba con tanta maestría que veía bella su calva. Más que la secuencia fue descubrir que crecían ramificaciones de su pito, retoñaban nuevos pitos, tantos como féminas por batallar. Lástima que justo antes de que las ocho acabasen bien guarras, abrió los ojos.
Fue una alerta olfativa, algo estaba en llamas, en el living encontró el ventanal roto y la alfombra regada de vidrios, demasiado para la fuerza del gato ¿y el gato? no lo vio. Y en la cocina ardía el origen, la cortina, tanto que el fuego caminaba el techo. Sintió lenguas del Averno derritiéndolo, y sus pies inútiles para fugarse, se le prendió el pelo y la piel se ampolló, pero no gritó, sentó las nalgas, cruzó las piernas y dijo, creo que me acostumbraré, sin risas de fondo.
Faltaría a la verdad si dijera que la mascota quería salvarlo, más bien matarlo, pero no calculó que su mordida al cuello lo quitaría del trance.
Sedó a la bestia de un trompazo y la usó de escudo contra el calor y la humareda, en poco se propagaría, pensó mientras parapetaba la salida del fuego con la mesa del living, las sillas y hasta la tele con tal de contenerlo en la cocina.
Somos nosotros, le dijo teatralmente al felino mientras lo arrastraba medio chamuscado hacia el balcón. Lo que hacemos en vida resuena en la eternidad, parafraseó la arenga de Gladiator; y sin más aspaviento saltaron abrazados al vacío. Menos por suicidio que escapando del incendio, él pensó que podía amortiguar la caída con el gato.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Inefable Marte

El aire se quebró; precipitadas partículas girando frenéticas. De la paradoja sideral, ese espacio anacrónico, apareció un hombre. Así debe haber sido, pensó Vic.
O bien era el Adán de Marte, sin su otra mitad, o el marciano residual, el último de una especie diezmada por alguna peste cósmica o una raza invasora. Sino qué otra explicación racional existía.
Por supuesto que en ambos casos poco importaba el aspecto humano de Vic, pues según su paradigma nadie había probado aún que el homo sapiens no fuese originario de Marte. Tal vez él era en carne y hueso la irrefutable evidencia y por eso lo mantenían en cautiverio. Algo muy nefasto debía haber hecho para ser deportado a ese escondrijo del cosmos; y se entristeció aún más yaciendo boca arriba.
Al rato, primero difuso y luego en foco, visualizó el conocido techo. Había dormido, sí, dormí, y a esa altura cualquier acción por nimia que fuese era sometida al más exhaustivo análisis. Nuevamente aparecieron las certezas. Sabía, de la misma forma que aún balbuceaba su nombre, que estaba en Marte. Además si el paisaje que advertía desde el único ventanal del corredor no era la típica postal marciana, entonces todo el imaginario sobre el planeta rojo había sido una falaz puesta en escena. Una y mil veces había repasado lo que sus incrédulos ojos miraban.
Frente a Vic el mítico valle, la meca de las rocas. En varias sobresalían peñascos de apariencia animal. La silueta del sapo en un elevado montículo era idéntica a la de sus sueños. Otra constante eran las hendiduras que cuarteaban el suelo como riachos. Eso y unos solemnes cráteres lo seguían amedrentando como la primera vez que los había visto hacía ya...
¡Mierda! si pudiese despejar la ecuación temporal. Infructuosamente había buscado el sol para acotar unidades reconocibles. Mas la ausencia del mismo, al menos desde su localización, había truncado su idea de días similares a los terráqueos.
De hecho subsistía una demencial y perpetua diurnidad y a no ser que los momentos nocturnos, nunca vistos, coincidieran con los lapsos en que dormitaba, no tenía palabras más que suponer que las noches marcianas eran parte del día, pura luz, sin luna a quien aullarle. La liviandad con que barajaba apócrifas teorías lo espeluznaba más a él que a nadie, siempre y cuando nadie existiese además de él.
Luego despertó habiendo olvidado cuándo se había entregado al sueño. Hasta una fracción antes andaba reseñando la topografía exterior y ahora contemplaba extrañado su prisión, que Vic describió así.
Un pasillo. A veces parece cónico, otras un dodecaedro. El lugar es naranja, todo es naranja, menos ellos. Ocho portales, ocho hoyos negros, soy su preso. No acusan contornos reconocibles. He llegado a pensar que tienen la capacidad de trasladarse. Acechan.
Visto un uniforme de una sola pieza, manga larga y sin cierre. No descubrí micrófonos cosidos u otros trasmisores. El traje es indestructible, procuré rasgarlo sin éxito en un brote psicótico. No se distinguen costuras o identificación que devele su origen. Dentro de él estoy desnudo.
Vic soñó una serie de imágenes inconexas. Cuando recobró la conciencia se indagó si efectivamente había vivido todo lo transcurrido en la ensoñación o acaso era él un mero receptáculo de memorias implantadas.
En el sueño vio el universo y le pareció pequeño, la voz de mamá y las nanas del viejo, los cuentos de la infancia escritos en cursiva, sus cartas, la bicicleta roja y el perro, vampiros, hundirse en la arena, la escuela, el colchón roto de saltar, paños en la frente, los reyes, un gato ahogado, la letra de coros juveniles, besos en un árbol, fotos familiares, el diente que Carolina se rompió por su culpa, la sangre de ella, mujeres y algunas desconocidas, dos policías muertos o dormitando, la parte animal, una cadena perpetua, su estertor, un vientre por dentro, el nombre de su hija, Dios tuteándolo, el mar, Natalia, cielo abierto, tuvo alas, expuso frente a un auditorio, guardó lágrimas, los pies helados en la cama, fue mosca, apretó botones, recitó su escrito, enterraron a alguien parecido a él, nació con el cosmos, vacuidad, él siendo cohete, la Tierra, su primera palabra, la evocación del amor y el poniente en Marte.
Despertó con la singular impresión de haber comido. Cuando eso ocurría Vic desvariaba que de algún sitio del claustro emergía una sonda que se acoplaba a su traje e irrigaba potajes con vitaminas y narcóticos. Es más juraba que así era ya que se sentía aguijoneado. Y ninguna gracia le causaba la mención de un conducto dentro de su organismo.
Los ocho portales le hicieron una reverencia y ensayaron un saludo. Vic no pudo precisar si dijeron el inesperado “hola” o lo hicieron telepáticamente.
Sopesó las opciones. Podía cruzarlos, transmigrarse hasta el mismísimo confín, o…Los agujeros lo succionaron de una vez.
Se traspuso a una camilla donde un mortecino haz lo exponía más que su desnudez, lo inyectaron y oyó sobre una travesía, luego las células se disgregaron y desapareció. También fue luz y sonido, descubrió la curvatura universal, supo de omnisciencia y halló su memoria.
En otro momento estuvo en Marte, vio su noche y hasta dicen que murió.

* * *
Los colonizadores que viajaron años luz para fundar el primer asentamiento en suelo rojo, comentaron sobre Vic.
En una excursión de reconocimiento vimos el perfil de una criatura que brincaba entre los riscos y aullaba en dialecto. Más tarde leímos en un comunicado de la central que recibiríamos literatura sobre él, poesía mayormente, aunque nunca llegó; comentaban los Harrison, un matrimonio de excéntricos agricultores que se suicidaron al no hallar tierra fértil en el astro rubí.
Durante las siguientes generaciones se gestó la leyenda, las ficciones sobre Vic. Las de intriga tecnológica se referían al ilustre preso condenado a muerte y convertido en experimento; los alcances de la tele transportación a partir de la división celular.
La que prefiere este narrador habla sobre el original poblador marciano, ermitaño de las estepas; el mismo que un día despertó siendo Marte.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La habitación triangular

Así la nombré cuando entré a ella. Mi novia la usaba de baulera, la cama de una plaza, una máquina de ejercicio, dos muebles tapados, la bici roja y algunas cajas marrones. Le dije que desperdiciaba el ambiente, sino sabía qué hacer con los trastos podía donarlos, o al ropavejero, que nos despertaba con su vozarrón todos los domingos.
Yo quería un salón de juegos, mini pool, metegol, flippers y la tele, en cambio primó el buen juicio de mi compañera, optamos por el cuarto de huéspedes, que a futuro sería el aposento del primogénito.
La verdad es que nos queríamos, la mayor parte del tiempo al menos, y cuando la rutina minaba la tolerancia, teníamos la frialdad para irnos solos por un rato, yo rumbeaba al río o investigaba librerías, mi novia a lo de una amiga, la flia, o perdida en bares, costumbre que le inculqué.
Cuando creí que sería feliz, aparecieron, de una noche a la otra, pasé de no verme en otra cama que la nuestra, a vagar insomne debido a sus ronquidos.
Pensarán que pequé de fanático, no, hice todo a mi alcance para remediarlo, desde tapones en las orejas hasta cintas nasales; pasando por médicos, homeópatas, terapias alternas y la enciclopedia de remedios caseros. Paliativos, sólo eso, porque a la vez siguiente, volvía la serenata ruidosa.
Me daba tristeza verla afligida, se culpaba de mi insomnio, y era cierto, pero no se lo marcaba, reverdecía el amor, hasta que nos acostábamos, y de nuevo la cantinela.
Una de esas vigilias me mudé a la habitación triangular. La cama tendida, ningún huésped la había desflorado, me eché boca arriba, absorto en el cielo raso, no tanto, porque si aguzaba el oído me llegaban sus ronquidos.
Veía nuestra mano en la decoración. La mía en el vestido de las paredes, tres láminas, dos impresionistas, un aguafuerte de Quinquela y una foto que tomé de viaje. La suya en el espejo tríptico de los 70, la cama de una plaza que había dormido su abuela hasta morirse, la mesa de luz algo alta, un ropero para reciclar, el sillón petit con funda verde, y lo peor, cortinas rosa viejo sobre el detalle más inquietante de la habitación triangular, su ventana, ubicada en el vértice piramidal y forma de V invertida. Quiso que colocásemos persiana, me opuse, dejémosla como está, ordené sin éxito, porque acabamos con ese desabrido color obstruyendo la visual.
Desde la primera vez que entré me pareció fabulosa, según ella nada tenía de excepción, los abuelos andaban flacos de guita y para ahorrarse unos ladrillos y cemento, decidieron que el último ambiente adosado a la casa tuviese tres muros. Adiós a la magia, adiós a la cuarta pared que presionando un botón secreto aparecería para deslumbrarme, adiós al portal de tiempo y espacio, adiós a las historias que habían transcurrido ahí, porque encima de enterarme que fue obra de la escasez de recursos, nunca había sido habitada, un tiradero; hasta ahora.
Soñé, con el día que hice el mejor gol de mi vida, hacía ya veintiún años, sueño de héroes, ideal para la estima. Pero mejor que trasladar a imagen la memoria fue descubrir que podía hacerlo a voluntad. Sugestión, retrucarán los profanos. Incomprobable, dirán los apegados al método científico. Lo cierto es que cada vez que pernoctaba ahí conjuraba el ensueño que me antojase. Si tenía ganas de un thriller y era noche de Discovery, idea de ella, sabía que en el cine de las sábanas blancas vería una conmigo haciendo de policía ebrio pero suspicaz que dilucidaba el misterio y se quedaba con la chica en apuros. Si el sexo no había sido providencial, lo remediaba con el protagónico en una orgía. Si la venía de terror maquinaba la secuencia cazador de vampiros, o zombies, y así otros ejemplos que omito. La única atadura a las proyecciones dormido era la habitación, sólo en su perímetro era capaz de tamaño salto fantástico. La teoría menos descabellada tenía que ver con una zona inédita de mi cerebro activándose en contacto con el ambiente triangular, pero por qué no sucedía cuando la compartía con mi novia, sí, la convencí de que durmiéramos en ella, bajo promesa de que sanaría nuestras noches, falso, roncó más y no soñé.
Le renovamos el crédito a nuestro cuarto, nuestro lecho, testigo de hazañas, o sólo escaramuzas, el que se amoldaba a nuestras curvas y huecos.
Anduvo un tiempo, dormí sin apremios, incluso con ronquidos leves, pero no hubo secuencias oníricas, y eso que las busqué en cada rincón de mi psiquis. Sin duda faltaba el catalizador, la llave y el cerrojo, iluminación, un mantra sólo para mí. Y así fue, a costa de mentiras, le prometí que dejaría de dormir en ella, aunque mi bienamada roncase. Me mudé a las tardes, las siestas, mientras mi novia trabajaba, y creía que yo también. Para ese entonces comencé a incluirla en los sueños, comedias románticas en su mayoría, lo cual era sanador, le insuflaba esencia a mi querer, pero también en películas de espanto, sólo para salvarla justo a tiempo.
Al poco descubrió el engaño, regresó temprano de la oficina, porque andaba indispuesta, y me encontró sesteando como un querubín. Gritó, me zarandeó, la puteé, me puteó y así hasta que amenazó con derruirla.
Pasó un año de aquello, le pagué un dineral por la propiedad del triangulo, el resto quedó a su nombre. En las tertulias la oigo referirse a mí como el idiota de la habitación, luego me acuesto y sueño que la mato.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El Inventor

Era el dios más huraño; un arcaísmo, sentenciaban otros dioses. Mas sólo él conjuraba el inmemorial arte de la creación.
Tal vez por eso, o por la repugnancia que le causaban las divinidades y sus depravaciones, se había refugiado en el taller.
Cavilaba, pensaba un cuerpo celeste, un planeta de seis lados, no, esférico, con hielos en el confín, y agua, mayoría de ella. Para el continente había soñado tierra, verdor, cumbres plateadas e ígneo corazón palpitante. Luego pinceló los abismos de tinte infausto, el firmamento, varias novas fulgurantes y habiendo invocado a la aurora y apresado al poniente, descansó.
Un impaciente golpeteo en la puerta lo despabiló. Eran las providencias que, habiendo espiado su arte, lo exhortaban a que develara el secreto.
¿Pretenden que sea maestro de ustedes? ¡Degenerados! ¿Para diseminar vuestra semilla de perdición? Y dicho esto cayó preso de una emboscada.
A él lo desgraciaron en truculentos festines. A su inagotable creación, dicha de génesis planetaria, la desterraron al vórtice de un ciclón galáctico para que fuese nómada del universo; errante suelo de parias y descastados.
Pero creyeron mal, Dios había engendrado su especie. Dos seres que caminaban la faz por vez primera.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Alegorías

Jalaría las distancias,
haría que la faz girase a mi pulso
y encapsularía el tiempo inasible,
si no fuese este mortal que encarno.
Y me descarno,
hago trizas de mí.
Para que esta sombra
ya no me siga.
Tal vez su destino depare espectros,
ánimas que penan; errabundas.
Pero quizás, se prenda de tu estela.

* * *

Presto a partir
en agónico desenlace,
aguardo el latido sentencioso.
Con una querencia particular
ya que en el recodo,
extraviado de indiscretos,
vi a mi escrito de amor.
Y dije;
¡arráncame de aquí,
mi tarea concluyó!

sábado, 16 de octubre de 2010

El Perverso

Eran tiempos convulsos; o quizás no tanto. El trabajo no me aniquilaba, tenía pelo, y la renta de mis dominios era una baratija para la inflación que asediaba. Y aunque desapruebo alardear, andaba diestro en la escritura.
El interrogante, el quid de la cuestión era si la administración pública me entregaría a tiempo el pasaporte para surcar el atlántico y anclar por vez primera en suelo de Europa, tierra de España, Madrid, para visitar a mi hermana. Pero no sólo la burocracia estatal obraba en esta desventura, también había desidia y era toda mía, porque no había iniciado los trámites con antelación, por cualquier imprevisto, y surgió. Era requisito para el bendito pasaporte una copia de la partida de nacimiento, el testimonial papel sobre el que un empleado del Registro de las Personas había procurado en tinta la fecha de mi primer llanto al sentir este mundo nuevo, 19 de Junio de 1974.
Dicha papeleta, según mi madre, anidaba entre mis cachivaches desde que me había mudado. No recordás que te la di en un sobre junto con la libreta de vacunación, aleccionó a mi memoria, que a pesar del indicio jamás recordó el paradero del esquivo documento. Una ayuda, no podía exceder los sesenta y tantos metros cuadrados que perimetraban mi vivienda de dos ambientes.
Lamento aguar tamaña intriga pero sí, la partida finalmente emergió de su escondite a tiempo para iniciar el trámite. Me otorgaron el flamante pasaporte justo antes del viaje.
Hasta aquí la versión oficial. Ahora lo que no dije.
Había puesto el bulín patas para arriba y aún nada; cuando en un respiro, porque andaba exhausto, recordé, tuve la dichosa fracción de lucidez para evocar la nana con que la abuela me arrullaba. Ella decía que era una melodía aborigen y a mí me daba lo mismo, porque en aquellos días nada era más apacible que su canto para rendirme al sueño. Y si bien nunca supe la letra y apenas tarareaba un fragmento, cuando lo hice, cuando entoné mi antigua canción de cuna vi el tramado sensible, no el cosmos, una costura en la dimensión significante, el envés de las cosas…después aparecieron ellos, en su piel y en los huesos.
Eran cuatro, a dos les oí los pasos viniendo del lavadero, charlaban los descarados, el tercero brotó de un cuaderno y el último y más remolón hizo su acto desde un mosaico. ¿Qué carajo son ustedes? los increpé disimulando el viso de terror en mi voz. Porque peor que la materialización de esos seres imposibles fue descubrir que adoptaban formas antojadizas, mutaban, eran de otra materia, y no pude seguir teorizando de la embolia que casi me da al verlos corriendo por la sala, desordenando todo, jugando a la mancha como niños.
Cuando se les cantó acabar conversamos. Primero dijeron ser apariciones, espectros, al rato les pareció cómico reinventarse como duendes de jardín, y como mi incredulidad no claudicaba arremetieron con el concepto de elfos domésticos. ¡Me toman por idiota! les espeté sulfurado, pero sin el menor eco pues andaban jugando a las escondidas por entre el desorden de mi guarida. Todos menos el remolón, de él obtuve cierta información juiciosa. La melodía, mi nana, era un sortilegio de protección que a su vez los invocaba. Pero no recuerdo haberlos visto cuando niño. Éramos tus desagradables ositos de juguete, y pensar que hubieses podido transmigrarnos en cualquier forma de sólo desearlo, que falto de imaginación, me recriminó. O acaso olvidaste a Brian, Adán, Gary y yo, Eliot.
Por un momento me engañó, pero casi. Jamás los hubiese bautizado con esos alias de gringos, refuté. Ah cierto, sonó sobrador, para vos éramos Naricita, Bombón, Manchitas y, hubo un silencio homicida, ¡yo era Gordito! Y eso que la abuela te suplicó que me llamaras Dormilón, pero no, tuviste que salirte con la tuya y todo por un mísero exceso de peso.
Pasado un rato, el que tomó a Brian, Adán y Gary aplacar a Eliot, disuadirlo de la paliza que juraba me propinaría, y un rato más porque era mejor deliberar con la tripa llena, y un adicional pues los cuatro tuvieron que visitar el retrete. Después de todo ese tiradero de tiempo ocurrió el concilio, sentados a la mesa, con las sobras de la merienda.
¿Qué pretenden? los interrogué sin más. No es tanto lo que pretendemos sino lo que vos podés obtener de nos, enfatizó Adán y debo dar que me intrigó su comentario, pero no tanto como verlos convertirse en cuatro reflejos de mí, cuatro exactitudes de este mortal que encarno, tan parecidos, tan idénticos que me desmayé.
Vuelto en mí me horripilé aún más, habían cambiado de nuevo. Seguía siendo yo el objeto a copiar pero no igual a mi versión del presente, sino al que fui, al que no recuerdo haber sido y al que seré.
Adán era mi horrendo calco a los doce, todavía adiposo porque no había pegado el estirón y la frente cruzada de acné. Gary, desde los brazos de Eliot, emulábame al año de vida y si me reconocí fue por los ojos rasgados. El bebé, Gary, se orinó sobre Eliot que, transformado en el eremita que seré pasado los ochenta, lo dejó caer. Brian, a carcajada limpia, era mi espejo pero cincuentón, calvo, barrigón y algo ajado de cara; con él negocié mi ruta a Europa. ¿Buscabas esto? declaró abanicándose distraído con un papel que reconocí al segundo. Estaba en el cajón de las revistas pornográficas, develó la localización sólo para incomodarme. ¡La partida de nacimiento! grité exultante
Finalmente y tal como adelanté al inicio presenté la documentación a tiempo y tuve el ansiado pasaporte con lo justo para migrar. Y viajé, sí, estuve en Europa pero sin disfrute. Tal vez porque me pasé todas las puñeteras vacaciones martirizándome por haber pactado con los engendros. En gratitud por la papeleta debía permitirles habitar conmigo por siempre, así de lapidario. Acepté, a sabiendas que cometía el más funesto de los yerros.
Pasados esos quince días europeos volví, abatido, imaginando el voraz incendio que de seguro habíase llevado la vida de mi hogar. Era eso o un derrumbe. De cualquier manera sería un linyera, otro sin techo comiendo de la basura, un desgraciado por haber creído en los demonios. Terrores infundados, manifestaciones de una mente insana. Porque la verdad fue como dar con la veta del oro sin perseguirla, fue descubrir que el firmamento sí esconde al paraíso, fue abrir la puerta y toparme con cuatro Evas de las que no habitan este orbe, cuatro nereidas, cuatro vampiresas que expresaban lo mucho que me habían extrañado frotándose sugerentes, igual que en mi literatura condicionada. Después de eso fueron cuatro contra uno, y después una tribu de cinco.
Las amo; y para nada me perturba saber que son Naricita, Bombón, Manchitas y Gordito, los muñecos de mi infancia.

sábado, 9 de octubre de 2010

La suerte de un cualquiera

Fue un cruce furtivo
de esos que urdía mi deidad,
y el poniente colapsaba
según plan conjetural.
En ese paraíso vedado,
para un mortal de mi casta,
se encontraron los rastros.
¡Oh ninfa de los bosques!
que gentil encuentro permites,
no ahogues mi sueño carnal,
o descubras el yerro de mi dios.
Por una mísera parte del tiempo
alude a mí como Adonis,
o tu sátiro si prefieres.
Mas prisa Venus de la siesta,
que en sublime instante
cuando la noche crepita,
y aleluya entonemos
por las secreciones juntas,
huiré como un rastrero a contarle a mis amigos.